Publicidad
5 Sep 2016 - 10:39 p. m.

Atroz impunidad de Bernardo Alfonso Garzón

El exfuncionario de la Alcaldía de Bogotá, José Cuesta Novoa, autor del libro ¿A dónde van los desaparecidos? rechazó la libertad concedida al exagente de inteligencia miltiar, Bernardo Garzón Garzón. Según Cuesta, él puede testificar que alias Lucas, como se conocía a Garzón cometió varias desapariciones. Entre ellas la de él mismo. Así describió su testimonio en el libro comentado.

José Cuesta Novoa, especial para El Espectador

Archivo -  El Espectador
Archivo - El Espectador

(Lucas) desapareció más de 20 seres humanos, crímenes confesados por el mismo. Entre ellos, mi desaparición forzada.  Hoy la justicia colombiana lo deja en libertad por vencimiento de términos.Fragmento del libro ¿ A dónde van los desaparecidos? Lea: En libertad el sargento (r) Bernardo Garzón, testigo clave en investigación en el caso del Palacio de Justicia
 
"Salí de la casa de seguridad en compañía William, miré el reloj, eran la 4:45 P.M. del famoso sábado 18 de junio de 1988. Recordé que tenía una cita con mi compañera afectiva, Piedad Lucía, sobre las 6:00 P.M., por eso le dije a William:
 
—Hermano, echemos carreta un rato y vamos caminando—. Así se inició esta conversación peripatética, andábamos muy tranquilos por la avenida principal de barrio Villa Luz. Me contó que sus viejos venían de Cartagena a visitarlo, que por esa razón se iba  a tomar un par de semanas para estar con ellos, le contesté moviendo la cabeza en señal de aprobación. De repente un carro rojo, Renault 4, frenó estrepitosamente frente a nosotros, en fracciónn de segundos por una de las puertas traseras se bajó, como un rayo, un hombre armado con una pistola nueve milímetros, se dirigió hacia mi poniéndome el cañón del arma en la frente y diciéndome en tono amenazante:
 
—¡Mario hijueputa, no se mueva o lo mato  —! Quedé estupefacto, paralizado, inmóvil; cuando recuerdo esta imagen me preguntó: «¿cuál fue el verdadero motivo de mi parálisis? ¿El arma en mi frente, dispuesta a ser disparada por el atacante, o la reaparición fantasmagórica de Lucas, el agente del B-2  del Ejército colombiano que había logrado infiltrar las redes urbanas del M-19 en Bogotá, y que ahora estaba cara a cara conmigo, con una voluntad inquebrantable de impedir que me volviese a escabullir, como en aquella ocasión en la Juventud Trabajadora de  Colombia, en donde tenían preparado el operativo para desaparecernos y asesinarnos a Guillermo Marín y a mi?» Por cosas de la vida, por lo extraña que es ella, por la imposibilidad de codificarla racionalmente en su totalidad, desaparecieron y asesinaron a Antonio Hernández Niño.
 
Quedé inmovilizado, no tanto por el arma que apuntaba hacia mi frente con vocación de matar, sino por la reapa-rición del fatídico Lucas. Su presencia me intimidaba porque era sinónimo de muerte; la primera sensación que tu-ve cuando fui conciente de lo  que estaba sucediendo era que todo llegaba al final.
 
Mientras pensaba esto, escuché el ruido de cuatro disparos realizados a corta distancia de donde me encontraba, de pronto un par de hombres que acompañaban a Lucas me levantaron con mucha fuerza y me tiraron al piso de la parte de atrás del Renault cuatro.
 
Quedé tendido con la boca hacia el piso, uno de los desaparecedores inauguró el espectáculo romano del martirio, desde la cómoda poltrona en la que viajaba, descargó la fuerza de su cuerpo concentrada en su bota sobre mi cabeza, advirtiéndome con furia: —¡no vaya a levantar la cabeza, malparido, porque le hago saltar los sesos —!
 
Acto seguido, el mismo hombre que acababa de golpearme jaló mis manos hacia atrás para esposarlas. El carro se desplazaba a toda velocidad, estaba  en una incómoda posición, sin embargo, ella no era óbice para percibir lo que sucedía a mi alrededor; por ejemplo comprendí que el operativo era de gran envergadura por el numero de hombres involucrados, por los vehículos utilizados y por los sistemas de comunicación  empleados. Hubo un momento en el cual el automóvil se detuvo supongo que respetando un semáforo en rojo, sabía que transitábamos por una avenida de gran flujo vehicular por el ruido de los automotores.
 
Parados, esperando el verde del semáforo, se acercó una motocicleta de alto cilindraje, sé reconocerla por el sonido de su motor e intercambió unos comentarios ininteligibles con uno de los ocupantes del carro. Mientras conversaban en clave escuché unos  mensajes, también cifrados, que se filtraban por unos radios de comunicación abiertos con un considerable volumen y que eran portados, asumo por el conductor de la motocicleta y el parrillero. Al hombre que hablaba desde la moto lo noté muy nervioso, no sólo  por su voz, lo delataba de igual modo el movimiento atropellado con el que conducía, la forma como frenó, la manera como arrancó, a estirones, a cabezazos. Pensaba en silencio: «si estos que son agentes del Estado, que cuentan con todo el respaldo del entramado institucional para cometer sus fechorías, sienten miedo al momento de actuar, debe ser porque son concientes de la iniquidad de sus actos». El vehículo continuó la marcha sin ningún contratiempo, los ocupantes del Renault,  compañeros indeseables de la ruta macabra escogida por ellos iban en silencio; parecían responder a un plan previamente madurado, estudiado, diseñado con precisión, ahora mismo sólo aplicaban un esquema aprendido de memoria.
 
Todo está consumado», esa fue la primera idea que llegó a mi mente justo en el instante en que reconocí a Lucas apuntándome de frente con su pistola, a la que le observé intensos deseos de hablar con su lenguaje punzante y mortal".
 
 

Recibe alertas desde Google News

Temas relacionados

Palacio de Justicia