Luis Fondebrider tenía 19 años cuando las charlas con sus compañeros para arreglar el mundo se quedaron sobre las mesas de la Universidad de Buenos Aires para aceptar la propuesta insólita de buscar desaparecidos durante la Argentina convulsionada de 1984. Quería ser futbolista y jugaba en las divisiones menores de Boca Juniors, pero terminó siendo una autoridad en el mundo forense: lleva más de cuatro décadas encontrando e identificando a los desaparecidos de todo el mundo: el más reciente, el sacerdote guerrillero Camilo Torres, en Colombia, caso en el que validó la investigación de la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos (UBPD) para el hallazgo. Hoy tiene 62 años y la convicción intacta de entregar verdad, justicia, reparación, memoria y no repetición a las familias que han perdido a un ser querido.
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Habla directo. La misma experiencia le ha dado esa habilidad. Fondebrider cuenta su vida como si fuera una crónica. “La historia empezó hace 42 años. En 1984, cuando llegó la democracia a Argentina”, dice para comenzar a relatar su camino. “En realidad no decidí ser un antropólogo forense, llegué a esto no por la academia, sino por la necesidad que tenía mi país. Los familiares estaban desesperados, no tenían respuesta del Estado. Eran los últimos años de la dictadura argentina. El antropólogo Clyde Snow nos ofreció hacer exhumaciones de personas desaparecidas. Queríamos arreglar el mundo, nos tiramos de cabeza, sin pensar”.
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Con sus compañeros de universidad conformaron un grupo que pronto recibió el apoyo de organizaciones de derechos humanos porque les decían: “Nuestros hijos tenían la edad de ustedes cuando desaparecieron. Queremos que nos ayuden”. No lo dudaron y la voz se fue corriendo tanto que llegó hasta Filipinas, Chile, Yugoslavia, Irak. En 1987, Fondebrider junto a siete colegas crearon el Equipo Argentino de Antropología Forense, en el que fueron pioneros en el modelo de trabajo que integra la investigación clásica con un equipo multidisciplinario. Hoy están en más de 60 países con oficinas en España, Estados Unidos, Argentina, Sudáfrica y México.
Fondebrider lleva más de 40 años exhumando restos e identificando cuerpos, tantos que ya perdió la cuenta. Sin embargo, habla de dos casos que le quedaron marcados. El primero fue en 1992 cuando les pidieron investigar la masacre El Mozote en un pueblo de El Salvador. El ejército mató durante diez días a más de mil personas. La fosa que abrieron tenía 152 cuerpos de niños. Cuando lo recuerda, frunce el ceño, fija la mirada en el aire, como si se devolviera a ese lugar en el que estuvo parado hace 34 años, y relata que lo que más le impactó fue ver los juguetes y los chupetes de los niños junto a los huesos. La segunda escena que recuerda es en Bosnia cuando trabajó en otra fosa con 250 cadáveres que todavía estaban vestidos. Los huesos tenían ropa y zapatos.
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Es un hombre con canas en el cabello. Tiene la mirada fría y su cara pareciera no acostumbrar mayores expresiones. Viste de tonos azules. Parece un doctor que sabe dar las malas noticias. Por eso sorprende cuando acepta que hoy es más sensible que antes. Que los años no le han podido poner el cuero duro, por el contrario, ahora llora más. “A mí me emocionan dos cosas: Maradona y cuando hablo con los familiares o se hace una entrega del cuerpo de un chico. Antes era más fuerte. Uno nunca se acostumbra porque cada persona que tenés enfrente es especial, es un mundo. Nosotros no devolvemos vida, devolvemos muertos. Pero por lo menos podemos mitigar la angustia, es lo que hace la diferencia”, dijo.
Sus ojos alcanzan a cubrirse de algunas lágrimas y recuerda que en su vida nunca estuvo el plan de encontrar a un desaparecido, pero cuando empezó a trabajar, cada hallazgo se sentía “como para un científico publicar un artículo en una revista”. En ese caminar, Fondebrider ha sido partícipe de casos emblemáticos como el hallazgo del cuerpo del Che Guevara en Bolivia; el esclarecimiento de la muerte del expresidente de Chile, Salvador Allende y del poeta y político chileno, Pablo Neruda. También validó el hallazgo de Camilo Torres. Pero cuando le piden hablar de esos casos, el forense argentino lo hace sin ningún asombro, dice que le da igual si son famosos porque cree en que todos los desaparecidos deben ser buscados, sin distinción.
Lo que sí le causa orgullo de su trabajo, más allá de encontrar a revolucionarios y políticos, es darle esperanza a las personas, aunque reconoce que es, al mismo tiempo, la línea más delgada en la que ha caminado. “Hay que tener cuidado con las expectativas. No se van a encontrar todos los familiares, ni en Argentina ni en ningún lugar del mundo. A las familias no hay que hablarles como si fueran niños. Hay que decirles la verdad. Se les dice que la ciencia ha hecho todo lo posible, que se han invertido recursos y tiempo. Pero la ciencia no es magia. Si uno demuestra que ha agotado todos los recursos, no tiene otra forma. He tenido que decir la verdad a los familiares: a veces se puede hacer, pero cuesta millones”, explicó.
Fondebrider está convencido de que la voluntad política es fundamental para encontrar a los desaparecidos. “Hay búsquedas con una inversión monetaria muy grande. Por ejemplo, un helicóptero Black Hawk cuesta entre 25 y 40 millones de dólares; el Estado tiene que decidir las prioridades. El presupuesto de la Unidad de Búsqueda es bueno, pero el Estado decide cuánto invierte. Sin voluntad política no se puede hacer nada. La búsqueda de los desaparecidos debería ser una prioridad siempre porque es una obligación de los gobiernos. Si una sociedad no busca a sus desaparecidos, hay impunidad. Si desaparezco a 500 personas y no me pasa nada, ¿por qué no voy a hacerlo de nuevo?”, agregó.
Cuando Luis Fondebrider no está buscando desaparecidos, lee, escucha música, va al cine, ve a sus amigos y hace deporte. Sigue viendo fútbol, le hace fuerza al Boca. Dice que ha podido llevar una vida normal, como cualquier persona, gracias a la fortaleza y a la esperanza que le enseñaron a cultivar, sobre todo, las mujeres buscadoras del mundo. Recuerda que la primera vez que vino a Colombia, unas buscadoras lo invitaron a un viaje a Zipaquirá. En el bus iban cantando y riendo. Él pensó: “¿Cómo estas mujeres, con lo que les ha pasado, pueden estar así?”. Eso fue suficiente para entender que la vida puede seguir, aún con dolor.
A los 19 años, usted quería arreglar el mundo. ¿Siente que lo ha logrado?
“Creo que he hecho mi contribución, muy pequeñita, en una tarea colectiva. Estoy satisfecho, aunque he fracasado muchas veces”, respondió.
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