Publicidad
5 Jan 2021 - 2:00 a. m.

El relato de dos jueces sobre el trabajo en pandemia

Desde el temor por tener que pedirles a sus compañeros de despacho que fueran a la oficina a digitalizar expedientes, acomodarse a la virtualidad y enfrentar la muerte de colegas mientras se trabajó sin descanso en la pandemia, dos jueces le contaron su experiencia a El Espectador.
Los jueces Romel Arévalo y Johanna Martínez. / Gustavo Torrijos - Óscar Pérez
Los jueces Romel Arévalo y Johanna Martínez. / Gustavo Torrijos - Óscar Pérez
Foto: Archivo

Antes de la pandemia de COVID-19, en los despachos judiciales era común ver expedientes en papel atiborrados en cada lugar posible y hasta en los pasillos de las sedes judiciales del país. Aunque había un sistema creado para gestionar digitalmente los casos, esa opción era apenas usada en algunos despachos puntuales y en las audiencias virtuales eran algo ocasional. La cuarentena estricta obligó a cambiar procesos en la rama Judicial, paralizar unas semanas algunos procesos, meter dinero y gestión a las herramientas para poder seguir funcionando y acomodarse, como todos los sectores laborales, a la nueva crítica realidad.

Johanna Martínez, de cuarenta años, trabajó seis años como jueza 38 civil municipal de Bogotá y en plena pandemia pasó al Juzgado 12 Civil de Ejecución de Sentencias. De una oficina amplia en pleno centro de la capital pasó a una sin ventanas y, con 16 años en la rama Judicial, después se fue a trabajar, como todos los jueces del país, desde su casa. Para el mes de marzo, solo los casos más urgentes no se suspendieron: los procesos con presos, la legalización de capturas y las tutelas. Al principio, los jueces se organizaron para adelantar trabajo de sus casos con audiencias próximas y se llevaron los expedientes físicos a sus casas.

Además, en plena cuarentena, fue necesario idear un mecanismo para firmar procesos y notificarlos digitalmente. El Consejo Superior de la Judicatura permitió que el reparto de nuevos expedientes de tutela fuera digital y por correo, así como que los trabajadores pudieran conectarse por VPN a sus computadores desde los personales o que los llevaran a los hogares. “Nos tocó organizarnos con lo que teníamos. Enviar autos por correo, imprimir, firmar, escanear, enviar, notificar... A muchos les tocó comprar computador. El mío se me dañó y me tocó usar uno viejito que tiene menos capacidad. Escáner no tengo, entonces lo hago con la aplicación del celular”, comentó Martínez.

Trabajando con el internet propio, a pesar de tener que estar conectados casi todo el día y sin que la rama haya creado un mecanismo para suplir ese gasto, los jueces del país cambiaron sus horarios. Aunque valoran como positivo hacer diligencias virtuales y ahorrar recursos y agilizar procesos, la pandemia también les cambió los horarios. Reuniones virtuales, tutelas que llegan fuera de hora laboral y fin de semana, peticiones, autos que firmar y correos atiborrados de información para no enredarse con tanto caso, se volvieron pan de cada día. En la medida que fue posible volver a las oficinas o que era necesario usar información que estaba en el papel, no hubo más remedio que ir a digitalizar procesos.

“Si necesitaba revisar una pieza procesal, le pedía una foto al sustanciador. Lo llamaba para que me dijera ‘léame que dice ahí’. Cuando uno es juez y tiene un equipo de trabajo bajo su responsabilidad, tener que decir que fueran a la oficina a buscar un proceso es difícil. ¿Y si le pasa algo en el trayecto? ¿Si se contagia en el Transmilenio? Eso genera angustia. En mi caso, hubo un momento de miedo por volverme responsable de otras personas. Eso es bastante complicado y doloroso”, expresó Martínez, quien recuerda con tristeza la muerte por COVID-19 de Hugo Gómez, un colega que estaba yendo a trabajar diario al edificio Hernando Morales, en el centro de Bogotá: “Perder compañeros afecta”.

Romel Arévalo, barranquillero de 37 años que funge como juez 25 penal de circuito con función de conocimiento de Bogotá, recuerda con cariño a José del Carmen Rodríguez Zorro, fiscal de la Unidad de Vida, destacado ante su despacho, quien falleció a mediados de diciembre por COVID-19. “Nos dolió su muerte. Tenemos otro compañero, juez del circuito, que le dio de un momento a otro”, relató al enfatizar que, diez meses después, como servidores que trabajan en Paloquemao, no saben cuántos colegas se han contagiado y cuántos han muerto de manera oficial. “Esto generó mucha solidaridad entre servidores judiciales, porque de verdad se nos están yendo amigos”, añadió.

Con una hija menor de edad con clases virtuales que a veces se asoma en las audiencias, Arévalo tuvo que adaptarse a esta dinámica con casos complicados por corrupción, paramilitarismo y bandas criminales, entre otros. Su esposa se acomodó en la biblioteca y él en el comedor, donde pasa más de doce horas sentado liderando una audiencia, con capacidad del internet propio. “Esperemos que este año haya un plan sobre los temas laborales. Porque si le dan al juez el internet, también se lo tienen que dar al sustanciador y a la secretaría”, agregó. En su caso, antes de la pandemia, apenas algunos casos estaban digitalizados, con el recelo a manejar por esa vía piezas procesales en juicios, para garantizar su seguridad.

“Yo trabajo con un secretario con mucha experiencia y no le podía decir que fuera al despacho a digitalizar. ¿Quién daba esa orden? El Consejo Superior no la dio, ni el Seccional. Le tocaba a uno reunirse con el equipo de trabajo y decidimos enviar a una persona a una hora específica y empezar la digitalización motu proprio. Pero no se dio la orden, era a disposición del funcionario. Eso requiere personal capacitado y es la hora en que no nos la han dado. Hay un programa de Administración Judicial y apenas van en el tercero o cuarto juzgado, de sesenta. Aunque ya hoy podemos decir que son muy pocas las audiencias virtuales que no se pueden hacer”, explicó.

Los inconvenientes que han surgido, en todo caso, tienen que ver con el manejo de las pruebas por vía virtual. “Un ejemplo: niño menor de edad presuntamente abusado. Tomarle el testimonio significa pararse frente a un computador en la casa y, en teoría solo y con una psicóloga. Tú no sabes si el niño tiene al lado un espejo donde le escribieron qué tenía que decir o en el computador, o si tiene a alguien atrás forzándolo a decir una mentira. Se perdió la inmediación con la práctica probatoria al menos en penal, porque no logramos controlar el escenario donde está el testigo”, relató Arévalo.

Y las documentales, llegan por correo, y se debe dar por sentado que se trata del mismo documento exacto que se debatió en juicio. “¿Cómo revisas 1.800 documentos por vía virtual? No es lo mismo”, agregó Arévalo, quien narró, con más tranquilidad, un episodio que le sucedió en plena audiencia: “Un testigo fue a Paloquemao porque no sabía conectarse ni tenía cómo. Estando allá le dio un ataque de epilepsia, llegó la ambulancia..., todo lo vimos a través de una cámara. ¡El desespero mío! Cuando llegó a la clínica tuvo otro ataque de epilepsia y horas después fue a Paloquemao porque se le habían quedado los zapatos”.

Read more!

Lo cierto es que todo cambió y a los jueces, como a muchos colombianos, les tocó acomodar sus casas, salas o el comedor para trabajar. Con parejas también en la misma situación e hijos en colegio virtual. “No es lo mismo salir a almorzar, por ejemplo, a que le toque en su casa mientras trabaja, hacer almuerzo, lavar platos, ayudar con las tareas con un solo equipo. Todo ha sido complicado y es admirable. Sé de hogares que se fracturaron en la pandemia por esta situación. Esta situación nos cambió la vida y ha generado mucho estrés”, dijo Martínez. “Ya no tienes desconexión, te levantas y estás sentado en tu oficina”, puntualiza Arévalo.

Síguenos en Google Noticias

 

Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.