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14 Feb 2021 - 2:00 a. m.

El relato del carcelero de los diputados del Valle

El pasado 4 de diciembre, el exguerrillero Héctor Julio Villarraga, alias “el Grillo”, les contó por fin a los familiares de los diputados del Valle su versión sobre el cautiverio al que fueron sometidos y pormenores de su trágica muerte.

Juan David Laverde Palma / @jdlaverde9

El 18 de junio de 2007, las Farc masacraron a 11 diputados del Valle del Cauca que tenían en su poder desde 2002.  / AP
El 18 de junio de 2007, las Farc masacraron a 11 diputados del Valle del Cauca que tenían en su poder desde 2002. / AP
Foto: ASSOCIATED PRESS - Anonymous

Desde el 11 de abril de 2002, día en que las Farc irrumpieron en la Asamblea del Valle y se llevaron con engaños a doce de sus diputados hacia los Farallones, los hijos, las esposas, los padres y demás familiares de esta docena de hombres han tratado infructuosamente de llenar esa ausencia y ese dolor con los retazos de información que han entregado algunos exguerrilleros tras la firma del Acuerdo de Paz. Saber cómo fue su día a día durante esos cinco años eternos de cautiverio, que culminaron no con su libertad sino con la masacre de once de los secuestrados, es un laberinto por el que aún deambulan. Por eso, el pasado 4 de diciembre, en la Sala de Reconocimiento de la JEP quedó hecha una promesa: una diligencia colectiva con la guardia que convivió la “cotidianidad” con los diputados.

La promesa vino de dos personas. Una fue la magistrada Julieta Lemaitre, quien ese día estuvo a cargo de una de las audiencias más esperadas por las familias de los diputados. La otra fue Héctor Julio Villarraga, el compareciente, quien en la guerra usó el sobrenombre de el Grillo y fue el guerrillero que tuvo a cargo la custodia de los diputados durante el cautiverio. El pasado 4 de diciembre, el Grillo por fin se sentó frente a sus víctimas —aunque de manera virtual, a raíz de la pandemia— y de 10 de la mañana a 6 de la tarde se dedicó a reconstruir el tiempo que mantuvo a los políticos vallecaucanos bajo su yugo. Llevárselos a la selva, admitió, fue darles “una vida absolutamente inmerecida”. El secuestro como práctica fue una equivocación, agregó al comenzar su crudo relato.

La versión del Grillo quedó plasmada en una transcripción de 150 páginas, conocida por El Espectador. Y allí quedó claro que un episodio ocurrido a finales de 2006 en Cundinamarca fue el que definió la suerte de los diputados en junio de 2007, en la densa selva de Nariño. Por un mensaje de Alfonso Cano, entonces miembro del secretariado de las Farc, quien estaba encima del reporte periódico de los diputados, el Grillo se enteró de una operación que ejecutó la fuerza pública para rescatar a algunas personas en poder de esa guerrilla. No hubo capturas, muertos ni combates. “Al parecer los guerrilleros, por la presión, dejaron abandonados a los secuestrados”, contó Villarraga, quien añadió que entonces Cano le expresó que algo así “no debía volver a suceder”. (Lea también: Malestar de los familiares de los diputados del Valle secuestrados por las Farc con una noticia)

Esa frase se tradujo en un mensaje para los guerrilleros que custodiaban a los diputados: “Que en caso de un ataque enemigo, caer en una circunstancia donde cayéramos bajo fuego enemigo que consideráramos que no teníamos tiempo ni posibilidades de salir, había que ejecutar(los)”. Lo que ocurrió el 18 de junio de 2007, sin embargo, es un hecho que el mismo Grillo dijo que no terminaba de entender, porque no hubo ataque enemigo. Un guerrillero del Frente 29 conocido como Alexis llegó a la entrada del campamento donde estaban Héctor Julio Villarraga, 16 guerrilleros bajo su mando y los doce diputados. Según el Grillo, Alexis no debía llegar al campamento pues tenía otro destino asignado, pero, aun así, llegó. Los increpó por creerlos del Eln y disparó.

De acuerdo con este reincorporado de las Farc, “lo que me dijo Aldemar (jefe del Frente 29) es que Alexis tenía clara la misión, tenía señalada la ruta”, narró el Grillo, quien sostuvo que cuando Alexis se apareció en la entrada del campamento, una guerrillera lo reconoció y le recordó que habían hecho un curso juntos. Al parecer, ni ese santo y seña lo convenció. El Grillo dijo que envió a más de un emisario tratando de persuadirlo. “Que no se haga el loco que nosotros no somos ningunos elenos”, le mandó decir. Al encontrar reticencia en Alexis, envió a alias Alirio, otro integrante del Frente 29; pero antes de que Alirio se cruzara con Alexis, este último atacó el campamento y la respuesta de los custodios de los diputados, dijo el Grillo en su versión voluntaria, fue acatar la instrucción de Alfonso Cano.

“Nadie se acordó de Sigifredo”

“No hubo tiempo de nadie decir nada (…) fue una acción instantánea”. Se refería a la ráfaga de tiros que sobrevino y que dejó como resultado a once de los doce diputados muertos. Ningún guerrillero murió allí. Mientras Héctor Julio Villarraga decía esas palabras, al otro lado de la pantalla lo escuchaban con el corazón apretujado veinte de las víctimas que dejó este doloroso episodio del conflicto colombiano, entre ellos Sigifredo López, el único sobreviviente de la masacre, acompañado por su hijo Lucas. López tuvo una oportunidad que pocas víctimas han tenido en el país: controvertir directamente a su verdugo. Le dijo que él tenía testimonios de primera mano de tres exguerrilleros que le habían asegurado que la orden del Grillo había sido “mátenlos y vámonos”. (Le puede interesar: Farc entregó a la JEP dos videos de los diputados del Valle cuando estaban en cautiverio)

La versión que López ofreció a los parientes de sus antiguos colegas de la Asamblea del Valle fue que, a la hora del almuerzo de ese día, los combatientes de las Farc oyeron dos disparos y luego otros dos. “Se entraron los chuloschulos le dicen ustedes al Ejército Nacional—, pensaron que había entrado el Ejército Nacional a intentar un rescate a pesar (de) que de no se habían escuchado helicópteros”, le reclamó Sigifredo López a su carcelero. “Las ráfagas fueron el resultado de la orden suya ‘mátenlos y vámonos’ antes de salir huyendo”, continuó López, quien le recordó que sus compañeros fueron asesinados a quemarropa y que, incluso, a uno de ellos le propinaron “diecisiete disparos a menos de dos y tres metros de distancia”. El tono estaba ya tan subido que la defensora del Grillo vio necesario intervenir.

Claudia Rivera Quiroga, abogada adscrita al Sistema Autónomo de Asesoría y Defensa de comparecientes de la JEP, pidió que se recordara el sentido de la diligencia. Indicó que la versión voluntaria de los exguerrilleros es un “escenario dialógico que no busca que se genere confrontación” y, aunque resaltó “el valor” de Sigifredo López por enfrentarse al hombre que lo mantuvo privado de la libertad por tanto tiempo —López fue liberado por las Farc con mediación de la entonces senadora Piedad Córdoba en febrero de 2009—, pidió lo que dice la ley: “Respetar el objetivo de este momento procesal buscando la construcción dialógica de la verdad”. A la par retumbaban las palabras del exdiputado, quien consideraba que Héctor Julio Villarraga estaba evadiendo su responsabilidad frente a la matanza.

—Para efectos nuestros, usted dio la orden, usted está aceptando que dio la orden —le dijo la magistrada Lemaitre a Villarraga.

—¡Claro!

—El que se la haya dado a usted, a su turno, Alfonso Cano no lo excusa —agregó Lemaitre.

—Sí, claro —contestó el Grillo.

—¿Por qué razón no fui ejecutado? Esa es una última pregunta que quiero respuesta —insistió después Sigifredo López.

El exdiputado, quien también fue alcalde de Pradera (Valle) y en su juventud se coronó campeón de lanzamiento de bala y martillo, llegó a esa diligencia con una carga a cuestas que solo la guerra y la indolencia del Estado colombiano pueden explicar. Tras sobrevivir a la masacre, López pasó dos años más en cautiverio. Y, como si eso no fuera suficiente, en 2012 la Fiscalía le abrió investigación por homicidio, perfidia y toma de rehenes y ordenó capturarlo. La declaración de unos exguerrilleros de que él había participado en la planeación del secuestro de los diputados y un video en el que se veía la silueta de un hombre bastaron para arrebatarle la libertad por segunda vez, luego archivar el caso y, finalmente, pedirle perdón. De esa experiencia nació su fundación Defensa de Inocentes. (Noticia relacionada: La verdad del caso de los diputados del Valle que podría aportar “Grillo”)

Cuando ocurrió la masacre en las selvas nariñenses, Sigifredo López, como él mismo ha confirmado, estaba apartado de los demás. El Grillo contó su versión sobre ese aislamiento: según él, le reportaron una “agresión” de López hacia Ramiro Echeverry, la cual le valió a López el castigo de quedarse solo. “Entonces dije no, no se puede permitir porque Ramiro Echeverry es más viejo, está enfermo y si (a) Sigifredo le da por pegarle a Ramiro pues le va a causar daño; entonces lo mejor es que saquemos a Sigifredo de ahí, le hagamos un cambuche aparte”. Ese cambuche aparte le salvó la vida. “Sigifredo estaba a unos cincuenta u ochenta metros tal vez del grupo. Nadie se acordó de Sigifredo, ni el que tenía que evacuarlo, ni el oficial de servicio, ni ningún vecino, ni yo”, admitió el Grillo.

Veintinueve campamentos

Si algo deja claro el relato que Héctor Julio Villarraga entregó a los familiares de los diputados es que los cinco años que duró ese cautiverio fueron cinco años de vivir corriendo. “En el cañón del río Micay tuvimos doce campamentos, en las cabeceras del río Iscuandé unos once, más el campamento que tuvimos en el río Tapaje, en El Charco, Nariño, y cinco en el campamento contando donde se dieron los hechos”, explicó Villarraga. Mencionó uno a uno los apartados lugares de la geografía nacional, en el suroccidente del país, donde mantuvieron a los políticos vallecaucanos mientras el Ejército, que había hecho del rescate de estos su prioridad, les pisaba los talones. Los militares estuvieron a punto de dar con ellos en por lo menos tres oportunidades.

Villarraga contó que, hacia finales de mayo de 2002, recibió al grupo de secuestrados en un lugar conocido como La Concha, sobre el río Naya. El plagio se había perpetrado en abril de ese mismo año. Sus condiciones de salud, admitió, eran “deplorables”: peladuras en los pies, de tantas caminatas, hemorroides, “muy cansados y hambriados, porque el cruce de todos los Farallones de Cali hasta salir al Pacífico fue con limitaciones de remesa y persecución del Ejército”. Pero guerrilleros a cargo de los diputados empezaron a desertar y, además, a pasar información a la fuerza pública, lo que llevó a los militares a estar muy cerca de rescatarlos. En mayo de 2004, cuando estaban en el cañón de Micay (Cauca), el campamento donde se hallaban fue descubierto. (Lea también: La Nación, responsable del secuestro de los diputados del Valle)

“Un operativo militar alcanza el campamento en donde estábamos nosotros, en una operación especial, llegaron al campamento, intentaron asaltarnos. Nosotros logramos evacuar, sacamos los diputados, salió la mayoría de gente nuestra. En esa operación murieron dos guerrilleros, en ese campamento perdimos la remesa…”, contó el Grillo. La solución fue coger camino hacia El Turbio, una región remota de Policarpa (Nariño). Pero uno de sus hombres de confianza, alias Sebastián, se desmovilizó. “Prepárese para lo peor”, le advirtió Alfonso Cano. En cuestión de días aparecieron tropas y los guerrilleros y sus rehenes huyeron hacia El Charco (Nariño) con ayuda del Frente 29. En 2006, también tras otra deserción, se llevó a cabo una operación militar de veinte días.

En esa época, la consigna de las Farc era una: intercambio humanitario. Los diputados, como tantos otros políticos que fueron secuestrados al tiempo en otras zonas del país, eran un botín de guerra y el Grillo así lo reconoció. “Al ser canjeables se convirtieron en instrumento”, les dijo el exguerrillero a las familias de los diputados. “Hay que reconocer que los diputados fueron instrumentalizados porque se planteó el canje y esa figura de cambiar personas pues es inaudita y es inhumana”, aceptó igualmente. Ese era el propósito detrás del cautiverio de los diputados, quienes, dijo el Grillo, resistieron esa vida indigna que les dio la guerrilla por amor. “Yo creo que el amor a su familia, el anhelo de la libertad, era superior a los sufrimientos”.

—Quisiéramos más detalles —suplicó Brigitte Hoyos, hija del diputado Jairo Javier Hoyos.

Ella y otros de los hijos presentes anhelaban, por encima de todo, saber todo lo que se pudiera de la vida de sus padres. Y de su muerte también.

A Juan Carlos Narváez, “el Grillo” lo ubicó como el líder del grupo. “Era el, digamos, como el representante de ellos”, dijo Villarraga, quien contó que un día Narváez insultó a un guerrillero de alias “Cuy” por malos tratos a sus compañeros. Se refirió a Hoyos como un hombre capaz de “sobreponerse a cualquier adversidad”, de “actitud mental positiva”, “optimista”. Sobre Nacianceno Orozco recordó cómo una vez le enseñó al propio “Grillo” a sembrar plátano: “Hay que limpiar bien la semilla (…) hay que quitarle un poco de tallo”, contó el exguerrillero. De Édinson Pérez mencionó que, a pesar de sus problemas de visión, “tampoco se acomplejaba frente a las dificultades, por ejemplo de marchar mojado o largas distancias”.

De Héctor Fabio Arismendy contó que llevaba un cuaderno con canciones compuestas por él mismo para llevarles a sus dos hijos. De Carlos Alberto Charry aseguró que “se caracterizaba por dedicarse a lo que hubiera que hacer”. De él, además, contó una anécdota: dijo que le pidió hablar con el comandante guerrillero Joaquín Gómez para que este mediara por su liberación. De Alberto Quintero dijo que no hablaba mucho y que era un hombre tan religioso como pacifista. A Rufino Varela lo describió como un ingeniero sencillo que “nunca dijo ‘no puedo’”. Aseveró que Carlos Barragán y Francisco Giraldo entablaron una amistad entrañable, fraternal, y habló del día que Barragán le pidió lo que en la manigua solo puede ser un lujo: Coca Cola y pan. De Ramiro Echeverry recordó su frágil condición de salud.

Villarraga aportó pocos datos de los diputados y admitió, desde el principio, que él no compartió con ellos en el día a día. Por eso la promesa de hacer otra diligencia en la que hijos, esposas y demás familiares de los diputados puedan conocer más del tiempo que los diputados pasaron lejos de ellos. Prepararse para esta versión voluntaria les tomó a los familiares más de tres semanas de trabajo psicosocial. Lo más probable, sin embargo, es que ninguno estuviera preparado para la cruda frase con que el Grillo resumió el momento en que sus vidas cambiaron para siempre: “Sinceramente, yo aprecio que eso no duró un minuto”. Mucho menos para la frase que, según el Grillo, soltó Alfonso Cano al conocer el desenlace: “Eso son cosas de la guerra”. (Le puede interesar: JEP: carcelero de los diputados del Valle contó pormenores de su secuestro)

“Son todas las cosas que ocurren como consecuencia de involucrarnos en una guerra que no estábamos en capacidad de ganar”: ese fue el diagnóstico final que Héctor Julio Villarraga hizo sobre lo ocurrido desde el 11 de abril de 2002, día en que los diputados fueron secuestrados en el centro de Cali, a plena luz del día, hasta el 18 de junio de 2007, cuando fueron acribillados en cautiverio. “Yo no recibí ni manifestaciones de solidaridad ni de reproche ni nada, sino simplemente nos limitamos a asumir la responsabilidad que nos cabía en eso, decir: aquí pasó esto. Es una tragedia para nosotros, para el pueblo colombiano, para las familias de los diputados principalmente”. Incluido Sigifredo López, el sobreviviente. “Si alguna cosa podemos nosotros agradecer a la casualidad fue que no lo asesinaron a él”.

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