A María Ovidia Palechor Anacona y a James Edimer Flor el amor los encontró en el liderazgo. La muerte también. Una foto juntos abrazados se viralizó el pasado 1 de septiembre. Anunciaba el asesinato de la pareja de líderes en la cocina de su hogar en el corregimiento La Pedregosa, en Cajibío (Cauca), desde donde defendían a la comunidad de los grupos criminales que cada vez los acechaban con más fuerza. Dicen que los mataron en silencio y nadie escuchó los disparos. Los vecinos encontraron sus cuerpos al pie del fogón y del mercado. Los cubrieron con sábanas y se quedaron a custodiar la escena, con la mirada llena de desesperanza y terror. Habían asesinado a sus defensores. A María Ovidia y a su voz maternal. Y a James Flor y a sus palabras precisas.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Sus amigos cuentan que desde que los mataron no se escucha nada más que un silencio desesperante. Que se les mete por los oídos y les enfría todo. Dicen que ese silencio es el resultado de la violencia, pero que está ahora en sus voces no dejarlos de nombrar. Uno de los que más fuerte alza su voz para hablar de ellos es su amigo Leonardo González Perafán, del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz). Para empezar a hablar, lanza un suspiro y dice que ya tiene una costumbre para cuando matan a sus amigos. Lo primero que hace es borrar sus contactos del celular. Dice que es por pura rabia y porque sabe que nunca más le van a volver a escribir. Pero antes de borrar el número de María Ovidia, como un acto para romper el silencio, Leonardo González volvió a escuchar sus notas de voz.
“Compañero. Nos vemos cuando venga a Popayán”, le dijo con una voz cálida. Al investigador le dolió y pesó tanto la ausencia como la misma noticia de su asesinato. La recuerda como una mujer indígena de una fuerza desmedida. Sus ganas de justicia la llevaron a liderar el Programa Mujer y de Derechos Humanos del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), un lugar que solo ocupan quienes tienen reconocimiento en la comunidad. Desde allí, María Ovidia denunciaba la presencia de grupos criminales en el corregimiento y suplicaba que los dejaran en paz. Su voz se hizo más insistente tras el atentado del pasado 25 de abril en la vía Panamericana, cuando las disidencias de las Farc de alias “Iván Mordisco” lanzaron un explosivo contra una chiva y murieron 12 personas de su comunidad.
Lea también: “Con muchos años de atraso adelantarán esta investigación”: la denuncia de Valle sobre Uribe
“Su muerte es un golpe muy fuerte para las comunidades y organizaciones de líderes en el departamento. Las pocas personas con las que hemos hablado están muy preocupadas y comentan que, si eso les pasó a ellos dos, que eran tan respetados, entonces cualquier cosa puede pasar con los demás”, dijo Leonardo González a este diario, mientras hace un inventario en su cabeza de las últimas veces que vio a María Ovidia. Como si fuera una colección de momentos, empieza a seleccionar los días en los que la vio más viva que nunca: denunciando la violencia. “Su voz fue de rechazo a la presencia de los grupos armados y un llamado a contar con las comunidades para la paz y nunca para la guerra, como ella decía. Hoy están hastiados de la incursión y el control social que pretenden imponer”, agregó.
Una fuente en terreno, que pidió no revelar su nombre por razones de seguridad, señaló que María Ovidia asumió un rol protagónico de denuncia tras el atentado de abril. Fue ella la que asumió los reclamos que se elevaron para recibir protección y reparación por parte del Estado. Pero también se encargó de hablarle de frente a los grupos armados para que los dejaran por fuera del conflicto. “Ella denunció que la columna Jaime Martínez (de las disidencias de las Farc) estaba ofreciendo pagos de hasta COP 20 millones a las familias de las víctimas a modo de indemnización por lo que llamaron un ‘error’. Este ofrecimiento fue rechazado por María y la comunidad porque era un acto de soberbia e inhumanidad. Sostener esta postura en el escenario del Cauca es sumamente difícil”, explicó.
La lucha de María Ovidia comenzó desde su infancia. Creció en una familia de 14 hermanos y en entrevistas contaba que jugaban en los potreros cuando tenían tiempo. Durante la mayor parte del día a ella la mandaban a la cocina para preparar los alimentos de sus hermanos, pero María contaba que le gustaba más salir a cosechar maíz con su papá. Estudió hasta el tercer grado de primaria porque luego tuvo que volver a las labores domésticas, aunque siempre mantuvo la esperanza de estudiar y defender los derechos de las mujeres y de su comunidad. Ella misma contaba que se escapaba de la casa para irse a las marchas que se hacían en su territorio para defender a los pueblos indígenas. En ese trasegar aprendió sobre liderazgo como indígena Yanacuna y forjó el reconocimiento que la preparó para volverse una voz visible en el CRIC.
Le puede interesar: Aprueban acuerdo para reparar a la familia de Guillermo Cano, exdirector de El Espectador
María Ovidia nunca perdió su deseo de estudiar y ser profesional. Estaba estudiando Derecho Propio y Legislación Indígena en la Universidad Autónoma Indígena Intercultural (Uaiin) del CRIC y su graduación estaba programada para diciembre de este año. Su tesis abordaba precisamente la construcción de paz desde la comunidad de Cajibío, pero su asesinato dejó en el limbo ese proceso. Con toda la formación que logró acumular, alcanzó el reconocimiento de La Pedregosa como territorio de paz. Lo hizo ante el Congreso en Bogotá donde buscó el respaldo para ser identificados como una tierra neutral frente al conflicto armado. En una de sus últimas entrevistas, María Ovidia habló, una vez más, por su comunidad. “El día que vea realmente la participación efectiva, el respeto y la erradicación de la violencia que existe contra nosotros, ese día dejamos de reclamar derechos”.
La fuente que pidió reservar su nombre le contó a El Espectador que la apuesta de María Ovidia de que su territorio fuera una comunidad de paz, resultó cada vez más incómoda para los actores armados. Algunas personas creen que esa fue la razón por la que la asesinaron, “para silenciar su voz en una comunidad sometida al miedo”. Investigaciones de expertos en conflicto llevan años advirtiendo que en Cajibío (Cauca) que la presencia de grupos armados como el Bloque Occidental de la disidencia Estado Mayor Central, al mando de “Mordisco” es cada vez más letal. Además, en la zona convergen grupos narcotraficantes como el Clan del Golfo, con quienes se disputan el control territorial. En todo ese panorama, una de las preocupaciones de Leonardo González es que la comunidad se pueda reponer.
“Esperamos que el proceso que ella y James representaban no quede en el silencio”, dijo. Eduin Capaz es el coordinador de la Oficina de Derechos Humanos del CRIC y fue uno de los primeros en alertar del asesinato de María Ovidia y James Flor. Dice que le pesa no haber llegado a tiempo con la guardia indígena para salvarlos. El jueves, 3 de septiembre, estuvo en el velorio de los líderes y dice que el silencio absoluto fue lo que más le impactó. “No es un silencio prudente, sino un silencio aterrador. Las personas solo acompañan con miradas perdidas y evitan juzgar porque saben que el actor armado está muy cerca. Es la reacción de una comunidad con miedo. María Ovidia les había sembrado una alternativa y una esperanza frente a esta realidad”, dijo.
Además: Las víctimas que llevan años esperando verdad en casos por los que Uribe rinde indagatoria
Ese silencio profundo también puede ser la respuesta al impacto y al dolor. A la misma comunidad le tocó levantar los cuerpos de sus líderes. Ni la Fiscalía ni Medicina Legal llegaron a realizar las diligencias y solo un inspector de la Policía los guió en el proceso. “Las autoridades y los equipos forenses no llegaron y sacaron la excusa de la seguridad. Aunque nosotros estábamos dispuestos, junto a la guardía indígena, a garantizar su entrada para realizar el levantamiento con la técnica necesaria. Pero no fue así. Es desolador e indignante. Solo con el inspector se realizó el levantamiento bajo las condiciones humanamente posibles, sin contar con herramientas técnicas ni la experticia requerida para un caso de esta magnitud. Seguro eso va a afectar la investigación”, detalló Eduin Capaz del CRIC.
Él recuerda a María Ovidia como una compañera de luchas, por eso le pesa y le oprime el pecho pensar que no la pudo acompañar en la última de sus batallas. “Todos somos conscientes de que corremos un riesgo inminente, pero humanamente nunca aceptamos la posibilidad de que nos vayan a asesinar. Con la lideresa nos encontrábamos con frecuencia y siempre nos pedía que los acompañáramos y no los dejáramos solos, reconociendo que éramos su apoyo. Es muy doloroso sentir que no pudimos llegar a tiempo para salvarla, aunque sabemos que no era directamente nuestra responsabilidad”, dijo con un aire de resignación en su voz. Ahora lo que más le pide al gobierno y al país es que los mensajes de solidaridad y apoyo salgan de las redes sociales para que la defensa de la vida no les siga costando la propia.
Una pareja dedicada a hacer trabajo por la paz
Miguel Fernández es un dirigente campesino del Cauca, pero además fue testigo directo del amor que nació entre James y María. Habla despacio, con la tranquilidad y la resignación que entregan las luchas ganadas y perdidas. A él le parece injusto el silencio que deja la violencia. Por eso convocó a una velatón en Popayán (Cauca), a las afueras de la sede de Medicina Legal hasta donde llegaron los cuerpos de la pareja de líderes y esposos. Mientras prendían las velas, Miguel puso música. Cuando le preguntan qué canción puso, él comienza a cantar: “Me preguntaron cómo vivía, me preguntaron. Sobreviviendo, dije, sobreviviendo”. Ese jueves, toda la gente reunida escuchó la canción de Víctor Heredia, como un mensaje de protesta frente a la muerte que los amenaza todos los días.
James Flor, el compañero de vida y de lucha de María Ovidia, era un líder comunitario. Estaba vinculado a la organización de la Mesa de Víctimas del Cauca y acompañaba a las juntas de acción comunal. Mientras estudiaba para ser abogado, asesoraba a las comunidades. Junto a su pareja trabajaba por el reconocimiento de las víctimas y los pueblos en la construcción de paz. Miguel Fernández conoció a James en la lucha campesina y recuerda que en los procesos de liderazgo fue siempre activo y dinámico. Después conoció a María Ovidia en la lucha por las comunidades indígenas. En los tantos encuentros de líderes, Miguel Fernández supo reconocer que entre los dos había una relación más personal y le pareció un primer gran acto de amor que María, de la comunidad del sur del Cauca, se fuera a vivir al centro del departamento para unirse con James.
“Sé que tenían una relación muy amorosa. Comenzaron a construir su vida juntos después de haber tenido otras parejas, y lo que uno notaba en ellos era el gran amor que se tenían. Dedicarse a hacer un trabajo por la paz en Cajibío, que no era la tierra natal de ella, me parece un gesto sumamente importante”, contó Miguel Fernández. En medio de las risas que hoy le permiten el dolor, cuenta una anécdota. “Solía molestarlos mucho por su relación. Cuando supe de su unión, ellos intentaban ser muy prudentes, pero entre las chanzas y las risas que a veces genera el duro trabajo de la defensa de los derechos humanos, yo les hacía comentarios. Le decía a Ovidia: ‘No podés negar que querés al negro. Vos te enamoraste de este negro. Ahora, ¿qué va a pasar, María Ovidia?”. Y ella solo contestaba: “Pues que me toca quererlo”.
El jueves, 3 de septiembre, la comunidad indígena y campesina despidió a María Ovidia Palechor al norte del Cauca, aunque ellos dicen que la sembraron. A James Flor lo enterraron el viernes, 4 de septiembre, en el centro del Cauca. Aunque no están en el mismo lugar, Miguel Fernández y sus amigos creen que están juntos en un abrazo infinito. Se los imaginan alzando las banderas de la paz y acompañando a las víctimas. Lo que les queda es el recuerdo, el legado de la lucha y el reclamo urgente para proteger a los líderes sociales. María y James fueron los líderes número 102 y 103 asesinados en lo que va del 2026. Más allá del contador, sus asesinatos se sintieron como una derrota de la que hoy su comunidad busca salir, aunque no saben cómo.
Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.