“No voy a obligar a Catalina a quedarse viva contra ella misma. Ella está sufriendo. Me va a doler profundamente perderla, pero su dolor es más grande que el mío”. Ángela Silva González tiene 58 años y habla con resignación, cansada. “¿Que si me da miedo que otras mamás me juzguen? No. Las mamás y los familiares que tienen hijos con problemas de salud mental saben exactamente de qué hablo. Han vivido este dolor. Saben la impotencia que es querer cuidar y estar ahí y dormir con un ojo abierto, o no dormir, y que al final nuestros hijos se hagan daño”. Lleva meses despidiéndose de su hija menor Catalina Giraldo Silva, quien emprendió una cruzada jurídica para reclamar su derecho a morir dignamente a través del suicidio médicamente asistido. La Corte Constitucional está “ad portas” de decidir si selecciona para revisión este caso y se pronuncia de fondo. Con el corazón en la boca, Ángela les dice a los magistrados: “Espero que nunca tengan que pasar por algo así. Esto no se lo deseo a nadie. El dolor de Catalina es insostenible en el tiempo”.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
(En contexto: Catalina busca el suicidio médicamente asistido, pero un vacío legal prolonga su sufrimiento)
En entrevista con El Espectador, está mujer que encarna una lucha inédita —Catalina podría ser la primera persona en Colombia que acceda al suicidio asistido— ya aceptó que la enfermedad mental que sumió a su hija en una depresión brutal durante la última década no tiene más alternativas terapéuticas. Lo hizo a fuerza de estrellarse una y otra vez con una realidad desgarradora: a pesar de haberlo intentado todo médicamente, Catalina nunca tuvo una mejoría clínica. A contracorriente de su impulso materno por protegerla y el instinto innato de salvarla, hoy acompaña decididamente esta batalla legal para que su hija de 31 años no sufra más, para que su alma desolada por fin descanse. A esta convicción llegó luego de que los médicos de Catalina le explicaran el concepto de “encarnizamiento terapéutico”, es decir, alargar el sufrimiento de un paciente cuya dolencia no tiene reversa. “Han sido años de terapia, más de 500 sesiones, 40 esquemas farmacológicos distintos, una decena de hospitalizaciones psiquiátricas y terapias electroconvulsivas, pero nada funcionó”, dice.
“No hay manera de decir que Cata no lo ha intentado. Lleva un año prácticamente en la clínica: hospitalizada o en clínica día. Eso no es vida para nadie. El equipo médico hizo juntas, evaluó muchísimas cosas, y hubo una frase que me ayudó a entender que Cata estaba muy cansada: el encarnizamiento terapéutico. Llegamos a un punto en el que empezamos a hacer cosas desesperadas para aliviar un dolor que no se puede aliviar. Hoy ya lo entiendo. No puedo ser tan cruel como mamá para obligarla a vivir una vida tan tremendamente dolorosa como la que ha tenido, en especial estos últimos meses”. Ángela ha sido testigo de cómo su hija ha venido descendiendo, escalón tras escalón, en ese abismo insondable de la depresión. Su padecimiento es tan grande, que se corta su cuerpo intencionalmente para que otro dolor interrumpa la tortura que habita en su cabeza. “Se arranca la piel a pedazos. Ya los brazos no tienen un lugar donde le quepa una cicatriz más. Y cada vez que se rasguña, se está arrancando un pedacito de lo que le queda de vida”.
Fue largo, tortuoso y difícil para Ángela el proceso de darse cuenta de que su deber como madre había cambiado radicalmente: ya no era mantener a salvo a su hija, como lo hizo durante 30 años, sino aceptar su decisión de pedir la muerte digna porque está exhausta de pelear contra ella misma. Catalina terminó como rehén de una vida de espanto, y su madre quiere liberarla de esas cadenas. Por eso espera que la Corte Constitucional seleccione en los próximos días la tutela que interpusieron Catalina y su abogado Lucas Correa para que el sistema de salud le permita acceder al suicidio médicamente asistido. Es la primera paciente en Colombia que solicita esta ruta de muerte digna, que no ha sido reglamentada por el Congreso ni regulada por el Gobierno, a pesar de que la Corte Constitucional la despenalizó en mayo de 2022 en una sentencia histórica. Justamente ese vacío legal fue la razón fundamental del portazo que le dio un juez de Bogotá a su petición inicial. El alto tribunal tiene hoy la oportunidad de zanjar el debate.
“Esperamos que la Corte Constitucional seleccione para estudio el caso de Catalina. Su derecho a morir dignamente ha sido un proceso extremadamente largo y doloroso para ella. Se trata de poder terminar su vida de una manera digna, responsable y amorosa. Que no tenga que ir a reconocerla a una morgue porque decidió quitarse la vida sola en un hotel. O que me toque enterrarla como una muerte violenta. Eso me parte el alma. Una muerte digna cambia todo. Incluso el certificado diría ‘muerte natural’. Eso cambia la historia. Eso transforma el duelo”, asegura Ángela convencida. Verbalizar ese anhelo quizá sea un mantra para no autosabotearse, para no echarse para atrás, para seguir en la brega de la compañía de su hija, para despedirla honrando su decisión y aplaudirla por su valentía. “Un suicidio deja preguntas eternas: ¿qué me faltó ver?, ¿qué tanto sufrió?, ¿me extrañó? Es un dolor que nunca pasa. Perder a un hijo jamás se supera. Pero al menos podría decirle: ‘Te amo, hija. Buen viento y buena mar’. Y ella no lo haría a escondidas”.
Ahí radica el sentido de esta lucha, señala. En que va a poder estar a su lado hasta el último segundo, si Catalina se lo permite —y si la Corte, claro, se lo permite a Catalina—. No tendrá que recibir esa tétrica llamada en la que alguien le informe que encontraron a su hija mientras ella se tumba del dolor por la noticia. Ángela y Catalina quieren que esto sea diferente. Que el Estado les permita tener un destino menos traumático. Que haya un adiós que no deje en carne viva la herida. Es que Catalina ya ni siquiera es Catalina, cuenta su mamá. No son solo las pesadillas que ni en la noche la dejan conciliar el sueño, es que vive tan dopada que ha empezado a olvidarse de ella misma. “Cata siempre tuvo un lenguaje precioso y escribía muy bonito. Pero empezó a perder palabras después de la tercera terapia electroconvulsiva. No es solo que pierda la memoria de ciertos momentos, sino que está perdiendo partes de su historia de vida. La terapia electroconvulsiva es como hacerle ‘control alt delete’ al cerebro. Hoy estoy viviendo un duelo antes del duelo, y no sé cómo explicarlo”.
Catalina lleva más de media vida hundiéndose en la zozobra. Desde muy pequeña tuvo la sensación de que una angustia inexplicable trepaba sobre su pecho. La costra de ese lamento fue creciendo con ella mientras estudiaba en el colegio Pureza de María, en Bogotá, y después cuando entró a estudiar psicología en la Universidad Nacional. A pesar de graduarse con honores, fue acumulando incapacidades y hospitalizaciones. Su diagnóstico: trastorno límite de la personalidad, trastorno depresivo mayor y trastorno de ansiedad no especificado. Comenzó a autolesionarse. No pudo volver a trabajar. El sufrimiento físico y psicológico la fueron devorando a destiempo. Ángela siempre estuvo ahí con ella, cuidándola, pero también mirando a los ojos el precipicio que parecía tirar de ella. En un momento el coctel de fármacos fue tan intenso, que tuvieron que sacarle la vesícula. A Ángela también tuvieron que quitársela un día. Ocurrió cuando tenía 19 semanas de embarazo de Catalina. Una coincidencia más que hermana sus historias. Madre e hija, sin vesícula, batallan.
(Le podría interesar: El suicidio médicamente asistido es legal: Corte Constitucional)
“Tengo el privilegio de tener una familia amorosa. El mejor regalo que me dio Cata fue llegar a mi vida. Y el mejor regalo que le puedo dar es acompañarla y respetar su decisión de no querer sufrir más. De no tener una cicatriz más. De no lastimarse una vez más. De no tenerse que mirar en el espejo por las mañanas y no encontrarse. Ella se contiene muchísimo para que esto sea lo menos doloroso para nosotros. ¿Cómo no voy a ser recíproca con ese cuidado? Uno quiere que sus hijos estén sanos y felices, y que en la vida les vaya bonito. Pero llega un punto en que verla en paz con su decisión supera mi necesidad de retenerla. Mi nostalgia, mis sueños frustrados, los planes que tenía para verla crecer, porque se suponía que me moriría primero, pasan a un segundo plano”. Mientras dice esto, Ángela mira por unos segundos a Catalina, quien se animó a acompañarla a esta entrevista en El Espectador. La observa ladeando su rostro y soltando una ligera sonrisa, como contemplándola, quizás admirándola más que nunca. “Te quiero siempre”, se diría que le dijo con los ojos.
“Poder explicar cómo una madre puede darle la bendición a su hija para que parta de este mundo es lo más difícil. Lo intento todos los días. Pero es que la veo sufrir todos los días. No concibo mi vida viéndola acabarse de esa manera. Estamos en un punto en el que ya no sé qué más hacer. Nos inventamos planes juntas para encontrar un motivo del cual agarrarnos, pero no hay forma de que una madre desde el corazón pueda simplemente soltar. No se puede. Por eso lloro muchísimo”. Desahogar el taco de su pecho, que se despeñe la sal por la cara, abrazarla y besarla tanto como sea posible. Ángela se reinventa a diario para despedirse sin despedirse del todo. “Si la Corte aprueba que Cata muera dignamente, creo que ella partirá a su manera: algo artístico, lleno de agradecimiento y amor. Lo hemos hablado. Va a ser muy mágico, de compartir y agradecer. Nunca vamos a estar preparados como familia, pero sí vamos a tener el corazón para poder sostenerle la mano. Esa es mi única esperanza”.
Y también transformar este dolor para que sirva a un propósito mayor: que Colombia hable más y mejor sobre estos temas, que la salud mental sea una conversación en familia, que se amplíen los derechos de la muerte digna y que el suicidio médicamente asistido tenga una regulación precisa. Es lo que anhela Catalina: dejar un legado. Y Ángela sabe que será la encargada de custodiarlo. “A mí me preguntan cómo estoy, y contesto siempre: ‘estoy’. Intento vivir un día a la vez. Estoy tratando de hacer las cosas sencillas para despedirnos mutuamente, desde el amor y el cuidado. Si Cata se fuera mañana, me sentiría tranquila”. Ángela cuenta que como Catalina está yendo a la clínica todos los días, se levanta a las 5:30 de la mañana para despertarla. Dura media hora en esas, por la cantidad de medicamentos que toma. Luego va corriendo a la cocina, sonriente, porque va a prepararle un desayuno rico, uno distinto todos los días, porque intuye que cada vez les queda menos tiempo, y la cocina es una caricia para el alma.
(Lea también: El suicidio médicamente asistido es legal: Corte Constitucional)
“¿Pero y si la Corte no selecciona este caso o, al final, no le permite a Catalina el suicidio asistido?”, le preguntamos. “Uffffff”, suspira Ángela como pidiendo tiempo para encontrar una respuesta: “Pues nos pondrían en una situación muy compleja. Existe el riesgo de que a Cata le dé un impulso incontrolable que no podamos detener por más supervisión que tenga. La otra opción es solicitar la eutanasia, con el riesgo de que vuelva a ser negada. Y la tercera es investigar qué otras alternativas legales existen para que tenga una muerte digna y no violenta. Porque si ella quisiera, podría hacerlo sola. Pero nosotros no queremos una muerte violenta. Además, Cata insiste en el suicidio asistido y no en la eutanasia, porque lo entiende como un acto de autonomía y libertad. Ella quiere decidir cómo partir. Y sí creo que todos los seres humanos tenemos derecho a elegir cómo queremos irnos”. La entrevista termina. Les pedimos unas fotos para el artículo. Ellas se abrazan. Apenas posan para la cámara. Ambas se están yendo a su manera. La vida se bifurca para ellas.
“Ay, qué le voy a decir a Cata. Le doy muchas vueltas a esa pregunta. Prometí que hoy lo iba a hacer. Cata es mi segunda hija. Fue una niña muy luchada, a las 19 semanas de embarazo me operaron de la vesícula con el riesgo que eso implicaba por la anestesia. Nació con esa dulzura que siempre ha tenido. Es algo que me llena. Mi hija mayor es un volcán de emociones y alegría. Cata, en cambio, es reposada. Es sabia, me muestra cuando me equivoco. Mi compañera de artes, de cocinas, con quien disfruto las cosas más sencillas de la vida, quien me empuja a ser mi mejor versión. Solo tengo gratitud hacia ella, y se lo he dicho varias veces. Me está enseñando el significado del amor incondicional. Solamente puedo honrar la vida de Cata. Y lo voy a hacer. ¿Que qué quiero decirle? Que la voy a extrañar infinito y que en mi creencia ella me va a acompañar siempre”. Ángela y Catalina salen del periódico. Ella toma del brazo a su madre. Voltean una vez más para decir adiós. Se ven tranquilas, resignadas, inmensas.
Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.