A la mujer buscadora Cleiner Almanza Blanco la intentaron callar quemándola viva. Las amenazas que durante años ha recibido por su labor como defensora de derechos humanos se materializaron en la noche del pasado 8 de junio. Ese día, en la mañana, un hombre la abordó por la espalda en un puesto de comida y, apretándola con fuerza, le dijo que tenía que presentarse a las ocho de la noche en un tramo de la vía que conduce al corregimiento de Aguas Prietas, en Turbaco (Bolívar). Allí, hombres que pertenecerían al Clan del Golfo la rociaron con alcohol e intentaron asesinarla prendiéndole fuego. La escena fue presenciado por sus propios hijos, que llegaron hasta el lugar para salvarla.
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Durante 28 años, Cleiner Almanza se ha dedicado a la búsqueda de su hermano mayor, Julio César Blanco Vides, desaparecido en la vereda La Reforma, de El Carmen de Bolívar, en febrero de 1998. Al parecer, fue víctima de un falso positivo. Por su caso, la lideresa está acreditada en el Caso 08 de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que investiga crímenes cometidos por la fuerza pública en alianza con grupos paramilitares. Anteriormente, la mujer buscadora ya había denunciado amenazas por su labor, y la sevicia de este último ataque llevó a que la JEP y la Defensoría exigieran al Estado medidas urgentes de protección para ella y su familia, como el refuerzo de sus esquema de seguridad de la Unidad Nacional de Protección (UNP), que todavía está en estudio.
Hoy, recuperándose en una clínica de las quemaduras que cubren su rostro y brazos, no solo lidia con las secuelas físicas del ataque, sino también con las emocionales, que no le permiten verse en un espejo. A pesar del dolor y la dificultad que tiene para hablar, Cleiner Almanza contó su historia a El Espectador. Para ella, su principal preocupación son sus seis hijos, quienes también están bajo amenaza de los hombres que quisieron silenciarla. Sosteniéndose en su fe en Dios y con la resiliencia que solo forjan largos años de incansable lucha, aseguró que, aún con el horror de lo sucedido, no se detendrá en la búsqueda de su hermano hasta que pueda recuperar sus restos y darle una despedida.
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Tras el intento de homicidio que denunció recientemente y las amenazas que ha enfrentado, ¿cómo es hoy su situación de seguridad y la de su familia?
Es bastante grave. Desde el ataque me encuentro en una clínica y estoy esperando la decisión de las entidades competentes para que refuercen el esquema de seguridad para mis hijos. Tengo seis hijos; tres vienen a visitarme al hospital, pero los otros tuvieron que irse del territorio por seguridad. Solo cuento con dos escoltas para mí y ellos, y eso no garantiza una protección eficiente. Ahora mismo estoy con una protección de segundo a segundo por parte de la Policía y la UNP, que hacen rondas constantes, pero no sé cómo es la vigilancia a mis hijos en casa. Eso es lo que no me deja estar tranquila. Es urgente que la UNP nos dé una respuesta teniendo en cuenta el auto que emitió la JEP.
La justicia transicional también ordenó que el Ministerio del Interior adelante una reunión extraordinaria con la UNP para reevaluar sus condiciones de seguridad. ¿Qué respuesta ha recibido hasta ahora de las autoridades?
Todavía no tengo una respuesta en la que se me asegure que se están tomando las medidas necesarias. Todo lo que sé es a través de mis abogados y a través de las entidades que me están acompañando y hacen seguimiento de la situación. Sé que hay un auto de la JEP, que hay unas peticiones específicas, pero esas no han avanzado.
Antes del ataque del pasado 8 de junio, ¿usted ya contaba con antecedentes de amenazas en su contra por sus denuncias contra grupos armados?
Meses antes ellos ya me habían abordado y citado a reuniones, pero yo nunca asistí. Ese día, no sé si esa persona me estaba siguiendo, pero, estando en la calle, me apretó fuertemente por la espalda y me dijo que el jefe de él necesitaba verme. Tenía que llegar a las 8 de la noche hasta un sitio en la vía de Aguas Prietas y me dio una lista con todos los elementos que tenía que llevar. Eran unas tres botellas de alcohol grandes, cerveza, cigarrillos y fósforos. Nunca pensé que esas cosas luego las iban a usar en mí… Esa persona me aseguró que no me iba a pasar nada, que solamente era para hablar. Pero me advirtió que no podía ir con mis escoltas y que no podía decirle a nadie porque me tenían vigilada y sabían dónde estaban mis hijos.
Ese día fue una agonía. Al final le pedí al novio de mi hija que me llevara en su moto hasta el lugar de la cita, pero él no tenía idea de a qué me iba a enfrentar. Recuerdo que primero paré en una tienda a comprar todo lo que esa gente me pidió y comencé a pedir ayuda en el negocio: “Estoy en peligro, unos hombres me pusieron una cita en tal lugar. Por favor, cuando salga de aquí llamen a la Policía, no me dejen morir”. Tal vez creyeron que era una broma, pero ninguno hizo algo. En el camino le confesé al novio de mi hija la situación y le pedí que, luego de que me dejara, no le parara a nadie y saliera a buscar ayuda lo más rápido posible. La cita era a un lado de la vía y todo estaba oscuro.
Perdí la noción del tiempo en lo que me hicieron después. Al final fueron dos de mis hijos quienes fueron a rescatarme y tuvieron que ver esa escena que no quiero recordar. Estaba tirada en el piso, revolcándome, buscando apagar las llamas en mi cuerpo. Fue un momento tan cruel que no sé en qué año podré marcarlo y hacer una conmemoración en ese sitio… No quiero seguir recordando más de eso.
Usted lleva cerca de 28 años buscando a su ser querido y acompañando a otras víctimas. ¿Cuáles han sido los momentos más difíciles de este proceso?
A nosotras las lideresas nos está matando la falta de credibilidad, porque cuando denunciamos que nos amenazan dicen que es mentira o que nos estamos autoamenazando, pero vean lo que me sucedió a mí. También enfrentamos mucha estigmatización porque, como buscadoras, llegamos a las cárceles, cementerios y hasta a las cantinas buscando cualquier pista de nuestros seres queridos. Por mi labor me han tildado de alcohólica y prostituta. La esperanza de encontrar a los desaparecidos nos lleva a buscar con el agua al pecho, en el barro y hasta con vidrio; con los tarros de pintura para ir señalando donde nos dicen que hay fosas comunes.
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No he tenido miedo de buscar en todas partes, y así pude encontrar con vida a mi hermana Margarita en Medellín. Fue un reencuentro muy bonito y hoy en día sabemos que tenemos otros sobrinos. En la búsqueda de mi hermano he ido hasta Venezuela y he sido estigmatizada y agredida por eso. Nosotras las buscadoras somos víctimas de violencia sexual y vivimos los horrores en nuestro propio cuerpo. Yo estaba en un proceso de aceptación de mi cuerpo y mi cabello, y todo se devolvió para atrás con estos hechos. Ahora veo mi cabello, las heridas de mi cara, como un monstruo… Tengo miedo de mirarme en un espejo.
A pesar de las amenazas que ha enfrentado, e incluso en el 2000 llegó a ser víctima de desplazamiento, ¿qué la motiva a seguir adelante con su labor como mujer buscadora y defensora de derechos humanos?
Me motiva encontrar a mi hermano y ayudar a las otras personas que están buscando a sus familiares con la esperanza de que estén vivos, y, si no, que por lo menos recuperen sus restos y les den una cristiana sepultura. Que las familias puedan tener un espacio donde llorar a sus seres queridos. También me motiva alzar la voz y seguir exigiendo que se erradique la violencia sexual y la desaparición forzada. Esto nunca debe pasar.
Usted es una de las lideresas que ayudó a construir la Ley de Mujeres Buscadoras, que las reconoce como personas de especial protección constitucional. A dos años de que se sancionara la ley, ¿cree que se han materializado mejores garantías para ustedes?
No lo creo. Nosotros no trabajamos desde oficinas, andamos de pueblo en pueblo, y medidas como un carro convencional no son suficientes y tampoco nos garantizan mínimamente el combustible, porque dicen que no es una obligación. Uno debe suplir lo demás, aunque nosotras hacemos el trabajo que le corresponde al Estado. No tenemos garantías y tenemos que sostenernos vendiendo tintos y artesanías. Con estos hechos, uno se pregunta: ¿realmente es suficiente la protección que nos dan? Además, las autoridades nunca han querido tener en cuenta que a nosotras nos presionan a través de nuestros hijos, con nuestra familia, que es lo que más nos duele.
Cuando a uno le pasa un ataque como este, dicen que lo vivió solo uno, pero cuando mis hijos me encontraron de esa forma en el suelo, ellos se querían morir. Cuando me vienen a visitar en la clínica y me reparan, yo sé que ellos están muy mal. ¿Quién ha dicho que esto no afecta también a mis hijos? Se supone que para eso está esta ley, para que no nos dejen solas. Es una ley que está hecha con todos los dolores de nosotras, las que buscamos a los desaparecidos, y que por primera vez en la vida tenemos un reconocimiento de la lucha que sostenemos sin importar lo que nos hagan.
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¿Qué le diría a las mujeres buscadoras y a las familias que siguen firmes en buscar a sus seres queridos en medio de los riesgos que implica esta labor?
Les digo que sigamos unidas, que no estamos solas y que por mucho que nos hagan daño no nos van a callar. Debemos seguir buscando a nuestros seres queridos, que no desfallezcamos aun con los hechos tan bárbaros que cometen en nuestra contra. No debemos desfallecer ni quedarnos calladas porque precisamente eso es lo que ellos quieren: que estemos en silencio. Aunque tenga que sacar a mis hijos de aquí, yo no me iré, porque tengo que seguir con la búsqueda de mi hermano y apoyar a mis compañeras.
A todas las compañeras y compañeros que están buscando a sus familiares, debemos agarrarnos de Dios. Porque sé que él fue el que estuvo ahí conmigo salvándome. Sé que él fue el que buscó los medios para apagar esas llamas y, a pesar del dolor para hablar, estoy esforzándome para denunciar lo que me hicieron, porque no sé si me duele más el cuerpo o mi alma. Una vez, en una entrevista en El Espectador, dije que me movilizaba por la rabia, pero ahora que quisieron apagar mi voz con las llamas, me muevo porque soy una sobreviviente y les digo a esas personas que no me van a detener hasta que encuentre a mi hermano.
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