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La historia de un falso positivo dentro del propio Ejército colombiano

La escalofriante radiografía de una ejecución extrajudicial vista en detalle tras las indagaciones de la JEP. El tribunal de paz enfrenta la asfixia económica, mientras que sus hallazgos son tan estremecedores como indignantes. Veála este domingo en la noche en "Los Informantes" del Canal Caracol.

Alexander Quintero y Jersey Quintero, padre e hijo.
Alexander Quintero y Jersey Quintero, padre e hijo.
Foto: Archivo familiar

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El triunfo más doloroso y aterrador que puede tener una familia es el de recuperar el cadáver de un hijo, un hermano, un padre, lograr quitárselo a los asesinos, arrancarlo de la máquina criminal, trasladarlo a su tierra y darle sepultura entre los suyos con una lápida y su nombre. Es todo. Eso logró María Tránsito Figueroa.

Es viernes 5 de enero de 2007. Hacia las siete de la noche, ella va en el puesto posterior del carro fúnebre, adelante van el conductor y, junto a él, el cabo tercero del Ejército Jhon Quintero, de civil, sin armamento y consternado por lo que empezaba a descubrir. Sobre las piernas de ella va su nieto, un niño de cinco años, el segundo de cinco hermanos que aún no saben que han quedado huérfanos de padre. El hijo de ella, el padre de los cinco pequeños y el hermano del militar va más atrás, tendido, descompuesto dentro del ataúd apuntillado. Su nombre es Alexander Quintero Figueroa, tenía 28 años y hace poco más de una semana fue acribillado por el Ejército de Colombia.

Jefferson, el niño, no siente dolor pues aún no comprende lo que pasa. Le han dicho que el padre va atrás, y como solo ve allí un cajón le pregunta a su abuela si el papá está ahí metido y si más tarde, cuando lleguen, se despertará para jugar con él.

—Sí, gordito, el papá va dormido, pero ya cuando lleguemos más tarde a la casa él se va a despertar y se ponen a jugar —le responde a su nieto.

Detrás del carro mortuorio de la Funeraria Veracruz del Llano, en una pequeña buseta, va la exmujer y los otros cuatro hijos pequeños de Alexander. El mayor tiene siete años y se llama parecido a su padre: Jersey Alexander. Los tres menores son Gusella, una niña de cuatro años, Edwin, de dos, y una bebé de apenas ocho meses llamada María Alejandra, que va en brazos de su mamá. Les aguarda un viaje de más de 300 kilómetros que les tomará cerca de once horas, toda la noche. En medio de semejante duelo, estas son las primeras horas de sosiego que ha tenido doña María Tránsito, de 49 años, en la última semana.

Su tragedia empezó con el nuevo año. El primero de enero la llamaron desde Granada, Meta, donde vivía Alexander, para decirle que al parecer su hijo había sido dado de baja por el Ejército días atrás. María Tránsito vivía en el Magdalena Medio y trabajaba en el campo donde ganaba lo justo para sobrevivir, así que pidió prestado un millón de pesos, se lo metió al bolsillo y salió hacia Bogotá. Antes, llamó a su otro hijo, Jhon, el militar. Lo puso al tanto y acordaron encontrarse en Bogotá para ir juntos a los llanos a averiguar por Alexander.

Jhon Quintero es moreno, fornido y alto, entonces tenía 26 años y ya llevaba casi ocho como miembro de la fuerza pública. Su grado era el de cabo tercero y estaba adscrito a la Quinta División del Ejército en el batallón de ingenieros de Ubalá, Cundinamarca. Tras colgar la llamada con su mamá, rápidamente habló con sus superiores, apenas les dijo que tenía una tragedia familiar y que debía ausentarse de urgencia. Le dieron permiso y sin más tomó una motocicleta de su propiedad, e hizo 90 kilómetros hasta la capital para encontrarse con ella que venía desde Santander.

Y así mismo llegaron a Granada, en la moto y tan pronto pudieron. Ya era el 2 de enero. Quien había contactado a María Tránsito con la terrible noticia fue un vecino de Alexander, el mismo que se había quedado al cuidado de los niños desde que el joven padre desapareció. Madre e hijo se reunieron con él, y este los puso al tanto de los detalles: la última vez que él y otros moradores vieron a Alexander había sido el 28 de diciembre, pasadas las siete de la noche. A esa hora, un sujeto conocido como Mazamorro había buscado a Alexander para proponerle que se ganara 50 mil pesos fácil y rápido. Una propuesta difícil de rechazar considerando su situación. Alexander era jornalero, no había terminado ni siquiera la primaria pues trabajaba en el campo desde muy pequeño. Era el mayor de nueve hermanos y desde niño consideró que debía trabajar para ayudarle a su mamá. Y después, cuando creció, se fue de la casa y tuvo sus propios hijos, estos fueron su prioridad. Jhon le había propuesto varias veces que se metiera al Ejército, pero él decía tajantemente que no. "Él no prestó servicio –recuerda Jhon– porque les tenía mucho miedo a las armas, le daban pavor; y por lo que ya tenía hijos. Me dijo: ‘yo no voy a dejar a mis niños solos, desamparados, yo voy a trabajar para ellos’.

Y venía cumpliendo esa promesa cabalmente. Alexander se había separado y estaba reorganizando su vida con sus cinco hijos como joven padre cabeza de familia. Vivía en arriendo con ellos en la casa del vecino que dio aviso. Allí lo apoyaban cuidándole a sus hijos mientras él jornaleaba entre cultivos o se ganaba alguna propina haciendo diligencias con su motocicleta, que era su única propiedad. A esa casa, en la zona rural de Granada, fue adonde llegó Miguel Antonio Sánchez Ruiz –más conocido en el expediente como Mazamorro– para ofrecerle 50 mil pesos a cambio de que lo transportara en la moto. Tres días antes había sido navidad y Alexander no había podido comprarle nada a sus hijos. Por eso, no le prestó atención cuando la gente de la casa le dijo que ya eran las siete de la noche, que mejor se quedara con los niños y que, además, el tal Mazamorro no daba buena espina. Pero Alexander solo pensó en la paga a favor de sus hijos. Dijo que no se tardaba, prendió la moto, aquel se montó y se fue para siempre.

Lo que ocurrió después se sabe ahora –con tétricos detalles– por las confesiones de una veintena de exmilitares comparecientes ante la Jurisdicción Especial para la Paz. Mazamorro le pidió a Alexander llevarlo hasta cierto punto por la vía que conecta a Granada con el municipio de Fuente de Oro. Pero apenas un kilómetro después de dejar la cabecera de aquel municipio, un poco más adelante del Batallón de Infantería N.º 21 Batalla Pantano de Vargas, más conocido como Bivar, Mazamorro le pidió bajar la velocidad y luego detenerse, cerca de un bar. Allí aguardaban, entre la penumbra y vestidos de civil, el sargento Andrés Grisales Gómez del S2 del Bivar, es decir, del área de inteligencia de esa guarnición. También estaban los soldados profesionales José Andrés Bayona Ramírez, alias "Cachas" y Rogelio Roa Rincón. Y al mismo tiempo llegó un taxi. Sin mediar palabra, entre todos y a las malas doblegaron a Alexander, le amarraron piernas y brazos, lo amordazaron y lo metieron en el baúl del taxi conducido por "un señor mono, alto y calvo", cuya identidad nunca nadie ha revelado.

Jhon Quintero y María Tránsito Figueroa.
Jhon Quintero y María Tránsito Figueroa.
Foto: Archivo particular - Foto cortesía de Ángela Zambrano

Antes, ya reducido, Mazamorro requisó minuciosamente a Alexander y le quitó su billetera con los documentos y el celular. Lo despojó de lo que llevaba de valor, incluyendo la moto. Lo robó y lo entregó a los verdugos. Aquellos objetos eran, con toda probabilidad, la propina de ocasión, pues reclutaba inocentes y los entregaba a la maquinaria criminal a cambio de jugosos pagos avalados por la comandancia del Bivar. Entre la cúpula y en las comunicaciones radiales no lo llamaban "reclutador" ni mucho menos Mazamorro. Era conocido como "guía" o "informante", y era un viejo amigo del batallón. Su prontuario resultaba temible: Miguel Antonio Sánchez decía haber hecho parte del Partido Comunista Clandestino y con esas credenciales se integró a los paramilitares del Bloque Centauros donde se dedicó a señalar a decenas de personas que fueron asesinadas. Y en abril de 2006, cuando esa estructura paramilitar se desmovilizó, Mazamorro no se retiró. Ya no de camuflado sino de civil pasó a ser enlace con el Bivar para cometer falsos positivos. El excomandante del Bloque Centauros, Luis Arlex Arango, afirmó ante los magistrados de la JEP "yo se lo agregué a Cabuya". Es decir, que dejó a Mazamorro a las órdenes del comandante del Bivar, coronel Héctor Alejandro Cabuya. Y, además, estimó que este reclutador fue el responsable del 60% o 70% de las víctimas asesinadas en Vista Hermosa y San Juan de Arama, "Mazamorro está en todas… es mucha la gente que hizo matar, porque él decía que a todos los conocía".

Aquella noche del 28 de diciembre de 2006, Mazamorro se marchó en la moto de Alexander, mientras que el taxi y sus ocupantes viraron para buscar la carretera hacia San Juan de Arama, con la víctima entre el baúl. El sargento Grisales fue el jefe en ese desplazamiento y aunque ha pasado tiempo no ha podido olvidar el rostro de miedo de Alexander, suplicándole ayuda sin poder pronunciar palabras: "No hice nada para evitar de que esta persona no fuera llevada al sitio donde iba a ser asesinada. Lo único que miré fue su rostro con simples gestos corporales, queriendo decir que era una persona inocente… Se veía que era una persona inofensiva, estaba indefensa y eso no nos importó". Pero el destino quiso que aquella noche Alexander tuviera otro momento de esperanza y los criminales un impasse de angustia.

Cuando iban llegando al caserío de Canaguo, unos 15 minutos después de haber iniciado el recorrido, se encontraron con que la Policía tenía instalado un punto de control sobre la vía. Instintivamente alias Cachas reaccionó lanzándose del taxi antes de que se detuviera, y huyó entre la oscuridad y la maleza de la vera. Este soldado no lo pensó dos veces ya que tenía consigo el arma sin papeles que haría parte del plan criminal. Desde su punto algunos patrulleros alcanzaron a observar el movimiento así que cuando el carro se orilló y paró todos estaban prevenidos. De entrada, hubo un forcejeo entre las fuerzas del orden. Grisales fue arrojado al piso y le quitaron su pistola de dotación. Y luego, en medio de una algarabía en la que los militares querían hacer valer su chapa y los policías la suya, estos procedieron a revisar el taxi. Abrieron el baúl y encontraron a Alexander atado, paralizado por el miedo, hablando solo con sus ojos. Y ahí se armó la de Troya.

Los patrulleros advirtieron que el asunto era delicado y que debían escalarlo. Pero Grisales les mostró su cédula militar y les suplicó "que no fueran a hacer esa bestialidad, que me perjudicaba". La tensión aumentó y Alexander escuchaba cómo su vida se debatía en esos alegatos. Al frente de la situación se puso un sargento de la policía, el de más rango en ese retén, quien habló con Grisales. Este le insistió en que le colaborara y que le permitiera hablar con su superior el mayor Jorge Eliecer Bermeo, oficial de operaciones y segundo comandante del Bivar. Lo consiguió. Sin perder un segundo, Grisales lo puso al tanto del impasse: "Mayor, tengo una situación aquí grave. La policía me cogió con la persona que llevaba en el baúl…". Luego, la comunicación fue entre el sargento de la policía y Bermeo. Grisales le contó a la JEP lo esencial de esa charla: "La policía llama al mayor Bermeo y le dicen ‘Vea, la situación es esta: hay un sargento acá que trae a un señor amarrado, lo cual está mal hecho’. Y él responde: ‘Hermano, no se ponga a mariquiar que el sargento sacó un guerrillero del caserío de ese pueblo, entonces déjelo que siga'". Dicho y hecho. Como si nada, sin más, la Policía cerró la cajuela del taxi con Alexander adentro, y les dijo a los militares que siguieran el camino. Eso fue todo. Hasta ahora, no se sabe la identidad de aquellos policías que en ese momento se hicieron cómplices del crimen que estaba por cometerse.

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Para Jhon, el hermano de Alexander, ese momento del retén es sobrecogedor. Cada vez que piensa en su hermano le da vueltas a la escena: "Yo creo que cuando él vio los policías sintió una luz de esperanza. Pero cuando ya volvieron a cerrar el capó, imagino que el dolor fue mucho, porque cierran y de pronto él escuchó que dijeron ‘sigan’. Ahí ya no había más nada que hacer".

El trayecto que siguió fue más corto y aún más siniestro. Después del impasse, alias Cachas se reincorporó al grupo. Mientras se daba el tire y afloje con la Policía este había rodeado el punto del retén y aguardó el taxi sobre la vía, más adelante. Hicieron el resto del camino, unos veinte minutos, comentando la actuación de cada uno en la burla a la Policía. Finalmente llegaron hasta el punto conocido como el Mirador del Indio Acostado, allí, en ese paraje desolado y oscuro la tropa los esperaba. Todo fue rápido, Grisales ni se bajó del taxi. Era un plan bien concertado. Los soldados de civil se encargaron de sacar a Alexander del baúl y entregárselo al pelotón uniformado, Cachas entregó además el arma ilegal que se usaría en este falso positivo.

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Se trataba del pelotón ‘Astuto 3’ del Bivar, al mando del teniente Wbeimar Alfonso Angarita Peñaranda. En el batallón muchos sabían que simplemente era un grupo de sicarios del Ejército. Los nombres de algunos de sus integrantes producían miedo. Ese era el caso, por ejemplo, del soldado Luis Fernando Quevedo. El cabo William González Torres, comandante de una de las escuadras de ‘Astuto 3’ diría sobre él, años después a los magistrados de la JEP: "Quevedo tenía la mala costumbre de asesinar personas (…). Él decía que si le tocaba matar a otro él lo mataba, esa es la mentalidad de ese soldado". En manos de ese pelotón quedó Alexander, así tal cual lo habían llevado, amarrado y amordazado. Sin más, el taxi con los ocupantes partió. La víctima fue medianamente alejada de la vía, y el velo de aquella noche llanera fue rasgado por una serie de ruegos de misericordia seguidos de disparos de fusil que nadie ajeno al crimen escuchó, y que fueron reportados como un enfrentamiento.

Lo del siguiente día fue rutina con la siniestra paradoja de que, a regañadientes, al sargento Grisales le tocó volver al paraje para hacer el levantamiento del cadáver de Alexander Quintero. Según su propio testimonio, ningún funcionario de policía judicial quiso ir por allá, por lo que el coronel Jairo Martín Sandoval, subcomandante del Bivar, le ordenó hacer esa diligencia, aun cuando el sargento no tenía funciones de policía judicial. Para que se olvidara ese detalle, Sandoval le enseñó a Grisales la autorización expedida por el Juez 93 de Instrucción Penal Militar (coronel Agustín Hurtado Garzón), en la que se daba luz verde para que alguien más hiciera el levantamiento del cadáver. "Yo llegué –confesó Grisales– y cogí el cuerpo y no tuve prevención de guantes ni nada de eso, sino que como me lo encontré, lo cogí, lo levanté. Y cogí también el revólver sin ninguna precaución (…). Llegué fue a contaminar la escena de los hechos". Pero el sargento nunca tuvo problema ni en la justicia ordinaria ni en la penal militar. El juzgado 93 resultó ser el mismo que expidió acta de inspección de cadáver del NN, que en realidad era Alexander; y fue el mismo despacho que se negó a abrir investigación, decretó "inhibitorio", en el 99% de los casos que estudió, tal como luego lo estableció la JEP.

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Con los papeles amañados listos, el cuerpo abaleado de Alexander fue llevado a Granada y se dispuso todo para que pronto fuera enterrado sin nombre en una fosa común del cementerio local. Al mismo tiempo empezó a correr la noticia de que el Ejército había conseguido dar de baja a un cabecilla de las Farc.

En la casa donde vivía Alexander vincularon su extraña ausencia desde la noche anterior con la novedad del guerrillero muerto. Y se atrevieron a buscar la forma de verificar la sospecha. Cuando todo estaba dispuesto para inhumar el cuerpo, el 29 de diciembre, consiguieron verle el rostro en la funeraria encargada de embalsamarlo. Así, constataron que era él. "¡Cuál guerrillero, ese muchacho es trabajador y es el papá de cinco niños pequeños que lo esperan en la casa!". Y en los siguientes días, mientras el Ejército ajustaba los detalles de su coartada, el mismo vecino que gritó indignado buscó a la exesposa de la víctima en los pueblos cercanos y luego, a través de ella, consiguió el número telefónico de María Tránsito, la humilde mamá de Alexander.

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El mismo 2 de enero que llegaron a Granada en moto María Tránsito y su hijo el cabo Jhon Quintero, acudieron al batallón para averiguar lo ocurrido y reclamar el cadáver. Lo hicieron justo después de saludar a los hijos de Alexander y de terminar la reunión con el vecino que los cuidaba, quien los puso al tanto de lo que sabía. Fue el comienzo de otra película de horror.

Madre e hijo se presentaron en el Bivar, él iba de civil, pero aprovechó sus credenciales de militar activo y conocimiento para moverse dentro de la guarnición, yendo directo adonde sabía que podría encontrar las respuestas que buscaba. Lo habían planeado así. Mientras doña María Tránsito se presentaba como una parroquiana cualquiera y era transferida de una ventanilla a otra, Jhon, sigiloso y con propiedad, llegó hasta la sección de inteligencia donde le ordenó al soldado de turno que le pasara el informe "sobre la baja del 28″. Y lo que vio allí aún hoy, años después, lo estremece. El documento estaba firmado por el comandante del pelotón, teniente Wbeimar Alfonso Angarita Peñaranda, quien manifestaba que la tropa se había encontrado un bandido que estaba sembrando explosivos sobre la carretera, que entonces le lanzaron la proclama y que su reacción fue abrir fuego contra los militares con un arma que tenía. El informe tenía fotos y Jhon pudo así reconocer a su hermano mayor. Observó que le habían puesto botas de caucho, una riata de cargar explosivos y un revólver. Estaba leyendo esa información cuando de pronto alguien le arrebató el documento.

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Los comparecientes ante la JEP.
Los comparecientes ante la JEP.
Foto: Foto cortesía de Ángela Zambrano - Foto cortesía de Ángela Zambrano

"Fue un sargento que me dijo, ‘¿usted quién es?’ Yo me le presenté, como en el Ejército, la jerarquía, ante todo, y él me dijo, ‘Usted no puede estar aquí metido leyendo esto, es información clasificada, vamos donde mi mayor’, recuerda Jhon. Entonces lo condujeron a la oficina del mayor Jorge Eliecer Bermeo. Allí, el oficial, informado y molesto por el incidente, lo recriminó y le advirtió que en ese batallón no estaban ocultando nada. Y Jhon, nuevamente presentándose como militar, le dijo que estaba averiguando por la muerte de su hermano y que no entendía por qué decían que era guerrillero. Bermeo entonces recitó la versión del informe. Dijo que había sido un combate de encuentro que su hermano estaba instalando explosivos en la carretera y que cuando fue sorprendido por la tropa decidió dispararles a lo que los soldados reaccionaron. La insistencia en aquella versión que Jhon sabía falsa lo molestó, el encuentro subió de tono y el mayor le ordenó que se fuera. Jhon lo hizo, no sin antes asegurar que seguiría indagando y que llegaría hasta el fondo.

Entretanto, María Tránsito había logrado hablar con una juez penal militar del batallón, pero sin conseguir que le entregaran el cadáver de su hijo. Allá también se había armado trifulca, la madre se indignó cuando los primeros militares que la atendieron le dijeron que su hijo ya estaba sepultado, que para qué quería llevárselo si además no tenía plata. Ella les dijo que buscaba la plata prestada pero que quería llevarse a su hijo para tenerlo cerca. Y cuando alguno dijo que era un guerrillero dado de baja María Tránsito explotó: "¡Él está muerto por una mente desquiciada como la de ustedes! ¡Quién va a creer que el hijo mío era guerrillero, era un padre de cinco niños, y era la mano derecha mía!", les gritó alterada. Fue entonces cuando remitieron a la mujer con la juez quien le dijo que exhumar el cadáver para entregárselo era algo que no se podía hacer de inmediato, que mejor volviera mañana.

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María Tránsito y Jhon acudieron a la fiscalía, a la oficina de la Defensoría del Pueblo, a la Alcaldía, buscaron cuanto despacho creyeron que quizá pudiera ayudarlos. Se hicieron notorios e incómodos. También fueron a una funeraria para averiguar el costo de preparar un cuerpo y trasladarlo hasta Santander. Y al final de la tarde, empezaron a buscar posada en los hoteles del pueblo, pero ninguno parecía tener disponibilidad. Lo entendieron cuando en una de esas recepciones el empleado les dijo que hacía poco dos motorizados con camuflado del Ejército habían estado allá preguntando por ellos, y después, cruzando la plaza del pueblo, alguien simplemente se les acercó y les dijo "los van a matar".

Empezó a caer la noche y no tuvieron opción distinta que regresar a la funeraria Veracruz del Llano donde habían hecho buenas migas con el dueño. Terminaron pasando la noche allí mismo, entre ataúdes. Fue un largo desvelo cavilando sobre el peligro en que estaban, el deseo de recuperar el cadáver de Alexander, y lo que podían hacer para no agravar la situación. Jhon consideró que el ser un militar activo que cuestionaba a otros militares en su jurisdicción no ayudaba a bajar la tensión, todo lo contrario. Así que tomaron una decisión: a las tres de la mañana él salió en su moto de regreso a Bogotá. También acordaron que la exmujer de Alexander recogería a los cinco niños y viajaría en flota con ellos a Bogotá. La idea era reducir al máximo las posibilidades de represalias en Granada, allí solo continuaría María Tránsito en operación sirirí. Confiaron en que la insistencia de ella, una madre sola y afligida, calaría y que terminarían entregándole el cadáver. No fue fácil ni pronto, pero así ocurrió.

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Luego de dos días de desesperados ruegos y de afirmar que no se iría sin su muchacho "ni aunque me maten", el 4 de enero fue excavada la fosa donde había sido sepultado Alexander seis días antes, en el cementerio de Granada. María Tránsito estuvo ahí. El haber enterrado el cuerpo en una bolsa mortuoria hizo la labor algo menos tétrica. Cuando apartaron la tierra y extrajeron la bolsa con el cadáver ella se acercó para reconocerlo. Vio el rostro de Alexander desfigurado por un disparo y el tiempo que ya había pasado, pero aun así no tuvo duda de que era él, su hijo. Los despojos, puestos en otra bolsa, fueron trasladados hasta la funeraria donde se haría una preparación especial para el viaje que seguía.

Y allí estaba ella, ya muy conocida en la funeraria donde había pasado dos noches, cuando a media tarde vio llegar a dos motorizados con camuflado. El recuerdo de lo que le habían dicho en el hotel la atemorizó y entonces se agazapó entre los ataúdes. Y pudo escuchar cuando los sujetos, sin falsas cortesías, le preguntaron al despachador a qué hora salía el finado y este les dijo algo como "Más tarde, ya no tarda". Y sin más se fueron.

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María Tránsito le preguntó al señor qué significaba eso, y este le dijo "Significa que usted no se puede ir más tarde porque la van a esperar por ahí". Para entonces los pocos empleados de la funeraria eran aliados de esta madre en duelo, la habían visto dormir allí las últimas noches y enfrentar todas las adversidades y peligros. Así que al cabo de un rato sacaron un ataúd como si salieran de allí con un difunto, y en el vehículo le dieron algunas vueltas para luego ingresar a otra sede de la funeraria. Fue una idea para despistar. De cualquier forma, le prohibieron a María Tránsito irse esa noche y le prometieron que el traslado se haría al siguiente día, muy temprano. Ella durmió su tercera noche en la funeraria y temprano partió en el vehículo de la empresa con lo que quedaba de su hijo en un cajón sellado. Aunque el embalsamador había hecho su mejor trabajo, el cadáver no debía ser observado ni mucho menos expuesto, en ninguna circunstancia. La recomendación era sepultarlo nuevamente cuanto antes. Por eso, tan pronto aclaró, arrancaron rumbo a Bogotá donde se encontraría la familia para seguir todos hacia Santander. Y todo iba bien hasta que la carroza fúnebre empezó a fallar cuando aún estaban en la zona de los llanos.

María Tránsito estaba tan nerviosa como el joven chofer. Ambos sabían bien que el camino podía ser azaroso por cuenta del Ejército, así que cuando el carro fúnebre comenzó a jadear sintieron que era una desgracia y tuvieron la precaución de orillarse en el fondo de un matorral que los tapaba parcialmente. Ahí, el conductor revisó lo que pudo del vehículo y no encontró nada irregular, pero cuando procuró encender el motor nuevamente ya no respondió. Estaba fundido. Lo intentó una y otra vez. Nada. Entonces se comunicó con la funeraria y luego de muchas razones que iban y venían acordaron que enviarían otro carro fúnebre, pero desde Bogotá, así que debía tener paciencia. Y mientras aguardaban María Tránsito y el conductor vieron un camión del Ejército que pasó por la carretera y que al poco rato volvió, pero en sentido opuesto. Y después de cierto tiempo la misma escena. Eso les dio para pensar lo peor. Al cabo de algunas horas el carro fúnebre de reemplazo llegó y los conductores pasaron el ataúd a este en cuestión de segundos. El primer conductor debía esperar en el carro averiado a que de Granada llegara una grúa, pero no lo hizo. "No, así me echen yo no me quedo acá solo, yo me voy con ustedes para Bogotá", dijo, y solo revisó que la carroza quedara bien cerrada. Sin más, subió al otro vehículo y arrancaron. Por fin, al cabo de unas cuantas horas, los tres y el muerto en el ataúd, llegaron a la capital al terminar la tarde.

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Sin tiempo de descanso, esa misma noche, tras reencontrarse con Jhon, con la mamá de los niños y con sus cinco nietos, María Tránsito y su adorado muerto partieron en caravana fúnebre hacia el destino final, Santander. Durante el trayecto, el niño en sus piernas, el segundo hijo de Alexander, le preguntó más de una vez qué pasaba, por qué su papá no se levantaba ya:

—Más tarde él se despierta, gordito, déjelo que descanse —le respondió ella una y otra vez, con amorosa paciencia.

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Llegaron el 6 de enero hacia las seis de la mañana. En la sala de su humilde casa instalaron el cajón sobre unas barras para elevarlo un poco. Y encima pusieron un retrato de Alexander. Fue una velación corta. Algunos vecinos, amigos y conocidos del fallecido, así como otros familiares, vinieron con flores, velas, abrazos, pésames. Entretanto, María Tránsito y Jhon explicaron al párroco y al regente del cementerio la urgencia, de tal forma que todo se dispuso para que ese mismo día se cumpliera el entierro. Hacia media tarde, entre llantos, el ataúd de Alexander Quintero Figueroa fue depositado en una bóveda sellada con una placa de cemento y sobre esta una lápida con su nombre y fechas de nacimiento y muerte. Paz en su tumba.

Mientras que los Quintero Figueroa rumiaban el dolor de la muerte injusta y la difamación, el país asistía –desconociendo por completo– a la generalización de las ejecuciones extrajudiciales como práctica común y barata para reportar éxito oficial en la guerra. Faltarían aún dos años para que el término de falsos positivos apareciera y se hiciera viral a raíz del caso de Soacha, donde 19 jóvenes fueron desaparecidos y hallados sus cadáveres en Ocaña presentados como guerrilleros muertos en combate. Ahora sabemos, por el trabajo de la JEP, la Comisión de la Verdad y la ONU, que en 31 de los 32 departamentos del país se presentaron casos con al menos 162 batallones y unidades especiales del Ejército implicados. El presidente de la JEP, magistrado Alejandro Ramelli, ha explicado que la cifra de víctimas asciende a 7.837 en todo el país. Sí, 7.837 ‘Alexanderes’, y se sigue investigando. Ese año de 2007, que empezó para los Quintero Figueroa con aquella sepultura, sería el periodo de pico histórico de falsos positivos: cerca de 1.800 asesinatos de inocentes reportados por el Ejército como bajas al enemigo. Pero ni cabo tercero Jhon Quintero, ni nadie, tenía idea de eso. ¿Quién podría imaginarlo? Lo que él suponía entonces es que en aquel batallón del Meta había una camarilla de militares corruptos que quién sabe por qué asesinaron a su hermano. Y quería que el caso no quedara impune.

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Por eso siguió indagando y cuanta información consiguió la fue remitiendo a la Fiscalía donde reposaba el expediente. Tiempo después y con mayor jerarquía militar, incluso volvió al batallón de Granada. Nuevamente consiguió tener acceso a los documentos del Bivar que daban cuenta de la baja del 28 de diciembre de 2006. Su primera gran sorpresa fue que el informe ya no hablaba de un combate de encuentro o sorpresivo, sino que relataba una operación emboscada preparada por el Ejército contra un grupo enemigo, aunque el supuesto subversivo resultó ser solo uno. "A mi hermano le dieron 17 disparos, ráfagas de fusil, y eso solo se explica operativamente por una acción en que varios disparan. Por eso después lo acomodaron así, como tipo emboscada", dice.

Tumba Alexander Quintero Figueroa.
Tumba de Alexander Quintero Figueroa.
Foto: Foto cortesía de Ángela Zambrano - Foto cortesía de Ángela Zambrano

Jhon también logró entrevistarse con el soldado alias Bombillo, a quien en papeles se le atribuía aquella baja. Y fue así como conoció cuáles fueron las últimas palabras de su hermano Alexander. El soldado le dijo que ciertamente se le había atribuido aquel resultado pero que eso fue solo en razón a que era el único militar en ese grupo que no tenía bajas reportadas. Y le relató que cuando Alexander fue desamordazado, justo antes de ejecutarlo, rogó que no lo mataran diciendo que era padre de cinco niños pequeños, que era hermano de un militar, y hasta les pidió llamar para que verificaran que no les mentía. Pero nada sirvió. Vinieron las ráfagas que le segaron la vida. Y sobrevinieron también, años de cómoda impunidad en la justicia ordinaria donde en la práctica nunca pasó nada, jamás se tomó una decisión, nadie fue detenido ni tan siquiera suspendido, por el crimen de Alexander.

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Solo en 2018 cuando la Jurisdicción Especial para la Paz empezó a operar revivió la esperanza de limpiar su nombre y conocer la verdad. Ese mismo año, la Sala de Reconocimiento de la justicia transicional abrió el Macrocaso 03 que investiga "Asesinatos y desapariciones forzadas presentados ilegítimamente como bajas en combate por agentes del Estado", y, poco después, el Subcaso Meta, una de las zonas del país más golpeadas por el fenómeno criminal. Allí se halla ahora el expediente de Alexander Quintero en fase avanzada.

Una treintena de militares adscritos al Bivar han relatado como empezaron a implementar los falsos positivos hasta hacerlos un proceder sistemático. Y en concreto sobre el crimen de Alexander hay al menos una decena de escalofriantes confesiones, solicitudes de perdón y mea culpas de los entonces militares con mando, ahora comparecientes ante la JEP. Por ejemplo, en junio pasado el excomandante del pelotón ‘Astuto 3’, Wbeimar Alfonso Angarita Peñaranda, en una audiencia de cara a las víctimas –ante María Tránsito, ahora de 68 años, y Jhon, de 46– admitió el crimen de nueve personas inocentes en la modalidad de falsos positivos. Explicó que las víctimas eran trasladadas "al lugar donde se encontraba mi pelotón, donde yo daba la orden de asesinarlas de una forma miserable, vil, desalmada, humillante y cruel". Precisó que Alexander Quintero fue su "primer acto criminal" y explicó que ese caso en particular le mortificaba tras saber que cinco niños habían quedado desamparados. Y cerró con esta frase: "No merezco perdón y no me voy a perdonar, señora María Tránsito".

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Andrés Grisales Gómez, el militar que lideró el traslado de Alexander amarrado en el baúl del taxi y que al siguiente día hizo el levantamiento del cadáver sin protocolo, dijo, compungido, que estaba arrepentido de corazón. Y con voz entrecortada agregó: "Me quedó grabado el rostro de esa persona queriendo decir ayúdeme, y no lo hice. No tuve humanidad en ese momento. A nosotros no nos importó la vida de esa persona, nos importó más la realización, los reconocimientos". En aquella misma jornada, en Villavicencio, el grupo de exmilitares encabezado por tres generales en retiro (Carlos Saavedra Sáez, Carlos Eduardo Ávila Beltrán y Francisco Ardila Uribe) retornó decenas de medallas de ascenso que obtuvieron cuando ejercieron la comandancia en el Meta. Dijeron que esas distinciones eran inmerecidas porque estaban manchadas de sangre inocente.

A su turno, Jorge Eliecer Bermeo, el mayor aquel que habló con el jefe de policía responsable del retén donde debía haberse salvado Alexander, en la misma audiencia ante las víctimas, confesó su responsabilidad. Admitió que se trató de un crimen teatral pues nunca existió ninguna prueba real o fehaciente de que la víctima estuviera involucrada en alguna actividad ilícita. Y desde el atril, a un costado de los magistrados, miró a los ojos a la familia Quintero Figueroa y les dijo: "Quiero pedirles perdón, porque arrebatamos a un hijo, a un hermano y a un padre de cinco hijos que quedaron desprotegidos".

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La providencia de la JEP que sintetiza el expediente del subcaso Meta consta de más de 1.560 folios y allí se pueden rastrear decenas de crímenes "ilustrativos" como el de Alexander Quintero. También ahí está consignado que el reclutador Mazamorro fue asesinado a tiros, así como otros soldados rasos que tuvieron participación directa y recurrente en falsos positivos.

Pero el tribunal que hizo posibles esas confesiones trabaja contra el reloj y con la caja al límite: su Secretaría Ejecutiva le reportó al Congreso una desfinanciación de 84.663 millones de pesos para 2027, justo el año en que debe cerrar investigaciones e imputaciones, y su presidente, el magistrado Alejandro Ramelli, advirtió que un recorte sería "ponerle freno de mano" al trabajo judicial. El riesgo no es abstracto: los miles de expedientes que aún no han llegado a la fase en que está el de Alexander Quintero quedarían en el limbo.

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Tras el crimen de Alexander la abuela María Tránsito se hizo cargo de los huérfanos. Por años convivió con ellos en su humilde casa y los cuidó en el día a día acosada por la pobreza. Después que los niños crecieron se fueron marchando, pero siempre regresaban para pasar algunas semanas con ella. El mayor de los cinco y tocayo de su padre, Jersey Alexander Quintero Afanador, se volvió muy apegado al tío Jhon, el militar. Lo admiraba tanto que cuando estaba por terminar el bachillerato le dijo que quería ingresar al Ejército, pero no a prestar servicio un año sino a hacer carrera como él.

Y Jhon trató de disuadirlo sin ambages. Le dijo que recordara que a su papá lo habían asesinado miembros del Ejército, y que, además, esa era una carrera dura, exigente. Pero Jersey le respondió que tenía claro todo. Entendía que a Alexander no lo mató la institución sino unos integrantes que deshonraron el uniforme, y que él era fuerte para llegar a ser un gran militar. Tampoco María Tránsito pudo hacerle cambiar de parecer. Nadie. Su proyecto de vida tenía tal convicción que cuando cumplió 18, Jhon no tuvo opción distinta que ayudarle para ingresar.

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Jersey Alexander se incorporó al Ejército en Bucaramanga y se formó en la Escuela de Suboficiales Sargento Inocencio Chincá, en Tolemaida. Tras año y medio como soldado profesional, ascendió a cabo tercero. Su primera unidad fue un batallón de construcción en Saravena, Arauca. En los llanos se enamoró, ennovió y se casó formalmente. Y con su esposa tuvo una hija, Luan, que actualmente tiene apenas dos años y medio.

El viernes 7 de noviembre de 2025, Jersey terminó el curso de ascenso a cabo primero en la escuela de ingenieros de Puente Aranda, en Bogotá. Ese grado le significaría mejores ingresos, por eso había vendido su carro, pues juntando otro dinero tendría suficiente para comprar un vehículo mejor. Esa semana venía negociando un carro que le gustaba, pero no sabía que la oferta provenía de falsos vendedores. Al siguiente día de su ascenso, sábado, se encontró con aquellos timadores. Ahí empezó otra tragedia para la familia Quintero Figueroa.

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Jersey Alexander acudió a la cita solo, se desplazó en Transmilenio hacia la zona de Kennedy, al suroccidente de Bogotá. Las cámaras de seguridad lo muestran esperando, mirando el reloj y subiéndose a un vehículo. Unas horas después su cuenta bancaria empezó a registrar retiros. Tenía 11 millones de pesos, se la vaciaron por completo. Pero eso fue lo menos. A su esposa le hicieron una videollamada en la que pudo verlo maltratado al tiempo que los captores le exigían otros 15 millones de pesos. Todo ocurrió ese sábado. Más tarde, al teléfono de la esposa llegaron mensajes de texto con ultimátum y fotos en las que Jersey aparecía amordazado, amarrado, golpeado y con sangre en la cara. Los captores dijeron ser del Tren de Aragua, y estaban a las órdenes de alias "Chaquil" quien despachaba las instrucciones criminales desde la cárcel por celular. También contactaron a Jhon, el tío del cabo, y le enviaron igualmente fotos de su sobrino amarrado y la advertencia de que ya habían perdido la paciencia: "Quédense con la plata para que lo velen sellado porque se los voy a mandar picadito", le escribieron, agregando risas. Ahora se sabe que a Jersey lo pasearon por la zona periférica de Bogotá en un carro negro. Él iba en el maletero, reducido, igual que su padre 19 años, 10 meses y 11 días antes. Y como a este, en un paraje desolado y oscuro, en Soacha, hacia las nueve de la noche, lo abalearon. Le propinaron tres tiros de frente. Tenía 26 años, dos años menos que su papá cuando lo asesinaron.

El levantamiento se hizo el domingo a las seis de la mañana. El cuerpo del cabo del Ejército Jersey Alexander Quintero estuvo en la nevera de la morgue de Soacha hasta el martes, cuando las autoridades cruzaron las denuncias de desaparición con los cuerpos sin dolientes de las sedes de Medicina Legal del país. Ese mismo martes la familia lo supo por el comandante del Gaula, e hizo el reconocimiento en Bogotá. La hija de Jersey, Luan, es apenas una bebé, y está condenada a crecer sin su padre, tal como a él le tocó.

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El asesinato del cabo Quintero se perpetró más de un semestre antes de que ocurriera la audiencia de aceptación de responsabilidad en Villavicencio, en donde los comparecientes ante la JEP reconocieron responsabilidad en el crimen de Alexander Quintero. Es decir que el hijo mayor nunca vio el nombre de su padre reivindicado. Otros delincuentes lo mataron antes.

* Periodista de Los Informantes.

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Comentarios
  • Lola(15127)Hace 1 hora
    ¡Qué historia tan cruel! Siempre me he preguntado cómo los colombianos podemos vivir con la conciencia tranquila con toda esta historia macabra de los falsos positivos. Hay poderosos que quieren acabar la JEP para que no sepa la verdad. Y hay otros que se burlan de la víctimas como lo hizo un Congresista que también se ha burlado de la Corte Suprema. Pero lo más triste es que la mayoría permanece indiferente.

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