
Jenny Pardo Pardo todavía habla de su mamá en presente. Dice que siempre “ha luchado por sus seis hijos, con garras, con dientes, con lo que hubiera para sacarnos adelante”. También cuenta que “su lucha siempre ha sido la de sacar a su familia adelante”. Al escucharla, Blanca Emeria Pardo Rosero parece seguir en su casa, preparando quesos o cuidando a sus nietos. Pero desde hace un mes, Jenny Pardo tiene que buscarla en otros lugares: en los gestos de sus hermanos, en los recuerdos de infancia y en la fotografía en blanco y negro que lleva en el cuello, dentro de un dije en forma de corazón. Trata de no pensar en los últimos minutos en vida de su mamá. Los recuerdos son demasiado dolorosos.
Y como no: el 30 de agosto de 2026 fue el último día con vida de doña Blanca, una mujer campesina de 72 años que habría sido atacada y abusada sexualmente en la vereda Plazuelas, en el municipio de San Bernardo, a dos horas largas de Pasto (Nariño). Mientras Jenny Pardo aprende a nombrar esa ausencia, su duelo está atravesado por una exigencia clara: “Necesitamos respuestas de la justicia”. En entrevista con el El Espectador explicó que, a un mes de la muerte de su mamá, ni una sola autoridad le ha dicho algo a ella o a sus hermanos sobre lo que le pasó a quien fue el centro de su hogar. Dice que ni siquiera saben la razón de su muerte, pues Medicina Legal no les ha entregado la necropsia.

Sin embargo, tienen pistas de lo que pasó. El 29 de agosto, Blanca Emeria Pardo se levantó como todas las mañanas, con ruana y machete en mano, a recoger leña de un potrero cerca de su casa. Un vecino la vio caminando hacia esa zona. Sin embargo, nunca volvió a su casa. Cuando una de sus hijas volvió en la tarde, después de su jornada laboral, no la encontró. Podía estar en casa de alguno de sus tíos, pero lo realmente extraño es que el fogón estaba apagado. Salió a buscarla, pensando en el mejor escenario: de pronto está donde alguno de sus hermanos o vecinos. Pero no. Su hija la encontró muy cerca del punto donde iba a recoger la madera. Estaba helada, sin ropa y con muchas heridas en su cuerpo. Pero Blanca estaba viva.
Ella y los vecinos pidieron auxilio en el centro de salud de Belén, a unos 10 minutos del lugar donde la campesina seguía tirada y repitiendo la frase: “No quiero. No quiero”. Según Jenny Pardo, la respuesta fue que no podían mandar una ambulancia. La ayuda llegó desde San Bernardo, a unos 45 minutos del potrero. Mientras tanto, los vecinos improvisaron una camilla con cobijas y palos para sacarla. En ese primer centro de salud trataron de estabilizarla, pero estaba muy grave y necesitaba de una atención mucho más especializada. Por eso, la remitieron a un hospital en Pasto. “Los enfermeros lloraban del estado en que la llevaron”, añadió Jenny Pardo, quien viajó de inmediato de Bogotá a Pasto para estar con su mamá.

Cuando llegó, ya estaba inconsciente y entubada. Su hija recuerda que los médicos le hablaron de una hipotermia severa, una emergencia médica que ocurre cuando la temperatura del cuerpo cae por debajo de los 35 °C, porque pierde calor más rápido de lo que puede producirlo. “Cuando llegué a verla, mi mamá estaba helada. Ahí también pude ver las heridas más externas: tenía rasguños por todo su cuerpo, golpes en su espalda y había signos de mordeduras en sus seno”, relató Jenny Pardo, quien además puntualizó que quienes trataron a su mamá le dijeron que había sido abusada sexualmente. Pese a todos los esfuerzos por subir su temperatura y mejorar la perfusión de los órganos, Blanca Emeria Prado Rosero falleció el 30 de agosto.
Un mes y ocho días después, sus hijos lograron visibilizar el caso ante la falta de respuestas de las autoridades. El abogado Juan José Castro entrevistó a Jenny Pardo en su podcast “Vamos pa’ eso” y la historia de la familia Pardo se viralizó. Pero ella y sus hermanos siguen con las mismas preguntas de hace 30 días. Dice, además, que la Fiscalía recogió el celular, la ropa y la ruana de Blanca Pardo, pero insiste: “Nadie nos dice nada. Los investigadores tienen cómo avanzar en el caso porque se llevaron todo lo que tenía mi mamá. Pero claro, como venimos de tan lejos, de un pueblo olvidado, nadie nos escucha. Pero yo le prometí a mi mamá que iba a encontrar a los responsables. Por eso, por ella, es que hablo ahora”.
A raíz de las entrevistas y las publicaciones en redes sociales de las declaraciones de Jenny Pardo, el ministro de Justicia, Iván Cancino, se pronunció y, a través de un comunicado de prensa, pidió esclarecer los hechos con celeridad y rigor. “Ninguna víctima puede quedar en el olvido y ningún crimen debe quedar impune”, señaló. En medio de la indignación nacional por el caso de Blanca Pardo, su historia expuso una violencia que, además, es poco visible. A instancias del diario español El País, la gerontóloga Viviana Tonguino Guerrero advirtió que los feminicidios de mujeres mayores reciben menos atención y seguimiento, lo que dificulta registrarlos y prevenirlos.

En zonas rurales, el aislamiento y las barreras para acceder a protección agravan esa vulnerabilidad. El problema atraviesa fronteras: en Argentina, 33 de las 200 víctimas de feminicidio de 2025 tenían 70 años o más; en Chile hubo 57 feminicidios de mujeres mayores entre 2010 y 2021. Para Colombia, apenas en 2026, Medicina Legal registró 270 mujeres mayores víctimas de lesiones no fatales, como violencia intrafamiliar, violencia interpersonal, violencia de pareja, exámenes médicos legales por presuntos delitos sexuales, entre otros. La advertencia común, insiste la publicación europea, es que la falta de denuncia y registro impide dimensionar esta violencia.
El caso de Blanca Pardo lo conoce hoy el país porque Jenny Pardo y sus hermanos, Magaly, Betty, Jhon Fredy, Marisol y Katherine, decidieron contar lo ocurrido. Durante la entrevista con este diario, Jenny Pardo insistió una y otra vez en pedirle a la Fiscalía que investigue y al Gobierno que mire lo que está pasando con las mujeres en Nariño. Sus hermanos, asegura, comparten esa exigencia. Comparten también los recuerdos de una madre que les enseñó a trabajar y a respetar lo ajeno, que cuidaba a sus nietos y encontraba amigos entre quienes esperaban un bus. “Somos seis los que hoy estamos en la lucha, como ella nos enseñó, por la justicia de la memoria de mi mamá”, concluye.
Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.
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Tita(80049)•09 de octubre de 2026 – 22:57Dementes, depravados. Merecen el mayor castigo.