18 Oct 2021 - 2:00 a. m.

Marcos Efraín Montalvo, el alma libre del periodismo en Tuluá

Tomador de tinto, risueño, ácido. Toda una institución del periodismo en Valle del Cauca. Así era Marcos Efraín Montalvo, el redactor político más respetado de la región. Un sicario lo asesinó hace un mes cuando tertuliaba en Tuluá, al parecer por su talante y denuncias públicas.

Jhoan Sebastian Cote

Periodista Judicial

Cuando la familia de Marcos Efraín Montalvo se reunió tras su crudo asesinato, el pasado 19 de septiembre, a alguien se le ocurrió hacer una pregunta irónica y sin respuesta: “¿Cómo nos repartimos las propiedades de Marcos?”, dijo Mauricio Altamirano, periodista obligado al retiro y sobrino del redactor político de 68 años. En realidad, no había un solo bien el cual rifar, pues Montalvo tenía un computador, una taza grande para tinto, una biblioteca que, aparte, ya tenía heredero y un bagaje en el oficio periodístico que era más envidiable que cualquier edificio. Montalvo, el alma libre del periodismo en Tuluá, vivió por y para su trabajo. Cuadraba caja, según sus allegados, cuando rodaban cabezas en las instituciones a las cuales denunciaba.

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Un sicario lo asesinó y huyó. Hace un mes, el victimario aprovechó su predecible cronograma para atacarlo en la vieja tienda donde, al sol de Tuluá y acompañado de unas cervezas, solía tertuliar sobre actualidad política. No fue un robo. No tenía dramas amorosos con nadie. Ya todas esas hipótesis fueron descartadas por el ministro de Defensa, Diego Molano, y las autoridades del municipio, las cuales ofrecieron $60 millones por información que conduzca a quienes perpetraron el homicidio. Y, sobre todo, a quien ordenó darle un golpe sombrío al ejercicio libre del periodismo. Tras más de cincuenta años de carrera en el oficio, todo indica que Marcos Montalvo fue víctima de quien no soportó ser señalado por sus artículos y agudas investigaciones.

Cuando Montalvo fue baleado, llevaba años lejos de las redacciones y los contratos. Había construido su propio nicho en redes sociales, donde conversaba de tú a tú con los ciudadanos de Tuluá. Nadie le decía qué podía publicar. No tenía horarios, ni pautas que respetar. “Estaba hablando de los escándalos financieros en Tuluá, la falta de rentabilidad de la administración. Todo eso Marcos lo venía denunciando. Hay gente que no debería estar. El alcalde ha sido permisivo, un alcahueta y él se hace el de la vista gorda”, señaló una periodista cercana a Montalvo, quien protege su nombre para no “ponerse una diana en la espalda”.

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Los periodistas cercanos a Montalvo, quienes lo consideran como “el papá de los pollitos” en Tuluá, coinciden en que el redactor estaba incómodo por el presunto nexo entre funcionarios públicos con extorsionistas, incluso compartiendo la misma sangre. Tal sería el caso de Heyber Rivera Padilla, recién electo secretario del Concejo de Tuluá, quien es primo de alias el Gordo Padilla, señalado miembro de Los Cilantreros, una banda que cobra coimas en la principal plaza de mercado de la ciudad: La Galería. Incluso, en medio de la zozobra que significa denunciar esos temas, el medio regional Cali Al Instante aseguró que ese secretario es familiar de Óscar Eduardo Castro Rivera, alias Ballena, condenado en 2016 por extorsión.

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Además de Rivera Padilla, el alcalde de Tuluá, John Jairo Gómez, fue blanco de serias críticas de la pluma de Montalvo. Las denuncias periodísticas iniciaron contra él en octubre de 2019, cuando en plena campaña apareció en un evento acompañado por alias el Gordo Padilla. Gómez aseguró que era un montaje, un chiste y “un ataque político”. Este diario se comunicó con su oficina de prensa, pero no obtuvo respuesta. Por otro lado, la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) exigió al gobierno de Tuluá darle al asesinato de Montalvo la importancia que merece e instó a la Fiscalía a que adelante una investigación seria en un plazo razonable, evitando dilaciones que conduzcan a la impunidad.

“El asesinato de Marcos Efraín es una tragedia para la comunidad de Tuluá. La ciudadanía perdió una voz crítica y reflexiva, que se valía de su destacada pluma para escribir, durante décadas, sobre diferentes asuntos de interés público. Marcos también inspiró a varios periodistas, reflejando principios sobre el papel del reportero y la importancia del periodismo como contrapoder, que lo convirtieron en uno de los principales referentes del periodismo local y regional”, señaló la FLIP, que recalcó que Montalvo fue uno de los más fervientes denunciantes de presuntos contratos corruptos en la Secretaría de Tránsito de Tuluá, especialmente sobre la nueva empresa de transporte público de la ciudad.

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Montalvo inició su carrera en el periodismo a los 17 años. En plena década de los 70, en el auge de la salsa, la cual amaba con su vida, llegó al diario El País, de Cali, tras ganarle a 25 personas el puesto como redactor. Pronto abrazó la política, la cual resultó su fuente por décadas. En prensa trabajó, además, en el Diario Occidente, El Caleño y el semanario El Tabloide. Les entregó su voz y su experiencia a emisoras como Colmundo, Caracol Radio y RCN. También es reconocido por haber dado vida al semanario El Picacho, de Tuluá. Carlos Castillo, uno de sus amigos y periodista de El Tabloide, recuerda el personaje de un vampiro español que en los años 90 creó en radio para, con acento castellano, decir lo que los periodistas no podían decir.

Mauricio Altamirano, quien inició en el oficio con quince años gracias a su tío, recuerda una historia que Montalvo contaba sobre la enemistad entre Alfonso López Michelsen, presidente en 1974, y Carlos Lleras Restrepo, máximo mandatario en 1966. Altamirano cuenta que López llegó a Cali en campaña presidencial y no quería dar media palabra a la prensa. “Marcos, viendo que el viejo se les estaba escapando sin decir nada, soltó esta frase: ‘¡Jum!, doctor Michelsen lástima que se vaya a ir, porque se va a quedar sin saber qué fue lo que dijo el doctor Lleras de usted’. El viejo para en seco, se devuelve y dice: ‘¿Qué fue lo que dijo ese viejo de mí?”. Ahí mismo el expresidente rindió rueda de prensa y todos los periodistas agradecieron a Montalvo haberle picado la lengua al presidente.

Marcos Montalvo y la política eran uno solo. Pero no todo fue redacción en su vida. Recibió parte de su educación ética por el sacerdote franciscano Nemesio Tamayo, quien tenía unos libros sobre adivinación y quiromancia (el arte de leer la mano). A escondidas, Montalvo aprendió de forma empírica a leer las cartas y a entregar una esperanza de futuro a quienes lo contrataron. ¿Sus principales clientes? Las esposas de los políticos en Bogotá, Tuluá y Cali, las cuales, a escondidas, iban a su casa en las noches para conocer lo que la vida les tenía guardado. Sus identidades son un secreto de familia. Las cartas astrales de Marcos Montalvo, tan certeras como sus denuncias.

“Yo lo recuerdo con una taza de café casi siempre. Era una taza gigante. Con una cajetilla de cigarrillos, estábamos en época de la máquina de escribir. Tenía una velocidad impresionante para escribir y casi nunca debía corregir la plantilla. Tenía una gran capacidad creativa”, agrega el periodista Carlos Castillo. Robert Posada, otro de sus colegas, lo recuerda como uno de sus principales aliados cuando cursó su exitosa especialización en Derecho Constitucional. “Al estar tanto tiempo por fuera de Tuluá, necesitaba alguien que me ayudara a corroborar datos, cifras y nombres. Marcos Efraín Montalvo fue una de esas personas. Él era una enciclopedia en el tema político nacional y regional”, rememora.

Y tenía un apodo: el Comandante. En 1991, cuando era corresponsal de El País, cazó una pelea con el entonces presidente de Empresas Municipales de Tuluá, entidad que quedaba a una calle del edificio donde trabajaba. Montalvo lo denunciaba y, cuando lo tenía a punto de renunciar, sacó un amplificador de sonido por la ventana y le puso todas las mañanas una canción cubana que hablaba sobre el “comandante” Che Guevara. Un “alma libre” del periodismo, como recuerda su sobrino Altamirano, quien abandonó el oficio por las mismas amenazas que Montalvo recibió. La diferencia, como lo confesó el redactor político, es que no “tenía nada qué perder”, pues no estaba casado ni tenía hijos. Aun así, cuidó hasta el último día su arma más contundente: un periodismo leal, humano y sin censura.

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