Publicidad

“Mi papá no fue el verdugo de Guillermo Cano”

El padre de Juan Camilo Botello fue ejecutado un día después del crimen del director de este diario, en un operativo irregular del F2 de la Policía que nunca fue esclarecido.

Juan Camilo Botello tenía ocho meses de nacido cuando su padre fue asesinado por agentes del F2 de la Policía. / Cristian Garavito
Juan Camilo Botello tenía ocho meses de nacido cuando su padre fue asesinado por agentes del F2 de la Policía. / Cristian Garavito

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Tan pronto abrió la puerta, asustada y nerviosa, Mercedes vio a una de sus cuñadas que bajaba con rapidez por las escaleras. La conversación telefónica que había sostenido con su madre minutos antes la había inquietado; pensó que algo le había ocurrido a su hijo Juan Camilo, quien apenas tenía ocho meses de haber llegado al mundo. La esposa de su hermano, sin embargo, la sacó del error con tres palabras:

¬Mataron a Camilo.

Era el 18 de diciembre de 1986. La noche anterior, Camilo Botello Rodríguez le había comentado a su esposa que –decían en la radio– el director de El Espectador Guillermo Cano había sido asesinado.

***

Mercedes conoció a Camilo Botello Rodríguez a finales de la década de 1960, cuando tenía 13 años y estudiaba el segundo año de bachillerato; él iba un par de cursos más adelante. Ambos vivían en el barrio Colón, en el occidente de Bogotá. Camilo se fue un tiempo con su mamá a Venezuela y volvió años más tarde hecho el hombre que ella recuerda: dicharachero, despreocupado, guapo. A todo el mundo cambiaba de nombre, perseguía a los ladrones que asaltaban a amigos o extraños, se moría de la risa mojando transeúntes con su carro. Lo único que alcanzaba a sacarlo de casillas era perder un juego de cartas.

Al regresar a Colombia, Camilo Botello empezó a ayudarle a Guillermo, su tío favorito, a vender madera y moras. Mercedes, su novia, había entrado a trabajar al Icfes como secretaria. El 11 de octubre de 1985, a las 11:30 a.m., la recogió del salón de belleza y la dejó en casa con un ramo de lirios en las manos: “Yo la espero en la iglesia, mona. No me vaya a dejar plantado”. La luna de miel fue en Santa Marta.

Para diciembre de 1986, Camilo Botello había sido contratado como conductor del dueño de un concesionario, José Agustín Nova, mientras Mercedes continuaba como secretaria general del Icfes. La noche del jueves 18, luego de mencionarle a su esposa que había oído en las noticias sobre el asesinato de Guillermo Cano, le recordó que al día siguiente irían a escoger la nevera y la sala para el apartamento que acababan de alquilar en el sur de Bogotá.

¬Yo te llamo, mona ¬le dijo su marido¬.

La mañana de ese 18 de diciembre de 1986, leyendo el periódico camino a la oficina, Mercedes no podía parar de llorar. La noticia del magnicidio de Guillermo Cano la había impactado no sólo por la suerte que él había corrido: no podía dejar de pensar en la viuda. Pasaron menos de 24 horas para que la viuda fuera ella también.

¬Cuando mi cuñada me dijo que habían matado a Camilo, yo quería que me tragara la tierra. Tenía la ilusión de que no fuera él el muerto, quería ir a buscarlo. Pero mi papá, que lo adoraba como a un hijo y lloraba a moco tendido, me dijo: “Mija, es Camilo”.

Al revivir la noticia del asesinato del amor de su vida, la voz ronca de Mercedes se entrecorta. Sus ojos cafés se llenan de lágrimas. Ella, que nunca se volvió a casar, entró en una profunda depresión que le quitó hasta las ganas de pararse de la cama. Camilo, el campesino de Anolaima, Cundinamarca, ya no estaba. Camilo, el hombre de las ocurrencias, se había ido.

Como si esa ausencia no resultara ya casi imposible de lidiar, algo aún peor se vino el 20 de diciembre ¬el 19 no hubo periódicos en protesta por la muerte del director de El Espectador¬: los medios acusaban a Camilo Botello y a cuatro personas más de ser los responsables del luto de la familia Cano.

***

¬Cuando mi hijo nació pesó 4.000 gramos ¬cuenta Merdeces¬. Camilo estaba feliz; eso era la dicha más grande para ese hombre. Ni cama le había comprado y ya le tenía una bicicleta. Como nació tan grande, tuvieron que ponerlo en incubadora. En la clínica le decían Sansón. Camilo le decía Sapito.

***

“Jueves sangriento. En 20 minutos 400 balazos y cinco muertos”, tituló el diario El Bogotano. “Muertos cinco narcos en Bogotá”, indicó El Tiempo. “5 muertos en abaleo en Bogotá”, publicó El Espectador. Al revisar los artículos que se publicaron el 20 de diciembre de 1986, se lee claramente que el organismo que divulgó la primera versión de lo ocurrido en el apartamento en que murió Camilo Botello, cerca del parque de la 93 en Bogotá, fue la Policía.

Los informes periodísticos de la época cuentan que el F2 de la Policía recibió, el 18 de diciembre de 1986, una llamada anónima en la cual se informaba que en cierto apartamento se escondían cuatro hombres y una mujer, todos culpables de la muerte de Guillermo Cano. Se dijo que allí se escondían con armamento poderoso y con drogas porque, además, eran narcotraficantes.

En ese momento, nadie cuestionó la versión oficial. Nadie se preguntó, por ejemplo, por qué la Policía había exterminado a cinco personas con base en información de origen desconocido; por qué se habían necesitado tantas balas para someter a quienes se encontraban en un espacio tan limitado o por qué ellos cinco, que no tenían cómo escapar del apartamento del último piso donde estaban, abrirían fuego contra la Fuerza Pública cual kamikazes.

¬Nunca los vi armados ¬declaró en ese momento una mujer llamada Adela, empleada de José Agustín Nova, quien se salvó del tiroteo porque había salido a comprar papel regalo¬.

Publicidad

Mercedes y su suegra, doña Lilia Rodríguez, no querían quedarse de brazos cruzados mientras acusaciones que creían absurdas enlodaban el nombre de su esposo e hijo. Mercedes fue a la Procuraduría a presentar una denuncia; su suegra envió cartas a los periódicos de Bogotá con un solo mensaje: “Mi hijo era un hombre de bien”.

Luego llegaron las llamadas intimidantes. Esas en las que Mercedes oía, al otro lado del teléfono, a un hombre de voz distorsionada que la notificaba de los dos caminos que tenía: se callaba o la callaban. También recibió panfletos. Su jefe, abogado, la acompañó a la Procuraduría a revisar las pruebas disponibles y al salir le dijo que la prueba de residuos de pólvora, que podía demostrar que Camilo Botello no había disparado un arma esa noche, se había “extraviado” del expediente. Que era mejor dejar así.

Publicidad

¬Me sentía impotente ¬afirma Mercedes¬. Como si no fuera
nadie.

El susto y la conciencia de ser la única persona a cargo de su hijo le restaron fuerzas para seguir preguntando por qué le atribuían a su marido el asesinato de Guillermo Cano, pero su denuncia logró algún eco en las autoridades. Poco después de los asesinatos, la Procuraduría abrió investigación formal contra Norberto Peláez Restrepo, entonces director de la Policía Judicial de la Dijín, por “error y omisión” en el operativo del F2. La investigación, sin embargo, no llevó a sanciones. Peláez Restrepo siguió adelante con su carrera en la Policía y llegó a ser director del Inpec, cargo que después le acarreó una investigación y hasta un arresto en 2002 por irregularidades en celebración de contratos.

Publicidad

En el contexto de la investigación de la Procuraduría, un croquis hallado en el apartamento donde murió Camilo Botello se constituyó en evidencia de las irregularidades del operativo. En el plano que, supuestamente, era la prueba de la planeación del asesinato de Guillermo Cano constaba incluso el lugar donde había quedado por azar la camioneta del director de El Espectador luego de ser acribillado. Una vez corroborado el absurdo, el croquis desapareció.

Con el paso de los meses se hizo cada vez más evidente la sombra del cartel de Medellín y de Pablo Escobar en el crimen de Guillermo Cano. El procurador de la época, Carlos Mauro Hoyos ¬quien sería asesinado por sicarios de Escobar en 1988¬, destituyó a los siete agentes de la Policía Judicial que tuvieron a cargo el operativo en el que murió Camilo Botello y designó como agente especial para ese caso a Blas García Andrade. Nadie ha sido llamado a juicio. Nadie ha sido condenado.

Publicidad

¬Si contamos todo esto ahora es porque Juan Camilo creció y un día, por un trabajo que le pidieron de la universidad, terminé entregándole todos los recortes de periódicos que tenía sobre su papá. Quería que él supiera que su papá no fue un criminal ¬dice Mercedes¬.

¬Yo no conocí a mi papá; tenía ocho meses cuando fue asesinado. Pero sí sé que mi abuelita y mi mamá se esforzaron mucho por que su nombre no quedara manchado. Ahora, que se acercan los 30 años de la muerte de don Guillermo Cano, es bueno que la gente sepa que mi papá no fue su verdugo –dice Juan Camilo Botello¬.

Publicidad

Camilo Botello Rodríguez, lo confirmaría la historia, no fue el asesino de Guillermo Cano.

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido