29 Dec 2019 - 1:35 a. m.

Yo estuve en el sepelio de uno de los niños bombardeados en San Vicente del Caguán

El 30 de agosto de este año, el país supo que el jefe disidente “Gildardo Cucho” murió en un bombardeo del Ejército. Tres meses después, se reveló que en esta acción militar también murieron, por lo menos, 8 menores. Entre las víctimas estaba Diana Medina, una joven de 16 años. Así vivió su padre esta tragedia. 

Hermes Tique Álvarez

La familia de Diana Medina en el sepelio de la menor, el 8 de noviembre de este año./ EFE
La familia de Diana Medina en el sepelio de la menor, el 8 de noviembre de este año./ EFE

Me quedé esperando que mi hija volviera. Ella me había prometido que regresaba para la primera semana de agosto, fecha en la que comenzaba de nuevo el colegio. Por ese mismo tiempo se reiniciaban los entrenamientos de microfútbol y ella no se los iba a perder. Era la pieza fundamental en el equipo. No solo tapaba, era la delantera estrella, tenía una gambeta poderosa. Me prometió que volvía el 5 de agosto, pero no lo hizo. Me llamó para decirme que regresaba en ocho días, que quería quedarse una semana más con su hermana. Cómo le iba a decir que no, si estaba donde una familiar. Llegó ese otro lunes; nunca me contestó, no supe más de ella. Pasaron tres semanas más hasta que la mamá me llamó para decirme que la niña había muerto en una acción militar. Mi hija, Diana Medina Garzón, de 16 años, fue una de las menores de edad que murieron en el bombardeo del Ejército contra Gildardo Cucho.

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Nadie me ha explicado cómo mi hija terminó allá en ese campamento de las disidencias en San Vicente del Caguán. La hermana con la que supuestamente estaba ni siquiera me ha hecho una llamada para explicarme qué pasó. Este diciembre ha sido muy duro para mí. Pensar que hace tan solo un año llegó desde Bogotá a vivir conmigo a Puerto Rico, Caquetá. Ella quería seguir estudiando y la única forma era que yo le diera estudio acá en el pueblo. Diana se vino el 22 de diciembre de 2018 a vivir conmigo, con mi mujer, sus dos hermanitos —una niña de 15 años y un niño de ocho años— y dos animalitos que tenía aquí en la finca. Siempre fue muy buena estudiante, quería ser una futbolista profesional. Ahí están las fotos de ella jugando. Es que yo la llevaba a los entrenamientos y después la recogía para devolvernos a la finca.

Ella estuvo estudiando de febrero a junio, mes en el que salió a vacaciones. No era de muchos amigos, nunca salía. En Puerto Rico no pudo tener contacto con esos grupos (las disidencias). Pasó casi todas sus vacaciones acá, hasta que, faltando una semana, me dijo que se quería ir a Pringamoso, Caquetá, donde su hermana, la que era solo por parte de mamá. Iba a pasar las vacaciones allá y no le vi problema. Ella regresaría a la vereda de la que salí hace 10 años para nunca más volver. Hablaba con ella por el celular y le preguntaba cuándo iba a regresar y me decía que el mismo lunes que entraba al colegio (5 de agosto de 2019). Llegó ese día y me dijo que regresaba en una semana porque quería pasar una semana más con su hermana.

Pasaron ocho días y esperaba su llegada. La llamé para saber dónde estaba y me mandaba a correo de voz. Pensé que se le había descargado el celular y, como allá la energía es muy difícil de conseguir, no me preocupé. Además, estaba con la hermana. ¿Qué de malo le podía pasar? Seguí sin noticias de ella, por lo que intenté contactarme con un hermano mío que vivía en Pringamoso, pero tampoco pude hablar con él; la señal era muy mala. Duré casi un mes sin saber de ella, hasta que el 29 de agosto me entró una llamada de la mamá de la niña. Me preguntó qué sabía de Diana y yo solo le dije que estaba con la hermana y que había quedado de volver, pero hasta el momento no lo había hecho. Le dije que no sabía por qué razón no había venido. Ella solo me respondió: “A ella la mataron”.

“¿Cómo así que la mataron?”, le pregunté. Solo quería saber quién la había matado, de pronto fue un conocido o que todo había ocurrido en una fiesta. “Ella murió en un bombardeo pa’l lado del Meta”, fue lo que me dijo. A mí se me hizo raro porque donde su hermana era muy lejos de San Vicente del Caguán, lugar donde murió. Todavía no entiendo cómo llegó hasta allá. Después de la noticia, la mamá de la niña me dijo que el cuerpo estaba en Villavicencio. Ella viajó para que se lo entregaran, pero la devolvieron y le dijeron que Diana estaba muy destruida y así no se la podían entregar. El 8 de noviembre nos dieron el cuerpo, pero en Bogotá. Estaba en un cajón normal, aunque no la pudimos ver porque estaba sellado. La velamos y enterramos en el cementerio el Apogeo.

Ese día estábamos toda la familia, incluida la hermana donde ella se estaba quedando antes de ser reclutada. Quería preguntarle sobre lo que había pasado para que mi niña terminara en ese campamento, pero el dolor no me dejó. Todo fue muy duro. Esperaba que por lo menos el Gobierno me colaborara con el sepelio de ella, pero tampoco lo hizo. Tuve que pagar todo y todavía estoy debiendo: los familiares de la mamá dieron la mitad y a mí me tocó asumir la otra mitad. El Gobierno está todo callado. Lo que nosotros sabemos es por los medios, por ahí escuché que fueron 18 niños los que estaban allá. No he demandado al Estado porque me han dicho que si lo hago me toca huir de mi tierra. Todo ha sido muy duro, no he vuelto a contactar con la familia. ¿Para qué? No tiene sentido hacerlo ahora que está muerta.

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