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¿Qué haría usted si, mientras pasa por una rotonda de Bogotá, ve a varias personas bajarse de un carro para arrancar las flores que adornan el espacio público? Eso fue precisamente lo que quedó registrado en video hace unos días en la avenida Calle 63 con carrera 50, donde varios sujetos retiraron plantas de una zona verde que recibe mantenimiento del Jardín Botánico de Bogotá.
El caso ya generó rechazo entre ciudadanos y es revisado por las autoridades, pero también permite preguntarse por las consecuencias de extraer plantas de los espacios donde crecen: incluso cuando se trata de vegetación urbana, retirarla puede afectar estos ecosistemas y las relaciones entre las especies que los conforman.
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¿Qué pasó?
Un video que circula en redes sociales muestra a dos personas retirando flores de una jardinera ubicada en una rotonda de Bogotá, en la avenida Calle 63 con carrera 50. En las imágenes se observa cómo los involucrados, que se movilizaban en un vehículo particular, arrancan varios agapantos del espacio público.
Su directora, María Claudia García Dávila, pidió a la ciudadanía aportar información que permita identificar a las personas o el vehículo que aparece en el video.
“Estas plantas se demoran hasta dos años en tener por primera vez su flor y cada flor se demora entre dos meses, así que es un daño inmenso para nuestra biodiversidad”, señaló García.
La directora también explicó que se trata de una jardinera que hace parte del espacio público de la ciudad y que recibe mantenimiento por parte del Jardín Botánico. Por eso, además de la pérdida de las plantas, el retiro afecta el trabajo que se realiza para conservar las coberturas vegetales de Bogotá.
La situación ocurre, además, en un contexto de mayor vulnerabilidad para las coberturas vegetales de la ciudad debido a las condiciones asociadas al fenómeno de El Niño. “Estamos tomando todas las medidas para evitar este tipo de comportamientos inaceptables y muy dañinos para nuestra ciudad, especialmente ahora que tenemos un fenómeno del Niño y nuestras coberturas son más vulnerables”, agregó la directora.
Un conflicto que va más allá de un simple robo
Llevarse una planta de un espacio público, un jardín botánico o un área natural puede parecer un acto menor. Una flor llamativa, una orquídea pequeña, unas semillas o incluso un esqueje pueden despertar la idea de que llevarlos a casa no hará ninguna diferencia. Sin embargo, cuando esta práctica se repite, puede tener consecuencias que van mucho más allá de la pérdida de un ejemplar.
El caso de los agapantos retirados de una rotonda en Bogotá es un ejemplo de una práctica que, aunque muchas veces se ha normalizado, afecta el trabajo de conservación y mantenimiento de las coberturas vegetales. Y cuando se trata de plantas extraídas directamente de ecosistemas naturales, el problema puede ser todavía mayor.
Extraer una planta de su entorno puede alterar las relaciones ecológicas de las que hace parte. Cada especie cumple funciones dentro del ecosistema: puede proteger el suelo, aportar alimento o refugio a otros organismos y participar en procesos como la polinización y la dispersión de semillas.
El impacto no siempre es evidente cuando se retira un solo ejemplar. Según explica Sebastián Niño, coordinador territorial del Jardín Botánico de Bogotá, el problema aumenta cuando la práctica se repite.
“Hay ecosistemas que son mucho más susceptibles y donde las relaciones ecológicas se pueden ver afectadas. Tal vez una o dos plantas no generen un impacto significativo, pero cuando esta práctica se generaliza sí puede producir efectos negativos importantes, porque no se afecta solo a la planta, sino a todas las relaciones biológicas que dependen de ella”, señala.
Además, que una planta crezca en un lugar natural no significa que pueda desarrollarse de la misma manera en una matera. Muchas especies dependen de condiciones específicas de humedad, luz, suelo y temperatura, así como de relaciones con otros organismos del sitio en el que se establecieron. Al retirarlas de ese ambiente, estas condiciones cambian y la planta puede sufrir estrés, dejar de desarrollarse o morir.
El problema también puede presentarse en espacios destinados a la conservación. “En espacios controlados como el Jardín Botánico de Bogotá también ocurre que algunos visitantes intentan llevarse pequeños fragmentos de las plantas. Aunque pueda parecer algo menor, estas acciones pueden afectar las colecciones vivas del lugar. Si esto sucede incluso en un entorno urbano y protegido, el impacto puede ser mucho mayor en ecosistemas naturales donde existen especies con poblaciones limitadas”, explicó Niño.
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¿También hay consecuencias legales?
Más allá del impacto ecológico, extraer determinadas plantas de la naturaleza también puede tener consecuencias legales. Según la Secretaría Distrital de Ambiente de Bogotá, la extracción, movilización o comercialización de flora silvestre sin los permisos correspondientes está sujeta a las normas ambientales y puede dar lugar a sanciones.
En el caso de especies silvestres protegidas, como algunas orquídeas y bromelias, existen restricciones para su aprovechamiento y movilización desde el medio natural. Estas medidas buscan evitar que la extracción y el comercio reduzcan las poblaciones de especies que cumplen funciones dentro de los ecosistemas.
La Ley 1333 de 2009 establece el procedimiento sancionatorio ambiental y contempla medidas frente a conductas que afecten los recursos naturales. A esto se suman las disposiciones del Código Penal relacionadas con el aprovechamiento ilícito de los recursos naturales y el tráfico de especies de fauna y flora.
Eso sí, una regla sencilla puede evitar buena parte del problema: si una planta está creciendo en un bosque, una reserva, un jardín botánico o un espacio público, no debe arrancarse ni llevarse a casa. Observarla, fotografiarla y dejarla donde crece permite que continúe haciendo parte de ese espacio mientras las autoridades determinan qué especies son adecuadas para cada lugar.