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Una investigación difundida por la revista New Scientist advierte que el síndrome obstructivo de las vías respiratorias de los braquicéfalos no afecta únicamente a las razas tradicionalmente señaladas, sino que su alcance es hoy mucho mayor de lo que se creía.
El estudio, encabezado por la Universidad de Cambridge con la colaboración de especialistas internacionales, sitúa la enfermedad en el centro del debate sobre bienestar animal y prácticas de cría.
El síndrome es un trastorno crónico que provoca respiración ruidosa y dificultosa, limita el descanso y el ejercicio, y reduce la capacidad de los perros para tolerar el calor o situaciones de estrés.
En los casos más severos, compromete seriamente su calidad de vida. Entre los factores asociados figuran el exceso de peso, el estrechamiento de las fosas nasales y una morfología facial extremadamente aplanada. Además, rasgos físicos exagerados, como colas muy cortas o retorcidas, podrían relacionarse con alteraciones anatómicas adicionales que influyen en la función respiratoria.
La investigación, realizada en el Reino Unido sobre cerca de 900 ejemplares de 14 variedades, detectó que 12 razas presentan un alto grado de exposición a la enfermedad.
Según explicó Francesca Tomlinson, investigadora principal del equipo de Cambridge, la creciente popularidad de estos perros de hocico corto ha ido acompañada de un aumento de problemas de salud, especialmente del síndrome respiratorio obstructivo.
Entre las razas con mayor prevalencia se encuentran el Pekinés y el Chin japonés, donde más del 80% de los ejemplares examinados mostró signos clínicos. También se registró un riesgo moderado en el Cavalier King Charles spaniel, el Shih Tzu, el Griffon bruxellois, el Boston terrier y el Dogue de Bordeaux, con porcentajes que oscilaron entre la mitad y las tres cuartas partes de los perros evaluados.
Otras razas como el Affenpinscher, el Bóxer, el King Charles spaniel y el Staffordshire bull terrier también fueron incluidas en la evaluación de riesgo. En contraste, no se identificaron casos clínicamente significativos en el Maltés ni en el Pomerania.
Los expertos subrayan que el riesgo no depende exclusivamente del grado de aplanamiento facial, sino de la combinación de múltiples factores anatómicos y genéticos.
Tomlinson recomendó a quienes planean incorporar un perro a su hogar revisar el historial sanitario de los progenitores y evitar ejemplares con características físicas extremas, ya que la selección de rasgos menos marcados podría contribuir a reducir la prevalencia del trastorno.
El debate también involucra a la comunidad veterinaria internacional. Anna Quain, de la Universidad de Sídney, señaló que muchas personas desconocen que el aspecto “tierno” del hocico chato puede implicar una predisposición a la falta crónica de oxígeno y al estrés térmico.
Por su parte, Paul McGreevy, desde la misma institución, afirmó que la obstrucción de las vías aéreas es frecuente en perros de cara aplanada y que la clasificación por raza resulta secundaria frente al sufrimiento real de los animales.
Aunque McGreevy advirtió que la evaluación de sonidos respiratorios y pruebas de ejercicio puede implicar cierto margen de subjetividad, reconoció que se trata de un problema extendido en la medicina veterinaria que requiere atención urgente. Desde Cambridge defendieron la solidez metodológica del trabajo, basado en criterios objetivos y protocolos estandarizados.
La conclusión compartida por los especialistas consultados es que la elección de una mascota debe priorizar la salud y el bienestar por encima de tendencias estéticas o modas pasajeras. La expansión del riesgo a nuevas razas refuerza la necesidad de decisiones informadas y responsables tanto por parte de criadores como de futuros propietarios.
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