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Brasil, la batalla decisiva de la derecha latinoamericana

Tras la proclamación de la candidatura de Lula, arrancó formalmente la campaña presidencial en Brasil. Como nunca antes, el continente entero observa un certamen que influirá en el balance político de la región. ¿Hasta dónde llegarán las influencias foráneas?

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Fabiola Chambi | CONNECTAS
06 de agosto de 2026 - 10:00 p. m.
Brasil irá a elecciones presidenciales el próximo mes de octubre.
Brasil irá a elecciones presidenciales el próximo mes de octubre.
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La publicidad del presidente Lula Da Silva ya no se enfoca tanto en sus eufóricos discursos ni en las fotografías que lo muestran arropado por la gente. Hoy, sus videos más virales lo muestran en entrenamientos en los que exhibe su excelente estado de salud. Esta faceta de “influencer fitness” parece responder a una estrategia cuidadosamente diseñada para, a sus 80 años, proyectar fortaleza física y política de cara a una campaña en la que tendrá como principal rival al “heredero del Patriarca”, el ultraderechista Flávio Bolsonaro, de 45 años.

No es una elección cualquiera. Brasil debe decidir entre mantener la confianza en Lula para seguir con su proyecto político o el regreso de la dinastía Bolsonaro. Esta vez sin el liderazgo del expresidente Jair Bolsonaro, quien cumple en prisión domiciliaria una condena de 27 años por conspiración e intento de golpe de Estado.

En esta oportunidad, los comicios del gigante sudamericano tienen una relevancia aún mayor fuera de sus fronteras, pues reconfigurarían la presencia de las derechas en los gobiernos del subcontinente y su influencia en temáticas clave como el futuro del Mercosur, la política climática sobre la Amazonía, y sobre todo las relaciones con Estados Unidos, China y los BRICS. En un país altamente polarizado y cuestionado por su institucionalidad, los brasileños no solo se juegan su futuro por los próximos cuatro años, sino su validación democrática y su postura ante el intervencionismo extranjero.

Lula frente al apellido Bolsonaro y la sombra de Trump

Con vítores de “Lula, guerrero del pueblo brasileño” y carteles de “Brasil no se entrega”, el Partido de los Trabajadores (PT) proclamó al presidente Luiz Inácio Lula da Silva como candidato para su cuarto mandato, y el último, según dijo el propio Lula. Pero esta fue solo una formalidad pues desde siempre, en la vereda de la izquierda, se muestra como la única figura capaz de asumir este desafío.

Con el respaldo de una coalición de siete partidos progresistas y de centroizquierda, Lula encamina su travesía convencido de que los intereses externos lo acechan. Por eso no duda en plantear una prioridad si logra mantenerse en el poder: invertir en defensa para proteger la soberanía de Brasil. “Quiero estar preparado para que nadie invada este país para llevarse al presidente, como han invadido. Quiero estar preparado para la paz, no para la guerra (…) Quiero estar preparado para que nadie se atreva a tomarnos por tontos. ¿Está claro?“, dijo a sus seguidores durante el masivo acto de su proclamación en Sao Paulo, a principios de agosto.

Aunque Lula no mencionó explícitamente al presidente Donald Trump, la alusión quedó sentada a propósito del operativo contra Nicolás Maduro en Venezuela. Este episodio se alinea con otras manifestaciones injerencistas de Estados Unidos en apoyo a candidatos afines a sus objetivos geopolíticos. Todo ello justo cuando la iniciativa del Escudo de las Américas, que cobija a los gobiernos de derecha, parece fortalecerse con los nuevos presidentes de Colombia y Perú.

Nada de eso es un buen augurio pues, como dijo a CONNECTAS Flavia Loss, profesora de Relaciones Internacionales del Instituto Mauá de Tecnología, “Donald Trump amenaza la propia democracia de los Estados Unidos y las democracias de Sudamérica a él le interesan aún menos. Lo que le interesa es tener aliados estratégicos de extrema derecha”.

En este contexto, Lula dejó en claro que tomará en serio el tema de las tierras raras y los minerales críticos. “Ningún chino, ningún estadounidense, ningún francés tocará estos recursos”. Y es que la narrativa de soberanía funciona muy bien en campaña o cuando las señales foráneas suenan más fuerte. Brasil posee las segundas mayores reservas de tierras raras del mundo, solo por detrás de China, aunque gran parte de ese potencial permanece sin desarrollar.

En el caso de Brasil, la relación Trump-Bolsonaro tiene una larga data. El “patriarca” como se conocía al expresidente, cultivó una alianza basada en un fuerte discurso nacionalista, conservador y crítico de las instituciones multilaterales. Por eso incluso cuando perdió las elecciones en 2022, Trump lo defendió férreamente: denunció, sin pruebas, una “cacería de brujas” en su contra y subió los aranceles a los productos brasileños, como una forma de “vengar a su amigo” cuando las autoridades judiciales lo iban a imputar. Este respaldo no quedó ahí, se transfirió directamente hacia la familia Bolsonaro a la que considera una aliada estratégica de la derecha internacional.

Para entender el avance de esta tendencia en la región, Loss considera importante la influencia de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), el foro político anual fundado en Estados Unidos. “Brasil inauguró el más reciente ciclo de la extrema derecha en la región, cuando eligió a Jair Bolsonaro. Eso también formó parte de una estrategia de la extrema derecha internacional con Donald Trump a la cabeza. Entonces, nosotros terminamos fortaleciendo a otros candidatos de extrema derecha aquí en la región, como el propio Javier Milei, como el propio Abelardo de la Espriella porque abrió un precedente importante para esa corriente ideológica, sus valores y sus ideas (…) Los gobiernos de extrema derecha, como fue el de Jair Bolsonaro, están en contra de la integración latinoamericana, y eso me preocupa mucho, porque va a afectar la cooperación y la autonomía de nuestros países frente a los Estados Unidos”.

Flávio Bolsonaro no tiene un camino fácil. Si bien la cúpula del Partido Liberal (PL) avala su candidatura, las disputas internas, algunas polémicas y la falta de alianzas evidencian un desgaste prematuro, también porque su identidad política se limita al legado de su padre.

Por lo pronto, la importancia continental de las elecciones en Brasil quedó subrayada por la poco común visita a Brasil del presidente de Argentina, Javier Milei, para apoyar la campaña de Bolsonaro y desacreditar a su oponente. Ante el revuelo político, Milei, lejos de desescalar la tensión bilateral, volvió a reafirmar sus ataques contra Lula da Silva: “Si hay alguien que interfiere políticamente en la región es Lula, contaminando con las ideas inmundas del socialismo por todos lados”, dijo en una reciente entrevista en La Nación. Para arremeter contra Lula, Milei se aferra a la situación judicial que lo involucró en el caso Lava Jato por presunta corrupción, y sin mayor reparo lo llamó “chorro, ladrón y presidiario”.

Los exabruptos del mandatario argentino ya no sorprenden, pero tratándose de Brasil hay muchos ojos pendientes en ese país, como los de China, por ejemplo. El presidente Xi Jinping emitió una declaración a favor del gobierno de Lula bajo la consigna de no permitir “intervenciones extranjeras”. Sin embargo, el país asiático también juega con sus propios intereses, pues Brasil es su socio en los BRICS y Argentina decidió no formar parte del grupo.

Marco Bastos, analista político y consultor de campañas electorales, considera que este impasse muestra la erosión de la esfera pública cuando se normaliza el insulto. Pero aclara que existen intereses muy fuertes entre ambas naciones, por lo que no ve “una mayor consecuencia en cuanto a la carrera electoral en Brasil y en las relaciones bilaterales con Argentina”.

Por su parte, Loss entiende que el presidente Milei prioriza la agitación ideológica en el continente por encima de las relaciones comerciales. “Él va en contra de los intereses estratégicos del pueblo argentino porque a Argentina le interesa mucho más estar cerca de Brasil, que es un gran comprador. Pero él deja de lado el pragmatismo, la racionalidad, en nombre de una agenda puramente ideológica”.

Un eventual triunfo de Bolsonaro seguiría ese orden de prioridades. Como se ha visto en otros países de la región, las primeras movidas de esos gobiernos de derecha suelen afectar la estructura institucional, y concretamente en este caso podrían derivar en el indulto o amnistía presidencial para Jair Bolsonaro y para quienes están cumpliendo condena por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023.

Por otro lado, es previsible un deterioro de las relaciones comerciales con China, el mayor socio y comprador principal del sector agropecuario brasileño, y un aspecto no menor, la polarización extrema con la radicalización de los discursos de odio, alimentados por la retórica del movimiento MAGA.

Y en medio de todo, está el impacto de estas elecciones en América Latina. Para Mayara Paixão, corresponsal de Folha en Nueva York, “si gana Lula, Javier Milei probablemente seguirá siendo el principal aliado de Donald Trump en la región. Si gana Flavio, ese escenario cambia de manera significativa, sobre todo por el peso político y económico de Brasil, que sería el principal aliado de la Casa Blanca”.

Brasil desde adentro

Al momento del voto pesan muchos factores, pero tal vez los más importantes no tengan que ver con los intereses foráneos que acechan al país, sino con el candidato que pueda garantizar seguridad y estabilidad económica. A los brasileños les preocupa la expansión del crimen organizado asociado con la minería ilegal, el contrabando, la extorsión y el lavado de dinero.

Pero no solo es la situación de la violencia, también el desgaste social, especialmente en la clase media, que no encuentra mejoras en su nivel de vida. La economía ya no atraviesa el impulso de los primeros años de su gobierno, pero Lula llega a la campaña con cifras que juegan a su favor. El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé que Brasil crecerá un 2,4 % este año, impulsado por el consumo interno, un mercado laboral sólido y el buen desempeño de las exportaciones. Aun así, el organismo anticipa una desaceleración gradual y proyecta una expansión del 2,2 % para 2027.

En este contexto, Bastos explica que hay mucho en juego en esta elección y también percibe una sensación de malestar y temor de que algo malo pueda ocurrir con la economía del país. “Yo diría que la trayectoria fiscal de Brasil merece atención, pero no es una actuación límite como plantea la derecha. Y la izquierda tiene razón cuando plantea que Flávio Bolsonaro podría significar una erosión democrática mirando como un espejo a los Estados Unidos de Trump. Pero hay un tercer grupo, los electores independientes, que a mí me parece que miran todo ese paisaje con una gran desilusión por los escándalos de corrupción que involucran a partidos y políticos de las derechas y de la izquierda del PT de Lula. Por eso miran con gran escepticismo los anuncios económicos de ambos candidatos”.

El experto añade que precisamente este grupo se siente huérfano porque ninguna de las dos opciones electorales demostraron capacidad para atender sus demandas, que por lo general tienen que ver con el desempleo o el trabajo de baja calidad. “Para una parte del electorado la elección va a ser un proceso de mucho dolor y casi con tedio por la falta de novedades en el tablero”.

Los brasileños se enfrentan a dos proyectos políticos muy diferentes, dice Paixão. “En el plano social, por ejemplo, uno defiende una mayor presencia del Estado y más apoyo a los sectores de menores ingresos, que es el de Lula, y el otro de Flavio propone reducir programas sociales y una participación más limitada del Estado. También hay diferencias importantes en el modelo económico, por supuesto. Lula apuesta por un mayor gasto público, mientras que Flavio defiende una agenda de mayor control del gasto y medidas en algún sentido más alineadas con el mercado”.

A dos meses de los comicios, queda claro que el próximo presidente asumirá un gran desafío. Según una encuesta de Nexus, encargada por la empresa BTG Pactual, el izquierdista se ubica con un 47 % frente al 43 % de su oponente, lo que proyecta una segunda vuelta.

El 4 de octubre los ciudadanos elegirán además a 27 gobernadores, 54 senadores, 513 diputados federales, 1.035 diputados estatales y 24 diputados distritales. En caso de que ningún candidato presidencial o a gobernador supere el 50 % de los votos, sin contar los sufragios en blanco y nulos, el 25 de octubre se desarrollará el balotaje.

El octogenario presidente que habla sin reservas sobre el paso del tiempo, ya se subió al ring y tiene en la mira su cuarto mandato. Flávio Bolsonaro, en cambio, no solo busca llegar al Palacio de Planalto, también quiere probar que el proyecto político de su padre es lo suficientemente sólido para volver al poder y mantenerse ahí, apadrinado por Donald Trump. Mientras tanto, América Latina observa el proceso con mayor atención de la acostumbrada, consciente de que esta vez está en juego mucho más que la presidencia de Brasil.

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