Las elecciones presidenciales suelen analizarse desde las preocupaciones más inmediatas de los ciudadanos: seguridad, empleo, salud, educación o costo de vida. Sin embargo, en un mundo crecientemente interdependiente, los asuntos internos están cada vez más condicionados por factores externos. Las relaciones internacionales han dejado de ser una materia reservada a diplomáticos y especialistas para convertirse en una variable que incide directamente en el bienestar de las sociedades. Por ello, cualquiera que sea el resultado de la segunda vuelta del próximo domingo, Colombia enfrentará un desafío que no podrá eludir: restablecer, fortalecer y proyectar estratégicamente su relación con los Estados Unidos.
Desde una perspectiva histórica, Estados Unidos ha sido el principal socio internacional de Colombia en materia comercial, de inversión, cooperación para el desarrollo, seguridad, lucha contra el narcotráfico e intercambio científico y tecnológico. Ningún otro Estado posee un nivel comparable de influencia sobre la economía colombiana ni una capacidad similar para condicionar, positiva o negativamente, las condiciones internacionales en las que se desenvuelve el país. Reconocer esta realidad no es una concesión ideológica: es un ejercicio elemental de análisis geopolítico.
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Esto no significa que Colombia deba adoptar una política exterior subordinada ni que deba renunciar a diversificar sus relaciones internacionales. Significa, simplemente, reconocer una realidad de primer orden: para Colombia, la relación con Washington es una variable estratégica que no puede ser tratada como moneda de cambio ideológico ni como elemento accesorio de la política exterior.
Dos caminos, un mismo imperativo
Si el próximo presidente es Abelardo de la Espriella, es previsible que la reconstrucción de los vínculos con Estados Unidos transite por una vía de mayor afinidad política e ideológica. Sus planteamientos apuntan hacia una agenda más cercana a las prioridades de seguridad, inversión privada y cooperación hemisférica que hoy promueven los sectores conservadores del continente. Ello podría facilitar una aproximación rápida con Washington y con los gobiernos de derecha que hoy predominan en buena parte de América del Sur: Argentina, Chile, Ecuador, Paraguay, Bolivia y El Salvador, entre otros.
En contraste, si el próximo presidente es Iván Cepeda, la agenda bilateral probablemente se orientará hacia la implementación del acuerdo de paz, los derechos humanos, la transición energética y el desarrollo sostenible. Esto no implica necesariamente un deterioro de los vínculos con Washington, siempre y cuando no se asuma un tono de oposición directa. La experiencia comparada demuestra que gobiernos de izquierda democrática, como los de México o Brasil, han mantenido relaciones funcionales e incluso estratégicas con Estados Unidos. Sin embargo, los canales de aproximación, los énfasis diplomáticos y las prioridades de la agenda bilateral serían distintos, y el nuevo presidente deberá construir puentes donde hoy existen fisuras.
El tablero geopolítico regional
La configuración política regional añade una dimensión adicional a este análisis. Durante los últimos años, América Latina ha vivido una notable reconfiguración ideológica. Hoy coexisten en el continente gobiernos de orientaciones muy diversas, y Colombia deberá navegar con habilidad entre ese mosaico de sensibilidades. Si gana la derecha, podrá integrarse más fácilmente a un eje político que privilegie la seguridad, la inversión y la cooperación con Washington. Si gana la izquierda, mantendrá una interlocución fluida con Brasil y México, las dos mayores economías de América Latina y actores indispensables para cualquier proyecto de integración regional.
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Sin embargo, es preciso recordar que los ciclos políticos son transitorios. Lula da Silva concluirá su mandato en Brasil en 2027, y las dinámicas de la sucesión política en México ya están en marcha. La historia latinoamericana enseña que los mapas ideológicos del continente pueden cambiar en pocos años. Por eso, los Estados que mejor defienden sus intereses nacionales no construyen su política exterior sobre afinidades ideológicas coyunturales: construyen relaciones institucionales duraderas que sobreviven a los cambios de gobierno. Las alianzas entre gobiernos son importantes; las relaciones entre Estados son imprescindibles.
Desde la teoría de las relaciones internacionales, tanto el realismo clásico como el liberalismo institucional coinciden en un punto fundamental: los países medianos obtienen mayores beneficios cuando desarrollan relaciones estables con las principales potencias del sistema internacional, sin renunciar por ello a diversificar socios y ampliar sus márgenes de autonomía estratégica. Colombia no tendrá que escoger entre Estados Unidos y América Latina, ni entre Washington y otros actores globales. Su desafío consistirá en mantener relaciones constructivas con todos ellos simultáneamente, con pragmatismo, con criterio y con visión de largo plazo.
Invitación al presidente 2026-2030
Sin importar si usted llega al poder desde la derecha o desde la izquierda, tiene ante sí una tarea que no admite dilación ni improvisación: restablecer, fortalecer y consolidar la relación estratégica de Colombia con los Estados Unidos. No se trata de una claudicación ante el poderoso vecino del norte, ni de un alineamiento acrítico con sus intereses. Se trata de reconocer, con honestidad intelectual y responsabilidad de Estado, que esa relación es un pilar estructural del desarrollo colombiano y que deteriorarla tiene costos reales para millones de ciudadanos que no tienen tiempo de esperar a que pase la tormenta diplomática.
Restablecer no significa olvidar las tensiones del pasado reciente. Significa superarlas con pragmatismo, con canales diplomáticos sólidos, con una agenda de cooperación mutuamente beneficiosa y con la firmeza necesaria para defender los intereses nacionales en esa conversación. Colombia puede y debe ser un interlocutor autónomo, con voz propia, con criterio propio. Pero para hablar con autoridad en Washington hay que tener primero una relación que funcione.
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Al mismo tiempo, fortalecer la relación con Estados Unidos no puede significar descuidar ni ignorar otras alianzas estratégicas. América Latina, Europa, Asia y los organismos multilaterales son espacios en los que Colombia debe estar presente, activa y propositiva. La política exterior de Colombia no puede ser un péndulo que oscila según el color del gobierno de turno: tiene que ser una brújula fija que apunta permanentemente hacia los intereses nacionales, independientemente de quién ocupe el palacio de Nariño.
Y ahí reside el reto más profundo que usted tiene por delante, señor presidente: Colombia necesita urgentemente una política exterior de Estado, no de gobierno. Una política de largo plazo, que trascienda los cuatro años de su mandato, que no sea rehén de las ideologías del gobernante de turno y que ofrezca a los socios internacionales de Colombia la previsibilidad y la estabilidad que toda relación estratégica requiere. Una política exterior que sea formulada con rigor, con consenso entre los principales actores políticos y sociales del país, y —este punto es determinante— con la participación activa y protagónica de los expertos colombianos en asuntos internacionales: académicos, diplomáticos con trayectoria, analistas independientes, representantes del sector productivo y de la sociedad civil.
El mundo que le espera al próximo presidente de Colombia es más complejo, más volátil y más exigente que el de hace apenas una década. La competencia entre grandes potencias se intensifica. Las reglas del multilateralismo se fracturan. Las cadenas de suministro se reorganizan. Los flujos migratorios presionan. El cambio climático golpea. En ese contexto, Colombia no puede darse el lujo de improvisar su inserción en el mundo. La política exterior tiene que dejar de ser una extensión de la política interna y convertirse en un instrumento serio, técnico y sostenido de defensa del interés nacional.
Señor presidente: la política exterior que usted diseñe en los próximos meses será el legado más duradero de su gobierno, porque los tratados, las alianzas y las instituciones que se construyen —o se destruyen— durante un mandato pueden tardar décadas en repararse. Tenga en mente que lo que Colombia necesita no es una política exterior ideológica, sino una política exterior inteligente. Y la inteligencia, en diplomacia, siempre ha sido la misma: defender los intereses del Estado con pragmatismo, consistencia y visión de futuro.
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