8 Sep 2019 - 2:00 a. m.

Crisis en Argentina: Ser argentino y no morir en el intento

Luego de más de tres semanas de turbulencias financieras, los ciudadanos enfrentan mayores problemas y no aguantan más los embates de una economía imprevisible. Así viven los argentinos una nueva crisis.

Daniel Avellaneda - Buenos Aires (Argentina)

Crece el descontento social en Argentina por cuenta de la difícil situación económica. / EFE
Crece el descontento social en Argentina por cuenta de la difícil situación económica. / EFE

¿Desde qué lugar se puede observar la crisis que golpea a 44 millones de argentinos? ¿Desde los ojos de un millonario que ahora mismo, con el flamante control de capitales, no puede comprar más de US$10.000 por mes? ¿Desde la mirada de un trabajador de clase media que ve cómo el sueldo se diluye inexorablemente entre impuestos? ¿Desde el dolor de los pobres, ametrallados por la inflación? Argentina se transformó en un país en el que todos, inexorablemente, sufrimos la crisis financiera que sacude una vez más, como una ola que se pierde en la costa atlántica pero regresa con la fuerza de un tsunami.

Hay situaciones que son más complejas que otras. Que falte un plato de comida en la mesa es grave, entonces el resto pasa a segundo plano. Pero todos, en mayor o menor medida, independientemente del sector de la clase social que integren, padecen esta nación sacudida por un constante y cíclico viacrucis económico.

Quilombo es la palabra que mejor nos representa y proviene del lunfardo, un dialecto bien porteño. Así se llamaba a los prostíbulos en estas tierras. De ahí el derivado de un término usual para describir una situación caótica. “Remar en dulce de leche repostero” es otra acepción para esta auténtica película de acción: ser argentino y sobrevivir en el intento. Comer es esencial, claro. Difícil en un país en el que la mitad de los niños está por debajo de la línea de la pobreza. Una señal de que el futuro es poco auspicioso. Lo reveló un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA). El número (51,7 %) impacta. Sobre todo si se tiene en cuenta que en casi cuatro años del gobierno de Mauricio Macri se generaron cuatro millones de nuevos pobres.

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La reducción de los subsidios a los servicios públicos (transporte y energía) en pos del equilibrio fiscal fue letal para el bolsillo de la gente. El ajuste fue demasiado potente, al punto de transformarse en una situación imposible de sostener para los ciudadanos, que dejaron un claro mensaje en las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias), una encuesta que terminó siendo lapidaria para el oficialismo: 49,9 % eligió a Alberto Fernández, candidato por el Frente de Todos, cuya vicepresidenta es Cristina Fernández de Kirchner. Sí, la misma que había estado al frente en dos mandatos oscuros tras el fallecimiento de Néstor, su marido, quien capeó el temporal después de la crisis de 2001, que terminó con Fernando de la Rúa escapándose de la Casa Rosada a bordo de un helicóptero.

La mitad del país no reparó en las 13 causas de corrupción que pesan sobre la expresidenta ni las condenas de sus funcionarios, entre ellas la que derivó de la tragedia de Once, un accidente ferroviario que costó la vida de 52 personas. El “robaron pero vivíamos mejor” que se escuchó de los labios de varios de sus fieles seguidores es un fiel reflejo del voto emocional de los argentinos. A muchos menos parecen importarles la impronta republicana que le dio Macri a su mandato y la reforma estructural que propuso con obras. Cuando llegar a fin de mes resulta una tarea titánica, nada alcanza. Ni siquiera los constantes desembolsos del FMI que sostuvieron las reservas que se quemaron desde el Banco Central para sostener el precio del billete verde, el único que aprecian los argentinos para no perder poder adquisitivo.

La devaluación que se produjo después del domingo 11 de agosto, junto con el desplome de la Bolsa, se profundizó hasta llegar a un 34 % y obligó a la renuncia-despido del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne. Un combo letal que generó mayores problemas para los ciudadanos, que ya no aguantan más los embates de una economía sin previsibilidad. El lunes, sin ir más lejos, se formaron grandes colas en las puertas de los bancos. La gente fue decidida a sacar los depósitos ante el temor de un corralito, la libre disposición de los ahorros que impuso Domingo Cavallo, ministro de Economía hace 18 años.

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No es fácil ser argentino, está claro. Para el escritor Federico Andahazi, vivimos en un país psicótico. “Cada vez que la Argentina entra en crisis, los argentinos, en consecuencia, entramos también en crisis. Sucede que los países, igual que las personas que lo habitan, pertenecen a una determinada estructura psíquica. La Argentina, cada vez con más frecuencia, se vuelve loca y la internan en el manicomio de las naciones. El país experimenta crisis parecidas con una insistencia circular. Son brotes en los que se evidencia la estructura patológica de la Argentina. La Argentina psicótica”, explica.

Y tal vez tenga razón. Al menos, desde el informe internacional que realizó Ipsos Global Advisor on Global Happiness 2019, Argentina es el país más infeliz del planeta. En la encuesta online participaron unas 20.000 personas adultas entre 16 y 74 años a lo largo de 28 naciones.

Entre las cuestiones que menos bienestar y placer causan están el tiempo empleado en las redes sociales, mudarse a otro país y las posesiones materiales.

El primer punto se entiende desde la grieta que dividió a las familias con la discusión política que estableció el kirchnerismo duro y se potenció durante el macrismo, polarizando la elección. Un bumerán que le devolvió al primer mandatario oficialista un cachetazo que lo dejó con un pie afuera de la Casa Rosada y esperando un milagroso balotaje como única opción.

El segundo se explica con el éxodo que muchos argentinos jóvenes y profesionales eligen al encontrarse con un país sin futuro, siempre dando vueltas alrededor del mismo signo que gobernó durante el mayor lapso de las últimas siete décadas y no encontró estabilidad. Del peronismo se trata, doctrina que enarbolan los fanáticos del general Juan Domingo Perón. Populismo, lisa y llanamente, en las antípodas del liberalismo. El Estado al servicio del pueblo parece un eslogan de campaña. En realidad, son los argentinos los que están condenados por la presión impositiva —una de las más altas del mundo, la más fuerte en la región— y los sindicatos a alimentar la maquinaria estatal en un país explotado en empleo público y con un 34 % de pobres.

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El tercer punto marca la desazón de una sociedad consumista que no tiene recursos, con la industria en caída libre y con un sueño que fue posible para nuestros abuelos, en su mayoría inmigrantes europeos, y hoy es cada vez más difuso. La ilusión de la casa propia es utópica. El mercado inmobiliario está dolarizado. Y en un año, el precio de las propiedades creció 127 %. En la Ciudad de Buenos Aires, comprar un departamento de dos ambientes usado tiene un costo promedio de US$2.862 el metro cuadrado. Es decir, para comprar un piso de dos habitaciones a lo largo de 50 metros cuadrados, por ejemplo, se necesitan unos US$145.000.

Aproximadamente, unos 250 sueldos de un asalariado promedio. Y las condiciones para tomar préstamos son demasiado duras: para sacar un crédito hipotecario a 30 años y así poder contar con el 75 % del monto del departamento que se financia se necesita un ahorro previo de más de casi un millón y medio de pesos, algo así como US$123.000. Siempre bajo la referencia de dos habitaciones y todo ajustable a la inflación. Se estima que cerrará 2019 con un alza del 55 %. Aquellos que pidieron un crédito antes de abril del año pasado, cuando sucedió la primera corrida bancaria, hoy se quieren agarrar de los pelos. El dólar orillaba los 20 pesos; hoy, los 60.

En esa misma ciudad donde las organizaciones sociales pidieron la emergencia alimentaria y cortaron la 9 de Julio, emblemática avenida porteña, para jugar al fútbol, Argentina vive el final del mandato de Macri crispada. El periodista Fernando González lo describe como “un país adolescente”. Y nada indica que vaya a madurar.

 


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