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De descendiente de migrantes palestinos a testigo de la diáspora venezolana

Odette Yidi David tiene ascendencia palestina. Ha pasado más de un siglo desde que sus antepasados se asentaron en la costa Caribe colombiana y ahora lo que ha visto y escuchado de su historia lo ve reflejado en el drama migratorio de los venezolanos que han llegado a Barranquilla, su ciudad, en los últimos años.

María José Noriega Ramírez
24 de febrero de 2023 - 06:00 a. m.
Odette Yidi David lleva años trabajando en la academia en asuntos migratorios. El año pasado dio el salto al sector público, donde se desempeñó como asesora de la Secretaría de Gobierno de Barranquilla y coordinadora del Centro Intégrate.
Odette Yidi David lleva años trabajando en la academia en asuntos migratorios. El año pasado dio el salto al sector público, donde se desempeñó como asesora de la Secretaría de Gobierno de Barranquilla y coordinadora del Centro Intégrate.
Foto: Cortesía: Secretaría Distrital de Gobierno de Barranquilla

Corría la primera década del siglo XX. El Imperio otomano, con más de 600 años de historia, estaba a pocos años de caer, en medio de una fuerte crisis política y económica, con sentimientos de libertad intelectual, independencia y emancipación en varios árabes, en especial cristianos, que, por sus conexiones transnacionales, por el manejo de idiomas romances, como el español, el francés y el italiano, que aprendieron al haber estado expuestos a los misioneros europeos, vieron la posibilidad de salir de Palestina, y lo hicieron. Así fue como los primeros Yidi llegaron a Colombia, guiados, en gran parte, por las experiencias de éxito de sus paisanos, entre ellos el comerciante Elías Muvdi.

De Belén llegaron a las Américas, más específicamente a Barranquilla, gracias a que Puerto Colombia estaba en las grandes rutas de los más importantes transatlánticos de la época y a que tenía un ferrocarril que conectaba con la ciudad. Si antes se dedicaban a cultivar la tierra, la agricultura y las artesanías de nácar, allí empezaron su historia comercial. Eventualmente, con la ayuda de quienes iban llegando de su tierra natal, lograron establecer algunos espacios de compra y venta de telas, consolidando una comunidad que allanó el camino para la llegada de otras familias a la Puerta de Oro. Así fue como los David, luego de atravesar continentes y mares, cuando ya se había creado el Estado de Israel, también se asentaron en La Arenosa. Para entonces, ya corrían los años 50.

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Odette Yidi David, por el lado de su mamá, pertenece a la segunda generación de árabes nacidos en el país. Por el lado paterno, hace parte de la tercera. “No había muchas opciones, o por lo menos esperanzas, de regresar a la patria”, rememora con relación al pasado migratorio que corre por sus venas. Y no fue fácil: encontrar esos espacios de comunión, diálogo, intercambio de creencias y saberes implicó varios sacrificios, entre ellos el idioma. “El árabe se volvió algo de uso en el espacio privado, en la familia. Para quienes conformaron la primera generación nacida en Colombia, se convirtió en un idioma con el que no estaban conectados más allá de sus hogares. Sí, los relacionaba con sus padres, y a sus familias con su madre patria, pero no los conectaba a ellos”. Si a esto se le suma el poco acceso a periódicos, libros y música, eran tiempos difíciles para la cercanía y el dominio de la lengua.

La religión también fue un ámbito en el que sus antepasados tuvieron que hacer concesiones: muchos en sus países de origen, Palestina, Siria y el Líbano, eran cristianos ortodoxos o maronitas. Algunos de ellos, al migrar o llegar a Colombia, adoptaron el rito latino. Se convirtieron en cristianos católicos. “En esas celebraciones religiosas, en las iglesias, encontraron un vehículo de integración. Compartir la misma fe les permitió abrir ese espacio a los cristianos, porque el caso de los musulmanes fue distinto”.

En el camino también se encontraron con la resistencia de algunos, “con ese miedo al extranjero que se ve hasta el día de hoy en esas falsas reflexiones sobre que los migrantes llegan a quitar los empleos y aumentar la inseguridad”. Menciona que hay estudios que prueban que las economías no se afectan negativamente por la llegada de estos grupos. Sí, hay un choque inicial por ese aumento de personas, de mano de obra y de oferta, pero los migrantes dinamizan, potencian y diversifican el mercado. Recalca que, en ese entonces, dichos estudios no existían y sí rondaban percepciones negativas sobre ellos.

El racismo, por ejemplo, está presente en el lenguaje de algunos artículos, incluso de ciertos decretos de los años 20, 30 y 40, “influenciados por ese romanticismo europeo de considerar unas razas mejores que las otras. Vuelve a jugar el orientalismo que heredamos nosotros, creyendo que Oriente es ese lugar perverso del que no queremos saber nada y mucho menos tener a sus gentes”. Esos decretos, en Barranquilla, por ejemplo, buscaban limitar la migración extranjera de los países asiáticos y africanos, privilegiando la migración europea, cristiana y blanca, como se hizo en otras partes de América Latina.

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Entonces sí, hubo brotes de xenofobia y racismo en las narrativas populares e institucionales, pero con el tiempo, en una ciudad en pleno apogeo, que les permitió consolidar un estatus económico estable, lograron integrarse a la sociedad. Incluso, el Carnaval de Barranquilla fue un vehículo para ello. Con la apertura del Club Alhambra, en 1945, los árabes empezaron a participar en las fiestas con carrozas y comparsas. Es más, el club tenía su propia reina, abrió fiestas a todo el público y la soberana que elegía era coronada por la reina oficial del Carnaval y por el alcalde de la ciudad. Con eso cambió la narrativa alrededor de sus antecesores y su descendencia en Colombia.

“La historia de la humanidad es fiel testigo de migraciones. Siempre hemos estado en movimiento y siempre lo estaremos. De hecho, así es como en un primer momento llegamos a poblar la Tierra”. Cree que la migración es algo natural al ser humano: es natural tener mejores condiciones de vida, querer tener seguridad, desde alimenticia e intelectual hasta física. Incluso, dice que “es imposible imaginar un mundo sin migraciones y aún más imposible que no apoyemos las migraciones en contextos como los que se nos presentan hoy, por ejemplo, en forma de guerras”. Las noticias de los campos de refugiados en las fronteras de los países europeos o de las personas que se ahogan en su intento por cruzar el Mediterráneo le duelen, y le duelen por la historia de migración que su familia carga sobre sus hombros. Pero no tiene que ir muy lejos de su casa: sus ojos también han sido testigos del drama de los migrantes venezolanos en Colombia.

De las 2′894.593 personas que han cruzado la frontera colombo-venezolana, por lo menos hasta octubre de 2022, según datos de Migración Colombia, 212.190 están en el departamento del Atlántico y 149.165 en Barranquilla, el cuarto municipio con mayor población migrante venezolana. Antes era al contrario: los colombianos huían a otras partes del mundo por el conflicto y por razones políticas, y el auge petrolero en Venezuela llamó a mucha gente a desplazarse hasta allá. Sin embargo, desde el 2016, el país empezó a recibir a los venezolanos que masivamente han tenido que dejar su tierra.

El año pasado, según ACNUR, Turquía (3,8 millones) y Colombia (1,8 millones) eran los principales países de acogida de población refugiada, mientras que desde Siria (6,8 millones) y Venezuela (4,6 millones) provenía el mayor número de migrantes. Ahora bien, la guerra en Ucrania ha provocado la huida de más de cinco millones de personas a otros países europeos. En ese contexto, y luego de un tiempo de trabajar desde la academia los asuntos relacionados con las migraciones, Yidi David optó por abordar estos temas desde lo público, como asesora de la Secretaría de Gobierno y coordinadora del Centro Intégrate.

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Para ella, “Barranquilla es una ciudad con un ADN multicultural. No solamente hablo de que fue construida por migraciones extranjeras, sino también por movimientos provenientes desde dentro de Colombia”. Y en medio de esa dinámica, reconoce que los venezolanos que llegan lo hacen con vocación de permanencia: “No somos una ciudad fronteriza, así que quienes han llegado lo han hecho con planes a corto y mediano plazo. Más o menos, el 10 % de la ciudad está compuesta por ellos”.

Cuenta que, a pesar de que los funcionarios públicos apenas están aprendiendo a conocer el derecho migratorio, entender las dinámicas de la migración y adaptase a su vocabulario, por lo que había leído en su vida académica, no le fue difícil adaptarse a su rol. “Mucho de lo que vi en los testimonios de los migrantes árabes en Colombia lo vi recrearse ante mis ojos con los venezolanos”. Lo constató con la importancia de las redes de apoyo y la solidaridad entre los miembros de la comunidad, pero también con el duelo migratorio: “Como es, a veces, imposible salvaguardar una costumbre cuando perteneces a una minoría, por más parecidas que sean las sociedades que se encuentran. Lo vi en unos niños venezolanos que llevan cinco años en Colombia y no saben reconocer la música ni la comida de su país. Vi, tal vez, una desconexión de la memoria que tienen los padres, el entendimiento de su cultura y su hogar, con respecto a la de sus niños”.

“Palestinas de ojos y tatuajes. / Palestina de nombre. / Palestina de sueños y de penas. / Palestina de pies, de cuerpo y de pañuelo. / Palestina en palabras y en silencio. / Palestina de voz. / Palestina de muerte y nacimiento. / Te llevé, como fuego de mis versos, / en mis viejas carpetas. / Te llevé de alimento en mis viajes. / Y te llamé, gritando, por los valles”, escribió el poeta palestino Mahmud Darwish. Llevó el exilio tatuado en su piel y, como tal, lo imprimió en sus versos.

La primera vez que conversé con Yidi David me recomendó leerlo; es más, me mandó una copia del libro “Enamorado de Palestina”, a pesar de que ella estaba en Barranquilla y yo en Bogotá. Eran tiempos en los que el coronavirus nos tenía encerrados a todos en nuestras casas, en que todo intercambio era a través de la virtualidad, por medio de una videollamada.

Dos años después del primer contacto, justo cuando ella está terminando su labor en el sector público (que inició en el 2022), y cuando el mundo no solo vive la crisis de refugiados por la situación en Venezuela, sino también por la guerra en Ucrania y Siria, así como por el conflicto que vive Afganistán con los talibanes en el poder, por mencionar algunos casos, Darwish nos recuerda: “Saldréis de una peregrinación para entrar a otra. / Se estreche o no la tierra para nosotros, / andaremos este largo camino / hasta el fin del arco”. Finalmente, como dice Yidi David, “él es un poeta universal: recogió y expresó sentimientos que son comunes a todos, sin importar la nacionalidad”.

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