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Haití, abandonado, llora otra masacre y los más de 1.400 asesinatos de los últimos meses

Kenscoff ha sido el epicentro del más reciente duelo de los haitianos, en un momento en el que siguen las matanzas, la violencia sexual y el cierre de servicios básicos. Ante un panorama de horror, las bandas criminales toman fuerza frente a un Estado que dentro del país sienten indiferente.

María José Noriega Ramírez

27 de agosto de 2026 - 06:00 a. m.
Las personas reaccionan en medio del dolor tras un ataque armado en Kenscoff (Haití).
Foto: EFE - Jonet St Élois
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“Ningún líder parece desear un verdadero retorno a la paz ni trabajar para ganar la guerra contra la inseguridad” en Haití, escribió el periodista Frantz Duval en Le Nouvelliste: “Mientras esto siga así, las fuerzas de seguridad se comportarán como bomberos que llegan tarde y sin agua a cada desastre”. Y es que la situación no es fácil. La ONU acaba de publicar una cifra preocupante: al menos 1.408 personas fueron asesinadas y otras 656 resultaron heridas en el país caribeño durante el segundo trimestre de 2026. Apenas hace unos días, además, denunció que se perpetró una matanza que resultó en casi 50 muertos y una cantidad mayor que esa de secuestrados. Entretanto, hay quienes piden rendición de cuentas a las autoridades, en un momento en el que las pandillas, como desde hace años, buscan ampliar y consolidar su poder a través de la violencia.

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El ataque en Kenscoff llegó para romper con la idea de que había una mejora en la seguridad. “Esta es una gran prueba, tanto para el Gobierno como para la Policía, y también para la misión internacional”, aseguró ante The Associated Press (AP) Romain Le Cour, jefe del Observatorio de Haití en la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional: “Este es un mensaje de que sus afirmaciones de protección no coinciden con la realidad. Las pandillas están diciendo: ‘Cuando decidimos atacar, podemos hacerlo y tendremos éxito’”. Si bien ha habido ataques en las montañas que rodean el centro de la ciudad, este ha sido el más grande. El alcalde Jean Massillon dijo que 25 viviendas fueron incendiadas y que dos empleados del Gobierno fueron asesinados, incluido su primo, quien hacía parte de su esquema de seguridad: “Fue una noche de terror”. El jefe de la pandilla, además, amenazó con matar a quienes tiene como rehenes y el portavoz de las Naciones Unidas habló de 22 personas ejecutadas en una iglesia a la que acudieron en busca de refugio.

Las personas oscilan entre el duelo por las víctimas y la frustración frente a un Estado que es incapaz de proteger a los suyos. Eso, al menos, contó desde Puerto Príncipe, la capital, Milo Milfort, periodista de investigación: “En todas partes, en las calles, en el transporte público, en los mercados, no se habla más que de esta enésima masacre que sigue destruyendo vidas y bienes de la población civil”. Ellos no creen en nada ni en nadie: “Ante el abandono, el único recurso es Dios”. Y aunque el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé mencionó en un comunicado que “este luto es un desafío, y a este desafío el Gobierno responde con la fuerza de la ley y el ejercicio legítimo de la fuerza pública”, que está en “alerta máxima”, hay quienes no le creen.

“No hay acciones concretas, solo discursos, palabras que no se traducen en hechos”, agregó Milfort: “El Estado se muestra impotente ante la situación y la realidad sigue igual: ninguna carretera nacional controlada por las bandas ha sido liberada. Ningún jefe de banda ha sido arrestado o abatido”. Entretanto, voces como la del doctor William Pape, citado por Le Nouvelliste, piden que la Policía y el Gobierno rindan cuentas: “Es lamentable que, a pesar de las numerosas advertencias sobre la presencia activa de bandidos y su control de la zona mediante drones de vigilancia, no se haya considerado necesario proteger a la población una vez más”.

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Él, cuya casa fue incendiada y su cuidador asesinado, además de que sabe en carne propia lo que es tener un familiar secuestrado, pues su hijo lo estuvo por un largo período de tiempo hasta que fue liberado luego de pagar varios rescates, añadió: “Estoy más decidido que nunca a continuar la buena lucha y a trabajar para restablecer la seguridad en nuestro país profundamente herido”, uno que tras la reciente masacre quedó con cuerpos golpeados que yacían en charcos de sangre y con los lamentos de quienes sobrevivieron y pasaron momentos de angustia por el horror. Uno que a lo largo del año ha visto cómo los enfrentamientos entre las bandas criminales por el control territorial y de fuentes de ingresos no solo han provocado asesinatos, sino también desplazamientos forzados, casos de violación, violencia sexual y la suspensión de servicios esenciales, como la atención sanitaria y la educación.

Lo que ha vivido Haití en los últimos días es una muestra más de cómo las bandas buscan conquistar nuevos territorios, expresó Milfort: “Quieren controlar Kenscoff a toda costa, ya que es una zona estratégica que da acceso a otros departamentos, como el Sudeste”, y eso es sinónimo de un control marcado por secuestros, robos, violaciones, puestos de peaje e imposición de impuestos. Ese dinero les permite abastecerse de armas y municiones, además de pagar a sus soldados: “El Estado solo conserva el poder político, pero el poder real está en manos de los grupos armados. Ellos actúan con total impunidad, desafiando incluso la autoridad de un Estado que hace todo menos gobernar”.

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Y eso también es un problema de cara a la respuesta internacional en Haití. El ataque ocurrió mientras avanza el despliegue de una nueva fuerza multinacional respaldada por las Naciones Unidas, después de los resultados limitados de la misión anterior liderada por Kenia. María Fernanda Arocha, investigadora de ACLED, aseguró en France24 que, si bien es pronto para evaluar su eficacia, “cualquier avance militar deberá estar acompañado de un fortalecimiento institucional”. Entonces, la respuesta no depende únicamente de las fuerzas extranjeras, que se han involucrado varias veces: “Las autoridades haitianas también deben preparar el después de la intervención”.

Kenscoff, que antes era un refugio para los haitianos de clase media y alta, ahora está en el centro de la disputa por su posición estratégica: a 10 kilómetros al sureste de la capital, colinda con Pétion-Ville, un suburbio donde se concentran la mayoría de las sedes diplomáticas y los hoteles en funcionamiento que albergan reuniones gubernamentales. Bill O’Neill, experto en derechos humanos de la Organización de Naciones Unidas para Haití, lo describió así para The New York Times: “Kenscoff es muy importante. Si empiezan a bajar desde ahí, entonces estamos hablando de atacar la única parte de la capital donde está el Gobierno, donde está el hotel Karibe, donde están todas las embajadas”. Pero esa no ha sido la primera masacre: allí las víctimas han sido niños, ancianos y campesinos. Eso sí, Milfort está seguro de algo: “Si no se hace nada, no será la última. Las bandas son poderosas y el Estado es indiferente”.

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