Durante décadas, la política se ha explicado a partir del eje clásico entre derecha e izquierda, entendido –a grandes rasgos– como la preferencia por el mercado o por el Estado como regulador de la economía. Sin embargo, para Cristóbal Rovira Kaltwasser, sociólogo y académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile, ese marco ya no basta para comprender el presente: hoy cobra fuerza un segundo eje, quizá más decisivo, que enfrenta a la democracia con el autoritarismo y a las instituciones con discursos abiertamente antiestablecimiento.
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Según Rovira, el avance de la ultraderecha –y de otras expresiones populistas– se explica en buena medida por la incapacidad de los sistemas democráticos para responder a demandas ciudadanas persistentes, lo que ha generado un creciente hartazgo con la democracia misma, un malestar que líderes políticos de distintos signos ideológicos han sabido capitalizar.
Esta es la conversación que tuvo con El Espectador semanas antes del ataque de Estados Unidos sobre Venezuela y la captura de Nicolás Maduro.
¿Cuál es su lectura del ascenso de un personaje como Abelardo de la Espriella en Colombia?
Creo que su irrupción nos está mostrando que en Colombia —similar a otros países de América Latina— existen segmentos del electorado sensibles a ese tipo de discurso. Eso es lo que vimos en Argentina con Milei, en Brasil con Bolsonaro y en Chile con José Antonio Kast.
Lo atípico de Colombia ha sido que nunca había tenido una izquierda con la capacidad real de conquistar el poder Ejecutivo, como en el resto del continente, donde hemos visto alternancias entre gobiernos de centroizquierda y de centroderecha. Podría ser que justamente como producto de la irrupción de esa izquierda, aparezcan nuevos liderazgos como el de Abelardo, con un discurso tan radical en contra de la izquierda, porque me imagino que debe haber un segmento de colombianos —que no necesariamente es mayoritario, y creo que esto es muy importante— que, de manera similar a lo que pasa en otros países de América Latina, expresa un rechazo muy visceral hacia liderazgos progresistas.
¿Cree que la democracia colombiana podría resistir un gobierno de ultraderecha?
Si partimos por el vaso medio lleno, Colombia ha demostrado que tiene instituciones bastante robustas, y eso viene desde antes de Petro. No olvidemos que ustedes tuvieron un presidente que trató de prolongar su mandato presidencial y las cortes no lo dejaron. Otra señal muy potente (y en la que creo que Colombia es bastante única) es que en temas como el aborto o los derechos humanos, gran parte de los avances que ha logrado el país no han venido tanto desde el sistema político, sino desde las cortes, que han obligado al sistema político a ir corriendo el cerco. Sobre Petro existía un temor respecto a su llegada al poder, pero las instituciones parecieron demostrar que eran lo suficientemente fuertes. Petro no puso en riesgo al sistema democrático. Y aun cuando eventualmente pudo haberlo tensionado con algunos intentos de reforma, los checks and balances operaron y detuvieron esos intentos.
Ahora bien, si pasamos al vaso medio vacío, creo que la eventual emergencia de un liderazgo de ultraderecha sí es una señal de alerta porque una vez que estos líderes llegan al poder, empiezan a hacer reformas de manera gradual, en cámara lenta; comienzan a formar coaliciones amplias y a politizar organismos que antes eran autónomos. Eso va mermando la capacidad real de esas instituciones para funcionar como contrapesos.
Si en Colombia llegara a emerger un liderazgo de ultraderecha, es probable que intente intervenir en esas instituciones. Es lo que hemos visto en países como Hungría y Polonia. Y aquí hay un actor clave que es el que más me preocupa a nivel global: el rol de las derechas convencionales. Cuando estas están dispuestas a pactar con las ultraderechas, es cuando el sistema institucional se vuelve más débil. Pensemos en Estados Unidos: una de las razones por las que la situación es tan preocupante es que el Partido Republicano dejó de ser un partido de derecha convencional y se plegó a la agenda de la ultraderecha. Por el contrario, cuando existen derechas convencionales fuertes, estas tienden a poner límites a lo que las ultraderechas pueden o no hacer. Por eso, en el caso colombiano, la pregunta no es solo si la ultraderecha puede llegar al poder, sino también cuál va a ser el rol que jueguen esas derechas convencionales para sostener los pilares institucionales del sistema colombiano.
Gustavo Petro llegó al poder con la propuesta de una agenda de reformas y ha convocado a una Asamblea Constituyente. ¿Cree que la ultraderecha se pueda aprovechar de esos intentos de reforma?
Sí, yo creo que una de las estrategias que muchas veces utiliza la ultraderecha es un discurso doble: por un lado, dicen que lo que hay que hacer es defender las instituciones, pero simultáneamente lo que buscan es cooptarlas desde adentro.
Pensemos en el caso de Estados Unidos, donde Donald Trump dice que ama la Constitución de su país y que desea mantener las instituciones, lo cual suena muy democrático. ¿Pero qué es lo que hace Trump? Coopta esas instituciones desde adentro. No olvidemos que él fue quien terminó nominando jueces a la Corte Suprema, pero de una manera poco imparcial. Cuando murió un juez durante el gobierno de Barack Obama, ya existía una regla informal en Estados Unidos según la cual, cuando muere un juez de la Corte Suprema, el Congreso debe nominar a uno nuevo. Pero Donald Trump le dijo al Congreso, durante el gobierno Obama, que no lo nominaran hasta que ellos ganaran el poder.
¿Cómo entender el panorama electoral en Chile?
Desde los años noventa en adelante, Chile tuvo una derecha muy dura, bastante radical, que venía directamente del pinochetismo. Esa derecha, a lo largo del tiempo, se fue moderando programáticamente, de la mano de Sebastián Piñera, y se transformó en una con credenciales democráticas más claras. Pero en ese proceso de moderación programática hubo actores que se sintieron incómodos, aun cuando esa moderación permitió que la derecha se volviera suficientemente competitiva como para ganar el poder ejecutivo en dos ocasiones. Uno de esos actores que siempre estuvo en contra de ese proceso fue José Antonio Kast, quien rompe con la derecha convencional y decide crear su propio partido: el Partido Republicano. En su primera aventura electoral, en 2017, le fue muy mal; en la segunda, en 2021, le fue relativamente bien, aunque no logró ganarle a Boric; y ya en la tercera, en 2025, ganó. En el fondo, el proyecto de José Antonio Kast es una decisión que se toma al interior de la derecha convencional chilena, muy similar a lo que ha ocurrido con otras ultraderechas en el mundo –Vox en España, por ejemplo, surge como una escisión del Partido Popular, y Nigel Farage, en el Reino Unido, es una escisión del Partido Conservador–. Esta vez a Kast le fue mejor por lo que considero es un proceso de aprendizaje político: su agenda conservadora en campaña estuvo prácticamente silenciada y habló casi exclusivamente de la seguridad ciudadana, que según las encuestas es hoy la principal preocupación en Chile; ahí aparece una paradoja interesante, porque el grueso de la ciudadanía chilena es más bien progresista, pero, al mismo tiempo, existe una fuerte demanda por mano dura en materia de seguridad que Kast supo movilizar. A esto se suma otra particularidad: la aparición de Johannes Kaiser, una figura situada aún más a la derecha, lo que le resultó funcional a Kast, porque le permitió presentarse como un conservador moderado en comparación con alguien más radical.
¿Se está iniciando un nuevo ciclo político en América Latina o es más bien un movimiento pendular tras un giro a la izquierda?
Lo que estamos viendo es un proceso de realineamiento electoral: estos actores de ultraderecha logran aglutinar a segmentos del electorado que anteriormente estaban dispersos. Esto va a tener impacto en el largo plazo. Como ejemplo, el caso de Brasil: sabemos que Bolsonaro no puede competir, pero todos los brasileños dicen que el bolsonarismo llegó para quedarse. Es una pregunta abierta si ese bolsonarismo es el 15, el 20, el 25 o el 30 % del electorado, pero esos votantes que ya se encontraron tienen una ideología en común, y puede cambiar quién es el líder que los termine articulando.
¿Cuál sería el estado de salud de los regímenes de democracia representativa en Latinoamérica?
Hay una tendencia preocupante que hasta ahora se ha dado más en las izquierdas que en las ultraderechas: tienes un actor sumamente popular, que simultáneamente enfrenta una crisis sistémica, y que logra mantener su carisma o su nivel de popularidad para hacer reformas muy rápidas. Eso es lo que pasó, por ejemplo, con el chavismo en Venezuela, con Rafael Correa, en Ecuador o con Nayib Bukele en El Salvador. Creo que esa no es la norma en América Latina, pero eventualmente podría serlo.
Bolsonaro lo intentó, pero no tuvo la fuerza. En parte porque era menos popular de lo que él creía, en parte porque vino el COVID, y en parte porque hubo controles a nivel subnacional que lo detuvieron. El proceso de reconstrucción post Bolsonaro en Brasil es ejemplar, sobre todo si uno lo compara con Estados Unidos. Estos dos países tuvieron una crisis similar: liderazgos de ultraderecha que cierran de la misma manera: no respetando los resultados electorales y con ataques al Capitolio y a Brasilia. Estados Unidos tiene a Donald Trump de nuevo en la presidencia, y en Brasil, en cambio, las instituciones lograron bloquear ese camino de manera muy radical. Ahí vemos una esperanza: las instituciones pueden ser más robustas de lo que creemos.
¿Qué lugar ocupa Venezuela, tanto en lo discursivo como en lo político, para estas derechas a nivel regional?
En general, es un elemento en común entre las ultraderechas: un discurso antichavista similar al discurso anticomunista de los 70. Esto funciona como una galaxia discursiva, porque al interior de esa categoría entra todo lo que sea progresista. No es solo el castrochavismo: entra Lula, entra Boric, entra Petro, entra Pedro Sánchez del PSOE. O sea, todo el que piensa distinto a ellos. Es una retórica muy útil para movilizar a su base electoral. No olvidemos que esa base electoral no es mayoritaria. Son segmentos de la sociedad que pueden ser el 20 o el 30 %, según los datos que manejo, por ejemplo, para Argentina, Brasil o Chile. Lo problemático es que, con el liderazgo de Donald Trump y sus políticas de intervención en América Latina, un riesgo es que la ultraderecha acepte violaciones a tratados internacionales o cualquier otro medio para erradicar el castrochavismo. Y uno podría decir: “Bueno, si somos demócratas, no importa lo que pase con Nicolás Maduro”. Pero una vez que se permite a Estados Unidos hacer eso, el día de mañana puede ser lo mismo en Colombia, Brasil, Argentina.
Putin en Rusia, Orbán en Hungría o Erdogan en Turquía han logrado cambiar efectivamente sus constituciones para consolidar su poder interno y limitar derechos. Ahora, con la llegada de Trump al poder en Estados Unidos, ¿este tipo de gobiernos —y de gobernantes— se está convirtiendo en una tendencia mundial?
Durante mucho tiempo asumimos que la democracia liberal —con este famoso argumento del “fin de la historia”— había llegado para instituirse como el modelo dominante. Y lo que estamos viendo es que eso no necesariamente es así. Veo problemática la transformación de Estados Unidos porque Donald Trump es solo la punta del iceberg. Si Trump falleciera mañana, no creo que Estados Unidos vaya a volver automáticamente a la normalidad. El Partido Republicano dejó de ser un partido de derecha convencional y se transformó en un partido de ultraderecha que ya no profesa los valores de la democracia liberal. Y lo que estamos viendo, sobre todo en el contexto europeo, es el surgimiento de fuerzas de ultraderecha —Vox en España, AfD en Alemania, y podría nombrar muchas más— que, en el fondo, están a favor de este modelo iliberal de democracia.
Desde hace varios meses ha estallado en el mundo un nuevo ciclo de protestas y manifestaciones, específicamente en el sudeste asiático y en México, impulsadas por lo que la prensa ha llamado “la generación Z”. No obstante, en algunas de estas manifestaciones hemos visto el uso de banderas asociadas al fascismo y liderazgos contrarios a los derechos de las mujeres y las minorías. ¿Cómo interpretar el rol de los jóvenes en este nuevo panorama mundial?
Años atrás, cuando las ultraderechas empezaron a surgir, movilizaban segmentos reducidos del electorado que eran fundamentalmente hombres, de clase media y de edad avanzada. A medida que las ultraderechas empiezan a ampliar su espacio electoral, resulta lógico que se vuelvan más diversas: empiezan a aparecer mujeres y jóvenes que votan por la ultraderecha. Es un fenómeno relativamente nuevo y yo no me atrevería a decir todavía si se trata de una tendencia consolidada. En algunos países estamos viendo que una parte de la juventud se vuelca hacia la ultraderecha. Argentina es un ejemplo claro: el voto por Javier Milei es muy joven. Pero en Chile, vimos que el voto por Kast no es particularmente joven, ni lo es tampoco en Brasil. Entonces, hay que ser cuidadosos con generalizar que “existe el votante de ultraderecha”.
En toda sociedad siempre han existido segmentos que están a favor de ideas iliberales. En Chile hubo un plebiscito en 1988 y el 44 % de los chilenos votó por la continuidad de Pinochet. Es decir, había un 44 % de la población que apoyaba un régimen autoritario. Esos pinochetistas no desaparecieron. Lo que cambió fue que el discurso hegemónico pasó a estar a favor de los derechos humanos y de la defensa de la democracia, y dejó de parecer legítimo defender abiertamente el pinochetismo. Ahora, producto del discurso de la ultraderecha, esas ideas que creíamos dormidas empiezan a despertar. Y ese es, a mi juicio, el principal temor. Nosotros hicimos recientemente un estudio en Chile, que publicamos en El País, donde medíamos niveles de pinochetismo, y era impactante ver esos niveles entre los votantes de Johannes Kaiser y de José Antonio Kast. Pero ese pinochetismo siempre existió. Lo novedoso es que hoy esos actores lo están politizando de manera directa. Si miramos lo que está pasando en España con el franquismo, vemos algo muy similar.
¿Considera que por la crisis de soledad masculina, los jóvenes tienen un caldo de cultivo para volcarse hacia la ultraderecha?
Yo creo que la forma de abordarlo es paradójica. La pregunta de fondo es por qué la ultraderecha crece, y mi respuesta, en términos simples, es que los sistemas democráticos han hecho relativamente bien su trabajo. Esto puede sonar contradictorio, pero déjame explicarlo.
Las democracias —sobre todo en el contexto latinoamericano—, pese a todos sus problemas, han avanzado en incorporar de mejor manera a grupos que históricamente han estado marginados. La clase política era casi exclusivamente masculina y hoy vemos cómo las mujeres ganan espacios en el parlamento, en alcaldías e incluso pueden llegar a la presidencia. Ese proceso es global. Poblaciones afrodescendientes, pueblos indígenas y otros grupos que antes no tenían representación política hoy están más presentes. Y, como consecuencia de ese avance democrático estamos viendo un backlash.
Aparecen actores que —insisto— son minoritarios, pero que sienten resentimiento frente a esta transformación, que es sobre todo sociocultural más que socioeconómica. En el contexto europeo esto es muy claro: las sociedades asumieron su multiculturalidad; chistes o discursos sobre inmigrantes que eran comunes en los años 70 hoy ya no son aceptables, pero eso genera resentimiento en determinados bolsones del electorado.
La pregunta del millón es si esta reacción incorpora también a las nuevas generaciones. La evidencia que tenemos hasta ahora no es concluyente. Lo que pareciera observarse es que hay segmentos de jóvenes —y aquí sigo siendo muy cuidadoso—, particularmente hombres jóvenes, a quienes este tipo de argumentos les resuena con fuerza. En la última elección parlamentaria en Alemania, el partido de ultraderecha logró movilizar fuertemente a hombres jóvenes, mientras que el partido de ultraizquierda movilizó de manera muy efectiva a mujeres jóvenes. Ahí vemos una polarización generacional atravesada por el género. Ahora bien, ¿eso va a convertirse en una tendencia estructural en Alemania? No lo sabemos: fue una elección puntual. Es un fenómeno que necesitamos seguir observando con evidencia empírica.
Ante la popularidad de una forma de hacer política con memes, irreverente y grosera —al estilo Trump—, ¿ve posibilidades de recuperar un encanto por las formas de la institucionalidad y la democracia?
Hago dos observaciones. La primera es que muchos actores de ultraderecha tienen una gran habilidad para comunicar sus mensajes de una manera que conecta emocionalmente con la ciudadanía. Quienes no pertenecen a la ultraderecha tienen algo que aprender, en un sentido positivo. Lo digo también como académico: muchas veces hablamos en un lenguaje demasiado complejo y terminamos perdiendo a nuestra audiencia. Por ejemplo, si mañana se eliminara a todos los migrantes en Europa, los sistemas económicos colapsarían. Es decir, estar a favor o en contra de la inmigración no es solo una cuestión de derechos humanos, sino también una cuestión de supervivencia económica. Sin embargo, muchas veces los actores políticos ni siquiera están dispuestos a tematizar esto. Entonces, parte del aprendizaje tiene que ver con cómo se comunican los mensajes y qué se puede aprender de la ultraderecha en términos de construcción de narrativas: simplificar la realidad, pero sin caer en un discurso grosero o caricaturesco.
La segunda observación es sobre el rol de las derechas convencionales —y esto también podría aplicarse a las izquierdas convencionales—. Necesitamos generar consensos dentro del arco democrático respecto a las formas. Si estamos dispuestos a tolerar discursos y prácticas que erosionan esas formas, eso es una señal de alerta respecto a la credibilidad del sistema democrático. Y aquí creo que recae una responsabilidad sobre las derechas convencionales. Pongo el ejemplo de Argentina: Javier Milei dice todo tipo de brutalidades y, 24 horas después de la segunda vuelta, la derecha convencional se reúne con él, se da la mano y dice: “Este tipo nos parece fantástico”. Lo mínimo que uno esperaría es que dijeran: “Eventualmente lo vamos a apoyar, pero bajo determinadas condiciones”. Las derechas convencionales deben preguntarse hasta qué punto están dispuestas a hacer coalición con la ultraderecha y, si lo hacen, que sea dentro de las reglas del juego democrático. De lo contrario, van a terminar sufriendo ellas mismas las consecuencias.
¿Ve venir el fin de la democracia?
Yo diría que estamos entrando en una fase de mayor inestabilidad política. Eso no significa necesariamente que la democracia haya muerto en todas partes, pero sí que vamos a convivir con zonas grises, con países que entran y salen del régimen democrático y con disputas cada vez más abiertas respecto al tipo de sistema político. Esas disputas ya las estamos viendo hoy.
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