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La OTAN y la FIFA: con las reglas rotas sobre Irán

Luego de torcer las reglas de la FIFA, Trump declaró muerta la tregua con Irán el miércoles. Sus aliados no tuvieron otra alternativa que aceptarlo.

Camilo Gómez Forero

08 de julio de 2026 - 06:03 p. m.
El presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump (d), sostiene una tarjeta roja que tiene su nombre escrito, junto al presidente de la FIFA, Gianni Infantino (i), durante una reunión en 2018.
Foto: EFE - MICHAEL REYNOLDS
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Cuando Donald Trump llegó esta semana a la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), algunos analistas temían lo peor. Su llamada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que condujo a la anulación de una expulsión de un jugador de Estados Unidos antes de su partido contra Bélgica, provocó gran inconformismo entre los europeos en la mesa, mucho más apasionados por el fútbol.

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“¿Recibirá Estados Unidos una tarjeta roja en la OTAN?”, se preguntaba el analista Olivier Knox.

El lunes, antes de la cumbre, la Uefa, el organismo de fútbol europeo, protestó por la decisión. También lo hizo la Real Federación Belga de Fútbol, funcionarios de la Unión Europea e incluso líderes como el primer ministro británico, Keir Starmer. Pero cuando se vieron las caras en la reunión en Turquía hubo silencio total sobre el tema. No hubo tarjeta roja como se imaginó Knox. Ni siquiera una amarilla o un pitazo de advertencia.

Según “The Guardian”, para no molestar a Trump, los líderes de la OTAN acordaron no hablar de la tarjeta roja, un término que el presidente dijo que apenas descubrió, aunque el propio Infantino se lo explicó en 2018 en la Casa Blanca, como recordó el medio Politico. El único que se atrevió a mencionarlo sutilmente fue precisamente el primer ministro belga, Bart de Wever, quien dijo que la ayuda de la OTAN aprobada para Ucrania era “una tarjeta roja muy fuerte para Vladimir Putin”. Sin embargo, se negó a comentar sobre el partido.

Vea también: Lo que EE. UU. entiende (y lo que no) sobre el socialismo: ¿por qué la palabra ya no asusta?

En lugar de críticas a Trump por el episodio de la roja, la OTAN aplicó la misma lógica de la FIFA: darle lo que quería. Luego de que Trump anunciara nuevos ataques contra Irán y el fin del efímero cese al fuego, el jefe de la organización, Mark Rutte, respaldó su postura y señaló que fue una acción “necesaria”. El primer ministro canadiense, Mark Carney, también lo respaldó, aunque no hubo claridad sobre qué pasó.

Hay que entender primero qué era exactamente el acuerdo que Trump declaró “terminado”. El Memorando de Islamabad, firmado el pasado 17 de junio por Trump y el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, fue mediado por Pakistán y Catar, no por la OTAN, y en este se acordó el fin de las operaciones militares, la reapertura del estrecho de Ormuz al tráfico comercial, el levantamiento del bloqueo naval estadounidense de los puertos iraníes en un plazo de 30 días y el inicio de conversaciones sobre el programa nuclear iraní.

El acuerdo tenía una ambigüedad de origen sobre si Líbano estaba incluido en el cese al fuego, pues EE. UU. e Israel decían que no, pero Irán y Pakistán, que sí. Esa grieta nunca se resolvió y fue una fuente constante de tensión desde el primer día. Además, como señaló el Soufan Center, nunca quedó del todo claro si ambas partes estaban trabajando sobre el mismo texto, dado que las negociaciones se condujeron principalmente a través de mediadores y no en contacto directo. Era, en otras palabras, un acuerdo frágil por diseño.

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La alianza atlántica no era garante del acuerdo ni parte negociadora, pero su papel sí es relevante, porque es la fuerza aliada que respaldaba militarmente a Estados Unidos en la región. Rutte, entonces, no estaba defendiendo un acuerdo que la OTAN hubiera suscrito, pero sí estaba avalando una decisión unilateral de Washington. Lo que hace más complejo el episodio es que ambas partes se acusan mutuamente de haber violado primero el cese al fuego. EE. UU. dice que Irán atacó barcos en el estrecho de Ormuz, e Irán dice que EE. UU. atacó primero un tanquero iraní. Rutte, entonces, tomó partido por la versión estadounidense sin que hubiera una investigación independiente de por medio.

Este consentimiento con Trump es fácil de explicar. Así como Infantino necesitaba a Trump para “el Mundial más grande de la historia”, Rutte necesita a Trump para mantener a Estados Unidos dentro de la OTAN. Incluso Carney, el otro apoyo, busca algo: la renovación sin problemas del tratado de libre comercio con Estados Unidos y México. Ninguno puede darse el lujo de confrontarlo abiertamente. Todos necesitan algo de él.

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Nadie sonreía en la foto de familia de la OTAN. Solo su jefe, Mark Rutte (en el centro, de corbata negra).
Foto: EFE - GEORGI LICOVSKI

Desde luego, y al igual que con las protestas sobre la tarjeta roja, no todos los aliados están en la misma línea que Rutte. Starmer pidió volver al cese al fuego, una crítica suficientemente moderada para no irritar a Washington y suficientemente audible para no irritar a su electorado en casa. También el canciller alemán, Friedrich Merz, quien advirtió que el asunto de Líbano era central e Israel incidía en que el proceso fallara. Pero la confrontación tiene un precio.

El problema de la OTAN es el mismo problema que tiene hoy la FIFA, solo que peor. La Federación Inglesa de Fútbol estudia si apelar la tarjeta roja que recibió el defensa inglés Jarell Quansah durante la victoria de Inglaterra el domingo. Si la FIFA no acepta la apelación, reconocería que las reglas solo son laxas frente al mayor poder. Y si la acepta, reconoce que creó un mecanismo nuevo que debe aplicar por igual. En cualquier caso, las reglas del juego ya no son las mismas. En palabras sencillas, Trump puso a prueba el arbitraje de la FIFA, para ver si les favorecía más que a otros.

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La pregunta que queda tras la cumbre es con qué reglas está operando la OTAN. ¿Favorecen más a Trump? Antes del encuentro, Lorne Cooke, de la AP, decía que el encuentro iba a “requerir toda la capacidad de Rutte de agasajar a Trump”. Lo hizo, y parece haberlo logrado. “Anótese la victoria”, le dijo Rutte a Trump al mostrarle cómo los aliados europeos y Canadá aumentaron el gasto en defensa un 20 % respecto al año anterior, “creando trabajo para los estadounidenses”. Trump, luego de esto, rebajó su tono tras bambalinas.

Vea también: Estados Unidos bombardeó Irán tras el anuncio de Trump del fin de la tregua

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Pero queda la duda de si la OTAN tiene aún la capacidad institucional de procesar desacuerdos reales entre sus propios miembros. Hace dos semanas Rutte afirmó públicamente que Italia, que ha criticado las acciones de Trump, permitió que aviones de EE. UU. usaran sus bases en la guerra contra Irán. El Ministerio de Defensa italiano lo negó, afirmando que solo autorizó actividades técnicas y logísticas, no operaciones ofensivas.

A diferencia del caso FIFA, en el que hay un árbitro que tomará postura, aunque sea imperfecto e influenciable, en la OTAN no existe ese equivalente: la alianza funciona por consenso, y el consenso requiere que su miembro más poderoso esté de acuerdo. Desde esa lógica, el árbitro y el jugador más fuertes son la misma entidad. Algo que no le funciona a Italia, España y demás críticos de Trump.

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