La guerra global contra el narcotráfico tiene un caso que parece salirse del guion original. Mientras Washington continúa señalando a América Latina y China como el origen del problema de las drogas, y tomando medidas como el bombardeo de lanchas en el Caribe, el cannabis que hoy alimenta el mercado ilegal irlandés proviene, sorpresivamente, de Estados Unidos.
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Según cifras citadas por The Irish Times, el valor del cannabis incautado procedente de Estados Unidos aumentó de 1,1 millones de euros en 2019 a 46 millones de euros en 2025. La mercancía no llega en lanchas ni cargueros clandestinos, sino que cruza el Atlántico desde los dispensarios legales estadounidenses, escondida en paquetes y maletas de pasajeros.
“La tendencia se ha acelerado de forma abrupta durante el último año, coincidiendo con que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenó acciones militares y policiales sin precedentes contra Venezuela y amenazó a otros países a los que ha acusado de inundar a Estados Unidos con drogas”, señaló el diario irlandés.
Para las autoridades de Irlanda, donde el uso del cannabis recreativo todavía es ilegal, esto representa un problema serio por los cambios en la dinámica del mercado. El producto norteamericano no solo es más barato, sino que es más potente y de mejor calidad, por lo que los productores locales han sido desplazados. Además, las rutas de entrada son más difíciles de rastrear que los invernaderos clandestinos y plantaciones ilegales en casas.
Demasiado cannabis: la paradoja estadounidense
A diferencia de otros mercados de drogas tradicionales, como la cocaína producida en México o Colombia que se desplaza principalmente por redes estructuradas, con rutas fijas y conflictos territoriales, el caso del cannabis estadounidense tiene explicaciones menos violentas y visibles, aunque no por ello menos difíciles de rastrear.
Estados Unidos, donde la producción de cannabis es legal en varios estados, enfrenta hoy un exceso histórico de producción. Los dispensarios legales están generando más de lo que el mercado interno puede absorber. Solo las granjas de California tienen la capacidad instalada para abastecer a todo el mercado de EE. UU. por sí solas, y como hay 23 estados produciendo masivamente, la oferta es gigantesca, lo que ha llevado a problemas de rentabilidad y, por lo tanto, a “quemar los precios”.
“En Michigan, el precio promedio de las flores de cannabis se desplomó de USD 14,96 el gramo en 2020 a USD 2,25 el gramo en septiembre de 2025, mientras que los precios de la marihuana en Oregón han caído a sus niveles más bajos históricos, de aproximadamente 3,57 dólares el gramo en 2020 a 1,60 dólares el gramo en 2025”, señalan datos de Supply Chain Brain, publicación especializada en cadenas de suministro.
La rentabilidad es un problema en la industria en general. Ben Burstein, gerente de desarrollo corporativo de la plataforma de tecnología B2B de cannabis LeafLink, señala que el 80 % de las marcas no han generado un solo dólar, y cuando se instala un exceso de oferta y hay un mercado más maduro, los minoristas se ven obligados a cerrar. Es por eso que gran parte del excedente termina cruzando el Atlántico hacia países donde el cannabis sigue siendo ilegal, como Irlanda, pero también Escocia, Inglaterra o Alemania, según otros registros.
La legalización ha creado entonces una suerte de paradoja. Mientras Estados Unidos, así como Canadá, buscan regular el consumo interno, exportan involuntariamente un problema al mercado ilegal europeo, sin necesidad de lanchas, cargueros o violencia visible.
Buena parte del cannabis, como señalaron las autoridades irlandesas, viaja en paquetes postales y carga aérea, muchas veces camuflado entre otros productos, mientras que otra parte llega en equipaje de pasajeros, transportada por personas jóvenes o económicamente vulnerables que actúan como mulas sin ser grandes criminales.
El caso de Xaena Bursey-Duff, sentenciada en Belfast por importar 27 kilos de cannabis desde Canadá, es el síntoma de un sistema roto. Fue reclutada en Calgary, una ciudad en Canadá donde el cannabis es legal y el mercado está saturado. Llevaba dos maletas que no contenían ni una sola prenda de ropa personal, sino 60 bolsas selladas al vacío con un total de 27 kilos de cannabis estimados en un valor de US 1 millón.
Mientras en Norteamérica el gramo de cannabis cae a mínimos históricos de USD 1,60 debido a la sobreproducción, en las calles de Irlanda del Norte ese mismo gramo alcanza los USD 35, un precio mucho más atractivo.
La ironía de EE. UU.: Trump, ¿amigo del cannabis?
Ese auge del cannabis estadounidense coincide con un momento de fuerte retórica antidrogas desde Washington. El presidente Donald Trump ha vuelto a señalar a países como Venezuela, México o incluso China como responsables de “inundar” a Estados Unidos con drogas, pero al tiempo su propia administración ha impulsado el mayor relajamiento de la política federal sobre la marihuana en décadas.
En diciembre de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva para reclasificar el cannabis como una droga menos peligrosa, reduciendo su estatus de la Lista I, que mantienen drogas como la heroína, tras meses de presión de aliados políticos, a la Lista III.
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La reclasificación del cannabis en Estados Unidos no legaliza plenamente la marihuana ni habilita exportaciones, sino que mantiene a la sustancia bajo control federal. Así, su impacto más claro es interno y financiero: reduce la carga tributaria de las empresas y mejora su rentabilidad, algo que necesitaba la industria, pero no abre las compuertas del comercio internacional.
Entre los artífices de ese cambio estuvieron Kim Rivers, CEO del dispensario de cannabis Trulieve, y Howard Kessler, ejecutivo y amigo cercano de Trump, presente en su círculo social desde hace años, quienes, según reportó The Wall Street Journal, influyeron personalmente en la decisión presidencial. Ambos asistieron como donantes a algunos de sus eventos y a campos de golf con él. Truelive, por ejemplo, le dio USD 750.000 a Trump para su ceremonia de investidura.
El presidente, según contó la propia empresaria, le preguntaba constantemente por su negocio mientras visitaban campos de golf, al igual que Kessler. Gordon Smith, uno de los primeros sheriffs en apoyar el uso recreativo de la marihuana, también estaba presente en las reuniones. Su presencia le daba una legitimidad política a la causa.
Pero mientras en la práctica doméstica la política se dicta en “conversaciones naturales” en campos de golf, la diplomacia federal sigue invocando la Convención de 1961 para mantener los márgenes sobre el resto del mundo. Esto ha sido particularmente notable en el caso tailandés, otro país que legalizó el cannabis y que, sin una guía internacional clara, retrocedió en sus posturas y ahora permite el cannabis bajo un control estricto en casos médicos. Allí, los dispensarios locales aseguran que Washington solo quiere tomar medidas para llegar con fuerza a los mercados antes de que las farmacéuticas locales los dominen.
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¿Qué hacer cuando “la policía vende la droga”?
El panorama es complejo para Irlanda. Una medida es adoptar mayores controles desde los países de origen. Como señala Alejandro Bohórquez-Keeney, analista en seguridad internacional y geopolítica, “Estados Unidos no está acostumbrado, ni Canadá, a ser exportador, sino receptor de sustancias ilegales. Por eso no establecen tantos controles a la hora de la salida”. Irlanda puede, como dice el profesor, “hacer controles de llegada como los que uno recibe cuando viaja a Norteamérica”. Pero él mismo reconoce que “esto no le puede caer muy bien a Trump, que tiende a tomar retaliaciones”.
Otra capa de complejidad es la legalidad de la sustancia. “Si hablamos de una sustancia que es legal en muchos estados, pero en otros no, es más difícil negociar con Washington. El consumo de marihuana es un asunto estatal, mientras el control aéreo es federal. Lograr una presión o una ayuda para un mayor control para lo que sale de Estados Unidos es más difícil”, señala el experto.
Y una última área desalentadora es cómo ha abordado Estados Unidos el problema desde los niveles internos. “Lo traigo al caso colombiano. Mucho de lo que he podido investigar de la relación de Estados Unidos y Colombia sobre el narcotráfico es que Estados Unidos no para muchas bolas a su producción interna, no hablemos de su consumo, sino de producción. Presiona para que los países no envíen, pero no se nota tanta presión para neutralizar sus propios laboratorios”, añade el experto.
Para Irlanda, así como para otros países europeos, la tensión entre la demanda social y la rigidez de los tratados que EE. UU. ayudó a escribir va en aumento. Países como Alemania ven los movimientos de Trump como una validación internacional que obliga a la Unión Europea a acelerar su propia regulación para no quedar en desventaja competitiva.
Si no se regulan pronto, podrían correr el riesgo de convertirse en un receptor pasivo del excedente de EE. UU. Pero si lo hacen, también podrían verse perjudicados por retaliaciones de la Casa Blanca, cuyos intereses están no tanto en la liberación del cannabis, sino más en la protección de los intereses corporativos de los aliados de Trump, que enfrentan un problema muy puntual.
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