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Entre el “minilateralismo” de Carney y el imperialismo de Trump

Canadá declaró muerto el orden mundial mientras Trump privatizaba la paz. Surgen dos modelos para el mundo, ambos igual de preocupantes. Europa mira al abismo y considera el rearme.


Camilo Gómez Forero

25 de enero de 2026 - 10:05 a. m.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante un encuentro en la Casa Blanca.
Foto: EFE - SHAWN THEW / POOL
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Hay discursos que, al nombrar lo innombrable y declarar muerto un orden anterior, se incrustan casi instantáneamente en los libros de historia. Pasó con Churchill en 1946 cuando expuso un mundo dividido en dos bloques separados por una “Cortina de hierro”. También con Bush (padre) cuando anunció un “nuevo orden mundial” en los 90, en el que ponía oficialmente fin a esa bipolaridad compartida con la URSS e instalaba un supuesto “orden cooperativo”, pero crudamente reconocía la realidad de un estatus unipolar. “No hay sustituto para el liderazgo estadounidense”, dijo.


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El miércoles, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, hizo lo propio al reconocer en el Foro de Davos que ese llamado “orden mundial” en el que vivíamos no solo se rompió, sino que era una mentira. Que las instituciones multilaterales (como la OMC, ONU, la COP) no garantizaron protección, que la interdependencia se volvió castigo, y que todas las naciones pertenecientes a ese sistema aceptaron vivir en esa mentira a cambio de la protección del país hegemón: Estados Unidos.

“Esto no es soberanía. Es la representación de soberanía, mientras se acepta la subordinación”, sentenció.

Para muchos, la intervención de Carney fue la primera muestra de franqueza y claridad que se ha visto en mucho tiempo. “En efecto, Carney caracterizó correctamente el viejo orden como uno definido tanto por su hipocresía como por sus reglas. Reconoció que países como Canadá se beneficiaban de un sistema en el que las reglas se aplican de forma desigual y las superpotencias siguen influyendo en los resultados”, señaló Stewart Prest, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Columbia Británica. Pero, aunque poderosas, sus palabras son igualmente preocupantes.

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El club de los “middle powers”

Al ver que las grandes potencias no respetan las reglas, Carney propone que el mundo siga funcionando sin los gigantes a través del “minilateralismo de geometría variable”, o coaliciones específicas para temas específicos. Es más fácil ponerse de acuerdo entre 10 países que entre 193, sugiere. Y ya hay casos de éxito que lo respaldan: el Tratado de Pandemias, el Compromiso de Sevilla y la Cumbre de los Océanos se firmaron sin Estados Unidos. Esto suena muy bien en el discurso, hasta que se ven los riesgos.

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En primer lugar, Carney quiere que en la arquitectura de este “nuevo orden” las llamadas “potencias medias” (middle powers), como Canadá, Australia, Corea del Sur o las naciones europeas, sean las que pasen a liderar porque tienen el dinero y la credibilidad. Esto, de entrada, deja aislada a buena parte del planeta. Para entrar a ese club de potencias medias se necesita superar una barrera alta que implica soberanía tecnológica y capacidad de inversión. Las naciones que no clasifican al club serían espectadoras en esta visión, tal y como lo son hoy.

Stewart Patrick, director del Programa de Orden Global e Instituciones en el Carnegie Endowment for International Peace, lanzó un balde de agua fría sobre el discurso: escribió que las middle powers no ayudan por bondad, sino por supervivencia. Necesitan un mundo con reglas porque, sin ellas, son las primeras en ser devorados por los gigantes. No es un modelo pensado en los de más abajo en la cadena alimenticia.

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Por otro lado, Patrick advierte que esto puede generar que ese modelo de coaliciones pequeñas cree el equivalente a un mundo de “partidos de baloncesto callejero”, donde no hay reglas universales, sino solo acuerdos temporales entre amigos.

“Para evitar esta perspectiva, las potencias intermedias constructivas deberían intentar diseñar y desarrollar coaliciones que complementen y fortalezcan, en lugar de reemplazar o debilitar, a las Naciones Unidas y otros organismos universales cuyas capacidades y legitimidad el mundo necesita a largo plazo”, escribe. Es decir, el camino es fortalecer la ONU, no ayudar a debilitarla. Pero lo que está pasando es lo contrario.

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Trump y su privatización del orden

La alternativa sobre la mesa es incluso peor, según analistas. Y es que si Carney busca salvar los restos del naufragio multilateral mediante la cooperación de iguales, Donald Trump ha decidido construir su propio barco y cobrar entrada. Esta semana presentó oficialmente su Consejo de Paz, que nació como un mecanismo para la reconstrucción de Gaza, bajo la legitimidad de la Resolución 2803 de la ONU, pero que se ha transformado en un vehículo personal de poder y negocios.


Este introduce el concepto de “pago por permanencia”. Aquellas naciones que aporten más de USD 1.000 millones en su primer año obtienen membresía permanente. Es la diplomacia convertida en un club prémium donde el derecho internacional se sustituye por la capacidad de pago. Unos 35 países han entrado. Algunos, como Argentina, ofreciendo el puerto estratégico de Ushuaia en lugar de efectivo. Otros países, como Alemania, Reino Unido, Francia o Italia, declinaron la oferta, lo cual deja un escenario preocupante para Europa.


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Si unos países de la UE se alinean con la chequera de Trump y otros se quedan fuera (Trump invitó a Hungría), la unidad de la Unión Europea se fractura. La UE dejaría de ser un bloque comercial y político sólido para convertirse en un archipiélago de naciones peleando por el favor de Washington. Por otro lado, Trump ya ha amenazado con disolver la OTAN o dejarla morir por inanición. Por eso algunos, como Finlandia, Polonia e incluso Alemania, estudian ya un rearme europeo, pero este implicaría, como señalan expertos, un costo enorme: el retroceso en las políticas sociales.


En ambas visiones del nuevo orden presentadas esta semana, la ONU, ese intento imperfecto pero universal de justicia colectiva, queda reducido a una cáscara vacía. Aunque como advierte Hugh Lovatt, investigador del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, el peligro no es solo que Trump imponga su orden hoy, o que las potencias medias cambien el sistema, sino que cuando él se vaya, hayamos destruido de tal manera el sistema anterior que solo nos quede “la ley de la selva”.

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