
«Empezamos a tratar de comunicarnos con nuestros familiares, pero no pudimos. Las comunicaciones se pararon y no hubo cómo decir que estábamos bien», recuerda Viviana Bergesio, colombiana que trabajaba en el Sofitel de Manhattan durante los ataques del 11 de septiembre de 2001. Tanto las líneas fijas como las de celulares quedaron saturadas o se cayeron por completo, y no volvieron a la normalidad sino hasta tres días después.
Ella estaba en una bodega de Manhattan comprando algo de comer antes de entrar a trabajar cuando alzó la vista al televisor y vio las imágenes del vuelo 11 de American Airlines atravesar la Torre Norte del World Trade Center hace 25 años. «Voló muy bajito», pensaron los que estaban con ella. Unos minutos después, se dieron cuenta de que lo que estaba pasando era un ataque contra el país.
“Nos sentíamos aterrorizados”, dice.
A partir de ahí, la ciudad se volvió un caos, según recuerda. Pero la incomunicación era solo una parte del desorden. Todos los puentes y túneles se cerraron y las calles quedaron bajo un estricto cordón de seguridad. Difícilmente se podía circular en carro, incluso lejos de la Zona Cero. Viviana, por ejemplo, trabajaba a 60 calles de las Torres, en Times Square, y aun así todo estaba acordonado. No la dejaban entrar a su propio trabajo sin identificación. Toda la isla estaba en modo de alerta. Y en medio de esto, estaban quienes buscaban escapar.
De las imágenes que se han reproducido en estos años, como los impactos de los aviones, el derrumbe de los edificios, la nube de polvo y los saltos de los trabajadores al vacío, hay una serie de fotografías que no han adquirido el mismo protagonismo: las del escape por el agua que ejecutaron casi medio millón de neoyorquinos.
Una hora después del segundo impacto, la Guardia Costera lanzó un llamado a «todas las embarcaciones disponibles» para sacar gente del sur de Manhattan. Remolcadores, ferris y botes turísticos ya habían salido por su cuenta antes de la alerta hacia la zona para ayudar a evacuar a grupos pequeños.
En menos de nueve horas, unos 800 marinos a bordo de 150 embarcaciones evacuaron a más gente que lo que se hizo durante la histórica operación de Dunkerque en la Segunda Guerra Mundial. Unos 400.000 soldados aliados atrapados en las playas francesas y a punto de ser aniquilados por el avance alemán pudieron salir hacia Reino Unido en un lapso de una semana.
Las mismas embarcaciones que sacaban gente de Manhattan no volvían vacías. En cada viaje de regreso cargaban bomberos, paramédicos y rescatistas que iban camino a la Zona Cero. Lo votes más pequeños, capaces de moverse río arriba, empezaron incluso a llevar personal médico hasta el hospital St. Vincent’s, previendo que ahí llegarían los heridos rescatados de los escombros.
Entre los cientos de tripulantes anónimos estaba el capitán James Schneider, al mando del bote pesquero James Joseph II. Cuando se enteró del ataque, estaba anclado frente a Norwalk, Connecticut, con turistas a bordo. Los dejó en tierra, reunió una tripulación de trece personas y navegó de vuelta hacia Manhattan, viendo caer ambas torres en el trayecto.
Según le contó a ABC, pasó 17 horas al timón esa noche, mientras el humo negro reducía la visibilidad a casi nada y la gente se apilaba en los muelles, empujada por el fuego, sin importarles ya hacia dónde los llevara el próximo bote. Años después reconocería, entre los rescatados, a una mujer embarazada que temió perder a su hija esa mañana. Schneider insiste en que no hizo nada extraordinario y repite que “en el agua nadie le da la espalda a otro”.
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