Sábado de madrugada. Las calles en Caracas están oscuras, como en todo el país, y el silencio es apenas alterado por la vida nocturna en los locales de moda en Altamira y Las Mercedes, donde la élite corrupta se zambulle en los vicios, ajena a la realidad. Nicolás Maduro y Cilia Flores han sido capturados por un comando Delta Force antes de alcanzar una cámara acorazada. Suites decoradas con esmero para gente sin escrúpulos. Militares cubanos de inteligencia y guardaespaldas yacen muertos en el piso. Por décadas desactivaron decenas de intentos de asesinato de los hermanos Castro. Lealtades que valen cincuenta millones de dólares. Por la ventana del MH-47 Chinook el dictador y su mujer observan como arde el Fuerte Tiuna mientras sobrevuelan la ciudad por encima del Ávila camino de los Estados Unidos. La música sigue sonando y la noche continua.
Amanece en Caracas. La resaca a va a durar algo más de lo previsto. El régimen es una Hidra de Lerna, una especie de Leviatán bíblico multicefálico. Ha caído una cabeza pero no hay un vacío de poder ni se vaticina un cambio de régimen en el medio plazo. La modificación del ecosistema criminal permanece inalterable ahora bajo la tutela aparente del imperio, que no estaba tan muerto como se pregonaba. Nada nuevo. Gangsters que hablan un mismo lenguaje. Los buenos negocios requieren estabilidad. Con Padrino y Cabello vestidos con chalecos antibalas desteñidos para protegerse del ejercito más sofisticado del mundo, se controla la calle, los servicios de inteligencia y el ejército. En sus miradas se observa un miedo que reconforta a sus víctimas.
De momento están a salvo. Solo hay que seguir las instrucciones escritas en inglés. Se permite alguna soflama de vez en cuando y poco más. Su función es clara: asegurar que el nuevo protectorado petrolero norteamericano tiene las condiciones para operar en Venezuela sin que aquello se desmadre demasiado (Lessons learned del Manual de Invasiones Yankees).
Venezuela no es de nadie. Es administrada desde hace mucho tiempo por mafias locales al servicio de otras mafias internacionales. Mientras, la flamante Delcy Rodríguez discute con sus estilistas si el modelo de Chiara Boni de quinientos euros (en rebajas) hace honor a su merecido ascenso junto al tenebroso hermano Jorge y la mirada triste de Nicolasito. Nunca sabremos la verdad. Una familia esquizofrénica obligada a entenderse está al servicio de Marco Rubio en su carrera hacia la Casa Blanca.
Venezuela retrata la hipocresía de la comunidad internacional y el sectarismo ideológico imperante. Sí, pero no así. Los que antes callaban ante los crímenes de la dictadura, arremeten ahora contra este cambio de rumbo imperialista. La soberanía del petróleo es reclamada para los venezolanos, vociferan aquellos que han mirado hacia otro lado mientras el pueblo se moría de hambre y huía en las últimas décadas. ¡No al patio trasero!, dicen quienes solicitan una transición dirigida por los venezolanos sin intromisiones. Son los mismos que negaron en su momento el valor del resultado electoral logrado por Edmundo González y María Corina Machado y el impulso cívico de aquella gesta en aras de una transición interna.
El protectorado que se avecina es una incógnita pero Washington ha dado un golpe de gran trascendencia en su estrategia de seguridad energética. Solo equiparable a una hipotética toma del Taiwán de los semiconductores por Pekín. Caracas es demasiado rica para ser desaprovechada en la barbarie multipolar.
El régimen criminal se recicla, ya sin Maduro, y se va a acomodar a la fuerza. Tiene futuro porque lo importante nunca fue la patria. Se va a nombrar un virrey o embajador del protectorado en Caracas. Se revisarán las sanciones de la OFAC, lo que podría atraer inversiones, no solo norteamericanas, en un país que se cae a pedazos. Se puede dolarizar la economía formalmente.
Sobre los ingresos millonarios anunciados para recuperar la industria del petróleo, habrá que ver si el protectorado trumpista es capaz de contener la corrupción del entramado de generales bolivarianos y si las multinacionales se le miden al escenario de multimillonarias inversiones. Muchos riesgos por mitigar en un contexto indescifrable de poderes, traiciones e intereses particulares.
Mejorar las condiciones de vida de la gente será aún más difícil que esquilmar los campos de gas y petróleo, aunque es difícil pensar en escuelas y hospitales peores que los que hoy decoran un paisaje muerto. Va a hacer falta mucho más que una mera administración general de los recursos petroleros y cuatro McDonalds en Caracas y Maracaibo para que los cambios lleguen a pie de calle.
Desde el ángulo de los derechos políticos y civiles, parece difícil imaginar una Venezuela en la que cohabiten una sociedad libre bajo la tutela de quienes tienen cuentas pendientes en la Corte Penal Internacional, sin abordar una profunda limpia de un estado cooptado por los militares y los servicios de inteligencia. Hay algunas señales, difíciles aún de interpretar como tendencia, y si quizás como el reflejo de las luchas internas en un proceso de equilibrios del poder dentro del régimen: unos cuantos presos políticos han sido liberados pero no todos lo que se anunciaron y los centros de tortura siguen operando.
La impunidad funciona como un sorbo de licor de alta concentración que quema la garganta. Se traga mientras las lágrimas caen por la mejilla. Se habla de proyectar alguna hoja de ruta política, todavía poco clara, donde el pueblo tenga algo que decir a su debido momento. La diáspora espera ansiosa señales más concluyentes. Miedo y alegría contenida a partes iguales en los platos vacíos de la gente hambrienta, que mira por la ventana cómo los motorizados siguen en las esquinas.
Nunca la felicidad es completa en una tierra de nadie. Si no funciona el negocio Trump quizás decidida matarlos a todos o quizás Delcy acabe tomando café en el Despacho Oval. Mundo atroz.