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Hace unos meses, el anatomista japonés Takeshi Yoro, famoso por su talento divulgativo, recomendó publicar juntas en las noticias las fotos de las guerras y las de los terremotos, como recordatorio de lo estúpido que es destruir ciudades y matar a los semejantes cuando la naturaleza ya lo hace periódicamente. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Por estar situado en un cruce de placas tectónicas que lo expone a movimientos telúricos continuos —no siempre fuertes—, Japón funciona con rigurosos protocolos de emergencia, y algunos días las alertas de terremotos son tan frecuentes que igualan en número a las previsiones meteorológicas.
Yoro, que tiene 88 años, saltó a la fama en 2003 con su libro El muro de la ignorancia, traducido ya al español.
La tesis central de la obra es que los seres humanos nos encerramos en una visión limitada de la realidad y, en vez de aprender, levantamos una barrera entre nosotros y el mundo.
En la única mención de los terremotos, Yoro cita una conversación con el guionista Taichi Yamada, quien le comenta que la mayor parte de los oficinistas japoneses sueñan con que se desencadene un desastre natural extremo —ya sea un tifón, un gran terremoto o una pandemia— “que les saque de la rutina en la que se hallan inmersos y atrapados, y de la que son incapaces de salir por sí mismos”.
Su visión es psicológica y social, y condena a quienes no encuentran sentido a sus vidas por un “síntoma evidente del implacable bloqueo”.
Sus conclusiones son severas vistas a la luz de acciones como el viaje de voluntarios japoneses —enviados por el gobierno y miembros de organizaciones civiles—, que fueron a Venezuela a auxiliar a las víctimas de los terremotos del pasado 24 de junio.
La primera ministra Sanae Takaichi, conservadora de línea dura, envió un mensaje de solidaridad a Venezuela, un país cuyo gobierno está situado en las antípodas ideológicas, en un ejemplo de cómo la prioridad de salvar vidas humanas en una emergencia trasciende abismos ideológicos y acerca países.
Un mensaje similar fue enviado a Colombia, donde algunos voluntarios japoneses que ayudan ahora en Venezuela podrían estar llegando en la última semana de agosto, según fuentes diplomáticas.
En Caracas, el embajador extraordinario Yasushi Sato recordó la ayuda venezolana enviada a Japón en 2011, cuando ocurrió la triple tragedia de terremoto, tsunami y accidente nuclear de Fukushima, y afirmó: “Hoy nos toca a nosotros retribuir ese apoyo al pueblo venezolano”.
Yoro ofrece en su libro un comentario al respecto: “No creo que podamos sobrevivir si no comprendemos a quienes comparten nuestro entorno, sobre todo porque toda sociedad que se precie está asentada sobre el entendimiento mutuo, sobre un pacto común”.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.