Estados Unidos se resiste a aprender de sus errores. O al menos eso han demostrado todas sus intervenciones en el extranjero en lo que va del siglo cuando se propone “defender la democracia”. Los problemas siempre llegan con la declaración simbólica de “victoria”. En Afganistán, tras derrocar rápidamente al régimen talibán, George W. Bush declaró sus objetivos iniciales cumplidos. Lo que siguió fueron dos décadas de guerra, una reconstrucción fallida, corrupción, desgaste interno y, finalmente, el retorno de los talibanes al poder en 2021.
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Sin un proyecto político viable, la victoria militar es reversible. Volvió a pasar luego en Irak. En 2003, tras la caída de Saddam Hussein, el mismo Bush proclamó el fin de las grandes operaciones militares con su famoso “Mission Accomplished”. Una década de guerra después, la disolución del Estado iraquí y de sus fuerzas armadas creó un vacío de poder que fue ocupado por milicias, insurgencias y grupos extremistas, primero Al Qaeda en Irak y luego ISIS.
Esto confirmó que declarar el fin de una guerra sin haber planificado el día después suele ser el preludio del caos. Y, aun así, Washington lo volvió a hacer. En 2011, la administración de Barack Obama impulsó una intervención aérea para frenar a Muamar Gadafi, con respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU y bajo el argumento de evitar una masacre de civiles. A diferencia de Irak, no hubo invasión terrestre ni una ocupación prolongada. Pero el problema fue el mismo: la ausencia de un plan creíble para el día después.
El propio Obama reconocería años más tarde que Libia fue su “peor error” en política exterior, no por haber intervenido, sino por no haber previsto el vacío de poder que seguiría a la caída del régimen. Ese vacío fue rápidamente ocupado por milicias armadas, redes criminales y facciones rivales que fragmentaron al Estado y sumieron al país en una guerra civil prolongada. Libia pasó de ser una dictadura centralizada a un territorio ingobernable, convertido en corredor de tráfico de armas, personas y combatientes hacia el norte de África y el Mediterráneo.
¿Por qué, pese a que el error es el mismo, Washington no lo corrige? No solo Obama reconoció que el éxito táctico acelera el desastre estratégico. Hoy en Washington el trauma habla con voz propia. Hay figuras en el poder que puede dar testimonio directo de la crisis que llega con una intervención sin planificación, como el senador Rubén Gallego (demócrata por Arizona), quien combatió en Irak en 2005.
“El pueblo estadounidense no pidió esto”, escribió el sábado, preguntándose quién estaba a cargo de Venezuela ahora.
Pese a la historia, para el círculo intelectual de la derecha en Washington, Venezuela será diferente esta vez. Richard Hanania, un politólogo estadounidense, escribió un ensayo en The Boston Globe defendiendo que la operación actual no se trata de un Irak 2.0. Para él, las experiencias anteriores fallaron no porque el cambio de régimen sea intrínsecamente inviable, sino porque se aplicó en sociedades sin tradición democrática funcional, con Estados colapsados y atravesadas por conflictos religiosos capaces de sostener violencia prolongada.
Por eso, Hanania, como otros conservadores, resalta también Granada, una intervención breve, quirúrgica y excepcional, donde las tropas se retiraron relativamente rápido, sin administración prolongada del territorio en 1983. Tienen un punto: Venezuela no tiene facciones religiosas. Pero eso no significa ausencia de violencia organizada: hay colectivos armados, estructuras carcelarias, fragmentación dentro de las fuerzas de seguridad y economías ilegales (de oro, narcotráfico, contrabando). En Venezuela, el monopolio de la fuerza ya está roto, pero no de manera caótica sino territorializada y politizada.
Eso formula la misma pregunta que en Irak: ¿qué ocurre cuando cae el centro del poder, pero quienes tienen las armas no responden a una autoridad clara? En eso, Venezuela se parece más a Irak que a Granada. Hay un vacío. Luego hay algo más crucial que acerca a Venezuela a ser otra intervención caótica: el botín.
A diferencia de Granada, sin recursos estratégicos y sin botín geopolítico evidente, Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, infraestructura energética crítica e intereses cruzados entre grandes potencias (EE. UU., China, Rusia). Las transiciones armadas tienden a fracasar por varios elementos como los que citó Hanania, claro, pero si hay un componente en común en todas las veces que EE. UU. falló interviniendo un país es que cuando el recurso estratégico en juego es demasiado valioso, el objetivo deja de ser la estabilización política y pasa a ser el control del botín.
En esos escenarios, la caída del régimen no cierra el conflicto, sino que lo multiplica. El recurso, ya sea petróleo, gas, minerales, se convierte en el eje alrededor del cual se reorganizan los actores armados, los intereses externos y las disputas internas. Irak es el ejemplo más citado hoy porque la invasión de 2003 no solo desmanteló al Estado, sino que abrió una competencia violenta por el control de los campos petroleros, las rutas de exportación y los contratos de reconstrucción.
La presencia de un recurso estratégico obligó a una ocupación prolongada, erosionó la legitimidad del gobierno instalado y alimentó la narrativa de saqueo, incluso entre sectores inicialmente hostiles a Hussein. La guerra no continuó pese al petróleo, sino en gran medida por él. Libia ofrece una advertencia similar. La intervención internacional logró su objetivo inmediato —la caída de Gaddafi—, pero dejó intacta la disputa por los recursos energéticos.
Venezuela encaja peligrosamente en este patrón. No solo por sus reservas petroleras, sino porque el Estado ya no controla plenamente la coerción ni la economía. Una transición forzada, sin un acuerdo claro sobre quién administra el petróleo y bajo qué legitimidad, no reduciría los incentivos para la violencia: los redistribuiría.
El recurso estratégico, lejos de facilitar la reconstrucción, se convertiría en el principal obstáculo para cerrar el conflicto. Así que la pregunta cambia. Ya no es “por qué Washington no aprende de sus errores”, sino si defender la democracia era realmente su intención. Y en esto Donald Trump, a diferencia de otros, ha sido brutalmente honesto: en Venezuela va por el petróleo. En este sentido, no necesita aprender de lo que salió mal de Irak, Afganistán o Libia.
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