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Vertiginoso, frenético casi, ha sido el modo y el ritmo con que el presidente francés ha abordado su plan de reformas. Vertiginoso, y radical, el cambio que ha impuesto a la forma misma de gobernar y de ejercer el cargo, de poner en escena su vida privada incluso. Vertiginosa, en fin, la rapidez con que ha dilapidado también la enorme confianza que los franceses le brindaron el 6 de mayo de 2007.
Con casi 19 millones de votos y una movilización histórica, Sarkozy surgió de la elección presidencial con una fuerza y una legitimidad política incontestables, reforzadas por la amplia victoria subsiguiente en las legislativas de junio. Pese a tales cartas de partida, Sarkozy ha logrado en un año convertirse en el presidente más impopular de la V República.
Muchos son los indicadores que retratan el descenso a los infiernos de este moderno Bonaparte. Bastan dos. Primero: con una popularidad del 36% Sarkozy cumple su primer aniversario en el Elíseo con el peor resultado obtenido por sus predecesores.
Segundo: el índice que mide la moral de los hogares franceses, calculado por el Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos desde 1987, se situó inmediatamente después de la elección de Sarkozy en -13, un dato negativo, pero que experimentó entonces una mejoría de siete puntos. Hoy la moral ha caído a un récord histórico: -37.
¿Qué pasó para llegar hasta aquí? De entrada, la economía ha fallado. El crecimiento económico no sólo no ha logrado despegar, sino que ha estancado.
Cierto, la coyuntura internacional no ha podido ser más esquiva a Sarkozy. Pero también es verdad que las medidas adoptadas hasta ahora por el gobierno no han arrojado grandes frutos. El “choque de confianza”, que anunció Sarkozy con la reforma fiscal aprobada el pasado verano, no se ha visto por ninguna parte.
Los propios partidarios del presidente apuntan críticamente que las reformas —de las que se han impulsado ya unas cincuenta— adolecen de falta de una coherencia suficiente para ser comprendidas y asumidas. No pocas iniciativas gubernamentales han chocado con la resistencia, cuando no hostilidad, de los parlamentarios de la UMP.
Añádase a este coctel explosivo la ostentación y la facundia con que Sarkozy se ha conducido personalmente durante la mayor parte de este tiempo y se comprenderá su caída en los sondeos. Hasta el punto de producir una situación inédita tratándose de dos figuras del mismo partido: el primer ministro ha acabado siendo más popular que el presidente. Esta anomalía política ha deteriorado aún más de las ya de por sí difíciles relaciones políticas y personales entre Nicolas Sarkozy y François Fillon, a quien nadie augura un largo futuro en Matignon. Sólo la presidencia semestral de la UE, que Francia asumirá el 1º de julio, ha evitado su despido anticipado.
La corrección de rumbo realizada por Sarkozy en los dos últimos meses en lo concerniente a su estilo personal —tomando altura institucional, mostrando una mayor contención y austeridad— no ha dado, por el momento, un resultado perceptible. En este estado de debilidad, Sarkozy deberá afrontar en los próximos meses una situación social enormemente conflictiva.
A falta de cambiar el país, Nicolas Sarkozy ha cambiado de momento radicalmente la figura del presidente de la República. Impetuoso, vanidoso, determinado e hiperactivo, el presidente francés decidió desde el primer momento ocupar todo el terreno y tomar en su mano todo el poder, forzando al límite la lógica presidencialista de la V República.
En la era de Nicolas Sarkozy, un moderno Bonaparte que pretende mantener un vínculo directo con los franceses, sólo el presidente existe, sólo el Elíseo cuenta. La hiperpresidencia de Sarkozy ha tenido una indisociable dimensión mediática. Maestro en estrategia de la comunicación, el presidente francés mantuvo hasta hace poco la misma política que cuando era aspirante a la presidencia, basada en la saturación. La omnipresencia de Sarkozy en los medios de comunicación acabó siendo asfixiante y cuando las cosas empezaron a salirle mal “se acabó volviendo en su contra. Hasta llegar al paroxístico exabrupto —“¡Lárgate, pobre gilipollas!”— lanzado a un correoso ciudadano que le negó el saludo en el Salón de la Agricultura.
Exhibicionista y ostentoso —no en vano se ganó el apodo de presidente bling-bling, una onomatopeya que alude al ruido de las cadenas de oro que se cuelgan del cuello algunos raperos—, Sarkozy jugó también desde el primer momento con su vida privada. Decidido a ofrecer una imagen moderna e informal, cual un nuevo Kennedy, no dudó en empujar al primer plano de la escena a su segunda mujer, Cécilia. Pero la nueva primera dama no cumplió su papel y la ruptura de la pareja a los cinco meses de su elección acabó convirtiendo su divorcio —el primero de un jefe de Estado francés en ejercicio desde ¡Napoleón!— en un asunto de Estado.
Lejos de aprender de su error, y en un gesto que acaso tenga más de venganza sentimental que de cálculo político, Nicolas Sarkozy se precipitó con adolescente rapidez a jactarse de su última conquista: la muy vistosa y deseada cantante y ex modelo Carla Bruni, a la que poco más de tres meses después de su divorcio convirtió en su tercera esposa. Su vertiginoso cambio de pareja y sus escapadas de enamorado por medio mundo rodeado de una nube de fotógrafos, en un momento en que las dificultades económicas empezaban a agriar el sentir colectivo de los franceses, le pasaron una dura factura.
Consciente de la necesidad de dar un golpe de timón a su imagen, aleccionado por sus consejeros y guiado por su nueva y elegante esposa —que mostró en su primer viaje oficial, al Reino Unido, su savoir faire—, Nicolas Sarkozy ha puesto en práctica desde hace un par de meses una cierta corrección de estilo. Más reservado, más austero, el presidente hace enormes esfuerzos por guardar una mayor distancia y dosificar mejor sus apariciones públicas. Es más presidente, de acuerdo con la visión que los franceses tienen del cargo, aunque ello apenas ha tenido repercusión hasta ahora en su cota de popularidad.
Sarkozy ya no es hoy la figura omnipresente del principio, aunque sigue siendo —entre bambalinas— el hiperpresidente que todo lo controla. Encantado de haberse conocido, no puede evitar seguir mostrándose presuntuoso: “Finalmente, gobernar es más fácil de lo que pensaba”, dijo a Le Point. Hay cosas que no cambian.
Culpa de los periodistas
El primer año del presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha sido más amargo que cualquiera. No lo ha podido celebrar como quisiera por culpa de los bajos índices de confianza y popularidad que le profesan sus compatriotas. Sin embargo, el mandatario considera que buena parte de la culpa de sus problemas corresponde a los medios de comunicación. “La prensa no me ayuda”, aseguró Sarkozy a un grupo de diputados en una reunión para conmemorar su llegada al poder. “En un país en el que no hay oposición, la prensa se atribuye esta función”, añadió. Criticó a “L'Express”, “Marianne”, “Le Parisien y “Le Journal du Dimanche”.