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“Nadie hace planes de más de un día”: cuatro años de la guerra en Ucrania

Las mujeres crían y salen a ganarse la vida mientras esperan a sus esposos, padres o hermanos, quienes están en constante riesgo de perder la vida en el frente.

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Antoinette Garzón Gil | Especial para El Espectador
24 de febrero de 2026 - 12:19 p. m.
Una persona camina por un monumento improvisado a los soldados ucranianos y extranjeros caídos en la Plaza de la Independencia de Kiev el 23 de febrero de 2026, coincidiendo con el cuarto aniversario del conflicto con Rusia.
Una persona camina por un monumento improvisado a los soldados ucranianos y extranjeros caídos en la Plaza de la Independencia de Kiev el 23 de febrero de 2026, coincidiendo con el cuarto aniversario del conflicto con Rusia.
Foto: AFP - HENRY NICHOLLS
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“Si no escuchas una explosión, puedes volver a dormir, pero si tienes mucho miedo, puedes poner las cobijas en el baño y dormir ahí”, escribió Steffen en un mensaje de Telegram después de que la sirena de ataque de misil sonara por tercera vez en la madrugada del 27 de junio del año pasado. Envió una foto del puf que dejó en su baño y en el que intenta descansar cada que se activa la alerta de bombardeo. Desde ese entonces, los ataques de la Federación Rusa se han intensificado en todo el país, haciendo que la realidad en Ucrania se viva en lo que parece la peste del insomnio que atacó a Macondo en Cien años de soledad. Acostumbrados a llevar las noches sin dormir, sin electricidad y sin calefacción en un invierno con temperaturas de -20 grados, el día a día de la guerra después de cuatro años de la invasión toma tintes más surrealistas.

“La vida en pausa”, como lo llamó Iryna, es un acierto que describe cómo 30 millones de ucranianos atraviesan la guerra. Desde su trabajo como psicóloga para una ONG en el occidente del país, cuenta que, de no haber un cese al fuego permanente, la vida se ve estancada en un limbo entre el antes y después del 2022 en el que hacer planes a futuro dejó de tener sentido. “Toda la vida está en pausa. Estamos esperando a que los hombres vuelvan para poder vivir, desde padres, esposos, hermanos, hijos y abuelos que están en el ejército. La mayoría de las mujeres están criando a sus hijos mientras trabajan, y viendo a sus esposos en el frente. En cualquier momento esperan una llamada en la que les digan que su esposo o sus hijos están muertos. Es una constante incertidumbre en la que la muerte se volvió costumbre”, comenta.

Desde su trabajo, Iryna describe cómo varias de sus compañeras han desistido de la idea de casarse y tener una familia por la presión de la guerra y la falta de hombres en el país. La realidad es que al caminar por las calles de Ucrania la falta de hombres en las calles es evidente. A los únicos que se ve les falta una extremidad o tienen heridas evidentes, y muchos se encuentran en rehabilitación médica o por consumo de sustancias tras volver del frente. “Después de estos años vemos que los hombres que van al frente no vuelven siendo los mismos. En otros casos, incluso, desde el embarazo, muchas mujeres saben aun antes de que nazca su bebé que es muy probable que los hijos crezcan sin un papá. Además, cada día muchos chicos jóvenes de entre los 20 y los 22 se unen al ejército por la presión de la guerra. Tener una novia o una esposa pasa a segundo plano”.

Por la ley marcial, todos los hombres en el país entre los 25 y los 60 años están obligados a servir en el ejército. Recientemente, el gobierno ucraniano aprobó una norma que permite a los jóvenes de 18 a 20 años evitar la conscripción forzada y estudiar una carrera universitaria en Ucrania o salir del país. Sin embargo, a pesar de la flexibilización de la conscripción, muchos han optado por unirse al combate incluso desde los 19 años, y otros en edad militar están escondidos en sus casas para evitar el reclutamiento. Entre ellos está Zhenia, quien no ha abandonado su apartamento desde 2024, a pesar de que la línea del frente se acerca cada día más a la ciudad en la que encontró refugio. Ha sido desplazado varias veces por los ataques de la Federación Rusa, ha vivido desde lejos la muerte de su abuelo y la pérdida de una relación. Sale a escondidas a comprar mercado en el baúl de un carro, no se ha cortado el cabello en meses y no ha vuelto a su ciudad de origen desde el 2014, cuando comenzó la invasión en la región del Donbás, donde nació.

Cuenta que desde muy pequeño la guerra lo ha perseguido y recuerda la atracción que le generaba la estética del ejército con los hábitos heroicos y el patriotismo. Desde donde se encuentra hoy, confiesa que la presión llegaba a tal punto, que no comprendía el origen de cualquier inclinación por el pacifismo que narraban los libros que leía. “El rugido de la artillería de cohetes y de misiles balísticos me resultaban completamente desconocidos en aquel entonces”. Después de cuatro años, recuerda desde otro punto de vista los efectos de la guerra y revive los primeros días de la invasión desde el momento en el que tuvo que huir por primera vez. “Es muy fácil meter la vida entera en una maleta de 30 litros. Recuerdo todas las dificultades, el llanto silencioso de mi mamá por las noches, la ira silenciosa... ¿todo para qué? La respuesta es de lo más prosaica: todo esto se vive en un instinto primario por sobrevivir a cualquier precio. Cada misil y cada dron parece la ficha de alguien en un juego de batalla naval. Uno se acostumbra más rápido a la muerte de un amigo que a la de cualquier otra persona. No hay emociones. Solo ira contenida e instintos de supervivencia”.

Con la magnitud de los ataques, Iryna, Steffen y Zhenia coinciden en lo mismo: nadie en el país hace planes de más de un día y aseguran que cualquier indicio de la vida normal ha pasado a un segundo plano. Para ellos y para muchas personas en Ucrania, invertir en salud, en actividad física o ir al odontólogo ya no es una opción. “Todos esperábamos que la guerra durara mucho tiempo, pero nadie estaba preparado para que durara tanto. Los últimos cuatro años los he pasado repensando y volviendo sobre mis pasos, preguntándome constantemente cómo llegué aquí. Me pregunto qué debería haber hecho distinto. Anoche hubo cinco ataques balísticos combinados entre misiles y drones en mi ciudad. Quiero vivir, todos quieren vivir”, dice Zhenia.

Desde la vida militar y civil muchos dicen estar preparados para que la guerra no acabe pronto y vivir en la incredulidad de que haya un cese al fuego permanente. Varios ucranianos cuentan que más allá de los ataques, la guerra también va dejando marcas que trascienden generaciones. “Mi papá tiene 56 años y ambos estamos en el ejército. En mi familia mi tío y dos de mis primos también están cumpliendo con el servicio militar. Somos cuatro hombres sirviendo en el ejército de entre 30 y 50 años”, comenta Steffen, oficial del ejército ucraniano. Según él, desde el ejército el cansancio aumenta cada día más en quienes tenían trabajos de civiles antes de comenzar la invasión. “Muchos hombres sienten que han perdido años prestando servicio. Aunque todos sabemos que esta es la naturaleza de la guerra y la vida militar, todos anhelan volver a sus trabajos de civiles porque en el ejército se pierde todo el control sobre la vida. Y aunque sabemos que tenemos que seguir trabajando y luchando, ya sea como civiles o como militares, Putin nunca va a dejarnos en paz. Los rusos quieren seguir luchando y no nos dejan opción. Ellos quieren esta guerra”.

Mientras desde muy lejos se discute la posibilidad de un acuerdo de paz, la Fuerza Aérea ucraniana actualiza al país por redes sociales con alertas que describen la cantidad de drones y misiles usados durante los ataques. Los números oscilan entre 110 y 400 drones cargados con hasta 80 kilogramos de explosivos, combinados con misiles que pueden ser lanzados en una sola noche. La “operación militar”, como lo denomina la Federación Rusa, se ha intensificado significativamente desde junio del año pasado y hoy sobrepasa los 1.462 días, lo cual marca simbólicamente más tiempo de lo que la Unión Soviética luchó contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

La realidad es que en Ucrania se viven los tiempos más difíciles desde que empezó la invasión a gran escala en el 2022. En los últimos reportes se destaca un ataque que ocurrió en la madrugada del 1.° de febrero en una planta de energía en la localidad de Ternivka y otro el 3 de febrero, que terminó dejando al país en oscuridad absoluta y frío imperdonable que parece no acabar. Según las fuentes del gobierno, el primer ataque se dirigía a las minas en la zona de una compañía energética al este del país. Como consecuencia, un bus en el que los trabajadores de la planta de energía salían de turno se volvió objetivo de ataque y dejó 12 trabajadores muertos y más de siete heridos. El segundo ataque, dirigido a dos centrales termoeléctricas del país, dejó más de 1.100 bloques de apartamentos afectados y continúa sometiendo al país entero a cortes de electricidad. El presidente Volodímir Zelenski condenó el ataque en sus redes sociales y lo denominó un ataque deliberado contra la población civil.

En la entrevista más reciente en Pierce Morgan Uncensored, el mandatario también dijo que no necesita más razones del presidente Vladimir Putin para justificar la guerra, y manifestó que las lecciones de historia sobre Pedro I no son suficientes para manipular las conversaciones diplomáticas sobre el territorio que Rusia reclama. Así, entre conversaciones trilaterales sobre paz y negociaciones por territorio, con una realidad distinta en el campo de batalla y en la vida cotidiana, se viven cuatro años de la invasión rusa a gran escala en Ucrania.

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Por Antoinette Garzón Gil | Especial para El Espectador

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Felipe(dw15k)Hace 1 hora
Una vergüenza para la humanidad que después de tantas guerras y la peor sin haber cumplido el siglo, los civiles deban soportar sufrimientos atroces por los caprichos de gobernantes que ordenan la muerte de miles de jóvenes o su conversión en asesinos de civiles indefensos a costa de sus delirios de grandeza y de las necesidades de la billonaria industria de armamento hambrienta de cadáveres y dólares. La guerra no es otra cosa que terrorismo a gran escala.
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