11 Apr 2018 - 1:51 a. m.

Veinte años después el acuerdo del Viernes Santo arroja una paz imperfecta

El proceso que pretendía acabar con el conflicto entre Inglaterra e Irlanda del Norte ha tenido que enfrentar un tortuoso camino hacia la democracia. Ahora, el acuerdo se ve amenazado por una parálisis del gobierno y por el Brexit.

-Redacción Internacional con información de EFE

Una mujer camina bajo un mural probritánico cuando se cumple el 20 aniversario del acuerdo del Viernes Santo, que puso fin al sangriento conflicto entre Irlanda del Norte e Inglaterra.  / EFE
Una mujer camina bajo un mural probritánico cuando se cumple el 20 aniversario del acuerdo del Viernes Santo, que puso fin al sangriento conflicto entre Irlanda del Norte e Inglaterra. / EFE

Irlanda del Norte conmemora hoy dos décadas de la firma del acuerdo del Viernes Santo que le puso fin al conflicto interno de este país. Sin embargo, el pacto no logró conformar un sistema democrático estable y ahora el gobierno norirlandés lucha contra la aún profunda división de la sociedad y una crisis de legitimidad.

“Los educadores en Irlanda tienen la obligación de recordar la historia del conflicto en la generación de jóvenes que ha crecido al abrigo de un exitoso, pero frágil, proceso de paz, nacido hace 20 años con la firma del acuerdo del Viernes Santo”, le explicó a la agencia Efe el académico Conor Mulvagh, quien imparte en la Universidad de la Ciudad de Dublín (UCD) un curso sobre la historia de Irlanda del Norte, desde la partición de la isla y la creación de la provincia británica en 1921 hasta el presente.

El acuerdo denominado Viernes Santo ayudó a detener el conflicto que se desarrollaba en territorio norirlandés entre protestantes y católicos. Ambos grupos religiosos manifestaron diferencias políticas a finales de los años sesenta pues se dividían entre la independencia del territorio y la unión de este. Las oposiciones detonaron en una gran crisis en 1993. Para ese momento, el Ejército Republicano (IRA) junto con otras organizaciones paramilitares que tenían por objeto lograr una unión entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda realizaron varios atentados en el territorio nacional. Frente a los episodios de violencia el primer ministro británico John Mayor junto con Albert Reynolds, su homólogo irlandés, acordaron iniciar un proceso de paz.

Fue un largo camino para llegar a sentarse a una mesa de diálogo. El Sinn Fein, brazo político del IRA, se resistía a negociar puesto que deseaban a toda costa la unión en la provincia de Irlanda. Finalmente, el IRA accedió a una tregua y cese a los actos violentos. Tras un periodo de estancamiento ocasionado por el gobierno de Londres, el proceso continuó con la ayuda del gobierno de Tony Blair y el Partido Laborista. Tras unas difíciles conversaciones el acuerdo de paz se selló el 10 de abril de 1998. Este, sin embargo, no fue el fin del proceso, pues hubo que esperar más de una década para que el IRA dejara oficialmente las armas.

Pero este proceso de paz no fue suficiente. En el último año, las divisiones en el país se han hecho más evidentes y la crisis del gobierno que no ha podido establecer una unidad preocupa a los desarrolladores del proceso de paz.

"En los últimos años, se ha gestado, quizá, una crisis de legitimidad por el hecho de que las instituciones políticas no se han desarrollado normalmente. Ese argumento no solo sale del DUP, sino de otros sectores también", señala Mulvagh. "Por ello, el principal punto que suelo destacar es que el acuerdo no produjo un arreglo definitivo, no fue el fin de la historia, sino que inició un proceso todavía en marcha, aunque en ausencia de las atrocidades del pasado", explica el académico.

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Irlanda del Norte está aun profundamente dividida y la educación en primaria y secundaria, por ejemplo, todavía se estructura en torno a centros mayoritariamente protestantes o católicos. "La paz, realmente, llega despacio. Quedan grupos armados que cometen atentados y organizaciones paramilitares implicadas en actividades delictivas", dice en referencia a los disidentes del ya inactivo Ejército Republicano Irlandés (IRA), opuestos al proceso de paz, y a las bandas lealistas probritánicas. También cuenta a sus estudiantes que, a pesar de su enorme valor, el acuerdo del Viernes Santo "dio prioridad a la paz frente al establecimiento de una democracia funcional".

El sistema electoral, basado en el cálculo de D'Hondt, reparte los votos de manera proporcional, lo que "ha beneficiado a los partidos radicales", al tiempo que se les obliga a compartir gobierno, una "anormalidad respecto a otras democracias europeas", según Mulvagh.

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Este es el escenario sobre el que operan el ultraconservador y probritánico Partido Democrático Unionista (DUP) y el nacionalista Sinn Féin principales representantes de sus respectivas comunidades e incapaces de limar sus diferencias desde la caída del Ejecutivo hace 14 meses.

Los partidos no se ponen de acuerdo sobre cuestiones de identidad cultural, de derechos de las minorías (matrimonio homosexual, aborto) y sobre los mecanismos para esclarecer los crímenes cometidos por todas las partes durante el pasado conflicto.

Como si fuera poco, el acuerdo se ve amenazado como consecuencia del Brexit, pues la salida de Inglaterra de la Unión Europea supondría el restablecimiento de una frontera entre las dos Irlandas, cuya desaparición con el proceso de paz ha traído prosperidad y ha ayudado a la reconciliación en la isla.

“El Brexit plantea un desafío para la paz en Irlanda del Norte que hay que vencer porque afecta fundamentalmente a los principios que están en el corazón de los Acuerdos del Viernes Santo”, declaró el exprimer ministro inglés, Tony Blair, “No digo que los acuerdos de paz no puedan sobrevivir al Brexit, pero creo que el Gobierno británico debería enfocarse más en el impacto que tendrá el Brexit en Irlanda del Norte, y no sólo desde el punto de vista del comercio sino especialmente en la cuestión tan sensible de la libertad de movimientos”, agregó Blair.

La mayoría del electorado norirlandés rechazó ese divorcio en el referéndum celebrado en mayo de 2016, a pesar de contar con el apoyo del DUP, socio ahora de la primera ministra británica, la conservadora Theresa May, quien necesita a los unionistas para gobernar en minoría tras las elecciones de 2017.

El DUP, partidario de un "brexit duro", se ha envalentonado y empieza a cuestionar la validez de las instituciones forjadas por el Viernes Santo para gobernar la provincia.

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Los republicanos, dicen los unionistas, ven la salida del Reino Unido de la UE como una oportunidad para romper el país y convocar en un futuro próximo una consulta sobre la reunificación de Irlanda, como permite el acuerdo de paz si se dan ciertas condiciones. El Gobierno de poder compartido entre DUP y Sinn Féin funcionó desde su formación en 2007 gracias a la complicidad que tuvieron los ministros principales Ian Paisley y su sucesor Peter Robinson con su adjunto, el excomandante del IRA Martin McGuinness.

Dos meses antes de su muerte en marzo de 2017, McGuinness hizo caer el Ejecutivo dirigido por Arlene Foster por un escándalo financiero del DUP y, desde entonces, todas las negociaciones para restaurarlo han fracasado. Sin esos dirigentes experimentados más la baja de Gerry Adams, quien abandonó la presidencia del Sinn Féin el pasado enero, una nueva generación de líderes deben solucionar cuanto antes la situación, advierte Mulvagh.

Como Foster, la nueva presidenta del Sinn Féin, la dublinesa Mary Lou McDonald, y la líder del partido en el norte, Michelle O'Neill, vivieron el conflicto, pero nunca participaron en la lucha armada, una ventaja para conectar con las nuevas generaciones o una traba que les impide adoptar, quizá, la flexibilidad y capacidad de compromiso de sus predecesores.

"Aunque imperfecto, no podemos olvidar que el Viernes Santo trajo una paz sustancial. Es importante recordárselo a los más jóvenes porque cuando escuchan que el acuerdo sacrificó la democracia por la paz pueden tomar ese mensaje de una manera simplista e ignorar el profundo efecto que tuvo", concluye Mulvagh.

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