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Cuando parece que Rusia empieza a sentir con mayor fuerza el desgaste de la guerra, se vuelve más peligrosa. Una potencia que encuentra dificultades para alcanzar sus objetivos también puede ampliar los escenarios de confrontación, modificar sus instrumentos de presión y elevar los costos para sus adversarios. El agotamiento de una guerra no garantiza el debilitamiento de las ambiciones que la hicieron posible, la ambición se convierte en el combustible en la ampliación de las hostilidades.
La posibilidad de un ataque ruso contra un miembro de la OTAN ha ganado espacio en las evaluaciones de seguridad europeas. El pasado 24 de septiembre, la inteligencia militar danesa advirtió sobre un riesgo bajo, pero creciente, de ataques militares limitados contra un país de la Alianza, incluso mientras continúa la guerra en Ucrania. Consideró improbable una invasión propiamente dicha, aunque señaló que ya no podía descartarla. La precisión importa: entre reconocer un peligro y anunciar una guerra inevitable hay una distancia que el análisis debe preservar.
El problema europeo excede, sin embargo, la pregunta sobre cuál Estado podría ser el siguiente. La lógica imperial consiste precisamente en convertir la proximidad geográfica en subordinación política. Bajo esa concepción, el vecindario deja de ser un espacio de convivencia y se transforma en una prolongación de la propia existencia nacional. La independencia del vecino empieza a interpretarse como una anomalía; su autonomía, como una provocación, y su existencia, como un motivador para eliminarla.
El proyecto de Putin puede leerse como un intento de hacer depender la continuidad y la grandeza de Rusia de la obediencia de su entorno. Cuando una dirigencia convierte esa aspiración en un asunto existencial, cualquier límite impuesto desde afuera puede presentarse como una amenaza intolerable. La geografía adquiere entonces una función ideológica: justificar que unos Estados tengan derecho a escoger y otros apenas permiso para existir, como ocurre por estos momentos en Europa.
Por eso, Ucrania no es el límite del problema de seguridad europeo. La conducta rusa permite interpretar que la disputa abarca las reglas del orden continental, quién puede integrarse a una alianza, qué soberanías merecen respeto y cuánta coerción debe aceptar Europa para evitar una confrontación mayor. Esto no demuestra la existencia de una decisión definitiva de invadir otro país. Sí obliga a examinar un proyecto de revisión del equilibrio regional cuyos instrumentos pueden desplegarse mucho antes de una ofensiva convencional.
La advertencia danesa también anticipa una intensificación de la guerra híbrida contra la OTAN y Occidente. Allí está una incertidumbre especialmente incómoda. Entre la presión política y el ataque abierto existe un espacio en el que sabotajes, operaciones digitales y acciones encubiertas pueden deteriorar la seguridad sin ofrecer una escena inequívoca de guerra. La ambigüedad dificulta atribuir responsabilidades, acordar respuestas y establecer cuándo una provocación ha cruzado un umbral intolerable.
En ese escenario, la cohesión europea se vuelve un objetivo estratégico. Moscú podría obtener beneficios si logra que los aliados discrepen sobre la gravedad de una agresión, la identidad de su responsable o el costo de responder. Es más, Rusia tendría grandes réditos de entrada y de salida al entender que dentro de Europa no hay consenso sobre la noción de amenaza. La disuasión depende de capacidades militares, pero también de la credibilidad de una decisión compartida. Una alianza puede tener recursos suficientes y, aun así, resultar vulnerable si su adversario cree que sus miembros vacilarán cuando llegue el momento de utilizarlos.
Europa necesita prepararse sin convertir cada incertidumbre en una profecía. Requiere capacidades de defensa, protección de infraestructura, inteligencia coordinada y canales diplomáticos que permitan reducir los errores de cálculo. La firmeza debe hacer comprensibles los límites; la diplomacia debe impedir que esos límites solo puedan comunicarse mediante la violencia.
Tanta incertidumbre produce una certeza sobre el peligro, aunque ninguna sobre su desenlace. Rusia puede encontrar en sus dificultades incentivos para ampliar la presión, y Europa puede equivocarse si interpreta cada tropiezo ruso como una garantía de tranquilidad. La estabilidad empieza a erosionarse cuando una potencia consigue que sus vecinos organicen su futuro alrededor del temor a contrariarla. Ese también es un modo de ejercer dominación, gobernar las decisiones ajenas sin haber ocupado todavía su territorio.
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