Se suele errar al pensar en Irán como una nación árabe. ¿Qué más errores de análisis uno comete cuando se ignora que estamos hablando de una nación con un pasado persa?
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Se identifica Oriente Medio o Asia Occidental con el mundo árabe. Y esa es una equivocación, porque es una zona plenamente compleja en términos religiosos, étnicos y lingüísticos. Lo primero que habría que decir es que las raíces de Irán están en la Persia antigua, y eso es importante, entre otras cosas, porque desde ahí ya hay una tensión con Occidente. Las raíces más antiguas de lo que hoy es Irán están en el Imperio persa y el Imperio aqueménida: el de Ciro, Darío, Jerjes y Artajerjes. De ahí viene una primera confrontación con Occidente, porque, en el marco de las guerras médicas —estamos hablando del siglo V antes de Cristo—, apareció ese conflicto con Oriente como una zona que desafiaba, en cierto sentido, los valores griegos.
¿Esa idea se mantiene hoy todavía?
La cultura persa tuvo transformaciones independientes del mundo árabe. Tras el fin del Imperio aqueménida, entre los siglos II y IV después de Cristo, está el Imperio sasánida. Y en ese marco aparece el islam. Entonces, cuando se dice que Irán es una sociedad islámica, de acuerdo. Pero hay un pasado preislámico muy importante: están los aqueménidas y los sasánidas. Eran imperios con un alto desarrollo cultural. Incluso prácticas que hoy se asocian al islam no vienen de ahí; por ejemplo, el hecho de que las mujeres se cubran ya existía entre los sasánidas antes de la llegada del islam. También había un trasfondo religioso importante. Zaratustra es una figura del mundo persa, y el zoroastrismo forma parte de esas tradiciones religiosas que luego se integran y se fusionan con la llegada del islam.
¿Cuándo y cómo se convierte Irán en un chiita, y por qué eso cambia tanto su trayectoria regional?
Luego viene un período que sería el de Irán ya islámico, pero islámico chiita. Ahí estamos hablando más o menos de los siglos XVI, XVII y un pedacito del XVIII: el Imperio safávida, que fue el imperio chiita más importante que ha existido. Cuando el resto del mundo árabe estaba, en general, bajo califatos sunitas, este fue un período importante en la historia de Irán, también en términos filosóficos y de desarrollo de una visión de mundo propia. El chiismo duodecimano tiene que ver con el hecho de que los chiitas consideran que, tras la muerte de Mahoma, el sucesor legítimo debía ser el imán Alí. Pero no fue elegido Alí, sino otro califa, Abu Bakr. Finalmente, tras otros califas, Alí es elegido, pero termina siendo asesinado. Queda entonces una división en torno al tema de la sucesión: quién era el sucesor legítimo. Mientras en el caso de los chiitas hay una comprensión del islam mucho más basada en el carisma, en una persona que tenga dones especiales y sagrados que ameriten autoridad y reconocimiento de la comunidad, en el caso del islam sunita hay una comprensión mucho más ligada al consenso comunitario y al seguimiento de la tradición. La cuestión del carisma no es tan decisiva. Entonces, los chiitas van a creer que lo fundamental es que haya un líder carismático que guíe a la comunidad, y que existe una sucesión de esos líderes que serán 12; por eso se habla de chiismo duodecimano. El último de ellos, que se llama el imán Mahdi, es el que llegará al final y restaurará, junto con Jesús, un reino de justicia.
Le recomendamos: La guerra en Oriente Medio, en claves
Cuando aparece el primer sha, ¿cómo cambian las reglas?
Reza Shah Pahlavi, un militar que era miembro del cuerpo de cosacos. Los cosacos eran soldados formados por Rusia y estaban asociados a una mentalidad zarista y monárquica. En todo caso, era el cuerpo militar más importante que tenía la monarquía. Además, está el contexto de la Primera Guerra Mundial: Rusia e Inglaterra invaden zonas de Irán. El proyecto de la revolución termina fracasando en términos de gobierno. Los intentos de crear una economía más estable también son saboteados, primordialmente por Inglaterra. El hecho es que durante esa década hay un caos total. Además, es el contexto en el que las grandes potencias occidentales están dividiendo la región, lo que luego se conoce a través del tratado Sykes-Picot, entre otros acuerdos. En 1921 aparece ese militar que venía del cuerpo de cosacos, y que por tanto era leal en principio a la monarquía: Reza Khan. Él se impone como primer ministro y comienza a construir un régimen mucho más vertical y autoritario que liquida la herencia de la revolución constitucional. En 1925 decide que ya no habrá más monarquía kayar y se proclama como el nuevo rey.
Uno de los episodios claves fue la nacionalización del petróleo y la caída del primer ministro Mohammad Mossadegh. ¿Qué sucedió exactamente y cómo reconfiguró eso la escena política?
En ese contexto aparece el ayatolá Abol-Qasem Kashani. También surge la primera organización islamista que utiliza sistemáticamente la violencia en Irán: Fedayán del Islam, dirigida por Navvab Safavi. Kashani y Safavi se alían con Mohammad Mossadegh con el fin de impulsar la agenda de nacionalización del petróleo y enfrentarse a la monarquía. Eso se logra, pero en ese marco tanto los servicios secretos británicos como la CIA deciden derrocar al primer ministro Mossadegh, porque el interés en el petróleo estaba por encima de cualquier discurso prodemocrático. Entonces hay una operación de sabotaje. Se impulsa la fragmentación de la coalición que existía entre grupos islamistas y grupos nacionalistas. Finalmente, Mossadegh es derrocado.
Es ahí cuando aparece Ruhollah Jomeini. ¿Qué tuvo él que otros líderes de la oposición no?
Las oposiciones más importantes eran de izquierda o provenían de sectores del clero, como el ayatolá Ruhollah Jomeini, que se opone a la monarquía. Si volvemos a los paralelos para no exotizar a Irán, también allí aparecen guerrillas de izquierda y movimientos que mezclan elementos islámicos con discursos revolucionarios.
En América Latina tuvimos fenómenos como la teología de la liberación, y en Irán también existían corrientes con rasgos comparables. Había además movimientos armados de izquierda más clásicos y secularistas. Lo que sí resulta peculiar es que aparecen formas de oposición provenientes del clero chiita. En todo caso, el clero estaba dividido; no había una unión completa del clero en torno a combatir la monarquía. Había sectores revolucionarios y sectores conservadores dentro del clero. Jomeini se vuelve el líder de los sectores antimonárquicos a raíz de que, en 1961, Mohammad Reza Pahlavi (hijo de Reza Pahlavi) lanza un programa que se llamó la Revolución Blanca, diseñado en parte con apoyo de Estados Unidos. Era un programa que buscaba empoderar a los trabajadores en las empresas, impulsar una especie de reforma agraria, promover la alfabetización y darles más poder a las mujeres. Era un programa modernizador, cuyo objetivo principal era impedir que se produjera una revolución. El mismo nombre lo sugiere: frente a la “Revolución Roja”, es decir, la revolución comunista, se planteaba una “Revolución Blanca”, una transformación social tutelada por la monarquía. La idea era impulsar cambios sociales manteniendo la estructura política existente. Ese proyecto fracasa por múltiples motivos.
Vea también: Irán tiene amigos, ¿dónde están?
En ese contexto Jomeini se alza como el líder de la oposición a la Revolución Blanca. Se generan protestas, sobre todo en la ciudad de Qom, que es donde están concentrados los principales seminarios de formación religiosa. Hay una represión muy fuerte y Jomeini es detenido. Se le permite salir al exilio. Jomeini pasa primero por Irak, luego por Turquía y finalmente se instala en Francia. Mientras tanto, en Irán continúa el endurecimiento del régimen. En 1975 aparece la idea del partido único, y el autoritarismo se acentúa cada vez más. Pero ocurre también un factor externo importante: la llegada de Jimmy Carter al poder en Estados Unidos, con un discurso centrado en los derechos humanos. Y si bien Mohammad Reza Pahlavi había tenido una dependencia muy fuerte de Estados Unidos y representaba en la zona sus intereses, sobre todo en términos geoestratégicos, de alguna forma ese Irán era un núcleo para contener el comunismo en la región. Por eso había un fuerte impulso a la industria militar y, hacia finales de los años setenta, Irán tenía uno de los ejércitos más importantes de la zona. Con Carter se permite que haya visitas para ver el estado de los presos políticos, se evita el uso de la tortura y se da un clima mínimo de apertura política. En ese contexto de apertura se empieza a presionar para que hubiera cambios políticos y transformaciones de la monarquía en un sentido más democrático: fortalecimiento del Parlamento, menos autocracia y menos corrupción. Aunque Mohammad Reza Pahlavi había llegado con un discurso anticorrupción, en la práctica era lo mismo: las élites del aparato de gobierno, él mismo y su familia —incluida su hermana— eran dueños de muchas partes del Estado y se apropiaban también de recursos públicos. Si bien Jomeini seguía en el exilio, hay todo un movimiento proislámico que va surgiendo y que cada vez tiene más acogida, aprovechando también ese contexto.
¿La revolución fue violenta o simplemente popular?
A diferencia de los golpes de Estado o de los tiranicidios de la antigüedad, las revoluciones son fenómenos masivos y populares. Y en ese sentido, para que cayera Mohammad Reza Pahlavi hubo grandes manifestaciones y un gran consenso colectivo. Hubo manifestaciones en Irán con dos o tres millones de personas, donde la gente salía a corear el nombre de Ruhollah Jomeini como líder. Ahora, el Jomeini que aparece ahí —eso es importante decirlo— es más un símbolo de oposición. Sencillamente era visto como un caudillo popular con un discurso anticolonial, nacionalista y antisecularista, a favor de los mostazafin, es decir, los oprimidos o los desposeídos. En ese contexto se alza la figura de Jomeini como un caudillo popular. Estaba en el exilio y mucha gente incluso no lo conocía personalmente. Sabían que existía porque, durante la revolución, empezaron a circular clandestinamente sus mensajes. El medio principal fueron casetes que circulaban informalmente con discursos o lecciones de Jomeini hablando contra la monarquía, contra Estados Unidos, contra Israel y a favor de los palestinos. Había una comunidad universitaria muy importante, sobre todo en la Universidad de Teherán, y ese mensaje se fue difundiendo. Así, como símbolo, Jomeini se vuelve un ícono.
Si hablamos hoy de chiismo, ¿hablamos todavía de una doctrina religiosa o más de un elemento de cohesión interna?
Respondería diciendo que no se puede plantear ese dilema. El chiismo, como las religiones en general, es muchas cosas. Es una teología, y hay todo un sistema intelectual de reflexión filosófica y teológica en torno a qué es la verdad, qué es la autoridad, cómo se construye la historia y qué es la ética. Eso es parte del chiismo como doctrina, que también implica una serie de prácticas y rituales. Por ejemplo, la celebración de Ashura, que es la conmemoración de la muerte del imán Hussein, es parte de los rituales del chiismo y de la cultura iraní. El calendario está muy estructurado alrededor de festividades religiosas. Cada vez que hay el nacimiento de Mahoma, la muerte de algún imán o la celebración de Ashura, hay festividades que forman parte de la manera en que se organiza la vida cotidiana. Entonces, no se puede decir que el chiismo sea solo un discurso religioso o solo un discurso de cohesión política, porque es parte de la cultura viva. Existe también con independencia del proyecto político que se construyó a partir de él. El hecho de que el chiismo haya sido traducido en un proyecto político y en un modelo de Estado no significa que el destino de ese proyecto sea idéntico al del chiismo como práctica cultural. El chiismo va a seguir existiendo pase lo que pase con la República Islámica de Irán, tiene una vida propia y prácticas propias.
Estados Unidos e Israel ven a Irán como una amenaza existencial, ¿qué opina de esa afirmación?
Desde el punto de vista de Jomeini, él fue un político y un pensador anticolonial, y eso significa rechazar la presencia del colonialismo en su propio país y en la región. No solo para él, sino para muchos pensadores anticoloniales, iraníes o no, Israel es visto como un implante del colonialismo en Oriente Medio. El efecto más directo de eso, entre otros, es la situación de Palestina. Tanto Jomeini como Navvab Safavi, el líder de los Fedayín del Islam en el Irán de los años cuarenta, ya expresaban una postura pro-Palestina. Esa postura incluso se fue formando antes de la creación del Estado de Israel, porque el tema palestino no comienza con la creación de Israel y la Nakba. Antes está la Declaración Balfour de 1917, cuando Inglaterra se compromete a apoyar la creación de un Estado judío en la zona de Palestina. Luego, en 1936, se producen las revueltas árabes contra la presencia cada vez más masiva de judíos en la zona, que estaba amparada por el mandato británico. Ahí ya hay una mentalidad anticolonial y pro-Palestina. Cuando Jomeini llega al poder bajo esos supuestos, toma dos decisiones iniciales: romper relaciones con Sudáfrica por el tema del “apartheid” y romper relaciones con Israel por el tema palestino. Si bien eso en algunos momentos ha tenido expresiones muy fuertes —por ejemplo cuando el presidente iraní Ahmadinejad dijo que Israel debería desaparecer del mapa—, esas declaraciones siguen sonando y siguen siendo utilizadas hasta hoy. Pero lo cierto es que ha habido distintos liderazgos dentro de la República Islámica de Irán con discursos más o menos duros respecto a la existencia de Israel; no ha sido una postura completamente homogénea. Por otro lado, la búsqueda de cambiar la situación de los palestinos ha tenido una dinámica propia: ha sido en parte respaldada por Irán, pero no se explica únicamente por la política iraní. Ahí aparece un concepto que se usa mucho y que los israelíes emplean con frecuencia: el de guerra proxy. Es decir, la idea de que muchas de las amenazas que enfrenta Israel estarían dirigidas indirectamente por Irán, como si la cabeza final de todas esas redes estuviera en Teherán. En ese marco se mencionan actores como Hezbolá en el Líbano y Hamás o los hutíes en Yemen. Se habla de un “eje de la resistencia”, junto con otras fuerzas menos visibles. Pero el punto es que muchos de esos movimientos armados tienen dinámicas propias y, en muchos casos, locales. Si bien han recibido apoyo, financiamiento o respaldo político de la República Islámica de Irán, no dependen completamente de ella.
👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.
El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.
Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!
📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com