Probablemente el mayor dilema del sistema internacional hoy es su evolución o su involución. Las actuales crisis evidencian tal dilema que subyace latente en todo proceso histórico, y el de las relaciones internacionales no es una excepción. Sin embargo, la historia no es un proceso lineal solo hacia adelante o solo hacia atrás sino, tal vez, en espiral (o en curvas) por lo que las crisis son flexiones ligeras o profundas que demandan reacciones de tipo coyuntural o estructural. Es precisamente el tipo de reacción el que determina el carácter evolutivo o involutivo de un determinado proceso, en este caso, de consolidación del sistema internacional. En nuestro caso, las grandes etapas han sido respuestas a grandes conflictos. O sea, hijas de post-conflictos.
En extrema síntesis, podemos decir que el sistema internacional ha experimentado dos grandes eras: la westfaliana (respuesta a la guerra entre cristianos) y la yaltiana (respuesta a la Segunda Guerra Mundial). Cada una de ellas tiene características bien definidas.
La primera se basa en la concepción del Estado nacional como soberano absoluto que no reconoce superiores y, por ello, genera un escenario internacional anárquico. La anarquía, como explica Hobbes, produce libertad máxima pero seguridad mínima. La inseguridad suscita la autodefensa que a su vez produce el permanente recurso a las armas y, por tanto, mayor propensión a la guerra por parte de los Estados. Además, esta era se caracteriza por la unilateralidad de cada Estado y la mono-actorialidad del sistema conformado por los Estados nacionales como único tipo de actor. Esta era, aunque con varios matices, rigió desde 1648 (Tratado de Westfalia) hasta1945 (Conferencia de Yalta).
La segunda etapa, basada en la relativización de la soberanía de los Estados nacionales mediante la creación libre y voluntaria de soberanías supranacionales, inicia con la Conferencia de Yalta en 1945 y se sostiene hasta hoy. Si bien ya mucho antes del 1945 se había intentado salir de la anarquía absoluta hacia una relativa jerarquía supranacional (Congreso de Viena 1815 y Sociedad de naciones 1919), tales intentos no se consolidaron. Durante la fase final de la Segunda Guerra Mundial, en Yalta, URSS (Stalin)-RU(Churchill)-EEUU (Roosevelt) definen y adoptan el nuevo sistema internacional multilateral (ONU), pluri-actorial (actores estatales y no estatales).
Desde entonces, el mundo adopta la cooperación pacífica como regla de las relaciones internacionales asumiendo que la paz y la seguridad mundial dependen de todos los Estados nacionales en conjunto. Es la era de la interdependencia.
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Naturalmente, hay distintas teorías que explican, por ejemplo, por qué no ha explotado una Tercera Guerra Mundial ni siquiera durante el bipolarismo entre Atlántico Norte y URSS que duró hasta el 1989. Entre ellas, la más probable es la teoría Institucionalista según la cual se ha evitado una nueva guerra mundial gracias al florecimiento masivo de Organismo multilaterales regionales o sectoriales a la luz de la ONU, OEA, UE, UA, LPA, OCDE, OTAN, etc… El modelo que sustenta tal tesis es precisamente la máxima organización (Unión Europea) del continente más beligerante del pasado y hoy el más pacífico del mundo.
El sistema yaltiano se consolidó hasta el 2008 cuando no explotó la Tercera Guerra Mundial sino la crisis financiera del Atlántico Norte (EE.UU. y Europa). Tal crisis produjo un terremoto justo dentro del modelo de organismo multilateral regional arriba citado, la Unión Europea. Como reacción a la crisis, se adoptó la austeridad neoliberal que agudizó la situación socio-económica sobre todo de los países mediterráneos. Por ejemplo, el galopante desempleo. Los partidos de derecha nacionalista difundieron la idea de que la causa de la grave crisis europea era el haberse integrado en soberanías supranacionales (UE, Schengen, Eurozona) que asesinan las soberanías nacionales. La integración se convirtió en el chivo expiatorio de la errada respuesta a la crisis: estamos mal porque nos integramos. Volvamos a las soberanías nacionales y nacionalistas. Es decir, volvamos a la era westfaliana.
Hoy se sabe, con mayor probabilidad explicativa, que la crisis y la errática respuesta a ella por parte tanto de la UE como de cada país miembro no es debida a la integración sino a una deficiente integración. A una integración tibia que se limitó al campo económico y del euro olvidando el salto hacia la integración política plena. La causa no es la integración sino la falta de integración. La integración incipiente en términos políticos. De tal forma que se intenta responder a otras crisis (inmigración por un lado y terrorismo, por otro) con soluciones nacionales ignorando la supranacionalidad adquirida.
Todo esto genera el retorno de los nacionalismos y populismos beligerantes que han producido las guerras en este continente y en otros. Las elecciones las ganan hoy quienes prometen el pasado y no el futuro tanto en la UE como en EE.UU. (Trump). Pero el pasado westfaliano, unilateral, nacionalista se ha traducido siempre en más guerras.
Las erradas respuestas a las crisis (austerity pura, populismos, nacionalismos, proteccionismos) han provocado la crisis del sistema yaltiano multilateral producto del segundo postconflicto mundial que se venía consolidando con esfuerzo y fatiga por parte de los Estados mismos, sobre todo por los que ahora lo reniegan como EE.UU., Reino Unido, Rusia. Muchos hechos políticos demuestran tal involución: los Estados Unidos de Trump con su retiro del Tratado de París sobre cambio climático, del Acuerdo nuclear con Irán, del Cuarteto que media en el conflicto Palestina-Israel al declararse del lado israelí transfiriendo su embajada a Jerusalén, amenazando retirarse de la OTAN y del ALCA, imponiendo el proteccionismo comercial, etc…
Pero también el Reino Unido con el brexit de la UE; En Italia ganó las recientes elecciones el populismo nacionalista de Salvini y Grillo inspirado en el nacionalismo europeo de Putin y Orban (Hungría). En Filipinas se atornilló al poder el nacionalista Duterte, muy similar al Erdogan turco. Por el lado de las izquierdas también reina el nacionalismo como la Rusia de Putin, China y Corea del Norte. Todo ello sin hablar de Medio Oriente y países árabes.
Por los lados de América Latina, la Colombia de Duque salió de Unasur, poniendo en duda la política exterior multilateral promovida por Santos al potenciar la cooperación internacional en torno al Acuerdo de paz y al ingresar a la OCDE. Otros ocho países miembros se han autosuspendido de Unasur argumentando sesgo ideológico de izquierda como si la OEA no lo tuviera hacia la derecha. Guatemala, Venezuela y Nicaragua rechazan las inspecciones de la ONU sobre derechos humanos.
Todo lo aquí dicho parece indicar que el sistema internacional está en una encrucijada: involución westfaliana unilateralista, nacionalista del sálvese quien pueda y de competición pura y salvaje; o evolución que pasa inexorablemente por la consolidación del presente aún yaltiano multilateralista de cooperación e interdependencia. O sea, de búsqueda de soluciones mundiales a problemas mundiales. O de soluciones regionales para crisis regionales como la actual migración venezolana y nicaragüense en América Latina. Lo mismo vale para la inmigración en Europa.
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Esta encrucijada demanda reacciones estructurales. El mundo será capaz de construir un futuro multilateral multipolar que, tal vez, mejore la paz y la seguridad, la sostenibilidad ambiental, la suficiencia alimenticia, la salud, la educación a escala mundial. Un multilateralismo que mundialice las soluciones a problemas mundiales tal como lo contempla la Agenda 2030 de la ONU. Pero tal agenda demanda una gobernanza mundial que se venía consolidando y que hoy se está debilitando peligrosamente.
Las masas electorales están depositando más confianza en los que prometen un retorno al “glorioso” pasado nacionalista (Trump, Putin, Erdogan, Farage Salvini, Orban, Piñeras, Macri, Temer, etc…) y no en los que prometen consolidar lo logrado y nuevos experimentos de democracia, y, tal vez de social democracia. ¿Será que inspira más confianza el pasado, aún con todo lo grave que ha sido (guerras mundiales) que el futuro hasta hace poco más prometedor por el avance tecnológico, científico en el campo de la salud, por ejemplo? ¿Más confianza en el pasado conocido que en el futuro desconocido? Pero, ¿no ha sido el desafío ante lo desconocido lo que ha hecho avanzar el mundo en todos los campos del conocimiento, incluso el de la política internacional? ¿Será que la humanidad entera está agotada, fatigada, estresada, nerviosa? ¿Es culpa de la globalización? ¿Volveremos a los imperios de soberanos y súbditos que nos ahorrarían la fatiga de tener que pensar, optar, investigar? ¿Queremos certezas y seguridades aún a costo de las libertades?
¿Involucionará o evolucionará el sistema internacional en plena Agenda 2030 de los Objetivos de desarrollo sostenible, en pleno auge de la ciencia y la tecnología? Más preguntas que respuesta en la era de las incertidumbres.
* Docente de la Universidad del Norte.