
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Una de la figuras más divertidas de la cultura japonesa es el tengu, el ser sobrenatural o yōkai, que es mitad humano y mitad aviar y que se caracteriza por tener una larga nariz roja. El tengu ha hecho parte de las tradiciones orales y visuales de Japón por siglos con diversos significados, dentro de los que en las últimas décadas sobresale su carácter protector y guardián. Hay muchas representaciones de tengu, y Zanmai Onosato, hace casi una década, talló en madera una que es particular. La cabeza de este tengu tiene el mismo largo que la nariz, y parece cortarse de forma horizontal, sin llegar al cuello. No es muy alta. La zona del pelo se combina con plumas, y los ojos se encuentran en el centro mirando fijamente la punta de la larga y roja nariz, donde reposa una abeja. Se trata de una figura colorida y con gracia como lo son muchos personajes de las historias sobrenaturales de la tradición japonesa, pero lo más atractivo es que cabe en la palma de la mano, y que al ponerla al revés devela con precisión la continuidad del cuerpo del tengu, vista desde abajo. Es una escultura miniatura que muestra la riqueza de narrativas y personajes del folclore, y en especial el hábito del cuidado y la perfección de las técnicas japonesas.
Pero este hábito no es exclusivo de la tradición. La figura de madera sin pintar de una niña de pelo liso, que cierra los ojos y luce un vestido largo arrodillada con las manos sobre las piernas, puede pasar desapercibida. Al observarla en detalle, llama la atención el huevo que tiene debajo de sus piernas y que pareciera estar anidando, pero lo que asombra mucho más es que su tamaño no supera los 5 cm. Fue tallada por Rieko Otake, una escultora contemporánea japonesa que usa la madera para construir figuras humanas de hoy, principalmente de la niñez y en ocasiones, de aves. Sus esculturas tienen diversas medidas que pueden superar los dos metros. En Huevo, Otake mantiene la delicadeza así como el ambiente de nostalgia y calidez y propone una reflexión sobre la condición humana actual, que son elementos característicos de su obra. Se sitúa en la realidad del momento. La figura de la niña también remite a una visualidad de la austeridad que no es ajena a las artes japonesas y a una sutil ternura que la conecta con el mundo pop contemporáneo.
Estas dos pequeñas piezas, aunque muy diferentes en su apariencia, son netsuke contemporáneos. Los primeros netsuke se registran en Japón de finales del siglo XVI. Se crearon con el fin de sujetar portaobjetos o estuches, y hoy, en sus versiones antiguas o contemporáneas, pueden apreciarse en exhibiciones de diversos lugares del mundo y de Japón.
Hace varios siglos, en el periodo Edo (1602-1868) de Japón, entre los hombres se popularizó el uso de sagemono, pequeños bolsos o cajas con un cordón, en los que guardaban de forma segura dinero, medicamentos, tabaco u otros objetos de uso cotidiano. Tratando de hacerlos más prácticos, se buscó cómo colgarlos del kimono, la prenda de vestir típica de la época, que no tiene bolsillos ni botones. Y la solución fueron unas piezas hechas de semillas, conchas o piedras: los netsuke. Estos se ataban al cordón del sagemono y se pasaban por debajo del obi —la faja que ajusta el kimono— para salir por la parte superior; de este modo, actuaban como tope e impedían que el sagemono se deslizara. Nacieron con una función clara, pero pasaron rápidamente a ser también accesorios de moda, símbolos de estatus e individualidad y posteriormente objetos de contemplación.
El periodo Edo fue una época de florecimiento y definición de muchas de las prácticas artísticas que hoy se reconocen como la tradición japonesa. Abundaba el trabajo manual de materiales como el metal, la madera, la laca, la cerámica o el marfil para producir objetos de uso en la vida diaria, en las artes escénicas, en los rituales budistas o en las prácticas esotéricas, entre otros. A partir de sus propias técnicas, los artesanos se interesaron en los netsuke. Elaboraban pequeñas figuras con formas de humanos, animales, seres sobrenaturales o de mitos y leyendas, frutas o vegetales, objetos cotidianos, religiosos o supersticiosos. En el siglo XVIII aparecieron las primeras escuelas o talleres especialistas en este oficio, perfeccionándolo aún más y convirtiendo las piezas en adornos deseables por muchos.
Al pueblo de Edo se le prohibía ostentar elegancia y lujo a través de su apariencia y sus bienes o posesiones. Esto se le permitía solo a la clase dirigente, los samuráis. Los campesinos, los artesanos, e inclusive los comerciales que fueron acumulando riqueza con el paso de los años, debían mantener un aspecto discreto. Se cree que las posibilidades de evadir esta norma con el netsuke, ayudaron a su popularidad. Las piezas no eran muy grandes pero sí lo suficiente para demostrar los gustos personales en una sociedad dividida de forma drástica en clases homogéneas internamente, y darle un tono de sofisticación al atuendo.
Con el proceso de modernización del periodo Meiji (1868-1912), los netsuke iniciaron su globalización. Objetos como este perdieron fuerza a nivel local debido a la promoción de productos y costumbres euro-norteamericanos, pero en Europa del siglo XIX ganaron fama. En general el alto interés por Japón influenció el arte y la cultura europeos y motivó la importación de muchos artefactos japoneses que hoy hacen parte de colecciones públicas y privadas. Un caso célebre es el de las estampas ukiyo-e, como la de la Gran ola de Kanagawa de Katsushika Hokusai. En paralelo a estas obras, aunque menos conocidos hasta ahora, los netsuke han sido objetos estudiados desde la academia y altamente coleccionables. El tamaño, la atención al detalle, la conexión con la cultura material del pasado y el gran número de piezas que se produjeron se suma a coleccionistas consagrados dispuestos a hacer grandes inversiones. De hecho, los intereses de los primeros importadores europeos llevaron a que el cuidado con el que se venían desarrollando los netsuke aumentara aún más. Con el tiempo, la calidad de las figuras sobrepasó su uso, y estas pasaron a ser admiradas en una vitrina. Aunque nunca se dejaron de producir del todo, en la década de los setenta la colaboración entre artesanos y coleccionistas promovió un nuevo surgimiento del oficio.
Con frecuencia se piensa que en Japón convive la tradición y la modernidad. Casos como el de netsuke muestran que estas se alimentan mutuamente así como de dinámicas locales y globales y los principios que definen tanto el arte como la artesanía. Es difícil trazar una frontera clara entre ellas.
La nariz de tengu es obra de un tallador que creció en el centro de Tokio, en una familia dedicada al comercio y la restauración de antigüedades. Se formó en la Asociación Japonesa de Escultura de Hidarina —herramienta para tallar materiales duros, desarrollada en el periodo Edo— y posteriormente se especializó en netsuke. Algunas de sus figuras, que con frecuencia aluden a mitos y leyendas, integran la colección del príncipe Takamado y han sido exhibidas en el Museo Nacional de Tokio. Huevo, por su parte, es el trabajo de una artista nacida en la prefectura de Kanagawa. Estudió Bellas Artes con énfasis en escultura y obtuvo un doctorado en Escultura en la Universidad de Arte de Tama. Ha sido premiada en certámenes de arte contemporáneo. Exhibe en galerías y museos de Japón y Asia, y es investigadora en el campo de la escultura. El netsuke es un medio de expresión que se suma a una trayectoria de trabajo en madera de amplia proyección institucional.
Ambos representan la continuidad y la renovación de una práctica transmitida por generaciones. Onosato se concentra en un trabajo artesanal altamente especializado, que ha combinado con un lenguaje personal y la exploración de temas contemporáneos, partiendo de narrativas del pasado. Otake introduce preocupaciones conceptuales, formales y expresivas propias de la escultura contemporánea en madera, mientras se adapta a la escala. Ellos son tan solo dos de los muchos artistas que con sus obras de netsuke hacen una fusión entre arte y artesanía.
Es así que cada netsuke simboliza la transformación. Originalmente vinculado a la moda urbana masculina del periodo Edo (1603-1868) y posteriormente convertido, a partir de los intercambios con el extranjero desde la segunda mitad del siglo XIX, en objeto de colección y exhibición, tiene un significado que se fue haciendo más complejo. Cada pieza tiene una memoria de su valor sociocultural y refleja nuevas formas de creación, reflexión, sensibilización y diálogo cultural. La historia del netsuke y las trayectorias de sus creadores sugieren que, en Japón, las fronteras entre pasado y presente, lo japonés y lo global, el arte y la artesanía son permeables. Más que categorías separadas, constituyen dimensiones que se entrelazan y se transforman continuamente.
*Profesora asociada, Departamento de Historia del Arte, y representante académica y cultural, Centro del Japón, Universidad de los Andes
👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.
El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.
Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí a El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!
📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com