Son las 3 a. m. a las afueras de Tinduf, la ciudad más grande del suroccidente de Argelia. El avión, proveniente de Argel, aterriza en medio de la oscuridad y, al abrir sus puertas, el aire seco se pega al rostro como un maquillaje permanente. Los 32 grados de temperatura que ofrece el desierto del Sáhara se filtran por las suelas de los zapatos convirtiéndolos en auténticos fogones.
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El oficial argelino mira los pasaportes con desdén y ordena, en tosco francés, llenar rápido los formularios de migración. A menos de un metro, en la misma mesa, el oficial saharaui sonríe y aclara, en español, que no todos los argelinos son así de enojosos. “¡Bienvenidos a la República Árabe Saharaui Democrática!”, dice.
Los pasaportes pasan a manos de otro oficial saharaui que va vestido de civil. Se los lleva. El aeropuerto, que cuenta con una sala de espera, dos dispensadores de bebidas y una pequeña tienda de suvenires, se desocupa en un parpadeo. Los oficiales argelinos se esfuman como lémures y los saharauis aguardan a que alguno tenga la amabilidad de regresar para llevar a cabo el protocolo.
El conductor de una vieja camioneta Toyota Land Cruiser, con el escudo de la RASD a lado y lado, enciende su pipa para hacer frente al sueño. Hace una llamada y su árabe es una montaña rusa con palabras cortas y apenas susurradas que contrastan con largas y exaltadas intervenciones. El calor, ¿o la charla en la que participa?, es tan agobiante que decide quitarse el turbante. La luna llena se refleja en su calva.
Al cabo de una hora llegan dos patrullas de la policía argelina. El conductor termina la llamada abruptamente. Bajan los vidrios polarizados y dan el ok. Mandan la Toyota a la mitad de la caravana. Somos como la tropa del desierto, dice el conductor, en español, mientras se acomoda de nuevo el turbante. Sugiere no bajar los vidrios del vehículo a menos de que “quieran llenar de arena los pulmones”.
—¿Nuestros pasaportes?
—Tranquilos.
—Sí, pero: ¿dónde están?
—Es cuestión de seguridad nacional.
A la Toyota le suena hasta el combustible. Los dos asientos delanteros van cubiertos con piel de camello. El sopor interno del vehículo satura los cuerpos ocasionando sudores semejantes a lavas volcánicas. La caravana cruza una larga zona con menos vida que la que se puede encontrar en un osario. Va en completo silencio, a 80 kilómetros por hora, pero con las luces rotativas, azules y rojas, a todo dar.
La tropa del desierto llega a Tinduf. Como un teatro que corre sus cortinas para revelar los entresijos de la noche, la solitaria ciudad presenta sus amplias calles rodeadas de dunas y palmeras, edificios de adobe cuyos domos y cenefas exhiben con método la tradición musulmana y ejércitos de gatos que batallan entre las basuras. Por cuadra, montones de banderas argelinas y pintadas con rostros de próceres nacionales.
A poco más de 30 kilómetros de la ciudad se encuentra el límite que marca el inicio de los campamentos de refugiados. La frontera es un zigzag con garrafales escombros de cemento y piezas de metal con forma de asterisco. Allí, en una caseta de 20 metros cuadrados, apenas iluminada por una linterna, reaparecen los pasaportes. La policía argelina es historia y, de aquí en más, quien manda, es el Frente Polisario.
El conductor pide hablar con la persona encargada del hospedaje. Son las 5 a. m. y el cansancio se torna mayor al llamar cuatro, cinco, seis veces, sin respuesta. Ahora sí estamos extraviados, vamos a firmar el acta, propone. En una plaza, circundada por irregulares montículos de arena, desciende de la Toyota, camina 20 metros y golpea frenéticamente una puerta que lleva pintada la media luna y la estrella de la bandera saharaui. Grita cosas en árabe. Un joven abre la puerta. Somnoliento lo invita a pasar.
—¿Nuestros pasaportes?
—Tranquilos.
—Sí, pero: ¿cuándo los devolverá?
—Es cuestión de seguridad nacional.
El conductor reaparece con un anticuado cuaderno de tamaño escolar entre sus manos. Nos pide firmar al lado de nuestros nombres. “Todos los que vienen son de Europa, pocos como ustedes desde tan lejos”, dice. Reintegra el cuaderno al joven que, haciéndole una seña militar, le cierra la puerta en la nariz de forma tal que queda claro que no quiere más molestias.
La persona encargada del hospedaje devuelve la llamada. Da las indicaciones puntuales para llegar a su casa. Después de sortear escabrosos caminos de polvo, la destartalada Toyota se detiene frente a una numerosa familia que dormita sobre colchonetas bajo el techo de estrellas. Atrás de la familia una casa de barro, con puertas y ventanas abiertas. Después de intercambiar algunas palabras en árabe con nuestra anfitriona, el conductor nos entrega los pasaportes: ya están seguros. “Tengan cuidado con la arena y sus pulmones”, dice.
Mama Isa nos enseña la alfombrada sala que dispuso para nosotros a modo de habitación y, con una voz aún más suave que el viento del amanecer, nos da por segunda vez la bienvenida al pueblo saharaui, un pueblo que, no tardaríamos en descubrir, supo convertir un inhóspito desierto en una hermosa sabana de dignidad.
La familia Ahmed Talem Esuelem pertenece a la nación saharaui, habitantes históricos de la parte occidental del desierto más grande del mundo. Desde 1975, cuando Marruecos los expulsó con bombas de napalm y fósforo blanco, obligándolos a huir a la parte más estéril de Argelia, luchan tanto por retornar a su tierra, como por el reconocimiento internacional de su Estado: la República Árabe Saharaui Democrática (RASD).
Viven el desarraigo en un campo de refugiados con otras 250 mil personas, en el norte de África, a las afueras de la polvorienta ciudad de Tinduf, un espacio geográfico tan infecundo como un mal recuerdo y en el que nada florece más rápido que una frustración. Un territorio que, además, cumple cabalmente con todos los requisitos imaginarios del Sáhara: camellos, turbantes, dunas y un sol más omnipresente y fogoso que Alá, el adorado dios local.
En la Conferencia de Berlín de 1884, Europa se repartió África. A la corona española le fueron otorgadas dos porciones de tierra: lo que hoy se conoce como Guinea Ecuatorial y el Sáhara Occidental, un país con más de 2000 mil kilómetros de costa sobre el océano Atlántico, ubicado frente a las Islas Canarias, rico en recursos naturales, pesqueros y minerales y habitado, hasta entonces, por beduinos nómadas.
Así, el Sáhara Occidental pasó a llamarse Sáhara Español, hasta 1975, año en el que las tierras fueron asaltadas y el pueblo saharaui desterrado, sin más explicación que la persecución y la muerte. A la nueva invasión el Reino de Marruecos le llamó La marcha verde, mientras los saharauis la recuerdan, medio siglo después, como aquel escape que dio inicio a su exilio en una de las zonas más hostiles que guarda el planeta para el desarrollo de vida humana.
En la Wilaya Bojador, donde el sol y el viento se entrelazan en generosas espirales de arena, Fatma Bamba Ahmed Talem Esuelem, la más pequeña de la familia, investiga con curiosidad el interior de mi riñonera. Sus manitos buscan entre libretas, bolígrafos, auriculares, lentes de sol y dulces Halls. Sobre el suelo alfombrado, las cosas van quedando dispuestas en una suerte de orden improvisado que concede el poder de la sugerencia a cada objeto.
Fatma se detiene y, agrandando sus ojos pardos, me trasfiere la virtud de su inocencia. Con sigilo abre el bolsillo supuestamente secreto de la riñonera y retira algo que no llego a ver. Interpreto ese mínimo acto como un rito de confianza. En silencio y en puntas de pie se aleja, sin dejar de mirarme, con la plena consciencia de que, en su mundo, donde la infancia es un lujo, ese gesto tiene un significado más profundo.
Mama Isa, su madre, interrumpe la rutina del desayuno y, con una sonrisa, le pide que le entregue lo que esconde. En un español más fluido que el de muchas voces en las calles de Bogotá o Madrid me propone, depositando en mis manos el misterio: “Simplemente decirle que no y ella entiende. Guarda bien tu pasaporte, a menos de que quieras quedarte unos años acompañándonos”.
En la búsqueda de Fatma y en la ternura de su madre late la historia de un pueblo que pelea por su existencia y que, a pesar de los derechos negados, mantiene viva la ilusión de recobrarlos. Aunque la RASD emite pasaportes a sus ciudadanos, nadie en el campo de refugiados tiene la posibilidad de acceder a uno que sea válido en cualquier lugar del mundo: de los 193 Estados que conforman las Naciones Unidas, solo 82 reconocen a la RASD como un país soberano, aun cuando cuenta con los requisitos mínimos para ser un país libre: territorio, población y gobierno.
Para los saharauis, el pasaporte es un documento que, en realidad, sería solo un pedazo de papel si no fuera por lo que representa: afirmación, pertenencia, respeto. Fatma, con solo cuatro años, intuye esto y, en medio de su candor, el síndrome de Down que posee se confunde con una sensibilidad extrema que no solo le permite jugar con las injusticias del mundo que la rodea, sino asumirlas como propias.
—¡Hola, Fatma!
—Hola, ¿cómo estás? Yo, bien, ¿y tú?
Los antiguos saharauis se tuvieron que ir y, paso a paso, fueron descubriendo un dolor que les desagarraría la existencia. Cruzar un desierto parece ser una ficción exclusivamente bíblica, pero lo cierto es que pasó, pero sin tierras prometidas, y sí con tierras que, aunque propias, de un momento a otro alguien decidió que les eran ajenas.
Los campamentos de refugiados están divididos en cinco wilayas que, a su vez, están compuestas por barrios llamados dairas. Todas están separadas por impenetrables mares de arena donde la sombra llega a ser, con suerte, un cuento de ciencia ficción. Una delgada carretera conecta las wilayas. A lado y lado del humeante asfalto surgen hipnóticas acuarelas que proyectan los colores más puros del desierto: una paleta de amarillos y naranjas que los saharauis definen con la minuciosidad propia de una teoría estética.
En este no lugar, el observador atento del desierto lo que encontrará, después de renunciar a la seducción de las acuarelas, es una red de contornos que fondean la superficie dorada como un absurdo: triángulos y rectángulos combados se expanden, en sordina, hacia algún tipo de infinito que, de no mezclarse con el cielo, seguramente se convertirían en tragedia.
Las wilayas llevan los mismos nombres de algunas de las ciudades más importantes que los saharauis se vieron obligados a dejar atrás y que hoy siguen vivas en el Sáhara Occidental, pero bajo la ocupación marroquí: El Aauin, Dajla, Auserd, Smara y Bojador. Cada una guarda la nostalgia de su ascendente e intenta replicarlo usando la invisible bandera del honor.
Marruecos, en cabeza de su rey Mohammed VI, considera el Sáhara Occidental como parte integral de su soberanía, justificando el control como una administración legítima “no negociable” que impulsa inversiones en infraestructura, desarrollo y estabilidad social. El objetivo de Marruecos no es otro diferente a consolidar el estado de la ocupación bajo lo que denomina un “hecho histórico y consumado”. En 2007, propuso ante la ONU un plan de autonomía bajo total autoridad marroquí, rechazando la independencia del Frente Polisario, presentándolo como una entidad terrorista y asumiendo una pronta regularización de su presencia en el territorio. La ONU no rechazó esta propuesta, de hecho, el Consejo de Seguridad la respaldó tildándola de “seria y creíble” e invitó a negociar sobre esa base. Una contradicción estructural ya que la misma ONU entiende la ocupación como un fenómeno ilegal y suele exigir, en cada Consejo de Seguridad, la descolonización inmediata. Disposición que Marruecos refuta tajantemente con la mejor de las armas que tiene a su disposición: el silencio.
*Espere la segunda parte de este reportaje especial que será publicada el próximo fin de semana.
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