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La última batalla del veterano

Su mitin final en Prescott, Arizona, pareció ser profético: su esposa derramó lágrimas y él lució cansado.

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Juan Camilo Maldonado T. / Enviado EspecialPhoenix, Arizona
08 de noviembre de 2008 - 10:00 a. m.
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De haber ganado John McCain las elecciones norteamericanas, Heather, una estudiante de Montana, habría comprado un tiquete de inmediato y se habría ido del país; un triste “suspiro colectivo” hubiera recorrido el país entero, como profetizó Becky, una activista de Phoenix horas antes de saber los resultados, y las miles de personas que rodearon en su despedida al candidato republicano en el Hotel Biltmore, en Phoenix,  habrían coreado triunfalmente, con la misma intensidad con que, la noche anterior, en un mitin en Prescott, Arizona, acompañaron a la leyenda de country Hank Williams cantando: “John y Sara te dicen, sólo lo que piensan, y no van a parpadear, van a arreglar a este país”.

Días antes de su derrota, McCain había emprendido una carrera contra el tiempo —y contra su salud, de paso— para ganar el terreno perdido. Montado en su avión, le dio la vuelta al país solo en la víspera de las elecciones, parando en siete estados como si el Straight Talk Express, fuera un carro lechero.

Al final, el esfuerzo sólo resaltó aún más su agotamiento y su vejez: ¿Cómo iba a sobrevivir esa campaña para gobernar al país? Esa madrugada del 3 de noviembre, a las 12:45 a.m., su aparición frente a una masa de norteamericanos blancos y cristianos, en su gran mayoría, pareció más una despedida que auguraba lo siniestro hasta el punto que su mujer, la aspirante primera dama, Cindy McCain, lo presentó ante el público llorando, como si en el fondo estuviera rezando para que acabara el calvario que los conduciría a la derrota.

Pero en el ambiente de esa noche había todo menos pesimismo. “Son los medios”, decía una misionera cristiana, “se han encargado de transmitir lo que hace Obama de manera sistemática”. “Es una elección emocional”, reflexionaba otra, una periodista de Prescott, en el andamio reservado para los medios nacionales: “Los seguidores de Obama no saben por qué van a votar por él”.

Los republicanos, sin embargo, tenían claro por qué querían a McCain, y esa noche lo corearon con fuerza: vivas a las fuerzas militares, vivas a los veteranos, vivas a la guerra contra el terrorismo y vivas contra el liberalismo de los demócratas, que tanto malestar genera entre muchos ciudadanos de arraigado cristianismo.

McCain se limitó a darles las gracias por el apoyo y la compañía, no tuvo energía para más. Y sus seguidores respondieron con fuerza, con abucheos a los demócratas, con insultos a los seguidores de Barack, que se paseaban provocadores alrededor de la congregación. El solo pensar en Obama les provocaba muecas desagradables, y hubo incluso quien, esa noche, recordara que con su llegada al poder, empezaría a cumplirse la antesala del libro del Apocalipsis.


La derrota en el Biltmore

Aunque fue común durante esta semana escuchar a todo tipo de ciudadanos lacerar hasta el cansancio al presidente Bush, así como alabar la esperanza de cambio prometida por Barack Obama, muchos seguidores del senador John McCain, que votaron sucesivamente por él para el Congreso, tendían a esbozar la misma razón por la que le dieron la espalda al republicano: “Sarah Palin”.

“Sometí mi voto al dictamen de una moneda, porque la campaña escogió muy mal a la vicepresidenta. Es una mujer de baja clase, vestida de seda; sin ningún tipo de experiencia, y dado que McCain no iba a durar más de un período por su edad, imaginarla a ella de presidente me daba escalofríos”, decía Julia, un ama de casa.

Los mismos comentarios se repetían la noche de la derrota, en el hotel Biltmore, en Phoenix, el mismo lugar donde hace dos décadas John y Cindy McCain contrajeron matrimonio. En un salón casi vacío, en donde transitaban  ricos empresarios y campesinos folclóricos, vestidos con faldas y camisas con las barras y estrellas de la bandera, el comentario de los desilusionados republicanos era el mismo: “Palin dividió el partido”, “Palin alejó a los más moderados”, “Palin espantó a los que habían creído en la experiencia de McCain”.

Sin embargo, al salir al jardín del Biltmore, acompañado de Sarah Palin y sus respectivas parejas, John McCain no tuvo otra opción que asumir toda la responsabilidad. “Peleamos, peleamos todo lo que pudimos, y si nos quedamos cortos, el fracaso fue mío, no de ustedes…”, le dijo a sus seguidores, que estallaron en aplausos y llantos profundos.

Atrás suyo, Palin se quedó muda y con una mueca que intentaba parecerse a una sonrisa. Esa noche, la candidata vicepresidencial, como después revelaría un reportero, había llegado a encontrarse con McCain con un discurso bajo el brazo. No es tradición que, tras los resultados, las fórmulas vicepresidenciales emitan discursos, y el gesto de Palin fue visto por los asesores de McCain como un acto oportunista. La “madre de casa”, ese extraño fenómeno político cuya carrera futura aún es un interrogante, se quedó muda y obligada a asumir la derrota cabizbaja. Entre el público, nadie coreó su nombre.

La noche del martes, mientras que el jardín del Hotel Biltmore se vaciaba rápidamente de los decepcionados republicanos, las calles del centro de Phoneix —donde sólo el 4% de la población es negra— se convertían en un pequeño Bronx en el corazón de Arizona, el bastión del candidato republicano, que también estuvo a punto de escurrírsele de las manos.

Por Juan Camilo Maldonado T. / Enviado EspecialPhoenix, Arizona

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