9 Sep 2018 - 2:00 a. m.

Las niñeras del Barrio 18, en San Salvador

En la capital de El Salvador obligan a mujeres a cuidar a hijos de presidiarios mientras ellos, o sus parejas, cumplen condena. Negarse implica la muerte. Premio a mejor crónica.

Bryan Alexander Avelar Rodríguez * / Especial para El Espectador

El Barrio 18, en San Salvador, es uno de los más peligrosos por la proliferación de bandas criminales.  Aquí, miembros del Mara 18 en la cárcel de Soyapango. / AP
El Barrio 18, en San Salvador, es uno de los más peligrosos por la proliferación de bandas criminales. Aquí, miembros del Mara 18 en la cárcel de Soyapango. / AP
Foto: ASSOCIATED PRESS - VICTOR RUIZ CABALLERO

A Damary le tocaron la puerta y la hicieron madre. Sentada en su viejo sofá, mientras cenaba viendo un programa de televisión, escuchó que alguien golpeaba, apresurado. La joven de 23 años dejó su plato con fríjoles y crema y se levantó para recibir a su visitante. Entonces la vida le cambió.

Abrió la puerta y frente a ella apareció un pandillero con una bebé en los brazos, envuelta en una desteñida sábana verde.

Dentro de la casa, la madre de Damary dormía a su pequeña nieta de tres años después de haberle dado de comer. Frente a la puerta, el pandillero, un joven de apenas unos 16 años, cara huesuda y moreno, sacó un teléfono y se lo entregó a Damary. “Te hablan”, le dijo y se lo extendió.

Damary escuchó una voz que reconocía. Era la de un pandillero de su comunidad que estaba preso desde hacía menos de un año. “Ahí te van a entregar a la niña. Vos ya sabés de quién es hija. Cuídala porque, si algo le pasa, con vos nos vamos a entender. Te vamos a estar vigilando”, recuerda que le dijo.

Pocas palabras. La llamada finalizó. Esa noche, el pandillero no sacó pistola. Le entregó a la joven una niña tan pequeña que ella calcula que no tenía más de cinco días de nacida. Damary entregó el teléfono y se metió a su casa sin poder preguntar mucho.

Cuando cerró la puerta, a Damary le había nacido una hija de la nada.

***

Damary cerró la puerta y avanzó con su nueva cría en brazos hasta el viejo sillón donde tantas veces durmió a su propia hija. Se sentó a la par de ella y empezó a llorar.

Su madre, que minutos antes estaba durmiendo a su nieta, salió y se sentó a su lado. Damary le contó lo que había pasado. Pocas palabras. Más preguntas que respuestas. Ambas discutieron por un rato, pensando cómo harían para ahora mantener a dos bebés en una casa donde ninguna tenía empleo fijo. Entonces, la madre, resignada, cerró la conversación pidiéndole a Damary que intentara ver a su nueva hija como una bendición. Luego vino el silencio y se echaron a dormir.

Así pasaron los días y la nueva hija de Damary cumplió un mes, dos meses, tres meses, un año y luego dos. Hasta que se convirtió en la niña que ahora tengo frente a mí. Una niña que juega en una cancha de cemento en una comunidad empobrecida de San Salvador, que ríe, llora, canta, dice “mamá”. Una niña que nació con una amenaza.

Una niña que hasta hoy no tiene papeles, porque nunca se los dejaron a Damary, porque nadie le dijo cuándo había nacido ni dónde está asentada. Por eso la nueva madre tuvo que inventarle un nombre y una fecha de cumpleaños para criarla como su verdadera hija, aunque hasta hoy no tiene idea de cómo hará para llevarla a la escuela o al hospital, porque no sabe cómo explicarle al Estado quién es la niña.

Para Damary no hay diferencia entre sus dos hijas. A las dos las mima por igual, las saca a pasear, les compra ropa usada, las peina, les canta, las duerme. En su WhatsApp, la foto de perfil es siempre de las dos. Una es piel trigueña y la otra blanca. Diferentes, pero iguales para su madre.

Después de aquella noche de marzo de 2015, la vida de Damary nunca fue igual. Cuando solo tenía una hija cuenta que podía ir al instituto a estudiar mientras su madre la cuidaba. Pero ahora, con dos, ya no. Los 70 centavos de dólar diarios del pasaje más los dos dólares para “desayunalmorzar” se le convirtieron en una fortuna que ya no podía derrochar. Entonces abandonó sus estudios y se dedicó a criar a su hija y a la hija de la pandilla.

Una tarde de junio de 2017, mientras platico con Damary bajo una glorieta frente a la cancha de su comunidad, le suena el teléfono. La joven, con una prisa nerviosa, saca el aparato, se aleja unos pasos y habla. Dos minutos. Luego regresa, con una mueca de sonrisa en la cara, pide disculpas y se sienta.

—¿Era del penal? —le pregunto.

—Sí —contesta, y mira hacia los lados—. Pensé que nos habían visto, pero solo era para ver cómo está la niña.

A Damary le caen llamadas constantemente.

***

La vigila el cuco.

A principios de 2016 llegué a esta comunidad cuyo nombre no puedo mencionar, porque hacerlo significaría poner en peligro la vida de las mujeres de esta historia: las niñeras. Llegué después de haber conocido a dieciocho personas de una misma familia que huyeron de esta comunidad para salvar sus vidas de las amenazas de la pandilla Barrio 18.

Para llegar a esta comunidad no hay que salir mucho de la capital. No está aislada de los centros comerciales o supermercados. A menos de un kilómetro hay un puesto policial y un poco más allá, una subdelegación. Los policías patrullan casi a diario acompañados de soldados. Paran a los jóvenes que ven en los pasajes, los catean. Y por las noches, en operativos constantes, golpean las puertas, registran las casas. Suenan los balazos. Parecería que el Estado tiene presencia y control. Pero no.

En realidad, esta comunidad (sus edificios multifamiliares y sus diez pasajes completos) está bajo el control de la pandilla. Aquí son los pandilleros de la facción Revolucionarios del Barrio 18 quienes deciden quién entra y quién sale, quién paga la extorsión y quién no, quién vive y quién muere.

La pandilla además influye en aspectos básicos de la vida. Por ejemplo: cómo se pueden vestir los jóvenes, a qué escuela se pueden poner a estudiar los hijos, qué música se puede escuchar a alto volumen, hasta qué hora de la noche uno se puede emborrachar, y así…

A la mitad de este reportaje, por ejemplo, una ONG que realizaba trabajo con niños tuvo que salirse porque las trabajadoras sociales ya no se sentían seguras después de la amenaza de un homeboy, un pandillero. Quien entra aquí solo lo hace acompañado por un habitante que goce de un poco de autoridad.

Todas estas normas no están escritas en ningún lado; simplemente se saben. Se saben por las experiencias pasadas. Y también se sabe su castigo de no cumplirlas. Por ejemplo, el que se niega a pagar la extorsión se muere. Ya ha pasado. El que colabora con la policía se muere. Ya ha pasado. El que sopla información a una pandilla contraria se muere. Ya ha pasado.

El control de la pandilla en esta comunidad es latente y lo ejercen personas que, como el cuco, no son enormes. Suelen ser jovencitos flacuchos, adolescentes como el pandillero que entregó una bebé a Damary. O como el que pasa en la entrada con un celular en la mano. O como el que vigila la zona de la cancha.

Todo esto es parte de la cotidianidad, del control diario de la pandilla en este lugar. La gente lo sabe y obedece. La pandilla puede, por ejemplo, decidir sobre aspectos más personales de la vida de los habitantes de esta comunidad. Como a las mujeres que han sido convertidas en esclavas, en canguras, en una especie de niñeras de la pandilla que crían hijos de sus mujeres presas.

***

María es una mujer muy evangélica. Tan evangélica que un día, después de vivir varios años en esta comunidad y congregarse en una iglesia, sintió un llamado, una necesidad. Pensó que su misión como cristiana era acercar a los niños de su pasaje a la iglesia, a lo que ella llama los caminos de Dios.

Fue así que empezó a llevar a los niños, primero de un pasaje, después de dos y luego tres, a una reunión en la iglesia todos los sábados. Pasaba de casa en casa, recogiendo a los niños para sacarlos a un lugar donde se pudieran divertir, aprender y recibir unos cuantos caramelos. Menos a un niño.

El niño prácticamente se mantenía solo. Él pasaba solo, ahí, en la cancha. Y yo lo veía. Él, cuando veía que nos reuníamos con los demás niños, llegaba y me preguntaba: “¿Yo puedo ir? ¿Yo puedo ir?”. Porque de parte de la iglesia nos daban golosinas y el niño, cuando veía que los demás regresaban, quería. Entonces, me decía que quería ir. Y yo le decía: “Decile a tu mamá, pues”. Y él me decía: “Sí, me dan permiso”. Vaya, entonces a tales horas…

Andrés, como un perro abandonado, pasaba siempre solitario en la orilla de la cancha, jugando solo, pateando una pelota, sin muchos amigos a decir verdad. Hasta que un día se autorizó él mismo para ir a una reunión, para salir todos los sábados de la comunidad y para jugar con más niños en la iglesia. María lo llevó.

Él salía de la casa arregladito, peinadito. Bien entusiasmado. Ellos se hacían grupito y llegaba el microbús a traernos. Así lo estuve llevando quizás unos tres o cuatro meses. Un sábado, a finales de marzo, fue el último que me lo prestaron.

Al finalizar las jornadas de sábado, María hacía la misma ruta de la mañana, pero al revés. Uno a uno iba dejando a los niños en sus casas que regresaban contentos con sus golosinas. Hasta que un día la rutina le cambió la vida, como a Damary.

Cuando llegué a la casa de él, bien raro, no me abrían. El niño, para entonces, tenía ocho años. Entonces, le digo yo: “Mirá, Andrés, no están tus papás”. Y el niño solo se quedaba así, calladito, con una mirada como de… “quizá pueden estar allá o no sé dónde están”. Solo se quedó así, verdad. Entonces, yo ya vi raro.

Aunque le pareció extraño, al principio María creyó que todo se trataba de un error, que solo había que esperar que los padres de Andrés regresaran.

Llegamos tres veces a buscarlos. De las cinco a las seis llegamos tres veces a buscarlos. Ya era la hora de la cena. Bueno, le dije yo, no se ve que estén en la casa. Vamos a ir a cenar antes de ir a dejarte. Fuimos a comer pupusas. Ya la última vez que llegué tampoco estaban. Y cayó una gran tormenta ese sábado, me acuerdo. Y ya no pudimos salir.

Ese sábado fue el último día que los padres de Andrés se lo prestaron a María. Desde entonces, sin saberlo, ya estaba a su cargo. La mujer le arregló un colchón y le puso unas sábanas, pidió a sus hijos que durmieran en otro colchón que tiraron al suelo y pasaron la noche.

Ya el día domingo fui a ver yo qué pasaba. Ese día no fuimos a la iglesia porque el niño no tenía ropa. La ropa de mi niño no le quedaba. Y pensé: “Si me voy… los papás van a pensar que me robé al niño. Y más que ellos… pues sí… están con los… con los muchachos, verdad…” dije yo, “quizá tuvieron algún problema y se pueden molestar si me lo llevo”.

Entonces sonó el teléfono. “Cu-cu”.

Como a las dos de la tarde sonó el teléfono. La voz de un hombre me decía que me encargaban al niño y que cualquier cosa que le pasara sobre mí recaía, ¿me entiende? Y que conocían a mi familia, así que no era tan fácil que me librara de algo, que se podrían vengar en mi contra. Entonces ya yo le dije al niño: “Mirá Andrés, tus papás como que se han ido”, le dije. Porque la casa sola. Ya después se fueron a meter otros muchachos ahí. Pandilleros. Entonces, el niño solo se puso a llorar. Y me decía: “¡Llámeles por teléfono, llámeles!”. Los volvimos a llamar al teléfono del que me llamaron, pero ya no daba tono. Sonaba apagado. El niño lloraba que necesitaba a su mamá y a su papá.

—¿La persona que le habló se identificó? —le pregunto.

No fue necesario que se presentara como un muchacho de ellos. Simplemente hemos llegado a discernir de dónde vienen las cosas. Porque con solo oírlos cómo hablan, ellos atemorizan. Aterrorizan. Es bien la palabra que les han puesto, pues: terroristas. A mí me dijeron que si algo le pasaba al niño, ellos ya sabían. “Ellos”. “Nosotros”, me dijo. Que ya sabían dónde me podían hacer daño. O sea, estaban hablando de la pandilla. Me dijeron que yo ya sabía lo que ellos eran. Esa fue la única llamada así. Pero con el tiempo, me llamaban y solo se escuchaba que respiraba la persona, así, bien fuerte. Solo se quedaban así. Yo pensaba que era que querían oír al niño; pero lo que querían era que yo escuchara ese respiro, como para decirme que el animal estaba cerca.

—Y desde entonces, ¿nunca la han llamado para preguntarle cómo está el niño?

Una vez sí. Una vez me llamaron y me dijeron… fue una mujer… Me dijo que si le podía pasar a Andrés. Hola, fulana, me dijo. Hasta con mi nombre. Y la llamada venía de otro teléfono. Ese día, el niño andaba jugando en la cancha. En lo que yo salí y quise ir a buscarlo, (porque) la llamada era por WhatsApp, se cortó. Como el vecino me pasa Wi-Fi, la llamada se cortó, pero ya no me volvieron a llamar. Yo creo que era la mamá. Se dice que los dos están presos. Hasta donde medio yo he averiguado, lo poco que he podido averiguar, es que ellos se fueron huyendo. Pero después, dicen, que en una redada los agarraron. La mamá está en Ilopango y el papá está en Quezaltepeque.

—¿Usted nunca le ha preguntado nada al niño sobre sus papás?

Al principio no le quería preguntar nada, porque yo me imaginaba que en cualquier momento ellos iban a aparecer y el niño les iba a contar que yo pasaba de preguntarle por sus papás. Entonces, me vine acostumbrando solo a oír lo que el niño me decía.

—¿Qué le decía?

Que el papá tenía una pistola, que estaba en una gaveta y que era prohibido tocarla y que de repente la agarraba y se iba con eso. Que a él le daba miedo eso. Yo tampoco nunca pregunté a los vecinos por los papás. A mí me bastó con la llamada. No se puede. El mismo temor. Eso es bastante hermético aquí en este lugar. La gente no pregunta ni dice nada.

—¿Cómo ha sido el proceso de adaptarse a tener otro niño?

Bueno, ha sido… la cuesta un poco más inclinada.

—¿Qué piensa hacer con el niño a futuro?

Pues mi mamá lo que me ha dicho es que ella está orando y que afronte la situación y que en vez de verlo como una carga lo tome como una bendición; que ella, aunque quiera no me puede ayudar, pero va a intentar en lo que pueda. Solo le he contado a mi hermano y a mi mamá. Yo les digo que sí. Yo al niño lo quiero, pero en realidad lo que más quisiera es que sus verdaderos papás se lo llevaran. Porque, pues sí, es bien difícil todo esto.

***

Hasta la fecha, no existe en ningún radar, ni de Revista Factum, ni del Estado, pruebas que permitan determinar que la práctica de implantar niños en mujeres civiles sea una instrucción de las pandillas en general, o de la facción Revolucionaria del Barrio 18 en particular. Sin embargo, este medio ha logrado comprobar que este fenómeno existe en esta comunidad y en al menos dos más, una en San Salvador y la otra en Santa Ana. En la comunidad citada en este texto se logró identificar al menos 12 casos de la cuales se habló con seis niñeras.

Sentada en la oficina de su despacho, Griselda González, subdirectora del registro y Vigilancia del Consejo Nacional de la Niñez y Adolescencia (CONNA), la máxima autoridad para garantizar los derechos de los niños, acepta que no conoce de alguna denuncia de este tipo de casos, que el Estado desconoce este fenómeno.

Eso sí, ante la pregunta hipotética de qué harían si se encontraran con ellos, González contestó que una de las primeras medidas a tomar sería separar al menor de la niñera, por no contar con papeles para tenerlos. Aunque quizá las autoridades del CONNA no lo sepan, separar a los niños de las niñeras significaría, muy probablemente, la muerte para ellas.

* Periodista de la revista salvadoreña Factum, que editó el texto en diciembre de 2017. Se publica con la autorización de César Castro Fagoaga, jefe de redacción de ese medio (http://revistafactum.com).
 

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