Irán y Estados Unidos reclamaron como victoria el cese al fuego de dos semanas logrado con la mediación de Pakistán. Una actitud similar se vio cuando Teherán reivindicó el derribo de aviones estadounidenses y cuando Washington logró el rescate de un piloto que permaneció desaparecido por más de 24 horas en las montañas iraníes a finales de la semana pasada. Ambos lados se jactaron de esos triunfos y se mostraron victoriosos, a pesar de las vidas perdidas en medio de las hostilidades. Pero, más allá de ese discurso, la percepción de la gente muestra la desconfianza que hay alrededor del proceso. Si bien algunos celebraron, otros se mostraron más precavidos ante un acuerdo que parece no tener bases sólidas, teniendo en cuenta que Líbano sigue bajo el asedio israelí. Los ataques allí mataron al menos a 254 personas este miércoles.
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Sanam Vakil, directora del programa de Oriente Medio y Norte de África en Chatham House, un think tank con sede en Londres, escribió en una columna de opinión en The Guardian precisamente sobre eso: “Nadie ganó la guerra”. Ni Estados Unidos, aunque “Trump presentó el conflicto como una victoria militar y un paso hacia el cambio de régimen iraní”, ni Irán, cuyas “capacidades militares han sufrido daños considerables (...) y tendrá que lidiar con la ira de sus vecinos, lo que lo aislará dentro de la región”. Eso sí, lo que se ha hecho evidente es que la estructura de la República Islámica “permanece intacta, demostrando su capacidad para absorber impactos y consolidar su autoridad”.
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Una serie de cálculos políticos, que condujeron a pensar que se incurriría en costos mayores al no optar por frenar temporalmente la ofensiva, llevó al cese al fuego anunciado pocas horas antes de la hora límite dada por la Casa Blanca. Sin embargo, como dijo la columnista del diario británico, eso también “subraya la dificultad de convertir esta pausa en un acuerdo duradero”, y ese será el principal reto en las conversaciones del viernes en Islamabad, capital pakistaní: ¿Estados Unidos podrá ofrecer garantías creíbles contra nuevos ataques, Irán mostrará voluntad de un compromiso de cara a las discusiones alrededor de su programa nuclear y qué pasará con las sanciones que pesan sobre Teherán? Esos son interrogantes abiertos que están en la médula de las tensiones y alrededor de los cuales, hasta ahora, no se ha logrado pactar algo.
Las emociones fueron muchas al mismo tiempo: alivio, conmoción, shock. Iraj, residente de Teherán, le confesó a The New York Times el miércoles que se siente “como en el limbo. No sé cómo va a terminar, pero la guerra se dirigía hacia rumbos que me asustaban. Lo único que sé es que hoy me siento mejor que ayer”. Mohammad, en cambio, le dijo al medio estadounidense que le preocupa “que la situación económica y cultural de la sociedad empeore”. Otras personas aseguraron estar agotadas y ansiosas. Las agencias de noticias también registraron que manifestantes progubernamentales corearon “Muerte a Estados Unidos, muerte a Israel”. Se vio, además, la quema de banderas de ambos países, de quienes muchos dentro de la República Islámica dudan frente a la idea de ser considerados salvadores.
Hay quienes dentro de Irán también tienen temor frente a las repercusiones que pueda tomar el Gobierno para reafirmar su autoridad, sobre todo a la luz de las ejecuciones de personas arrestadas durante las protestas de enero. Es decir, es una doble agitación: una causada por los bombardeos de Israel y Estados Unidos y la otra por la represión interna del régimen. Un médico de 40 años lo expresó así ante el Times: “El alto al fuego se anunció de tal manera que la gente se sintió abandonada a su suerte, enfrentándose sola a un régimen represivo. La gente común está muy preocupada por el futuro y tiene menos esperanzas de cambio que antes de que comenzara la guerra”.
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En medio de ello, Teherán llega a las conversaciones previstas para el viernes golpeada, pero intacta: aún conserva una reserva de uranio y reclama el control parcial del estrecho de Ormuz, tras haber demostrado su capacidad para bloquearlo. Washington ha logrado mantener a Donald Trump como personaje principal en medio de las tensiones. Sus palabras del martes en la noche, de hecho, mostraron que aún tiene cierto control sobre los mercados a corto plazo. Sin embargo, Estados Unidos se aproxima más débil a las negociaciones, en comparación a cómo se mostraba antes del inicio de la guerra. Ahora, en cambio, carga con el peso de haber ofendido a sus aliados, como ha sucedido con la OTAN, ha opacado su imagen internacional y ha puesto en su contra la opinión pública.
Muestra de ello es que los llamados para la destitución de Trump alcanzaron un punto álgido el martes, luego de que él amenazó en una de sus publicaciones sobre Irán con que toda una civilización moriría. Legisladores demócratas han barajado abiertamente la posibilidad de un juicio político o incluso una destitución a través de la Enmienda 25. Una de las voces que se ha mostrado a favor de este último recurso ha sido la representante por Arizona, Yassamin Ansari, quien tiene origen iraní. Esa enmienda “existe por alguna razón; su gabinete debería aplicarla”, replicó el lunes: “El destino de las tropas estadounidenses, del pueblo iraní y los cimientos mismos de nuestro sistema global están en juego”. Para la tarde del martes, más de 50 demócratas de la cámara baja del Congreso pidieron la destitución del mandatario. Ahora bien, nada de eso sucederá sin el apoyo sustancial de los republicanos y estando ante un gabinete de personas leales a él.
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