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El camino a la Casa Blanca del candidato republicano John McCain estuvo plagado de obstáculos. No sólo tuvo que enfrentarse con la juventud y el carisma de Barack Obama, sino que también tuvo que lidiar duras batallas en su propia casa política. Con la amargura de la derrota fresca, varios republicanos han comenzado a contar cómo era el ambiente en el interior de su campaña.
Según reveló el periódico The New York Times, Sarah Palin y John McCain tenían una difícil relación. Desde el día de la nominación, los dos líderes se dieron cuenta que eran como el agua y el aceite. Los primeros roces, relata la prensa, comenzaron cuando Palin se gastó miles de dólares (150.000) en rediseñar su imagen y, de paso, el clóset de toda su familia. Los abogados de McCain, haciendo caso a las quejas del candidato, le pidieron cuentas a los asesores de la gobernadora de Alaska, reclamo que causó las primeras fisuras.
Pero el show debía continuar. En ese momento, las encuestas señalaban que Palin había sido una decisión acertada para los republicanos, que comenzaban a repuntar en las encuestas. Hasta que ella habló. Sus polémicas declaraciones sobre política internacional o los errores sobre las atribuciones como posible vicepresidenta dañaron la imagen de la campaña de McCain.
A pesar de eso, el candidato presidencial seguía defendiéndola. “Es la mejor decisión que he podido tomar. Sarah tiene todo lo que yo necesito”, insistía. Según asesores del Partido, estas palabras no eran sinceras pues el enfrentamiento era grave.
El diario neoyorquino señala que el final de la campaña fue así. Tanto que McCain decidió que no aparecería con su vicepresidenta sino cuando fuera “estrictamente necesario”.
El momento más trágico se presentó unos días antes de las elecciones. Palin fue víctima de una “pega” telefónica en la que un supuesto Nicolás Sarkozy, presidente de Francia, la llamaba. La gobernador habló con el presunto mandatario sobre su hipotética candidatura a la Presidencia. Palin dijo al aire que se veía como presidenta en “ocho años”.
En las huestes republicanas, que siempre estuvieron divididas por cuenta de la candidata vicepresidencial, la confesión cayó como un balde de agua fría. Pero más para McCain. Ese día, varios dirigentes del partido se dieron cuenta que la batalla por la Presidencia estaba perdida. Palin ya era vista como un lastre para los republicanos y sus declaraciones acababan de hundir la última oportunidad del senador de convertirse en presidente.
Portavoces anónimos de ambos políticos reconocieron al New York Times que a partir de entonces apenas hubo relación entre ellos. Ese distanciamiento se pudo comprobar en el momento cuando McCain reconoció su derrota en las elecciones. Durante su discurso, el senador apenas miró a la gobernadora.