Irán volvió a salir a las calles a finales de diciembre, aun sabiendo el alto precio que se paga con ello. Desde el inicio de las protestas, entre 600 y 2.000 personas han muerto y al menos 10.000 han sido arrestadas, según recuentos de organizaciones de derechos humanos. Las cifras podrían ser mucho mayores debido al apagón informativo impuesto por el Estado.
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La respuesta del régimen al levantamiento ha sido inmediata y brutal, como lo ha sido en los levantamientos de los últimos 15 años: balas, detenciones masivas, ejecuciones sumarias y cortes de internet para aislar al país del mundo. Sin embargo, el apagón digital no ha logrado silenciar del todo la revuelta. Los videos fragmentados, testimonios y consignas siguen filtrándose, dibujando una escena de rabia, cansancio y ruptura.
Pero esta vez, en ese proceso de confrontación abierta, Irán parece haber encontrado algo con claridad: lo que ya no quiere ser. Las protestas no solo apuntan contra un gobierno, sino contra la idea misma de la República Islámica como proyecto político legítimo. La consigna no es reformar el sistema, sino dejarlo atrás.
Si bien el detonante inmediato del descontento fue económico, el trasfondo es político y acumulativo. El 28 de diciembre, comerciantes del Gran Bazar de Teherán, uno de los termómetros históricos del poder en Irán, se negaron a abrir sus tiendas en protesta por la inflación descontrolada, la caída del rial y la imposibilidad de seguir operando. Esto marcó una ruptura.
“Cuando el bazar se declara en huelga, señala tanto desesperación económica como descontento político”, escribió la académica Narges Bajoghli en la revista “Time”.
La economía iraní atraviesa una tormenta perfecta. La moneda perdió cerca del 90 % de su valor frente al dólar en el último año, la inflación volvió inalcanzables los bienes básicos y los ingresos petroleros, columna vertebral del Estado, siguen asfixiados por las sanciones. A eso se sumó el impacto psicológico y material de los ataques militares de Estados Unidos e Israel durante el verano pasado, que aceleraron la fuga de capitales y hundieron cualquier expectativa de recuperación.
“El miedo a una nueva escalada bélica terminó de destruir la confianza”, explicó Bajoghli.
Pero reducir las protestas a un estallido económico sería un error. El malestar es más profundo y más antiguo. Irán vive una crisis de legitimidad. Según encuestas del grupo independiente GAMAAN, citadas por “The Conversation”, entre el 70 y 80 % de los iraníes dicen que no votarían por la República Islámica bajo ninguna circunstancia. No se trata de una demanda de reformas, sino de un rechazo frontal al sistema. Ese consenso negativo atraviesa todas las provincias, edades y géneros.
“La mayoría de los iraníes no quieren la teocracia surgida en 1979, quieren una democracia secular”, escribieron los profesores Ammar Maleki y Pooyan Tamimi Arab en The Conversation.
Esa brecha entre sociedad y Estado se volvió aún más visible después del levantamiento Mujer, Vida, Libertad de 2022, surgido tras el asesinato de la joven Masha Amini, cuando el régimen hizo una concesión tácita, pero histórica: dejar de aplicar de forma sistemática la obligatoriedad del velo.
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¿Qué cambia esta vez y qué no?
A diferencia de los ciclos anteriores, las protestas actuales combinan tres debilidades simultáneas del régimen: económica, cultural y militar. Culturalmente, el Estado perdió capacidad de imponer normas morales básicas. Económicamente, no logra ofrecer una salida creíble al colapso del nivel de vida. Y, militarmente, llega golpeado tras la llamada “guerra de los 12 días” con Israel, en la que murieron altos mandos y se expusieron fisuras internas.
Y a diferencia de los otros levantamientos, el contexto internacional cumple hoy un papel silencioso, pero clave. Irán llega a este estallido con menos margen geopolítico que antes. Sus aliados estratégicos, como China y Rusia, están absorbidos por sus propias crisis y muestran poco apetito por involucrarse activamente en la estabilidad interna del régimen iraní.
Rusia, atascada en una guerra prolongada en Ucrania, necesita a Irán más como proveedor táctico que como socio político al que deba rescatar. China, por su parte, ha priorizado la estabilidad comercial y energética, pero evita cualquier gesto que implique asumir costos directos por la supervivencia de la República Islámica. El resultado es un régimen más aislado de lo habitual, sin un paraguas externo dispuesto a intervenir si la situación se deteriora.
Esta soledad relativa contribuye a la sensación de debilidad que perciben los manifestantes, pero nada de esto implica, sin embargo, un colapso inminente. Como advierte Saeid Golkar, profesor de la Universidad de Tennessee, en Al Jazeera, “las protestas por sí solas no hacen una revolución”. El aparato represivo sigue intacto y, hasta ahora, no hay señales claras de deserciones significativas en las fuerzas de seguridad.
“Las protestas, incluso cuando son masivas y sostenidas, no derriban regímenes por sí solas”, escribe Saeid Golkar. Lo decisivo no es la calle, sino la fractura en la cúspide del poder. Y esa fractura, por ahora, no se ha producido.
El aparato coercitivo iraní sigue cohesionado, ideológicamente comprometido y profundamente entrelazado con el sistema económico. La Guardia Revolucionaria no es solo una fuerza militar, sino que es un actor político y empresarial cuya supervivencia depende directamente de la continuidad del régimen. A diferencia de 1979, no hay señales de deserciones significativas ni de parálisis en la cadena de mando. La represión, aunque costosa, sigue siendo funcional.
En ese contexto, la participación de EE. UU. puede marcar la inflexión. En Washington, el presidente Donald Trump ha vuelto a insinuar que “todas las opciones están sobre la mesa” frente a la represión en Irán, incluida la acción militar. Para muchos manifestantes, esas declaraciones suenan a respaldo. No obstante, para otros, despiertan un temor histórico mucho más profundo que podría resultar mal.
“El uso de la fuerza militar en Irán podría producir exactamente el efecto contrario al buscado”, advierte Bamo Nouri en The Conversation. Un ataque estadounidense, dice el experto, lejos de debilitar al régimen, le entregaría a la élite iraní el relato que necesita: una lucha existencial por la supervivencia nacional.
“Permitiría al Estado reescribir un movimiento cívico y descentralizado como una amenaza de seguridad respaldada desde el extranjero, legitimando una represión mucho más dura”, afirma Nouri.
Ese riesgo no es abstracto. La memoria política iraní sigue marcada por el golpe de Estado de 1953, cuando una operación respaldada por la CIA derrocó al primer ministro, Mohammad Mosaddeq, y reinstaló al sha. Aquella intervención no abrió un camino democrático, sino dos décadas de autoritarismo alineado con Occidente.
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¿Qué hacer ahora? El dilema iraní
Si bien las encuestas de GAMAAN muestran que el deseo de democracia es abrumador, también revelan una tensión incómoda: una parte significativa de la sociedad prioriza el orden sobre el pluralismo. El nacionalismo y las demandas de un “líder fuerte” conviven con las aspiraciones de libertad política de una parte de los manifestantes que no quieren seguir por la línea del personalismo.
Así, ese coctel hace posible un cambio, pero no garantiza su dirección. Sin un acuerdo mínimo sobre reglas que quedarán por parte de los manifestantes, la inclusión y los límites al poder, la caída de la República Islámica podría derivar en una transformación incompleta o en una nueva forma de autoritarismo. Así, quedan dos escenarios posibles.
Uno es el de una transición bloqueada. La protesta continúa de forma intermitente, el desgaste económico se profundiza y la legitimidad del sistema sigue erosionándose, pero sin una ruptura decisiva. En ese contexto, el país podría entrar en una prolongada fase de inestabilidad contenida: ni revolución ni normalización.
Otro es el de una ruptura acelerada desde arriba, provocada no por la calle, sino por una crisis sucesoria o una fractura en la élite. Como advierte Al Jazeera, solo un shock directo al liderazgo central podría alterar el equilibrio actual. Pero incluso en ese caso, el resultado no estaría predeterminado y no se sabría hacia dónde se va. En ese contexto, Sanam Vakil, directora del Programa de Oriente Medio y Norte de África en Chatham House, introduce un tercer escenario: la mutación del régimen.
“No estamos ante el colapso del sistema, sino ante su transformación forzada”, señaló.
En su análisis, el régimen podría sobrevivir con una fórmula que ha usado en el pasado: cediendo selectivamente en ámbitos culturales y sociales para preservar el núcleo del poder político y militar. Habría menos ideología en la vida cotidiana, pero más control en la seguridad. No sería una apertura democrática, sino una recalibración represiva.
El mundo observa a Irán. La pregunta no es solo si el régimen puede resistir, sino si la sociedad iraní logrará transformar el rechazo en un proyecto común antes de que otros decidan por ella.
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