Imaginar a todos los países latinoamericanos regidos por un orden republicano respetuoso de la libertad y la democracia parece utópico, pero no debería serlo. Es precisamente la forma de gobierno que eligieron los latinoamericanos hace doscientos años, tras independizarse de España y Portugal. (Lea otra entrega de Pensadores globales 2026, sobre el futuro de Oriente Medio).
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Los padres fundadores del continente (entre ellos Andrés Bello, Simón Bolívar, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento y José María Luis Mora) se inspiraron en los de Estados Unidos. John Adams y Thomas Jefferson todavía vivían cuando los latinoamericanos consiguieron la independencia de España, y las primeras constituciones de la región reconocieron los elementos esenciales de cualquier república: separación de poderes, Estado de Derecho, libertades civiles, prensa libre y elecciones periódicas.
Aunque algunas de estas repúblicas fueron más duraderas y exitosas que otras (las de Chile, Uruguay, Colombia, Costa Rica y por largos períodos Argentina), al final todas resultaron inestables y frágiles. Hubo muchas rupturas, no tanto porque se abandonaran los ideales fundacionales, sino porque prevalecieron otras tres influencias nefastas.
El primer factor fue el ansia de poder personal de los líderes políticos. Las guerras de independencia dejaron a América Latina con varios caudillos que ejercían a un mismo tiempo poder político y militar. Luego llegó una serie de dictadores con todas las letras (Juan Manuel de Rosas, José Antonio Páez, José Gaspar Rodríguez de Francia y Gabriel García Moreno) seguida de una sucesión de césares (Porfirio Díaz y Juan Vicente Gómez) a fines del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX. De estos gobernantes unos pocos fueron ilustrados, pero la mayoría fueron tiránicos. Por último, en el siglo XX, el militarismo se consolidó en toda la región, y el régimen de Juan Perón en Argentina empleó métodos de control fascistas.
El segundo factor fue la violencia social y política. Aunque entre los países latinoamericanos no hubo muchas guerras, los golpes de Estado, las insurrecciones, las revueltas, las rebeliones y las revoluciones estaban a la orden del día. Pero en vez de renunciar al constitucionalismo, muchos de los vencedores procuraron continuar el legado republicano, al menos en sentido formal (como en el caso de la Revolución Mexicana de 1910).
Todo cambió con la Revolución Cubana (1959). El régimen de Fidel Castro inauguró la primera dictadura total y descarada del continente, donde inspiró una ola de movimientos guerrilleros de izquierda y comunistas que más allá de sus diferencias, compartían la oposición a la democracia. (Lea más análisis de Pensadores Globales 2026).
Tal vez el daño causado a la política de la región no habría sido tan profundo si no fuera por un tercer factor externo: el imperialismo estadounidense. Los agravios históricos que sufrió América Latina de Estados Unidos son casi interminables. Por ejemplo, en la Guerra de México (1846‑48), Estados Unidos capturó y finalmente se anexó lo que hoy conocemos como California, Nevada, Utah, Nuevo México, la mayor parte de Arizona y Colorado y partes de Oklahoma, Kansas y Wyoming. En 1973, se produjo el derrocamiento del presidente de Chile, Salvador Allende, y su sustitución por la dictadura militar del general Augusto Pinochet, con respaldo de Estados Unidos. Una lista exhaustiva de las fechorías de Estados Unidos debería incluir a casi todos los países de la región.
La diplomacia estadounidense (ciega a sus propios intereses a largo plazo, atenta sólo a los beneficios comerciales y a un concepto de seguridad «America First», y a menudo ignorante, desdeñosa y racista) nunca tuvo en cuenta (y en algunos casos traicionó abiertamente) las tradiciones liberales de la región y a sus exponentes. En vez de eso, Estados Unidos prefirió apoyar a dictadores. Como al parecer dijo el presidente Franklin D. Roosevelt del déspota nicaragüense Anastasio Somoza: «Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».
En este contexto, es casi milagroso que muchas administraciones liberales de la región hayan tenido alguna capacidad de perdurar. Pero los valores liberales se mantuvieron firmes. Frente a los dictadores del siglo XIX, la prensa se alzó siempre con caricaturas feroces, versos satíricos, artículos incendiarios y prosistas de talento.
Muchos sufrieron cárcel y ostracismo, otros la muerte. En el siglo XX, la libertad de expresión tuvo grandes exponentes intelectuales en figuras como Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. Algunos periódicos latinoamericanos han funcionado hasta siglo y medio sin interrupciones, convirtiéndose así en monumentos vivos a la libertad de pensamiento y a la libertad misma.
Brotes verdes
A partir de los ochenta, y sobre todo tras la caída del Muro de Berlín, pareció producirse en América Latina un milagro: casi todos los países hicieron una transición pacífica de regreso a las raíces republicanas democráticas, mientras en todo el Cono Sur los militares volvían a sus cuarteles.
Argentina juzgó a los generales asesinos; en Chile, Pinochet dejó el poder no como resultado de un golpe de Estado, sino de un plebiscito. Nicaragua se apartó del camino revolucionario de los comandantes sandinistas y eligió presidenta a Violeta Chamorro, viuda del hombre que había liderado la lucha por la libertad contra la dictadura de Somoza. El Salvador tuvo conferencias de paz. Incluso el Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México, fuerza dominante de la política del país durante tres cuartos de siglo y al que Vargas Llosa llamó «la dictadura perfecta», dio paso a un régimen democrático en 2000. Sólo Cuba permaneció esclavizada.
Esta ola democrática parecía un nuevo amanecer, pero fue un espejismo. En poco tiempo, los dos primeros factores mencionados antes (megalomanía y conflicto social) se fundieron en la figura de un líder populista con una provisión abundante de petróleo. El pueblo venezolano entregó el poder a un caudillo, Hugo Chávez, un coronel del ejército que al principio tomó su inspiración del Che Guevara, pero luego optó por seguir al padre espiritual del Che (Castro) en la construcción de un «socialismo del siglo XXI». En la práctica, esto implicó utilizar el dinero del petróleo venezolano para subsidiar la maltrecha economía cubana. Y el sucesor ungido de Chávez, Nicolás Maduro, es un déspota violento bajo cuyo gobierno se produjo la mayor implosión económica de la historia latinoamericana.
En tanto, una nueva ola populista se abatió sobre Ecuador, Bolivia, Perú, Colombia y México. Pero parece que la corriente está cambiando de sentido otra vez. Primero en Perú y Ecuador, y ahora en Bolivia, la gente comienza a tomar conciencia de las mentiras y fechorías de sus gobernantes populistas. Hay que destacar que en aquellos países que se libraron de tener regímenes populistas, no implica lo anterior una derrota de la izquierda. Allí todavía prevalece el Estado de Derecho, con firme apoyo de una izquierda comprometida con la democracia. Es lo que sucede no sólo en Brasil sino, aún más, en Chile y Uruguay.
Este evidente retroceso del populismo refleja una creciente conciencia del sufrimiento infligido por los regímenes cubano y venezolano, que han quedado desacreditados para siempre. A pesar de la presencia de agentes de inteligencia cubanos en todo el continente (y de su dominio en Venezuela), hoy la reconquista de la libertad es más factible que nunca.
Pero para que la libertad en las Américas sea una realidad, Venezuela debe restaurar la democracia, con la asunción de su legítimo presidente Edmundo González. Sería la reivindicación de la líder opositora María Corina Machado como la arquitecta de una extraordinaria gesta de liberación. Felizmente, es posible que la autocracia criminal que hoy gobierna Venezuela (donde el narcotráfico ha tomado el poder) pronto deba irse como resultado de una presión extraordinaria desde dentro y fuera del país.
La sociedad venezolana es rica en petróleo, pero mucho más rica en coraje y resiliencia. Tras años de represión, su pueblo sigue decidido a librarse de los delincuentes que hoy gobiernan. Con la caída de Maduro, millones de venezolanos volverán a su país para reconstruirlo y se reunirán las familias.
El pueblo de Venezuela ha aprendido la lección. Ahora conoce el significado verdadero y el precio de la libertad, porque experimentó la realidad de su pérdida. Además, su ejemplo impulsaría cambios similares en Nicaragua y Cuba e impediría a los gobiernos populistas que quedan en América Latina (desde Colombia y México hasta El Salvador) debilitar el Estado de Derecho, violar las libertades civiles y atentar contra la celebración de elecciones libres.
Una declaración de independencia
Por supuesto, los muchos agravios causados a América Latina por Estados Unidos complicarán los intentos de restaurar la democracia. Agravios a los que el presidente Donald Trump suma sus tácticas intimidatorias, sus amenazas de readueñarse del Canal de Panamá y su disposición al despliegue unilateral de las fuerzas armadas estadounidenses contra presuntos miembros de cárteles en la región. Peor aún, a Trump no le interesa la democracia. Por el contrario, está tratando de desmantelar las instituciones democráticas y el Estado de Derecho en Brasil como venganza por el procesamiento y condena de su gemelo ideológico, el expresidente Jair Bolsonaro, que urdió un golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022.
Pero los autócratas siempre atienden al propio juego. La simbiosis del régimen de Maduro con el narcotráfico llevó a la administración Trump a aumentarle la presión, lo que tal vez colabore con la liberación del pueblo venezolano. El objetivo debería ser el final pacífico del régimen y una transición ordenada (sin venganzas ni rencores) hacia un sistema político y económico que todo el hemisferio pueda apoyar.
Cuesta imaginar a los estadounidenses bajo Trump hallando puntos de coincidencia para celebrar juntos el próximo año el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Pero el retorno de la democracia en América Latina puede inspirarnos a todos para defender los ideales compartidos de los padres fundadores en todo el continente americano.
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