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20 Apr 2022 - 3:13 p. m.

Torre de Tokio: emblema primaveral

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Gonzalo Robledo * @RobledoenJapon / Especial para El Espectador, Tokio

Cerezos en el parque de Yoyogi en Tokio donde este año está prohibido el acceso para evitar reuniones masivas por el Covid.
Cerezos en el parque de Yoyogi en Tokio donde este año está prohibido el acceso para evitar reuniones masivas por el Covid.
Foto: Foto de Gonzalo Robledo

Mientras países como México y Argentina eligieron con decretos a la dalia y al ceibo como sus respectivas flores nacionales, Japón, la patria de la ambivalencia, tiene sembrado su corazón en partes iguales de crisantemos y cerezos. Sin haber sido confirmado oficialmente como la flor nacional, el crisantemo de dieciséis pétalos, que simboliza el trono imperial, adorna el pasaporte japonés y las puertas de algunos templos sintoístas. (Recomendamos: Lea aquí más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

Mencionar que los primeros crisantemos fueron traídos a Japón desde China, irrita a los ultra-nacionalistas japoneses, promotores de esta flor como emblema nacional por excelencia para exhortar a hacer sacrificios por la patria, sobre todo en tiempos de guerra.

Una narrativa más lúdica gobierna la flor del cerezo. Su llegada primaveral llena de regocijo el país y todos salen a admirar parques y avenidas enteras cubiertas en una gama que va desde el elegante rosa pálido hasta los chillones chicle de fresa o fucsia eléctrico.

Debido a su breve duración, de menos de tres semanas, la flor del cerezo simboliza además lo efímero de la vida. Desde finales de marzo a comienzos de abril, es posible confirmar que el fugaz paso de las flores del cerezo por el archipiélago refuerza el gran ahínco que ponen sus habitantes en la medición de las cosas.

La semana pasada, al bajar del tren en Kioto, encontré una señora ensimismada frente a un diagrama en colores rosa subtitulado “Guía para los cerezos en flor”. El cartel enumeraba los diferentes templos de Kioto donde se cultivan cerezos e indicaba las fechas exactas cuando estarían “en capullo”, “empezando a florecer”, “cerca de su mejor momento” y “en su mejor momento”.

Para los melancólicos, que son legión en este país donde gran parte de las declaraciones de amor se hacen por telepatía y sin pedir acuse de recibo, había una casilla para cuando los pétalos de los cerezos “se empiezan a caer”, y otra para cuando “ya pasó lo mejor”.

Cuando no hay pandemia, los arboles de cerezo son el lugar ideal para los picnics familiares o románticos. Al anochecer, las empresas celebran reuniones corporativas que, con bandejas de sushi y unas botellas de sake, sirven para lubricar las relaciones laborales.

Las concentraciones masivas que produce el florecimiento le dota de sentido a la precisión japonesa para planificar un ritual que es sobre todo estético y que figura en “Los cuentos de Genji”, el libro japonés del siglo XI que se disputa el título de la primera novela de la historia con “Don Quijote de la Mancha”.

Lo inocente y delicada flor es un símbolo de la esencia del país y, para infortunio de los ultra-nacionalistas, deja relegado al grave y dentado crisantemo.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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