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7 Aug 2022 - 2:00 a. m.

Torre de Tokio: recordar Hiroshima

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio

Parque de la Paz, en Hiroshima, donde algunos edificios quedaron en pie tras la explosión atómica del 6 de agosto de 1945.
Parque de la Paz, en Hiroshima, donde algunos edificios quedaron en pie tras la explosión atómica del 6 de agosto de 1945.
Foto: Foto de Gonzalo Robledo

Nadie en mi entorno conoce tan bien, ni ha leído de forma tan exhaustiva los textos escritos en español sobre los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, como la profesora mexicana Silvia Lidia González, quien enseña Comunicación y Lengua en la Universidad de Estudios Internacionales de Kanda, en Chiba, cerca de Tokio. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

En una conversación para recordar las tristes efemérides del 6 y el 9 de agosto, la profesora Silvia nombra poetas como el chileno Pablo Neruda o Ernesto Cardenal de Nicaragua. Cita a periodistas como Gabriel García Márquez y Antonio Arráiz, y a músicos como Atahualpa Yupanqui y al grupo español de heavy metal Barón Rojo.

Todos debieron sentir la llamada de su corazón, de su musa, o de su conciencia, y dejaron testimonios potentes de aquella mañana aciaga cuando el significante “armas de destrucción masiva” encontró su mejor significado.

Neruda anuncia el horror con los delicados e inquietantes versos iniciales de su Oda al átomo: “Pequeñísima/ estrella, / parecías/ para siempre/ enterrada/ en el metal: oculto, / tu diabólico/ fuego”.

Ernesto Cardenal recurre a la ironía y dibuja un mapa aterrador. “... vi sobre Nueva York un hongo y sobre Moscú un hongo/ y sobre Londres un hongo/ y sobre Pekín un hongo/ (y la suerte de Hiroshima fue envidiada)”.

García Márquez habla de “… un tremendo huracán que condujo por el aire enormes troncos de árboles calcinados, ruedas de vehículos, animales muertos y toda clase de escombros”, después de su encuentro en Bogotá en 1955 con un testigo de excepción: el jesuita Pedro Arrupe, uno de los pocos hispanohablantes presentes en Hiroshima en el momento de la explosión.

La profesora Silvia, que ha compaginado una vasta carrera docente con el periodismo, destaca el texto de Antonio Arráiz, venezolano director del diario El Nacional de Caracas que fusiona unos austeros cables de agencia con escenas de la novela Madame Crisantemo de Pierre Loti: “... muere el amante cuando daba el beso; muere el niño inocente que jugaba; muere la madre dando a luz; muere la criatura aún no nacida en sus entrañas; muere la anciana que oraba…”.

Atahualpa Yupanqui, que era capaz de sacarle notas de koto a su guitarra, aprovecha la patria de su instrumento para una rima: “Así te canta mi guitarra argentina. Así te digo adiós y en ti me quedo. ¡Hiroshima!”.

Como es de esperar, el reclamo más enfático lo hace Barón Rojo, el grupo español cuyas letras duras urgen a la denuncia o, cuando menos, a dejar las cosas claras: “Desde aquel día ya nada fue igual, Hiroshima/ ¿Quién apretó el botón?/ ¿Quién oscureció el sol?/ ¿Quién echó la maldición?/ ¿Quién inventó ese horror?/ Hongo asesino, flor de maldad/ Deja tranquila la humanidad”.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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