La captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses, tras una incursión militar sin precedentes en Caracas y zonas estratégicas del país, abrió una nueva fase de incertidumbre para Venezuela y provocó un remezón diplomático a escala global. Lejos de cerrar la crisis venezolana, la intervención estadounidense trasladó por completo el conflicto a un plano regional y global, donde China, Rusia y los gobiernos latinoamericanos evalúan ahora los costos y riesgos de este nuevo precedente.
Las reacciones internacionales no se hicieron esperar. El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva calificó el ataque como “una grave afrenta a la soberanía de Venezuela y un precedente extremadamente peligroso para toda la comunidad internacional”. En una línea similar, el secretario general de la ONU, António Guterres, expresó su “profunda preocupación por las implicaciones potencialmente alarmantes para la región”, subrayando el riesgo de una escalada mayor.
Desde Washington, el presidente Donald Trump defendió la operación como una acción necesaria contra lo que describió como una “campaña de narcoterrorismo” liderada por Maduro, y dejó claro que Estados Unidos no solo capturó al mandatario, sino que asumirá un rol directo en la administración del país, incluyendo el sector petrolero. Esa afirmación encendió las críticas sobre una posible ocupación de facto y reavivó comparaciones con intervenciones pasadas en Panamá, Irak o Libia. ¿Qué puede significar para el mundo?
China: derrota estratégica y oportunidad diplomática
Para China, la caída de Maduro supone un golpe tangible a una de sus alianzas más importantes en América Latina. Pekín había construido con Caracas una “asociación estratégica para todo clima”, basada en petróleo a cambio de financiamiento. Desde 2007, China ha prestado más de 60.000 millones de dólares a Venezuela, convirtiéndola en su mayor deudor en la región.
Paul Heer, analista de Global Affairs, señala que el ataque estadounidense “le da a Pekín una oportunidad para presentarse como un actor internacional más responsable que Estados Unidos”, luego de que el gobierno chino condenara el operativo como un “uso flagrante de la fuerza contra un Estado soberano y una grave violación del derecho internacional”.
Incapaz de proteger a Maduro, China pierde influencia directa en Caracas, pero gana munición narrativa para reforzar su discurso contra el unilateralismo estadounidense ante el llamado “Sur Global”.
Rusia: revés en el hemisferio y ventaja retórica
Rusia también sale debilitada en términos estratégicos. Moscú había formalizado su alineación con Venezuela mediante un tratado de asociación firmado en 2025, con cooperación en defensa, energía y evasión de sanciones. Esa inversión política quedó expuesta cuando Estados Unidos actuó sin que el Kremlin pudiera responder.
Sin embargo, como advierte el analista Alexander Cooley, de Global Affairs, la operación refuerza el argumento ruso de que el llamado “orden basado en reglas” es selectivo y funcional a los intereses de Washington. Según Cooley, este precedente puede incluso empujar a Rusia y China a “considerar con mayor urgencia sus propias ambiciones territoriales”, en un mundo donde las restricciones legales parecen cada vez más frágiles. Es decir, podrían tomar pasos más puntuales frente a Ucrania y Taiwán, respectivamente, en lugar de quejarse por las acciones de EE. UU.
“La reacción internacional a la Operación Causa Justa incluyó una resolución de condena del Consejo de Seguridad de la ONU, presentada por la Unión Soviética, con el apoyo de China y vetada por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Será muy interesante ver qué sucede esta vez. Si Rusia y China guardan silencio, será un gran paso hacia el surgimiento de un mundo con equilibrio de poder. Ucrania y Taiwán deberían estar muy preocupados”, escribió Ryan Crocker fue un funcionario de carrera del servicio exterior que se desempeñó como embajador en Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Kuwait y Líbano, en Politico.
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América Latina: soberanía bajo presión y realineamientos silenciosos
Daniel W. Drezner, de Global Affairs, sostiene que la administración Trump podría usar el caso Maduro como advertencia a “aliados recalcitrantes y adversarios débiles”, lo que podría inducir mayor obediencia, pero también el efecto contrario: que países de la región busquen protección diversificando sus alianzas con otras potencias.
Quien más sufre el impacto de lo sucedido es Cuba. Para el analista Stephen Kinzer, la intervención estadounidense no puede entenderse sin observar el papel del petróleo venezolano como sostén clave del sistema cubano. Sin ese suministro, advierte, el régimen de La Habana quedaría severamente debilitado.
El secretario de Estado, Marco Rubio, tiene un objetivo más inmediato: cortar la principal línea de vida económica de Cuba. Desde esa lógica, Venezuela no es solo un fin en sí mismo, sino un medio para forzar el colapso del sistema político cubano tras más de seis décadas de supervivencia. Por esta razón, del futuro de Venezuela también depende el futuro de lo que ocurra con La Habana.
Desde el Atlantic Council, Alexander B. Gray interpreta la operación como la puesta en marcha de la derivación de Trump sobre la Doctrina Monroe, cuyo objetivo es reafirmar la primacía estadounidense en el hemisferio y excluir a actores extrahemisféricos como China y Rusia. Para otros analistas, esa estrategia corre el riesgo de alimentar desconfianza y acelerar un realineamiento silencioso en la región.
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Irán y Medio Oriente: un sacudón desde el punto de vista militar
Más allá de América Latina, la operación de Estados Unidos en Venezuela fue observada con atención en Medio Oriente, especialmente en Irán. Desde un punto de vista militar, el mensaje es inquietante para Teherán: Washington parece cada vez más confiado en su capacidad para operar con éxito contra arquitecturas de defensa aérea de origen ruso sin necesidad de desplegar largas y visibles campañas de supresión (SEAD).
El sistema venezolano, basado en S-300VM, Buk-M2 y defensas de corto alcance como Pantsir-S1, apoyadas por radares rusos y chinos, es notablemente similar al que Irán ha construido alrededor de sus instalaciones estratégicas.
Según reportes disponibles, la operación estadounidense en Venezuela evitó una confrontación directa con esas defensas mediante el uso de efectos a distancia, inteligencia y vigilancia persistentes (ISR), guerra electrónica y una ejecución acelerada. En escenarios así, sistemas como Buk o Pantsir pueden no alcanzar siquiera a generar una solución de disparo, mientras que activos de alto valor como los S-300 se vuelven difíciles de emplear sin blancos sostenidos, atribución clara y autorización política inmediata.
El problema, para Irán, no es solo la capacidad técnica de sus defensas, sino si estas pueden influir realmente en operaciones breves, comprimidas y cuidadosamente secuenciadas. Lo de Venezuela sugiere que la dependencia de estas plataformas no garantiza una disuasión frente a Estados Unidos.
“Los recientes ataques estadounidenses en Nigeria envían una señal de refuerzo. Allí, Estados Unidos actuó sin previo aviso ni escalada gradual, utilizando ataques aéreos remotos con el apoyo del gobierno nigeriano. Estas operaciones ponen de relieve una menor tolerancia a las dinámicas de escalada prolongadas y una preferencia por el uso de la fuerza de corta duración y orientado a los resultados”, señaló por su parte Kirsten Fontenrose, investigadora sénior no residente de la Iniciativa de Seguridad Scowcroft para Oriente Medio, en el marco de los Programas para Oriente Medio del Atlantic Council.
Más allá del destino inmediato de Venezuela, la captura de Maduro marca un punto de inflexión. No solo redefine el futuro político del país, sino que plantea una pregunta incómoda para el sistema internacional: hasta qué punto la fuerza ha vuelto a imponerse sobre las reglas, y quién será el próximo en medir el costo de ese cambio.
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