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El “plan B” de Trump para Venezuela: operadores de terreno sobre líderes políticos

Si el plan actual con Delcy Rodríguez falla, la Casa Blanca optaría por activar una “operocracia”: técnicos que no buscan democracia, sino gerenciar el caos y el petróleo en el país.

Camilo Gómez Forero

28 de enero de 2026 - 08:42 p. m.
El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, habla ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado sobre la situación en Venezuela.
Foto: EFE - SHAWN THEW
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Han pasado 25 días desde que Nicolás Maduro fue capturado y extraído de Venezuela por Estados Unidos y, por ahora, Caracas es gobernada bajo una frágil “paz tensa”. Delcy Rodríguez administra bajo la sombra de Washington con un ultimátum: si no hace lo que la Casa Blanca quiere, seguirá el mismo destino que Maduro.

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“No se equivoquen: como ha afirmado el presidente (Donald Trump), estamos preparados para usar la fuerza para asegurar la máxima cooperación si otros métodos fallan”, indicó el miércoles el secretario de Estado, Marco Rubio, en una comparecencia ante el Senado.

Por ahora, ese ha sido el “plan A”: la coacción. La élite chavista ahora ve sus capitales congelados y sus cuentas suspendidas, lo que los obliga a cooperar para sobrevivir bajo la amenaza de más acciones militares.

Pese a esa lógica, Rubio aseguró que Washington ha pasado de la fase militar a una fase de ingeniería política, donde el petróleo es el lubricante. Con esta se espera que algún día (no hay plazos definidos) se celebren elecciones libres.

Hasta ahora, el plan ha funcionado. La estabilidad forzada con Rodríguez para no desmantelar el Estado de golpe ha hecho que la economía venezolana vuelva a fluir, y eso le funciona a EE. UU. Pero, ¿qué pasa si Delcy cae, ya sea por un golpe interno de Diosdado Cabello o por un colapso social?

Según el periodista David Alandete, la Casa Blanca ya tiene un “plan B”: instalar una tecnocracia en la que María Corina Machado sería una pieza clave. ¿Cómo funcionaría esto?

Desmontando el discurso de Rubio: los casos de Paraguay y España

La teoría de Alandete parece estar respaldada por lo que dijo Rubio en su comparecencia ante el Senado el miércoles, quien intentó elevar de nuevo la figura de Machado al reunirse personalmente con ella.

En su descripción de la situación, Rubio mencionó las transiciones en España y Paraguay como modelos precedentes que indican que una tarea de esta magnitud lleva tiempo. Es decir, Machado, actual “figura decorativa”, tendría su momento más adelante bajo la lógica que han seguido otras transiciones.

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La cuestión es que ninguno de esos casos puede tomarse como referente para Venezuela.

España transitó a la democracia luego de la muerte del dictador Francisco Franco gracias a que figuras de la misma dictadura, como Adolfo Suárez, usaron leyes vigentes para desmontar el sistema. Rubio puede ver en Rodríguez una suerte de Suárez, y Machado está siendo posicionada como la figura de legitimidad, similar al rol que jugó la Corona en España para validar el proceso.

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Sin embargo, Venezuela no tiene instituciones como las tenía España, sino facciones. Si la intención es que Rodríguez ayude a limpiar y desmontar el sistema para que luego lo tome Machado, ella se enfrenta con las facciones del chavismo en el poder (como la de Cabello) que no quieren un cambio.

España también optó por una Ley de Amnistía que “pasó la página” sobre los crímenes cometidos. Esto impide una transición al estilo español porque los cuadros medios del chavismo, temiendo terminar en una prisión de Nueva York como Maduro, tienen todos los incentivos para resistir o sabotear el proceso. La bandera de Machado también ha sido la justicia y cero impunidad, por lo que la oposición no quiere un resultado como el ejemplo español.

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La transición en Paraguay, por otro lado, inició con el derrocamiento de Alfredo Stroessner por su propio consuegro y número dos, el general Andrés Rodríguez. En la lógica de Rubio, un miembro del círculo íntimo del dictador (Delcy en este caso) da el paso para sacar a Maduro del poder y liderar una apertura democrática. Pero no es lo mismo. Rubio intenta vender a Delcy Rodríguez como la “Andrés Rodríguez” de Venezuela, pero ella no habría tomado el poder por voluntad propia, sino bajo un ultimátum militar externo.

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Stroessner, además, dejó un Estado autoritario, pero altamente institucionalizado y jerárquico. Cuando el dictador cayó, la estructura de mando militar permaneció intacta y obedeció al nuevo líder. De nuevo, las facciones hacen que Caracas pase por un período de “frágil paz”.

Y, por último, el general Rodríguez, aunque venía del régimen, convocó elecciones rápidamente (en meses) para legitimarse, y la oposición era aún incipiente. Machado, en este caso, ya tiene la legitimidad de los votos y el apoyo popular masivo.

El caso venezolano es único en su tipo y las comparaciones con España o Paraguay, para tratar de respaldar la idea de que este es un proceso largo y que Machado todavía tiene un espacio en él, no tienen lugar. Y esto se da esencialmente porque no se sabe cómo se llegó a la condición actual.

“No sabemos qué fue lo que realmente pasó en Venezuela. Si esto fue una operación completamente independiente de Estados Unidos con una superioridad militar aplastante y con una tecnología militar descrestante, o en realidad hubo una enorme participación y una traición y una vendetta de todas las otras familias frente a Maduro. Incluso una tercera hipótesis de una misma entrega de Maduro con una complicidad de las otras familias para ellos permanecer en el poder”, señala Sergio Ángel Baquero, profesor investigador del programa de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda.

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Hasta no saber realmente qué pasó y bajo qué condiciones salió Maduro de Venezuela, cualquier análisis sobre la situación en Caracas resulta incompleto. Por ahora, la realidad, al menos pública, es que Rodríguez manda con pragmatismo: obedece a Washington con sus acciones, mientras que internamente asegura que hay soberanía con un discurso retórico fuerte. Y a la Casa Blanca le sirve. La oposición, por otro lado, no está en la escena y hablar de Machado como una pieza fundamental del proceso desconoce esta zona de penumbra informativa. Faltan piezas en el rompecabezas.

¿Qué pasa con la tecnocracia?

Ahora, si Rodríguez saliera en efecto abruptamente del poder, por la razón que sea, Alandete dice que la Casa Blanca estudia un modelo de tenocracia para Venezuela. Donald Trump, cabe destacar, no lee a Gaza o Venezuela como naciones con procesos políticos complejos, sino entidades similares a empresas fallidas que necesitan una nueva junta directiva.

La tecnocracia, por definición, es el gobierno de los expertos (la técnica sobre la ideología). En el país, cabe destacar, todavía quedan expertos: “Venezuela aún cuenta con una reserva de talento técnico y economistas de alto nivel, tanto dentro como fuera del país, capaces de gestionar áreas críticas del Estado”, señaló Txomin Las Heras, presidente de Diálogo Ciudadano Colombo Venezolano.

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Sin embargo, Venezuela también es el país más corrupto del mundo, que comparte la puntuación mínima en el Índice de Percepción de Corrupción con Somalia, por lo que no hay burocracia sana a la cual los tecnócratas puedan dar órdenes.

Si un experto ordena “arreglar la red eléctrica”, se enfrenta a mafias que controlan el cobre, militares que custodian el diésel y colectivos que extorsionan las plantas. Un tecnócrata no tiene poder de fuego para imponer su técnica. Sería como poner a un contador a dirigir una cárcel en pleno motín. ¿Cómo instalar una tecnocracia en un país tan corrupto? ¿Quiénes serían esos tecnócratas?

“La viabilidad de este ‘Plan B’ choca con un muro político: la mayoría de estos profesionales pertenecen a la oposición o han hecho carrera en el exterior. Es difícil imaginar que técnicos con currículos impecables acepten regresar o participar en un gobierno donde el mando real lo siga ejerciendo el chavismo. Un consejo de expertos solo sería factible si arranca una transición de ‘amplia base’ que incorpore a diversos sectores, algo que no está ocurriendo hoy”, señala Las Heras.

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Si Trump busca una “salida corporativa” (como hizo en sus empresas), debe entender que Venezuela no es una torre de oficinas en Manhattan, sino un ecosistema criminal, como él mismo ha descrito. La transición, entonces, no puede ser “técnica” porque el problema también es sistémico y criminal.

Es por eso que el profesor Sergio Ángel pide tener otra lectura de la tecnocracia que propone Rubio y la Casa Blanca: no debe entenderse en el sentido académico tradicional (expertos gestionando la economía), sino como una intervención operativa de seguridad. Lo que busca Washington es la estabilidad en un sentido estricto de seguridad. O en sus palabras, “un operador”.

“Ese tipo de tecnócratas al que se refiere (Rubio), no son operadores técnicos en sentido estricto, sino personas que conozcan en terreno y cumplan las expectativas... gente que conoce el crimen organizado y este tipo de regímenes”, explica.

Esta visión se materializa en el regreso de la diplomacia estadounidense a Caracas. Rubio anunció que la dirección de la Unidad de Asuntos de Venezuela será asumida por Laura Dogu, una diplomática de carrera que ha lidiado con las derivas autoritarias en Nicaragua y Honduras. Es el perfil exacto del “tecnócrata de terreno” al que se refiere Baquero: alguien que entiende el lenguaje del crimen organizado y la supervivencia autocrática y sabe lidiar con ella.

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La misión con ese “plan B”, entonces, no es refundar la democracia, sino garantizar que la “operadora”, sea Rodríguez o quien quiera que sea, cumpla las metas de Washington, obteniendo información en tiempo real mientras la CIA establece una presencia permanente para vigilar que el petróleo fluya sin sabotajes de las facciones internas.

Como señala el profesor, “al final de cuentas, al trumpismo no le importa si quien gobierna es sí o quien gobierna es María Corina o el nombre que aparezca en un futuro, desde que se cumplan las expectativas de Estados Unidos, como que haya estabilidad en la región, que no disparen a todos los migrantes, que no hayan esos presos políticos, que aliviane el tema del crimen organizado del narcotráfico, y pues al mismo tiempo que genere negocios”.

De manera cruda, los planes de Washington ven en la hoja de ruta exclusivamente un gobierno que funcione como un operador de los intereses de la Casa Blanca. Y en ese sentido, el “plan B”, operadores que cumplan la guía de Washington, y el “plan A”, con Delcy “siguiendo el guion”, no son muy diferentes.

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