Horas después de calificar como una “mujer estupenda” a Delcy Rodríguez, autodenominada como presidenta encargada de Venezuela, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió el jueves en la Casa Blanca a la líder opositora y premio Nobel de la Paz María Corina Machado.
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Para un amplio sector de la oposición venezolana, el encuentro era muy esperado para aplacar las voces críticas que aseguran que hay una apatía hacia la Nobel por parte del Ejecutivo, mientras demuestra una sorpresiva cercanía hacia Rodríguez. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario.
El protocolo fue entre sencillo y nulo. Nadie en la Casa Blanca fue a recibir a Machado, por lo que su propio guardaespaldas se tuvo que bajar a abrirle la puerta y tuvo que pasar a registrarse y a pasar por el detector de metales como lo haría un visitante cualquiera.
“Me hace mucho, mucho ruido que la hayan pasado básicamente por la puerta de atras, sin medios y de paso al mismo tiempo que la rueda de prensa de (la secretaria de Prensa) Leavitt. Me hace pensar si la visita hubiera sido distinta si Edmundo González se hubiera presentado como el presidente electo de Venezuela, así reconocido por EE. UU.”, señaló el analista venezolano Carlos Rodríguez López.
Con González, complementa Rodríguez, al menos el gobierno estaba obligado a recibir a la comitiva públicamente: “Es el presidente reconocido por EE. UU. Me hace pensar si fue la propia Casa Blanca la que no quiso que él viniera para evitar protocolo. Tal vez porque simplemente Trump no planea apoyar los resultados de las elecciones del 2024”, agrega.
Ante un Edmundo González ausente de la escena, las comparaciones del trato de Trump hacia Rodríguez y Machado se acentúan porque ambas mujeres son las que más abiertamente están compitiendo por obtener el beneplácito de quién es la más idónea para tomar las riendas del país ante dos audiencias distintas, pero interconectadas.
Por un lado está Trump, quien ha valorado públicamente la cooperación del gobierno interino en la liberación de ciudadanos estadounidenses y en la reapertura del flujo petrolero hacia EE. UU., a la vez que se ha resistido a reconocer formalmente a Machado como referente de la transición venezolana.
Para el mandatario, su decisión se reduce al pragmatismo: quiere resultados rápidos, gasolina barata y réditos electorales de cara a las elecciones de mitad de término de noviembre. La oferta de Delcy Rodríguez, en ese sentido, se ajusta mucho más a sus objetivos.
La líder chavista tiene, al menos sobre el papel, el control militar del territorio, las garantías de seguridad para la infraestructura energética y un acceso directo y sin intermediarios al petróleo venezolano, un modelo que permite a Washington administrar el flujo de crudo, influir sobre los precios y evitar una transición política larga, incierta y con múltiples actores. Pero esto no es, sin embargo, un esquema infalible.
El control militar del territorio y de la industria petrolera no garantiza estabilidad política ni gobernabilidad sostenida. Como señala la periodista Sebastiana Barraez, la fragmentación dentro de las Fuerzas Armadas, las disputas por el control de los ingresos energéticos y la persistencia de redes criminales ligadas al viejo aparato chavista complican la promesa de orden rápido.
Como advirtió el periodista y analista internacional Ignacio Montes de Oca, “Delcy no mostró su poder para poner bajo su manejo a las Fuerzas Armadas”, mientras que el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, y el jefe del aparato represivo, Diosdado Cabello, han marcado límites visibles a su autoridad. Hay una fragmentación del lado del chavismo y “nada garantiza que tras la caída de Padrino o Diosdado no surjan otros similares que jaqueen a las inversiones externas con extorsiones y violencia armada” mientras se deje intacta la estructura del chavismo.
A esta debilidad institucional del gobierno interino se suma el problema de que su legitimidad depende en buena medida del respaldo de Washington, que enfrenta a su vez presiones internas para acelerar una transición civil que, por ahora, Trump prefiere posponer. Por todo esto, el otro jurado en este duelo, que es el sector energético en EE. UU., pone sus apuestas en Machado.
Con una inversión mínima de US 183.000 millones hasta 2040 para recuperar la industria petrolera venezolana a una producción de tres millones de barriles diarios, un estimado de ocho a 15 años para ver resultados de la reconstrucción, y sin la preocupación de obtener resultados inmediatos (Trump tiene que mostrar resultados tangibles antes de las elecciones), los objetivos de los petroleros en EE. UU. son otros: reglas para el mañana.
La lógica fue expuesta sin rodeos ante la Casa Blanca. Como recogió Montes de Oca, los ejecutivos petroleros advirtieron que “con el chavismo vivo, no hay negocio” y que sin “un cambio profundo no es posible hacer negocios en Venezuela”. La exigencia no pasa por gestos tácticos ni por acuerdos transitorios con el poder de turno, sino por garantías estructurales.
“Al pedir cambios de fondo están diciéndole a Trump que necesitan ya mismo la fase tres”, dice Montes. Es decir, una salida democrática que anticipe la institucionalidad y no la postergue. En esa ecuación, Machado reaparece como una figura funcional a los intereses de largo plazo del sector, porque “solo una salida democrática les puede abrir las billeteras”, como señala Montes.
Una de las compañías que más ha hecho énfasis en la necesidad de ajustes es ExxonMobile, cuyo CEO, Darren Woods, escribió una carta en la que señala que no participarían de la recuperación de la industria venezolana si no se hacen los ajustes necesarios para asegurar sus inversiones.
“No creo que Exxon esté apoyando a Machado, pero sí desconfían de la inconsistencia de Trump con el asunto. De paso, ya Exxon tiene inversiones de miles de millones de dólares en Guyana. Y para pesar de Venezuela, el petróleo guyanés es ligero y bajo en azufre comparado al petróleo venezolano extrapesado”, señala Rodríguez, sobre la cautela de la compañía.
La fricción se profundizó con ConocoPhillips, cuyo representante reclamó US 12.000 millones a Venezuela. Pero ninguna de las declaraciones cayó bien en el gobierno. El secretario de Energía, Chris Wright, le dijo a ExxonMobile que entonces no tendrían cabida en los planes de gobierno, mientras Trump le dijo a ConocoPhillips que dejara su reclamo “en el pasado”, presionando su participación en el plan. Sin embargo, a pesar de los afanes del Ejecutivo por tratar con Rodríguez, los números enfrían la apuesta por un fantasioso saqueo rápido del crudo venezolano.
Según datos citados por el analista Eduardo Porter en The Guardian, el crudo Brent tendría que cotizar por encima de los US 80 por barril para justificar nuevas inversiones en Venezuela, de acuerdo con investigaciones de la firma Wood Mackenzie. Y el precio ronda entre US 58 y US 62. Incluso en ese escenario, la producción venezolana es marginal: el país bombeó el año pasado unos 880.000 barriles diarios, apenas el 1 % del suministro mundial y el 4,3 % de la producción estadounidense.
“Creo que las empresas que ya estaban anteriormente en Venezuela antes de Trump II (Chevron, Repsol y Eni) tienen un interés en seguir desarrollando sus inversiones allí. Ellos solo frenaron temporalmente sus inversiones por la presión legal de las sanciones y todo el tema de la operación militar en el Caribe. Ahora ya no hay ese obstáculo, sino que hay incentivo de la administración. Pero las empresas que llevan años fuera de Venezuela como Exxon o ConocoPhillips, prefieren esperar a ver cómo se desarrolla”, sentencia Rodríguez.
En una economía estadounidense hoy menos dependiente del crudo extranjero, el entusiasmo político de Trump choca con una realidad energética que las grandes petroleras miden en décadas, no en ciclos electorales. Por esta razón, si bien Trump se ha decantado por apostar a darle el poder a Delcy, el panorama real de la economía y los titanes de la industria podrían empujar a que recalcule su apuesta en un futuro, a menos de que los donantes que están detrás de su campaña, como Chevron, lo obliguen a mantener la apuesta actual.
“Honestamente, al que veo mejor posicionado para esto es Chevron en cuestión extracción y refinamiento en EE. UU. No les importa si está Delcy o Machado en el poder, eso no cambia su realidad. Los demás los veo en distintos grados de ‘amanecerá y veremos’. Honestamente, veo a todo el mundo más pendiente de lo que pase en Irán. Una caída ahí es un batacazo en el mercado”, concluye Rodríguez.
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