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La devastación causada por los sismos muestra la desigualdad en Venezuela

Ante la escasez de maquinaria pesada, los venezolanos más ricos pudieron alquilar equipos privados para ayudar en su búsqueda, mientras los que no tienen recursos deben esperar por los equipos del gobierno.

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Emma Bubola | The New York Times
24 de julio de 2026 - 06:00 p. m.
Michell Mendoza, de 16 años, a la derecha, de pie junto a una camioneta que transporta el ataúd de su madre luego de ser rechazada en un cementerio.
Michell Mendoza, de 16 años, a la derecha, de pie junto a una camioneta que transporta el ataúd de su madre luego de ser rechazada en un cementerio.
Foto: Adriana Loureiro Fernandez para The New York Times
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La adolescente se sentó en el asiento del acompañante de una camioneta junto al ataúd de su madre y se incorporó al tráfico a lo largo de una carretera costera en Venezuela. Michell Mendoza, de 16 años, había escapado de los escombros de uno de los muchos complejos de viviendas públicas de gran altura que colapsaron durante los catastróficos terremotos del mes pasado en el estado de La Guaira. Sin embargo, sus padres y su hermano mayor habían fallecido.

Pero cuando Mendoza y los demás miembros de su familia —en su mayoría niños y adolescentes— llegaron al cementerio en la ladera de su pueblo de Caraballeda, el cuidador los sacó diciéndoles que la familia no era dueña de una parcela ahí, y como no podían pagar una, Mendoza no podía enterrar a su madre allí.

“No sabía que incluso los cementerios podían ser privados”, dijo Alexandra Romero, de 18 años, cuñada de Mendoza, que tiene seis meses de embarazo, con las piernas colgando de la camioneta frente al cementerio.

El rechazo fue el inicio de un largo y doloroso calvario para la familia de Mendoza, pero también ilustró el destino desolador que puede perseguir a los menos privilegiados incluso después de la muerte.

Los terremotos consecutivos que devastaron el norte de Venezuela se abrieron paso por todas las clases sociales, colapsando por igual rascacielos residenciales exclusivos y bloques de viviendas descuidados. Ahora, las torres de lujo y los complejos de viviendas públicas lucen idénticos: ambos reducidos a montones de escombros. Las jóvenes adineradas de Caracas y los pescadores locales de La Guaira pasaron días escarbando entre los escombros con la misma angustia y las mismas plegarias desesperadas en las que pedían que sus seres queridos salieran con vida.

Pero, dentro de este horror compartido, había diferencias.

Ante la escasez de maquinaria pesada, los venezolanos más ricos pudieron alquilar equipos privados para ayudar en su búsqueda. Muchos también pudieron enterrar a sus muertos en parcelas familiares privadas, mientras que los venezolanos más pobres se vieron obligados a cremar a sus seres queridos debido a la falta de opciones de entierro asequibles cercanas.

La cremación en Venezuela, al igual que en otros países de América Latina, no es costumbre, y en muchos casos no era lo que las víctimas, o sus familiares, habrían querido.

Cuando Mendoza, quien había mantenido una actitud tranquila y amable durante gran parte del día, regresó a la morgue para entregar el cuerpo de su madre para la cremación, se veía consternada. Dijo que quería que su mamá fuera enterrada en una tumba que ella pudiera visitar, y no convertida en cenizas.

“Me habría gustado llevarle flores”, dijo.

Las profundas desigualdades que prevalecen en toda América Latina se hicieron evidentes en medio de la devastación en Venezuela, prevaleciendo sobre la sombría fuerza igualadora de un desastre natural y separando incluso a los muertos.

“Todos tenemos la misma necesidad”, dijo Víctor Calderón Castillo, al explicar que más de 20 miembros de su familia que vivían en el mismo complejo de apartamentos murieron en los terremotos. Durante cuatro días, se vio obligado a dejar de cavar en busca de los últimos cuerpos porque no tenía herramientas y no podía pagar para comprarlas. “Pero los ricos van primero”.

Sentado encima de los escombros que habían sepultado a su familia, miró una grúa alta que operaba en un edificio privado cercano. “Si no tienes nada, no eres nadie”, dijo. “Siempre ha sido así”.

Las grúas y excavadoras se convirtieron en los objetos más codiciados en La Guaira, una ciudad ahora cubierta de escombros donde todo lo que a la gente le importaba está atrapado bajo columnas colapsadas y acero retorcido.

No está claro cómo el gobierno de Venezuela estaba asignando su inventario de maquinaria pesada, pero muchas víctimas se quejaron de que llegó muy poco y demasiado tarde.

Algunas empresas privadas y donantes intervinieron para operar grúas de forma gratuita. Pero varias personas dijeron que tuvieron que pagar por las máquinas, lo que demuestra que el privilegio económico podía dictaminar el acceso al equipo necesario para recuperar los cuerpos.

Paola Alessandra Peñalosa Gómez, de 30 años, dijo que le estaba pagando a una empresa privada 650 dólares al día para buscar el cuerpo de su padre, quien había vivido en un edificio exclusivo frente al mar en La Guaira.

Dijo que estaba agradecida de que su familia pudiera costearlo, pero reconoció que algunos edificios no tienen máquinas, “edificios que no tienen dinero”.

“Tenemos muchas cosas que la mayoría de la gente no tiene”, agregó, y preguntó: “¿Cómo se las arreglan los que no tienen nada?”.

Muchos no lo hacen.

“Por favor, necesito una máquina, no puedo esperar más”, exclamó llorando Vladimir Peña, de 29 años, mientras corría hacia dos hombres que operaban una pieza de maquinaria en un complejo de apartamentos privados que había colapsado.

Estaba buscando a su esposa, Pribeth Peña, de 26 años, quien había vivido en un complejo de viviendas públicas que quedó reducido a escombros cerca de ahí. Ya habían pasado dos semanas desde que quedó atrapada, pero él todavía tenía esperanzas de encontrarla con vida. “No quiero que muera por falta de ayuda”.

A unas cuadras de distancia, dos excavadoras, alquiladas de forma privada por unos 400 dólares al día, escarbaban entre los escombros de una casa adosada para sacar una camioneta enterrada debajo. Días antes, un hombre había alquilado las mismas máquinas para sacar los cuerpos de sus dos hijos.

Los venezolanos recurrieron a la financiación colectiva o pidieron ayuda económica a amigos y familiares en el extranjero para alquilar grúas. Pero incluso con maquinaria pesada en el lugar, no había garantía de que los cuerpos fueran recuperados.

El padre de Peñalosa Gómez fue encontrado después de unas tres semanas de búsqueda. Pero una familia dijo que había gastado 11.500 dólares en una grúa grande para excavar durante cuatro días en un edificio destruido en Catia la Mar y no pudo encontrar los cuerpos de sus familiares enterrados bajo los escombros.

Sin embargo, tener los recursos para alquilar maquinaria pesada ayudó a algunas personas a combatir un sentimiento de impotencia que abrumaba a muchos de los que no tenían acceso a dicho equipo.

“Tuvimos que sacar a nuestros familiares con nuestras propias manos”, dijo María Calderón, de 52 años, hermana de Víctor Calderón. Su hijo, Robert Adrian Hernández Calderón, de 30 años, al igual que otros 17 familiares, murieron en los terremotos. Cuando los familiares recuperaron el cuerpo de Robert, no había ningún auto para llevarlo a la morgue, relató. Así que el cuerpo permaneció en la orilla de la calle durante cinco horas hasta que consiguieron a alguien que los llevara.

Las únicas opciones gratuitas para su entierro, dijo, eran cementerios lejanos, por lo que tuvo que cremar a su hijo, aunque no era lo que ella quería.

“No había otras opciones”, dijo.

Las autoridades venezolanas ofrecieron algunas opciones para enterrar a los muertos de forma gratuita. Ofrecieron un mausoleo en un cementerio de Caracas, una fosa común en otro cementerio, o una tumba que el gobierno había cavado en una montaña al oeste de La Guaira.

Todas estas opciones estaban a aproximadamente una hora en auto desde muchos de los grandes proyectos de vivienda destruidos en los terremotos. Para los residentes, muchos de los cuales no tienen auto, las ubicaciones simplemente estaban demasiado lejos.

En los cementerios cercanos, había que pagar por las parcelas de entierro.

“No tengo 900 dólares para enterrarlos a los tres”, dijo Amarilis Rada, de 31 años, mientras observaba a los rescatistas sacar un cuerpo de los escombros, esforzándose por ver si era su hijo de 7 años, Adrian. Los cuerpos de su esposo y de su hijo de 2 años, Vicneth Elian, habían sido recuperados más temprano ese día.

Rada dijo que un cementerio en La Guaira quería que ella pagara 300 dólares por enterrar a cada uno de ellos. Así que cremó los dos cuerpos que ya había encontrado, mientras continuaba buscando a su hijo mayor.

“No tengo dinero para buscar”, dijo Rada, quien solía vender bocadillos en la playa.

“No tenía dinero para hacerle un velorio”, agregó, refiriéndose a su hijo menor. “Si hubiera podido hacerle un velorio, tendría un lugar para visitarlo, un lugar adonde ir para su cumpleaños”.

Sheyla Urdaneta colaboró con la reportería desde Buenos Aires, e Isayen Herrera desde La Guaira.

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Por Emma Bubola | The New York Times

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Patty(42394)Hace 4 minutos
Nos habían dicho, nos habían convencido de que Venezuela era un "mar" de pobreza, por lo cual nos habían explicado una de las causas de la migración... Pero, por esta noticia, queda claro de que no se había generalizado la pobresa, sino que se había profundizado la desigualdad... De pronto nos convenzan de que el chavo-madurismo no ha sido más que un desarrollo capitalista deformado...
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