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La Venezuela que (casi) no ha cambiado: la normalidad es un espejismo

Dos líderes sociales de sectores populares de Caracas hablan en medio de un destello de esperanza y del ahogo causado por una frustración que cada vez es más grande. Es el cansancio, el agotamiento, de que, aunque se han dado algunos cambios, las transformaciones profundas aún están pendientes.

María José Noriega Ramírez

10 de mayo de 2026 - 10:00 a. m.
En las calles de Caracas, Venezuela, varias personas pasan junto a un mural de Maduro en el que se lee: “Nosotros venceremos”.
Foto: AP - Ariana Cubillos
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Aún no se había iniciado la dictadura en Venezuela cuando José Gregorio Ochoa fue concejal. Eran los años noventa, corría ese último tramo del siglo XX, cuando su trabajo era ejercer control sobre el alcalde de Caracas y trabajar por la defensa del medioambiente, algo que le apasiona hasta hoy. Fueron ocho años en los cuales, bajo la sombrilla del Movimiento al Socialismo, que presidía Teodoro Petkoff, se dedicó al ejercicio público para legislar sobre áreas verdes, protección animal y la jubilación de obreros municipales. Han pasado más de tres décadas desde entonces, su país sufre los estragos del chavismo (con Hugo Chávez muerto, Nicolás Maduro preso en Estados Unidos y Delcy Rodríguez en el Palacio de Miraflores) y por su cabeza no pasa la idea de volver a hacer política, al menos no como lo hacía en esa época, porque desde su parroquia, Antímano, se dedica a la lucha social.

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Recuerda que el 3 de enero, cuando Washington atacó varios puntos de la capital y el país amaneció con el derrocamiento forzoso de Maduro, se vieron con claridad los bombardeos y los estallidos, y pensó que, inevitablemente, para bien o para mal, eso iba a marcar un antes y un después. Se esparció una esperanza silenciosa entre muchos, incluido él; una ilusión que en más de 20 años no se tenía frente a una posibilidad de cambio. Eso se asomó, pero, cuatro meses después, la promesa se diluyó y la frustración llegó. Los salarios y las pensiones están congelados, la inflación, en cambio, galopante, y el mantra de estabilidad, desarrollo y transición, estancado.

En el Aeropuerto Internacional de Miami, los pasajeros que tomaron el primer vuelo a Caracas en siete años fueron recibidos con arepas, fritos y galletas, además de que se realizó una ceremonia para cortar la cinta antes de que el avión despegara. Funcionarios de American Airlines, del condado de Miami-Dade, del Gobierno de Estados Unidos y de la administración venezolana lo celebraron como un paso más en el fortalecimiento de los lazos entre ambos países. En Antímano, mientras tanto, los ingresos son de poco más de unos centavos de dólar, muy lejos de poder alcanzar los casi USD 700 que cuesta la canasta familiar.

Allí siguen necesitando una mejor salud, una mejor alimentación, unas mejores condiciones de vida. Si los venezolanos en Estados Unidos abordaron con banderas nacionales el avión que los llevó directamente a su tierra, a los brazos de sus papás y demás seres queridos, Ochoa recuerda las veces que ha tenido que peregrinar, entre un lado y otro, para evitar ser detenido, y las ocasiones en las que ha escuchado las historias de sus amigos cuya libertad ha sido arrebatada y sus cuerpos han sido torturados. La normalidad, esa que se quiere transmitir con la apertura a la inversión extranjera, la reforma a la Ley de Hidrocarburos e incluso con el aumento del ingreso mínimo, es una apariencia, un espejismo. Así también se ha demostrado con la cuestionada amnistía a los presos políticos, que dejó por fuera a personas como Víctor Hugo Quero Navas, quien falleció hace meses en detención, víctima de desaparición forzada, pero cuya muerte apenas fue admitida esta semana por el Estado venezolano.

José Gregorio Ochoa, en compañía de vecinos de parroquias caraqueñas, durante las manifestaciones del Día del Trabajo.
Foto: Archivo Particular

Ese es el sentimiento que se percibe por algunas esquinas de los barrios populares caraqueños, donde salir a la calle aún genera recelo y temor. A pesar de que hay quienes toman medidas para protegerse, como transitar con un motorizado, cambiar los nombres de los chats, borrar permanentemente los mensajes, activar las conversaciones temporales, cambiar de casa y monitorear los alrededores antes de moverse de un lado a otro, la tranquilidad nunca es absoluta.

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Una movilización a propósito del Día del Trabajo, aunque pacífica, estuvo muy vigilada. No hubo la violencia de otras ocasiones, pero el paso hacia el Palacio de Miraflores, la Asamblea Nacional y la Cancillería fue restringido con un fuerte cerco. Las barreras metálicas impidieron el acceso de trabajadores y jubilados hacia las zonas de poder, y algunos solo alcanzaron a llegar cerca de la Defensoría del Pueblo. “Queremos salarios dignos, no bonos de hambre”, fue el grito que rebotó frente a los escudos policiales, entre los reclamos de que parece haber recursos para equipos antimotines, que la respuesta que aún domina es la de los bloqueos y el silencio.

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A diferencia de hace 15 años, cuando una madre de Antímano lloraba los asesinatos de tres de sus hijos por enfrentamientos y tiroteos entre bandas, cuando la gente se escondía en sus casas a las 5:00 p. m., cuando cada media hora asesinaban a alguien en Venezuela, algo ha cambiado con el paso del tiempo. Tal vez la violencia de la delincuencia común, de atracos en camionetas y de robo a la población, ya no se ve como antes, al menos no con la misma intensidad. En cambio, la violencia política es más fuerte, y con ello el temor permanente a opinar, a hablar y a contradecir al régimen, porque las comunas, un sistema que ha sido utilizado para ubicar e identificar a quienes están o no con el chavismo, aún están presentes en los sectores populares.

Ese no es solo el sentir de Ochoa, también es el de una lideresa de Petare, otra de las parroquias de Caracas, que prefiere hablar bajo reserva de su identidad porque ha sido perseguida y aún cree que su vida está en peligro. La misma comunidad la protege, pero sabe que el Gobierno conoce su trabajo y sabe quién es ella por los tentáculos que se han extendido hasta los consejos comunales. Su trabajo es público y notorio. No ha recibido amenazas directas últimamente, pero sí se siente vigilada y eso es una forma de persecución. Es una violencia psicológica. Desde que gritó “por fin se llevaron al dictador (...). Ya por la buena no se podía, tocaba a la fuerza”, ha trabajado más porque la plata no le alcanza. Está agotada, lo confiesa. El reclamo sigue siendo el mismo desde la caída de Maduro: el aumento del salario. Eso no ha pasado.

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Lo que sí ha visto es que a partir del 3 de enero a su casa está llegando más agua de lo usual. Desde hace 10 años no caía ni siquiera una gota, y ahora tiene acceso a ella al menos entre tres y cuatro días a la semana. Eso le ha demostrado que hay cómo ayudar a los sectores populares y que, aunque no es una mejora total, hay unos ajustes paulatinos en los servicios públicos, una presión que puede responder al interés de que funcione la industria petrolera, que es una prioridad para Delcy Rodríguez, presionada desde Estados Unidos por Donald Trump, y que necesita un sistema hidroeléctrico robusto para que funcione como lo ambicionan.

Pero el cambio profundo está lejos y, en cambio, la gente está agobiada, incluso sigue saliendo del país. Si bien hace cuatro meses hubo un destello de esperanza, a pesar de que el júbilo se mantuvo dentro de las casas y el miedo a la represión impidió las celebraciones por fuera, ya no se ve tanta luz en el camino, sobre todo porque Rodríguez, en lugar de despertar confianza, provoca escepticismo y es incapaz de generar un sentimiento masivo de respeto. “Es mentira”, se escucha desde Petare: “No puedo confiar en una persona que ha sido parte de la estructura represora, que dirigió [como supervisora directa] el SEBIN y que dio órdenes para asesinar jóvenes y para dispararles a las personas inocentes en las manifestaciones. No es una santa paloma”.

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Su reclamo no es distinto al de Ochoa: que Venezuela sea libre y justa, que les ofrezca oportunidades a los suyos para progresar y no tener que huir por no tener un país, porque geográficamente está presente, pero en lo demás no. Quiere al menos un respiro, la certeza de que las fuerzas se están encaminando hacia un futuro mejor, aunque por ahora no lo ve así. De lo que sí está convencida es de que no se puede seguir esperando al mesías salvador, y que María Corina Machado, a quien respalda, no puede sola con eso. El anhelo es que al menos en este año haya un calendario electoral claro, que se inicie con la reforma al Consejo Nacional Electoral y que cesen las inhabilidades que pesan sobre los dirigentes opositores, entre ellas la premio nobel de paz.

Vendedores y compradores en un mercado callejero de Petare.
Foto: AP - Matias Delacroix

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