Llegó al más alto cargo ejecutivo del país sin tener educación universitaria y se mantuvo en el poder pese a revueltas sociales, sanciones internacionales y una grave crisis económica. Sus críticos se burlaron por sus salidas en falso, pero luego, mientras él bailaba en navidades anticipadas, ocho millones de sus compatriotas buscaban refugio en otros países, expulsados de Venezuela por el hambre, el desempleo y la represión. Nicolás Maduro Moros no solo fue uno de los gobernantes que más tiempo duraron en Miraflores, sino quizá el más subestimado.
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Nació en Caracas el 23 de noviembre de 1962, hijo de Nicolás Maduro García, un líder sindical, y Teresa de Jesús Moros, de quien se dice que se formó como pedagoga. Un Nicolás prácticamente todavía en la adolescencia inició su propia militancia y se unió a la hoy extinta Liga Socialista, surgida en los años 60 en el contexto de la resistencia al pacto de Punto Fijo. La organización, que le sirvió como escuela política, lo envió a estudiar a Cuba a mediados de los años ochenta. Allí estuvo durante casi un año, entre 1986 y 1987, estudiando en la escuela nacional de instrucción revolucionaria Ñico López, fundada por Fidel Castro.
Tras su regreso, en 1988, se casó son su primera esposa, Adriana Guerra, y madre de su único hijo, Nicolás Ernesto, nacido en 1990. Por la misma época, en una Caracas que venía en un rápido proceso de modernización, se unió como conductor de Metrobús, el sistema de buses del Metro de Caracas, adonde llegaría con el objetivo de alentar la actividad sindical.
Fue manejando la ruta 421 donde, según su biografía Nicolás Maduro: presente y futuro, un amigo de la infancia lo abordó para advertirle que había dos militares planeando una insurrección. Eran los comienzos de los años noventa, luego del estallido social de finales de los ochenta conocido como Caracazo y que se desató en rechazo a las medidas neoliberales del presidente Carlos Andrés Pérez. Según la autora Ana Cristina Bracho, Maduro dudó sumarse al plan “porque ya había habido trampas donde pedían que los sindicalistas y los movimientos populares se sumasen a las insurrecciones y eran acciones orquestadas para asesinarlos y detenerlos”.
Luego llegó el 4 de febrero de 1992: el intento de golpe liderado por el teniente coronel Hugo Chávez, quien terminó detenido tras su fallida aventura. “Coño, la vaina es verdad”, pensó Maduro al ver a Hugo Chávez por televisión en la mañana de aquel 4 de febrero, según cita Bracho.
Se dice que Chávez y su heredero se conocieron por primera vez el 16 de diciembre de 1993, cuando Maduro, de 31 años, visitó en la cárcel de Yare al que consideraba “una leyenda”. Pero en ese contexto no solo conocería al comandante al que juró lealtad “más allá de esta vida”, sino a su segunda esposa y compañera de trayectoria política, Cilia Flores, seis años mayor que él y quien llegaría a ser llamada por Maduro como “primera combatiente” (en lugar de “primera dama”). La abogada fungía como defensora de Chávez y sus compañeros golpistas detenidos, quienes fueron finalmente liberados en 1994. El conservador Rafael Caldera Rodríguez, “consciente de la creciente popularidad del militar, decidió sobreseer el caso para rebajar la tensión social”, resume el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB).
“Una vez libre, Chávez, agradecido, incluyó a Maduro en la Dirección Nacional del MBR-200 (Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 fundado por Chávez) y en 1997 el todavía operario del Metro de Caracas figuró entre los organizadores del partido político concebido por el exmilitar para acudir a las elecciones generales de 1998, el Movimiento V República (MVR)”, añade el reconocido think tank español.
Fueron nada menos que las elecciones que proclamaron a Chávez como nuevo presidente de Venezuela y a Maduro como diputado de la Cámara baja del Congreso de la República. Esta sería posteriormente suspendida por la Asamblea Nacional Constituyente que redactaría una nueva Constitución con los principios de la Revolución Bolivariana. En ella, Maduro se desempeñó como presidente de la Comisión de Participación Ciudadana. Después de llegar en 2006 a presidir la Asamblea Nacional, el Legislativo unicameral surgido de la Constituyente, Maduro fue nombrado por Hugo Chávez como ministro del Poder Popular para los Asuntos Exteriores.
Como canciller, se mostró contrario a la influencia de Estados Unidos, al tiempo que se acercaba a aliados como China, Rusia o Irán. A escala regional, trabajó para fortalecer espacios de integración de la izquierda, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), y otros organismos multilaterales, como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Celac.
“En las tormentosas relaciones con Colombia, que experimentaron picos de excepcional tensión entre 2008 y 2010, la actitud del canciller fue valorada por algunos observadores como pragmática y favorable a la reconciliación y la normalización que se abrieron camino tras la llegada al poder en Bogotá del presidente Juan Manuel Santos”, reseña el CIDOB.
En octubre de 2012, finalmente, fue escogido como vicepresidente, es decir, el virtual sucesor de un Chávez ya diagnosticado con cáncer. La unción se hizo oficial cuando el comandante, quien tras su reelección no pudo asistir a la investidura el 10 de enero de 2013, dijo “elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela”, consciente de que su enfermedad podía alejarlo definitivamente del poder.
Hugo Chávez murió el 5 de marzo de 2013 y Maduro se convirtió en presidente encargado. Luego de que unas nuevas elecciones fueran convocadas, el “hijo” de Chávez fue proclamado presidente pese a la impugnación de los resultados por parte de la oposición, encabezada por el candidato contendor, Henrique Capriles.
La nacionalidad de Maduro estuvo entre los argumentos de la oposición para impedir el ascenso del sucesor de Chávez: se empezó a difundir la versión, sustentada en testigos y supuestas actas, según la cual Maduro Moros es colombiano. Los aparentes lazos de sus padres con el país (se dijo, por ejemplo, que Teresa de Jesús nació en Cúcuta, que la familia de Maduro padre también tenía raíces de este lado del río Táchira y que ambos se casaron en Bogotá), sumados a una falta de transparencia por parte de Maduro azuzaron la versión.
En su momento, algunos pronósticos sobre la administración de Maduro llegaron a vaticinar un gobierno más “moderado”, por tratarse de un representante del ala civil del chavismo. Otros, que le enrostraban su pasado como conductor de bus, temieron las consecuencias de que el país fuera liderado por alguien sin formación superior.
Lo cierto es que esa misma persona, al final del día, logró asegurarse una investidura hasta el 2031. El presidente de casi dos metros de estatura y espeso bigote, que gobernó vestido de sudadera, logró alinear a las fuerzas militares y otros organismos del Estado para asegurarse en el poder después de embates como la derrota electoral de 2015, cuando la oposición alcanzó la mayoría en el Legislativo, que, no obstante, fue despojado de sus funciones por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).
Cuatro años después, Venezuela se había hundido en una espiral hiperinflacionaria, de más de 1.000.000 % de aumento de la canasta básica. El aumento del costo de vida había expulsado a millones de ciudadanos, de los cuales unos tres millones llegaron a Colombia.
En lo político, se consolidaba una nueva ruptura institucional con una reelección presidencial desconocida por buena parte de la comunidad internacional. El presidente de la Asamblea, Juan Guaidó, juramentó como presidente interino y recibió el espaldarazo de más de 60 países. Algunos como Colombia y Estados Unidos, que rompieron relaciones con Venezuela, apostaron por el “cerco diplomático”, que terminó siendo un fracaso: Nicolás Maduro seguía siendo quien gobernaba.
El “presidente obrero”, fortaleciendo alianzas con países aliados que comparten su enemistad con Washington, logró sortear las sanciones contra el petróleo venezolano, sostén económico del régimen a pesar del evidente declive de la industria. Entregando el poder empresarial a las fuerzas militares y depurando su círculo de confianza, al tiempo que favorecía a las bases populares que le eran fieles, se mantuvo en pie cuando todos sus opositores anunciaban su caída. Culpó a las mismas sanciones de la crisis humanitaria en la que el país quedó sumido.
Entretanto, con la connivencia de Miraflores, el dólar se imponía de facto como la moneda corriente. “Supo ser pragmático, sobre todo por las sanciones (...) para mantenerse en el poder y dejar fluir dólares en el país con tal de sobrevivir”, le dijo Ana Milagros Parra, politóloga y consultora, a Voz de América.
Líder de un régimen acusado de crímenes de lesa humanidad, señalado él mismo de también comandar un cartel narcoterrorista, ganó tiempo negociando (e incumpliendo lo que prometía) varias veces con la oposición, que, no exenta de escándalos de corrupción, lo intentó todo: fragmentarse, unirse, participar en elecciones y alejarse de ellas.
La cúspide se alcanzó en 2024, con unas elecciones en las que la oposición logró, actas en mano, demostrar su victoria. Con el Consejo Nacional Electoral y el TSJ de su lado, Maduro fue de todas formas proclamado presidente. Desde entonces, se reforzó el aparato opresor con la detención de más de 1.000 personas por razones políticas.
Con el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, regresó la estrategia de máxima presión, esta vez con acciones militares en el panorama. El republicano ordenó el mayor despliegue naval desde la Guerra del Golfo: lo hizo en el Caribe, cerca de las costas de Venezuela, al tiempo que sus aviones bombardeaban lanchas en ese mar y en el Pacífico bajo la acusación de narcotráfico.
En público, Maduro se seguía dando baños de masas, bailando y hablando en espanglish. En privado, según fuentes cercanas al gobierno, reforzaba su seguridad con expertos cubanos y, prevenido, cambiaba constantemente de celular y el lugar donde dormía. No faltaron los comentarios sobre su aspecto físico: con ojeras y un aparente menor peso, se veía muy distinto de Súper Bigote, el superhéroe que en la televisión estatal lo representaba en una serie animada.
Este 3 de enero se confirmó que tenía razón en preocuparse: en lo que Donald Trump describió como una operación quirúrgica, por Maduro y su esposa llegaron en la oscuridad de la madrugada. Ahora enfrentarán cargos por narcotráfico en Estados Unidos, donde su futuro es acaso menos incierto que el que se abre para Venezuela.
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