Por capítulos

"Ana de Bogotá", de Enrique Posada Cano

Como antesala a la Feria del libro de Bogotá, que se inicia el próximo 24 de abril, publicamos un fragmento de la novela "Ana de Bogotá", del escritor Enrique Posada Cano.

La más reciente novela de Enrique Posada Cano será lanzada el 25 de abril a las tres de la tarde en la feria del libro de Bogotá. Cortesía

Yo ya estaba divorciada cuando mamá se casó en segundas nupcias con Sabas, el tipo menos llamado para ser su marido, pero que todos sus familiares y allegados consideraban su pareja perfecta.   Le llevaba apenas dos años de edad, era culto, procedía de una familia que en nada desmerecía frente a los Laseras ni a los Marroquín, y tenía un trato y una conversación amables. Supe, por diversos testimonios y con este olfato que llevo en los poros, que nunca fue capaz con mamá como hombre. Eso es lo que veo entre líneas a través de estos casi ocho años de su convivencia con él. Ni de lejos podía equipararse como pareja con mamá, que parió cinco hijos, un señor a quien al cabo de sus más de sesenta años de edad no se le conocía un solo amor, una sola mujer, tampoco un requiebro con alguien del mismo sexo. Si algún sentimiento lo tocó algún día, este tenía más la temperatura del hielo que de la piel de un ser humano, y esto compaginaba con sus gustos literarios, entre ellos, por Truman Capote, cuya obra In Cold Blood se constituyó en su obsesión: era un lector incansable, y sus análisis de la realidad nacional e internacional, expresados ante sus habituales contertulios, nunca en público, eran reconocidos por todos ellos como de una agudeza extraordinaria. Un día le pregunté si no le llamaba la atención escribir o dictar clases y conferencias con base en ese conocimiento que tenía del país y de la situación internacional, y me negó con la cabeza, para sentenciar luego: ‘No tengo vena para esas cosas’. No le insistí, pues no conocía bien a Sabas y preferí suponer que me hallaba frente a alguien que se rebajaba a sí mismo para que su interlocutor lo ensalzara. Pero pronto me di cuenta de que no era ese su talante cuando le pregunté si, a pesar de su gran bagaje de conocimientos, no aspiraba a que lo recordaran después de su muerte; que las nuevas generaciones lo consideraran su maestro y dejar así una huella de su paso por este mundo. ‘No me interesa dejar ninguna huella’, fue su respuesta. No sé cómo mamá aguantó ocho años de vida marital con Sabas, si vida marital puede llamarse el estar bajo un mismo techo dos seres tan distintos: ella, una consentida de sus padres, y en particular de Gran Pa, quien veía con sus ojos, pero templada a punta de los golpes recibidos en su primer matrimonio y de las duras circunstancias que le tocó padecer, y él, también un privilegiado del destino, vástago por igual de una familia encopetada. Ninguno de los dos tuvo que sudarla para ganarse el pan, pero digamos que mamá estuvo más cerca del dolor, más próxima a los sufrimientos de la gente y esto, de cierta manera, la preparó. La perseguía, como la sombra, una especie de adversidad. Creyó, una vez que se aproximó a los 64 años de edad, que la perspectiva de una relación seria con Sabas sería una compensación que le regalaba la vida. Se entregó con todos sus sentidos a cultivar esa relación en un momento en que los dos entraron a hacer parte de la llamada clase política, lanzándose como candidatos a diputados de la cámara baja. Pertenecían a dos facciones diferentes, ella a un partido tradicional, y él, a un grupo de izquierda que en su divisa llevaba todos los atributos posibles de nombrar: era democrático, era revolucionario, era proletario. Una vez que me separé de mi marido, con una hija y para tener a mamá cerca, me mudé a un apartamento enfrente de aquel en el cual ella vivía con Sabas. Una tarde cualquiera llegué, como acostumbraba, de visita y los encontré con las caras descompuestas. No necesité forzar demasiado las cosas para que me contaran que a Sabas su partido acababa de expulsarlo.

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— ¿Cómo así que lo expulsaron? —pregunté.

—Así como lo oyes —fue la respuesta de mamá.

— ¿Por qué? ¿Se puede saber por qué? –interrogué.

—Por traición a mi clase —respondió Sabas, apretando los dientes.

— ¿A cuál clase? —no parecía tan obvia mi pregunta, pues Sabas respondió:

—Al proletariado, según se afirma en la resolución de expulsión —respondió Sabas, con amargura.

— ¿Proletario, usted? —pregunté—. Si no lo viera tan cariacontecido, me reiría a mandíbula batiente. Supongamos que sí, que fue una traición a su clase si asumimos la visión que esos mequetrefes tienen de la vida, pero entonces sería la segunda oportunidad en que lo hizo, porque usted, Sabas, se pasó primero de la burguesía a lo que sus amigos llaman el proletariado. ¡Ah, carajo, eso debe de ser más complicado que un cambio de sexo!

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Amparo era una mujer menuda, que delataba en su nariz filuda y en la blancura de su piel, el predominio de los genes europeos. Se repantigó en el sofá, tomó aire como un orador en trance de despachar una parrafada y dijo, mirando de frente a Sabas:

—La culpa es de ustedes, los miristas, por endiosar a ese jefecillo suyo, a quien cuando me hablaste de él por primera vez, lo elevaste al cénit de los seres humanos. Me lo presentaste como un líder sin parangón en la historia de este país, con un don de la palabra escrita que García Márquez le quedaba chiquito e igual Jorge Eliécer Gaitán como orador. Recuerdo que me dijiste, con un gesto de arrobada adoración, que Pepe Carrera, con apenas 29 años de edad, era el hombre preparado casi desde la cuna para dirigir los destinos de Colombia…

Sabas y yo escuchábamos a mamá sin atrevernos en ningún momento a interrumpirla. Hablaba como derramando una lluvia de palabras que tuviera atragantada desde hacía tiempo. No era lo usual en ella estallar como lo hacía ahora, y tal vez desde el día en que dejó el Urabá y con este a su exmarido, Memo Marroquín, y le explicó a Gran Pa por qué lo hizo, yo no la había escuchado hablar con tanto sentimiento como ahora. Luego de una pausa y de abrevar un sorbo de café, mamá continuó:

—En la primera entrevista que tuve con él, delante de ti, Sabas, que acababas de presentármelo, no hizo otra cosa que hablar en primera persona: “yo soy esto, yo hice aquello, ¡yo y yo y yo!” No introdujo en su discurso ni una sola vez alguna palabra amable o una pregunta dirigida a mí, a indagar por lo que yo hacía o dejaba de hacer, yo, su interlocutora. ¡Interlocutora! ¡Vaya una palabra inexistente en el diccionario de Pepe! Espero que ahora, Sabas, lo bajes a la tierra, pero si no, igual da, pues la otra opción es que deshagamos todo este enredo en que nos metimos viviendo juntos, el matrimonio en que veníamos pensando y que te reivindiques ante Carrera y te devuelvan a tu sitio en el MIR…

Fue este el momento en el cual Sabas no pudo contenerse más, sacó de la pipa el cigarrillo medio consumido, se puso de pie y se metió en el discurso de mamá para protestarle:

—No, Amparito, no vayas a repetir eso, pues yo te amo y no voy a renunciar a ti ni porque me expulsen una, dos y más veces y me tilden de renegado y todo lo demás que se les dé la gana.

Mamá continuó como si nada hubiera escuchado:

—No me lo negarás: Pepe Carrera era un alcohólico incurable. Fueron muchas las reuniones de la cúpula de su grupo las que se hicieron aquí, en este apartamento, y todas con trago, y él bebía durante y después de cada cónclave, bebía hasta el delirium tremens y era cuando yo, la boba de siempre, corría a ponerle esa inyección que Pepe cargaba y que lo devolvía al mundo de los vivos. Y otra cosa: ¿cuál genio como escritor era ese mequetrefe si para escribir un editorial de su periódico se encerraba horas enteras del día y de la noche durante uno o más meses, tiempo al final del cual salía esa pieza que ustedes, todos ustedes, reconocerás, leían y releían chorreándoles las babas? Lo imprimían como si con él en sus manos las multitudes fueran a estremecer el planeta Tierra, la oligarquía colombiana se sintiera acorralada y el dominio del “imperio”, como llaman ustedes a Estados Unidos, se tambaleara. Todo, lugares comunes, absolutamente todo, a pesar de lo cual el editorial de cada número de Atalaya Roja, Carrera lo asumía poco menos que como una mujer su primer parto. Sin embargo, lo que en realidad hacía Pepe en esos meses de encierro era dar un retoque a los editoriales anteriores, actualizarlos, pues el contenido era la misma retahíla de siempre. Todo esto te lo reiteré con cada nuevo número de Atalaya Roja, pero si tú, Sabas, sigues con la idea de que ese palurdo va con su genial cerebro a salvar a Colombia…

Observé que Sabas se mordía un labio y callaba, incapaz ya de detener aquel aluvión verbal. A pesar de que por él no sentía yo gran simpatía, me vi obligada a auxiliarlo y manifesté:

—Mamá, todo cuanto dices sabemos que es la pura verdad, pero espera a ver qué piensa Sabas y no te anticipes a decisiones que solo él debe tomar.

El hombre me miró con unos ojos como si yo me constituyera en ese momento en su ángel de la guarda. Expresó:

—¡Cómo va a ser, Amparito, que yo te deje; que desista de cuanto hemos venido construyendo entre los dos, todo porque unos individuos me tildan de traidor y me sacan de la agrupación a la que he entregado parte de mi vida sin concederme el derecho a la defensa!

Era umbrío ese costado del edificio donde vivíamos, que daba contra el cerro de Monserrate y a esa hora se iba oscureciendo el entorno. Mamá conectó unos calefactores eléctricos. La doméstica dispuso la mesa para la cena, pero yo me excusé de acompañarlos con el argumento de que ya tenía preparado algo para comer en mi apartamento. Me quedé un momento más, pues quería ver en qué paraba el diferendo de mamá con Sabas por cuenta de su expulsión del MIR. Sabas, a su vez, me invitó a compartir con ellos una copa de vino, y acepté. Entendí que, más que un cumplido, era un llamado a no dejarlo solo con mamá antes de devolver las aguas a su cauce. Mamá se sentó a la mesa y retomó el hilo de su discurso:

—Es como reza el dicho: ‘Piensa mal y acertarás’. Para decirlo con claridad: ¿qué tal si el día de mañana tú, tan enseñado como estás a conducir gentes y trazarles el rumbo, te ves de pronto confinado a las cuatro paredes de este apartamento y, en un balance implacable, me echas la culpa de tu fracaso? Recuerda, cariño, que ya ni siquiera puedes ocupar tu curul en la Cámara porque, con la expulsión del partido, te sacaron del juego.

Si esto sigue así, pensé, las cosas entre mamá y Sabas van a terminar mal y entonces lo que veo hacia adelante es a ella otra vez en esa soledad absoluta, esperando a que yo o cualquiera de sus otros hijos vengamos de vez en cuando a acompañarla. Pero ninguno de nosotros podemos dedicarle mucho tiempo. Y Sabas, sea como sea, con sus mañas de solterón empedernido, sus tics de pipa y dientes apretados, se ha comportado en estos años de convivencia con mamá como una pareja constante y respetuosa, al menos vistas las cosas desde fuera. Ahora bien, que le haga honor a ella como hombre, lo ignoro, para saberlo habría que colarse en su propia cama. Pero se entienden, eso salta a la vista. Comparten los mismos hábitos y gustos como buenos burgueses que son. Sin embargo, si alguien conoce a mamá soy yo, y sé que no habla por hablar: si ha lanzado al aire la opción de terminar con Sabas, es probable que no haya sido por asustarlo, sino que se trata de una determinación bien calculada”.

 

 

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